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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Pasados Posibles: Nery Castillo, el hombre olvidado de México.



Uno de los motivos por el cual los intelectos superiores de La Soledad del Nueve, un ente de mente colectiva que trasciende la mera mortalidad humana, decidimos crear la categoría de Pasados Posibles es que pensábamos que habían muchas historias interesantes que podían ser contadas acerca de jugadores que prometieron tanto y al final del día se convirtieron en un manojo de sueños rotos y potenciales incumplidos. Hasta el momento hemos hablado de futbolistas que no lograron lo que se esperó de ellos por muchos motivos: falta de fortaleza mental, arrogancia, un mal entorno o por una mezcla de razones fuera de la cancha y falta de dedicación. Y así como ésos casos, hay muchos más que esperamos contarles en el futuro. Pero el que nos agracia hoy es una mezcolanza de todos los anteriores y se le suman componentes como la tragedia, los encontronazos, las malas elecciones y la realidad de que tal vez su declive fue por motivos de las ilusiones que se fraguaron a su alrededor. Muchos ya se han olvidado del una vez crack mexicano Nery Castillo; la gran mayoría de los de su país lo han hecho con gusto y los que no, aprovechan cada oportunidad para regodearse de su infortunio. Pero antes de que se desvirtuara la carrera de Castillo, estábamos hablando de tal vez el mayor talento que tuvo el país desde Hugo Sánchez –tal vez es hipérbole de mi parte- y un jugador que parecía predestinado a una carrera brillante. O como lo llamó un amigo mío una vez: el mejor jugador de la historia de México por diez partidos.


La figura de Nery Castillo siempre estuvo rodeada de complicaciones en lo que a su entorno se refiere desde sus comienzos. El atacante había nacido en México, pero sus padres eran uruguayos y se crio en dicho país e incluso inició su periplo futbolístico en las inferiores del Danubio, que es un equipo muy dado a la formación de talentos jóvenes en Uruguay. Ya en el 2000, con solo 16 años de edad, partió a Europa para jugar con el Olympiacos de Grecia –el equipo más grande de ese país- donde despuntaría y se haría notar. Cuenta la leyenda que hizo pruebas con el Manchester United, pero que nunca pudo conseguir el permiso de trabajo para ejercer la profesión en Inglaterra –cosa muy irónica considerando hechos posteriores y lo que pudo haber significado la enseñanza de Sir Alex Ferguson. Luego de un par de temporadas en las que no jugó mucho por su corta edad, se asentó como uno de los mejores jugadores del equipo y un favorito de la intensa afición griega que incluso pidió que se le diera el número ‘7’ como una prueba de que era el jugador por antonomasia del plantel. Hizo una muy buena cantidad de goles –más de treinta en poco más de cien partidos- sin ser un delantero centro y ya algunos equipos grandes merodeaban el mercado helénico para hacerse con los servicios de ese atacante que era rápido, habilidoso y que destrozaba defensas por deporte. Como en muchos relatos, estaba en ese punto donde ya había llamado la atención y todos los que lo conocían estaban pendientes de cuál sería su próximo paso.


Entre toda esa vorágine de ídolo del Olympiacos, de jugador ascendente y que pintaba para ligas más desafiantes, surgió el tema de las selecciones nacionales. Verán, hasta el año 2006, Castillo no había jugado para ningún seleccionado; y considerando que había nacido en México, criado en Uruguay y crecido deportivamente por seis años en Grecia –lo suficiente para tener la nacionalidad-, el prospecto a crack tenía para elegir tres selecciones. Al final tomó la que pudo haber sido una de las decisiones más importantes (y tal vez una de las más desafortunadas, pero esto es mera especulación) de su carrera a la hora de elegir a México, que era una selección que comenzaba un nuevo ciclo con Hugo Sánchez al mando y éste quería contar con el aporte del “extranjero” Castillo –término que usan en dicho país para aquellos mexicanos que juegan en otras ligas. Los mexicanos, en el ámbito futbolístico, son conocidos por tener una prensa bastante implacable con aquellos que no les gusta y un tema que siempre han criticado es el uso de jugadores foráneos nacionalizados en el seleccionado nacional, renglón en el que incluyeron sin escrúpulos a Nery. Lo veían como un uruguayo y solo como un instrumento para conseguir resultados en el balompié, pero la cosa no acabaría ahí. Ni siquiera cerca.


Si hubo un momento, un pequeño espejismo, si lo prefieren, de lo que fue Nery Castillo, o más bien lo que pudo haber sido, solo hay que ver sus partidos con el Tri –el apodo a la selección mexicana- en la Copa América 2007. En ese torneo, Nery Castillo fue de los mejores y para el recuerdo queda aquel gol donde hizo lo que le vino en gana contra un Brasil que a posteriori sería campeón de la competición que se llevaba a cabo en Venezuela; lo que al principio de su experiencia como internacional mexicano habían sido críticas prejuiciosas ahora eran halagos y cumplidos a un jugador que hasta ese momento estaba en una forma envidiable. A partir de ahí, todo lo demás debió haber sido una progresión natural a la cima: el traspaso a un equipo grande, los títulos, los premios individuales, las propagandas, las mujeres… pero el protagonista en cuestión estaba maldito con un temperamento bastante negativo y eso terminó por jugarle una mala pasada.

Luego de la Copa América, dejaría su amada Grecia para irse al Shakhtar Donetsk de Ucrania por unos veinte millones de Euros en el 2007. Muchos acusaron este traspaso de ser un movimiento de Castillo para ganar más dinero, cosa que no suena para nada descabellado, pero el equipo dirigido por Mircea Lucescu tiene fama de saber mejorar jugadores y de ser un escaparate para ascender a clubes de mayor predominancia –el problema de esta unión yació en el carácter de Nery y el estar inmerso en una situación bastante delicada. Su padre, figura que siempre fue clave para él, estaba muy enfermo de un cáncer mortal estando en Uruguay y Nery se había marchado a la lejanía de Ucrania, cosa que lo mantuvo desconcentrado. Posteriormente su madre padecería lo mismo. Aunado a eso, se metió en problemas con Lucescu –un entrenador conocido por haber formado grandes jugadores- al quitarle la pelota a un compañero para que él pateara un penal y lo fallara en el proceso. El técnico de origen rumano dijo que nunca había visto a un profesional hacer algo así y fue exiliado del plantel, hasta que se fue cedido al Manchester City en el 2008 por un año. No jugó mucho, padeció lesiones y aunque volvió al Shakhtar y ganó la Copa UEFA, nunca recobró la confianza de su entrenador y se marchó otra vez cedido; esta vez al Dnipro de la liga ucraniana. Entre todos esos problemas en la cancha, su entorno se desmoronaba en todos los ángulos posibles.


En 2009, en plena complicación de la selección para clasificar al Mundial de Sudáfrica, encaró con una bronca bastante pronunciada a algunos miembros de la prensa con comentarios ofensivos donde señalaba que ellos no sabían nada de fútbol… pero no terminó ahí la cuestión. En plena rueda de prensa sentado junto al capitán Pavel Pardo, Nery Castillo increpó verbalmente a un periodista diciendo que él no sabía nada y que la diferencia entre ambos es que él estaba en Europa y el periodista, no. Éste fue el punto de inflexión del atacante con su país: la prensa mexicana se abalanzó contra su persona y se volvió un enemigo, un rechazado de la comunidad futbolística de su país, por el hecho de explayar su arrogancia a sus anchas. Tal vez lo que hizo no estuvo mal –estaba bien merecido algún comentario a un gremio periodístico tan radical como el mexicano, sin ánimos de ofender a mis lectores de ese país-, pero las formas definitivamente fueron las peores. Y aparte de todo eso, perdió a sus padres por el cáncer en un espacio de once meses, dejándolo totalmente desorientado y envuelto en un tornado de vicisitudes que no hicieron más que acrecentar el estrepitoso descenso de un ser humano que ya no sabía qué hacer con su existencia.

Le ha tardado años superar el deceso de sus padres y lo que vino luego de su paso por el Shakhtar fue una infinidad de cambios de equipos en los que nunca supo cuajar. Ni en Dnipro, ni en el Chicago Fire, ni en el Aris de Grecia, ni en México –donde lo fastidiaron diciendo que ya no estaba en Europa- con Pachuca o León, ni en España con el Rayo Vallecano –en ninguno de esos equipos se adaptó. Al contrario, se vio inmerso en más problemas de vestuario como en aquellos que tuvo con los directivos de Pachuca o con el entrenador Matosas en León, además de sus diferencias con el del Rayo Vallecano. Desde su marcha del Olympiacos en el 2007, ha jugado menos partidos en todos esos equipos juntos que los que jugó con los griegos. Actualmente tiene 31 años, está sin equipo y vive en Uruguay con un poco más de un año sin actividad como futbolista profesional, sin nadie interesado en hacerse con su ficha. Totalmente perdido y abandonado.


Y es difícil no ver su caso con cierta tristeza. Sí, al final del día fue un individuo arrogante, déspota, hablador y que fue víctima de sus arrebatos de ira. Pero también fue un hombre que perdió a sus padres en muy poco tiempo por la misma enfermedad y que halló muchas dificultades para poder continuar con su vida profesional como antes. También está su enemistad declarada con la prensa de México cuando tal vez solo fue el chivo expiatorio de éstos para poder cebarse con ganas y mancillar su nombre, que de todas formas ya lo estaba y podían disfrutar de sus desgracias. La historia de Nery Castillo es un caso arquetipo de Pasados Posibles con todas sus resoluciones y giros; es una carrera que podría servir como una advertencia para cualquier juvenil que se deja llevar por el éxito tempranero y se deja mangonear por su arrogancia. Ahora es el hombre sepultado por los medios de su país. Un jugador que pudo haber sido el mejor jugador de su país desde el que le dio su debut y su momento de gloria contra Brasil en el 2007; pero que hoy en día no es más que el hombre olvidado de México.

lunes, 3 de agosto de 2015

Pasados Posibles: Alexandre Pato, de heredero a plebeyo.





Cuando comencé a ver fútbol por allá en el año 2.005, los jugadores brasileños eran la cúspide del deporte, a mis ojos. Como muchos en este planeta, estaba cautivado por la forma de jugar tan particular que ostentaban los brasileños en su estilo; algo tan libre de complejos y dotados con un talento insospechado para hacer lo imposible de una manera tan peculiar y única. Siendo un niño impresionable de diez años, vivir en las mejoras épocas de Ronaldinho, Juninho, Kaká, Adriano, Robinho, o incombustibles como el gran Roberto Carlos y el eterno Ronaldo, es entendible decir que fui un privilegiado al poder ver a esa plétora de súper dotados en sus respectivos puntos de ebullición. Y a pesar de que ese gran seleccionado brasileño no ganó ese Mundial de Alemania 2.006 al ser eliminados por la Francia del irrepetible Zinedine Zidane, debo decir que ese equipo de cariocas me marcó mucho, y representan un concepto preciosista del fútbol que ya es bastante escaso en la actualidad. Bueno, debo de decir que hoy en día no soporto al seleccionado brasileño y pienso que han sido víctimas de un proceso de deterioro en su fútbol entrelazado con enaltecimientos innecesarios a sus prospectos y apoyar un sistema pragmático de juego que ha quemado los cimientos de soporte del habilidoso o el técnico en pos de conseguir éxito instantáneo. La selección brasileña del Mundial de 2.014 entrará a la historia como no sólo una de las peores selecciones que se ha visto en los tiempos recientes, sino también como la conflagración absoluta entre el concepto de lo que el fútbol brasileño debería ser y lo que ha acabado siendo: una mezcla bizarra entre el pragmatismo europeo de antaño –porque en Europa ya no se apuesta a eso y han evolucionado- y retazos de lo que una vez fue Brasil. Y es que el país ya no tiene talento, señores; Neymar, la susodicha gran figura y crack de la cinco veces campeona del mundo, no hubiera llegado siquiera a la banca de la selección del 2.006 y es dueño de unas actitudes que uno asemejaría más al malcriado de Justin Bieber que al futbolista icónico de esta generación. En una época carente de talento y de vistosidad, ha habido un sinfín de jugadores brasileños que fueron publicitados desde sus imberbes comienzos que fueron ardiendo poco a poco hasta quedar en meras cenizas de las expectativas. Hay muchos jugadores que no despuntaron por el simple hecho de no tener las condiciones suficientes o porque realmente no tenían el suficiente talento y carácter para sobrellevar la presión. Casos hay muchos como los que acabo de describir, pero el de Alexandre Pato, al menos para un servidor, es uno de los más curiosos en la época reciente del fútbol mundial. Un jugador que de verdad lo tuvo todo para brillar e incluso estuvo varias veces a punto de tomar vuelo, pero que parecía siempre anclado por distintos factores.


La carrera de Pato había comenzado en el Internacional de Porto Alegre en el ya lejano 2.006 con tan solo 16 años de edad. Apodado así por su pueblo de origen (Pato Branco), el entonces menudo delantero era visto como uno de los mayores caudales de talento ofensivo que se habían atisbado en épocas recientes de Brasil; algunos incluso comparaban su ascenso con el de Ronaldo en el Cruzeiro, trece años antes. Era entendible el porqué: Pato despuntaba en los torneos Sub-20 compitiendo contra muchachos cuatro años mayores que él, y consiguió su debut en los torneos mayores con el Inter de manera rápida –y con goles incluidos, cabe mencionar. Luego de ganar la Libertadores ese año, nuestro protagonista anotaría en los partidos de ida y vuelta de la Recopa Sudamericana contra Pachuca de México, consiguiendo así el título. En el proceso, ganaría fama internacional por sus partidos en el Mundial de Clubes, torneo que ganarían a expensas del Barcelona de Ronaldinho, Eto’o, Deco, Messi y muchos otrs –ahí Pato ganaría interés por parte de la crema innata de Europa. Como dato curioso, cabe destacar que Pato se volvió el jugador más joven en jugar un torneo internacional de la FIFA a sus 16 años, superando de esta manera al mismísimo Pelé. En cierta forma, él fue uno de los primeros talentos realmente precoces en conseguir la atención de equipos como Real Madrid o el AC Milán para comandar su ataque a las primeras de cambio; una transición en el mercado que está encontrando su cumbre en nuestros tiempos con los casos de jóvenes como Martin Odegaard o Raheem Sterling que ya son promocionados como cracks mundiales y ni llegan a los 21 años de edad. Y así como Pato fue uno de los primeros en iniciar esa tendencia con tantos logros colectivos y un buen hacer frente a las redes, sería de los primeros en sufrir sus vicisitudes con su traspaso a Millanello. Los rossoneri le esperaban.


Era un fichaje algo atípico para un Milán y un Berlusconi que estaban convirtiendo al club en un geriátrico –sin ofender a mis lectores hinchas del equipo- con contrataciones como Emerson o el propio Ronaldo, pero Pato despertaba una llama de interés e intriga entre los aficionados al ver a un delantero tan joven y desconocido arribar como el fichaje de la temporada del entonces campeón de Europa, venciendo en el proceso al Chelsea en la contienda por su ficha. Por temas de regulación de menores de la FIFA, Pato tendría que esperar su debut hasta Enero de 2.008. Pero les aseguro algo a quienes no lo vieron jugar en sus comienzos: Pato valía la espera. Era poseedor de una potencia y una velocidad tan demoledoras que traía reminiscencias al mejor Ronaldo de los 90s; para ser tan joven, estaba capacitado para hacer jugadas y goles dignos de los más experimentados –tenía ese factor X con el que se nace y que no puede ser obtenido. Debutaría en ese mes de Enero en una derrota 2-5 contra el Napoli, pero el de Pato Branco encandilaría al San Siro con una actuación remarcable jugando en un triunvirato carioca con dos leyendas como Kaká y Ronaldo –lo que debió haber significado para Pato debutar con semejantes leyendas. Aunque era tan pequeño, cosechó un gol y ocho más durante el transcurso de esa campaña, dejando muy buen sabor de boca a todos los involucrados con el Milán porque sentían que su bebé, su pequeño diamante en bruto, tenía el potencial para brillar aún más que las mismísimas estrellas. Y tenían razón… en parte.


En años subsiguientes, se podría atestiguar el crecimiento de Alexandre como uno de los delanteros más letales y con mayor proyección entre la juventud futbolística de Europa. El periodo que se encapsula entre 2.008 y 2.011 marcaría la época del Pato más prolífico frente al arco rival: no haría menos de diez goles en ninguna de las tres temporadas respectivas con el Milán durante esos años, e iría ganando en jerarquía en la delantera del club y su cuerpo iría ganando enteros para convertirse en un portento físico. Entre esas actuaciones, sobresaldría una victoria 2-3 en el 2.009 contra el Real Madrid en el mismísimo Bernabéu, donde Pato anotaría dos goles que significarían la victoria y el hundimiento de un equipo merengue que contaba por entonces con las flamantes adquisiciones de Cristiano Ronaldo, Xabi Alonso, Benzema y su una vez compañero, Kaká. En ese 2.009 sería votado como el mejor jugador joven de la Serie A, siendo el primer brasileño en conseguir ese galardón. Cada vez estaba más cerca de cumplir su potencial con muchas muestras de su explosividad y vertiginosidad, pero el problema era que nuestro protagonista estaba maldecido con un horrendo calvario de lesiones musculares y la temporada 2.008/09 sería la única donde jugaría más de treinta partidos en Italia. Sí, seguía haciendo goles y rindiendo muy bien, pero en algunas de esas lesiones se recuperaba rápidamente para volver y eso dañaba sus músculos, en una línea similar a lo que le sucedió al holandés Robin Van Persie en su época en el Arsenal.


Si sumamos a la ecuación las diferentes aventuras románticas y fiesteras de Pato en su época italiana, podemos entender que su cabeza no terminara de asentarse y que no cumpliera su potencial. El brasileño comenzaría una relación amorosa con la hija de Berlusconi, Barbara, en 2.010, lo que le abriría las puertas a la alta sociedad de Italia y a todas sus tentaciones. Esta relación haría que en algunos sectores de la prensa –y del vestuario del club- lo apodara “El heredero”. Lastimosamente, y a pesar de haber ganado un Scudetto siendo un participe importante en esa misma temporada, Pato comenzaría el año entrante con un declive importante en su rendimiento a causa de una seguidilla de lesiones musculares que detendrían su progresión y más bien lo integrarían a un proceso de regresión futbolística del que todavía no se ha recuperado. Las dos últimas temporadas de Pato en el Milán se verían ultrajadas por un periodo de lesiones, dramas extra cancha y otros factores que desviaron su atención de lo que realmente importaba: el fútbol. Cabe mencionar aquí la postura del club milanés que siempre lo apoyó y apostó por él en sus momentos más precarios: por Enero de 2.010, habían rumores incesantes de que Ancelotti quería reunirse con él en el Chelsea, pero el club dio una negativa rotunda. Exactamente dos años después, sería el París Saint Germain, con su entonces nuevo proyecto multimillonario, quienes quisieran llevárselo por 25 millones de Euros, pero Pato pidió otra oportunidad para demostrar que se había recuperado de sus dolencias y que iba a recuperar su mejor nivel. El club aceptó, pero el mejor Pato jamás volvió. Era una historia de amor que no tuvo el final feliz que todos deseaban. Un año después, con ambas partes inmersas en el peor periodo deportivo respectivamente, el diamante en bruto se marcharía al Corinthians de Brasil por quince millones de Euros.


Nuestro protagonista necesitaba un cambio puesto que en la selección no estaba siendo considerado por Scolari y deseaba jugar el Mundial que se fraguaba en su país, así que unirse al entonces campeón de la Libertadores y del Mundial de Clubes parecía una oportunidad bastante loable para recuperar su mejor nivel y así conquistar el territorio perdido. No fue tal el caso. Entre encontronazos con el entrenador y un rendimiento paupérrimo en el club, Pato fue cedido posteriormente al Sao Paulo al no ser necesitado por Mano Menezes, el nuevo entrenador del Timao, y para conseguir al mediocampista del otro equipo, Jadson; en el Corinthians lo ven como un estorbo hoy en día y lo han catalogado como “la peor contratación en la historia del club”. Como en todos lados, se esperaba mucho de él pero entre su bajo rendimiento, las siempre incesantes lesiones y temas personales como su separación con Barbara, pareciera que nuestro protagonista no estaba en la mejor forma para recuperar su nivel. Interesantemente, Pato hablaría por el 2.014 acerca de cómo en los entrenamientos del Milán se hacía demasiado trabajo físico en poco tiempo y que era prácticamente imposible estar en óptimas condiciones con el esfuerzo que eso conllevaba; dijo eso en pleno auge de lesiones durante los últimos meses de Allegri en el Milán, donde el equipo sufría un sinfín de lesiones. Tal vez algo de verdad había en eso.

Todo eso y estamos hablando de un jugador que está cerca de cumplir apenas 26 años de edad. Sin ánimos de sonar como un optimista sin remedio, pienso que Pato aún tiene tiempo para retomar su carrera y cuajar un par de años buenos. Fuera del Mundial de 2.014, se pudo comprobar que entre delanteros mediocres como Fre o Jo, Brasil necesita de explosividad y talento en la delantera –algo que sólo Neymar aporta hoy en dí. Pato puede proveer eso si tan sólo enfocara su cabeza en el deporte. En los últimos meses con Sao Paulo ha hecho muchos goles y ha tenido su mejor temporada desde la 2.010/11 con el Milán. Eso es bueno; eso es progreso. Ya ha dejado entrever que le gustaría volver próximamente a Europa y volver a jugar en la Champions; es muy probable que un club de altas esferas no se esfuerce en contratarlo, pero con rumores de equipos con proyectos interesantes como el Crystal Palace o el Sunderland –quienes se han mostrado receptivos a la idea de ficharlo-, el de Pato Branco tal vez pueda, finalmente, conseguir esa consistencia que se ha diluido con el pasar de los años. Hoy, más que nunca, la responsabilidad recae sobre sus hombros.



Pato representa para mí uno de los últimos estertores de una generación de talento brasileño que jamás volverá. O al menos no en el futuro cercano. Sumergidos en un océano de prepotentes como Neymar y jugadores sin talento como Fred o Paulinho, el fútbol brasileño necesita de jugadores que generen emoción y adrenalina al juego con ese toque tan especial y brillante que ostentaban los cariocas en su apogeo –el que ostentaba Pato en sus momentos de genialidad. Y es que éste es el caso de un jugador que emanaba esa aura de crack imbatible que hacía lo que le viniera el gana, como puede ser comprobado en aquel gol imperial al Barcelona de Guardiola que era el mejor equipo de ese entonces, frente a los miles de ojos del Camp Nou, y donde Pato se quitó de encima a los cuatro defensores de forma pasmosa y encaró con temple a Valdés para anotar como un delantero con mil partidos de experiencia. Guardiola diría en el post partido que ni Usain Bolt hubiera podido frenar a Pato en esa jugada. En su plenitud, te hacía recordar al mejor Ronaldo. En sus peores momentos, te hacía recordar a una versión trágica de Balotelli. Perspectivas, supongo. Yo no sé, sinceramente, lo que será de la carrera de Pato; lo que sí sé es que él fue uno de los últimos talentos verdaderos que surgieron del cinco veces campeón del mundo. Y reitero: sólo tiene 25 años. En sus hombros descansa la gloria eterna y pretérita de algunos de los mejores jugadores de todos los tiempos; eso no puede tomarse a la ligera. Lo único que sé es lo siguiente: aún nos faltan algunos episodios en esta historia. La historia de un heredero que se convirtió en plebeyo.

miércoles, 17 de junio de 2015

Pasados Posibles: Yoann Gourcuff y la historia de la flaqueza mental.



Los ganadores triunfan en su mente y luego en la vida. Puedes ser el más talentoso, el más guapo o el más inteligente, pero si en tu mente no eres ninguno de estos adjetivos, serás consumido por el vertiginoso abismo de las inseguridades y del temor. Es parte de la naturaleza humana sentir dudas acerca del potencial o nivel de uno mismo en todo lo que nos importa; es más, sin dudas, ¿cómo podemos exigirnos a nosotros mismos? Se necesitan las dudas y un poco de inseguridad para tratar de mejorar siempre y llegar más alto gracias a esto último. Pero eso en exceso es harto negativo, como todo en la vida. Cuando llegas a la profundidad del abismo anteriormente mencionado, sólo eres capaz de ver todo lo que hiciste mal con ojo de halcón y no está en ti el ver lo que hiciste bien porque simplemente no sientes que has hecho algo bien. Los futbolistas, como todos los deportistas, se basan en su propia resiliencia mental para poder endurar y superar todos sus obstáculos y alcanzar la tan ansiada excelencia; no es de extrañarse que los Messis, Cristianos, Bales, Robbens, Hazards, etc, del mundo del balompié cuenten con un cúmulo de psicólogos que los mantengan “estables” –sin ánimos de ofender- para soportar las exigencias de los directivos, de los hinchas, del cuerpo técnico, de sus compañeros, de la media, de sus patrocinadores… y un largo etcétera. El primer paso al éxito se logra al conseguir la paz mental y ése es un axioma absoluto. Lo que van a leer a continuación es un ejemplo seminal de lo que he estado parloteando en este párrafo y que servirá como una lección para mis lectores que piensan que no son capaces de lograr sus metas a causa de los opresivos demonios de la negatividad: la historia de Yoann Gourcuff, el crack que fue consumido por su propia mente.


Yoann Gourcuff es un mediocentro francés que surgió de las juveniles del Stade Rennais como uno de los prospectos futbolísticos más interesantes de los últimos tiempos puesto que el galo era una rareza en la época moderna del deporte: un enganche puro; un “diez” de pura cepa que emulaba –y de muy buena manera- a los grandes conductores de los 90s y los 80s. Era –y es, hasta cierto punto- un jugador con visión, con mucha clase y capaz de lo espectacular; un portador de la mística y el preciosismo que ostentan esos pocos jugadores elegidos para brillar por encima de los demás. Alternándose con la reserva y el primer equipo, Yoann comenzaba a hacerse su propio nombre en la escena de la Ligue 1… pero su apellido ya tenía bastante peso, cabe mencionar, puesto que eso ha influido mucho en el devenir de la carrera de Gourcuff. Nuestro protagonista desciende de un árbol genealógico prolífico en atletas: su madre jugaba baloncesto, su hermano, Erwan, es nadador y ciclista, pero lo principal es el hecho de que su padre, Christian, fue una figura del fútbol francés y un entrenador de largo recorrido por la Ligue 1 con un éxito moderado. Yoann tuvo una infancia en la que lo fueron preparando desde muy pequeño para que fuera futbolista: entrenaba en academias, su padre le dedicaba horas de su tiempo para que mejorara y el joven galo sólo quería ser un jugador de fútbol. Yoann Gourcuff vive, respira y come fútbol. Era su sueño más grande.


Como muchas figuras a su edad, no tardó mucho en llamar la atención de los gigantes de Europa y clubes como el Arsenal y el AC Milán fueron algunos de los interesados por contratarlo; al final serían los rossoneri los que se quedarían con el último “nuevo Zidane”. A pesar de haber comenzado bien en su debut en Champions League contra el AEK Athenas en el 2.006 anotando un gol y teniendo la suficiente técnica para adaptarse a un equipo plagado de figuras –cuando el Milán tenía a la crema innata de Europa-, Gourcuff pasó dos años intermitentes y plagados de dificultades para hacerse un hueco en el club lombardo. Cierto, hay quienes dicen que tener enfrente a jugadores como Andrea Pirlo, Clarence Seedorf o Ricardo Kaká –quien ocupaba la posición de enganche de nuestro protagonista- fue un impedimento para que el galo se asentara en el equipo de Ancelotti, pero hay que entender que en Italia la mentalidad y la interpretación táctica son valoradas en un estándar altísimo –ésta es la tierra de Arrigo Sacchi, caballeros-, aspectos que Gourcuff nunca supo adiestrar y que lo hacía perder enteros. El propio Ancelotti jamás lo tuvo en alta estima y de vez en cuando dejaba entrever eso, mientras que lo colocaba en partidos de la Coppa Italia y otros de menor importancia, pero el joven francés parecía atrapado en un ciclo vicioso que lo despojaba de la confianza y seguridad a la hora de jugar… y no sería la primera vez. Paolo Maldini, compañero de Yoann en su tiempo en Italia y tal vez el mayor símbolo de la historia del Milán, dijo muchos años después que el galo nunca dio su 100% para el club, que varias veces llegaba tarde a los entrenamientos, que no empezó a estudiar italiano desde el día 1 y que simplemente no se dedicó lo suficiente para convertirse en un activo valioso e importante para el club. Éste sería el patrón de la carrera de Gourcuff: un jugador con un potencial explosivo, pero cuya mentalidad siempre parecía ser la errónea. Pero nos adelantamos a los hechos.


Con el orgullo lastimado, mirando al piso y con la etiqueta de promesa frustrada, Gourcuff retornó a su país natal para jugar con el Girondins de Bordeaux. Bajo la tutela de la leyenda del fútbol francés, Laurent Blanc, Yoann renació de sus cenizas lombardas y se convirtió en lo que todos esperaban de él desde sus años imberbes; fue en Bordeaux donde abrió sus alas en todo su esplendor. En sus dos años en el club, fue el mejor jugador de la Ligue 1, lideró al equipo a ganar la liga y la copa en la temporada 2.008/09, los llevó a 4tos de Champions el año entrante y daba muestras de una clase que no se atestiguaba en Francia desde Zidane. Fue en ese equipo donde Gourcuff encontró su ritmo, como un director orquesta que finalmente había encontrado la partitura adecuada; fue en su regreso a Francia donde su debilidad mental parecía haber dado paso a un aurora de magnificencia futbolística en la que sus habilidades y potencial eran explotados a sus máximas capacidades; fue en el Girondins donde su fútbol era expresado con la majestuosidad de un jugador que estaba bendecido por los Dioses y que jugaba con un minimalismo y exquisitez reminiscente a los más brillantes. El jugador más talentoso de su generación parecía haber atisbado su lugar en el mundo y en Blanc encontró a un mentor que lo acogió con el beneplácito de alguien que sabía que tenía entre manos a una joya que debía ser pulida; sólo hay que ver su partido contra el Bayern Múnich en Alemania en el 2.009 donde anotó un gol y fue el amo y señor de los dominios germanos durante 90 minutos. Sin ánimos de hacer hipérbole, no dudo que estuviéramos ante un artista del balón; un pintor del balompié que erigió su obra maestra con este gol frente al Paris Saint Germain, demostrándonos que la estética y la elegancia del fútbol, cada vez más escasas, no habían sido desterradas de los aposentos del mundo.


Como un hijo privilegiado del destino, Gourcuff era codiciado una vez más por los mejores de Europa y ahora, un jugador más completo y realizado, parecía ser capaz de no repetir las equivocaciones que lo habían socavado en su aventura italiana. El francés tomó una decisión que a mi criterio fue errónea en el 2.010: decidió fichar por el Olympique Lyon por 23 millones de euros y ahí es cuando su carrera pareció ser golpeada de manera fatal. En el gigante francés, Gourcuff ha parecido perder su camino: las lesiones –se ha perdido más de cien partidos en cinco años con el club y dicen que más de una ha sido psicológica-, actuaciones irregulares –nunca ha mostrado ni un ápice de lo que mostró en Bordeaux- y un declive en el nivel del club han ultrajado una carrera que parecía ser ascendente, pero que una vez más se topó con la misma piedra en el zapato que es la inseguridad y pesimismo de Yoann. El galo llegó como un fichaje rutilante y se esperaba que fuera el símbolo de un Lyon que necesitaba de un ídolo; trastabillando con sus performances, el hijo prodigo del fútbol francés fue perdiendo confianza al no poder cumplir expectativas y su autoestima se empezó a dañar hasta el punto de ser una cascara de su antiguo ser. Y es aquí donde el factor humano y mental entra en la “ecuación Gourcuff”: un jugador groseramente talentoso, brillante, seminal, pero que es un perfeccionista y un pesimista nato; Yoann es un jugador con una formación notable gracias a su familia y es capaz de dar análisis de partidos más parecidos a un entrenador que a un jugador de su edad; es capaz de lo increíble jugando; pero las equivocaciones y malas actuaciones lo hunden en una vorágine de pensamientos, dudas y lo privan de la confianza que necesita todo grande para triunfar. Su personalidad introvertida, tímida y reservada le causó problemas en el Mundial del 2.010 cuando la mujer de Frank Ribery le mencionó a su pareja que el entonces Crack del Bordeaux le parecía atractivo, causando que el extremo del Bayern y su amigo, Nicolás Anelka del Chelsea, comenzaran a atosigarlo y molestándolo en los entrenamientos de un ya incendiario vestuario francés. Ni siquiera le gusta el lado glamuroso del deporte: es un individuo de bajo perfil, que se siente incómodo al lado de jugadores más estrafalarios –eso le ha causado diferentes problemas de vestuario, además del acotado- y rechaza a esta gran industria mercadotécnica (ni siquiera tiene un agente; tiene un abogado) en la que se ha convertido el fútbol; es simplemente un hombre que quiere jugar al fútbol. Pero su mente lo ha privado de cualquier placer que pueda tener con el balón y ahora, dejando de lado actuaciones esporádicas con el Lyon, es un despojo de negatividad y negligencia. Tuvo el mundo a sus pies, pero no pudo ser.


Claramente un personaje que no está en paz consigo mismo, Gourcuff y los directivos del Lyon han declarado en público que no van a renovar su contrato que expira en unas semanas y que el galo va a dejar el equipo. Pronto va a cumplir 29 años y si me preguntan, estos cinco años han atormentado y defenestrado el espíritu de nuestro protagonista, quien, exceptuando pequeñas y breves “resurrecciones” en su paso por el Lyon, aún está a tiempo de recuperar su mejor nivel –o tal vez soy sólo un optimista. A mi criterio, no hay mayor desgracia que llene el alma de pesar como el talento desperdiciado. Talentos como Zidane, Cantona, Laudrup o Platini representan a una estirpe cuasi extinta como es el jugador con clase de verdad. Hoy en día hay muchos jugadores con técnica, pero el grueso de ellos están curtidos en el fútbol callejero o forjados en los entrenamientos; ya no existe una plétora de individuos que encarnen esa elegancia y técnica exquisita, semejantes a las mejores sinfonías de las más altas aristocracias. Gourcuff fue uno de los últimos estertores de este tipo de jugadores y representa el mejor y peor lado de la alta sociedad futbolística. Un nuevo capítulo en su carrera comenzará próximamente y les aseguro que estaré muy pendiente de su decisión. ¿Por qué? Porque es un jugador que siempre me ha encandilado con su juego cuando está en un buen nivel; porque Yoann Gourcuff, estable, es uno de los mayores caudales de talento que puede haber en el fútbol actual y porque si ha habido un “nuevo Zidane” que haya estado cerca de hacerme sentir el mismo deleite que sentí al ver al gran Zizou, ése fue Gourcuff.


El talento es un plano de un edificio altamente detallado y que te permite realizar una obra maestra con precisión; sólo necesitas la dedicación y la fortaleza mental para construir semejante creación. Gourcuff es un ejemplo imperial de que el talento en solitud no es suficiente para la gloria; se necesita trabajo, no reprocharse a uno mismo por errores que nos hacen crecer y que la rendición es el castigo absoluto para cualquiera. Han salido artículos que dicen que más de diez clubes están interesados en su persona, pero antes de firmar con cualquiera de ellos, el galo deberá hacer un poco introspección: ¿Quiere seguir en el mismo ciclo de fatalidad o quiere romper el mismo para por fin erigir actuaciones que sean del disfrute de todos los que disfrutamos con este deporte? Sólo el tiempo lo dirá, pero estoy seguro de que algo más vamos a escuchar del futbolista que jamás ha encajado con los paradigmas del mundo mediático y que a pesar de tener todas las cualidades para ser un triunfador (formación, talento, nombre en el mercado, inteligencia y hasta bien parecido es, según mi novia) su propia negatividad y aversión a sí mismo lo han derrumbado hasta sus cimientos. La historia de Gourcuff encarna el pesar de quien pudo haber sido el mejor en lo que más amaba, pero esa misma pasión lo hundió y lo dejó desquebrajado. El fútbol necesita más jugadores con su talento; Gourcuff le debe al fútbol una última oportunidad.