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sábado, 24 de septiembre de 2016

Así lo veo, Ken: El Mónaco y el arte de sobrevivir.



“Podemos derrumbarnos y alzarnos como imperios.”
-          Rush, Force Ten.

Un estigma del fútbol moderno es la búsqueda constante del resultado inmediato. Seamos sinceros: hoy en día, en el fútbol de alto nivel, no hay lugar para los proyectos a largo plazo. O al menos se han convertido en una rareza. En fin, en una sociedad futbolística donde cada vez más imperan en las altas esferas del deporte el cortoplacismo, la impaciencia y la inversión multimillonaria para conseguir resultados, la planificación con miras al futuro y la dedicación para con las bases juveniles se ha convertido en un concepto de segundo y hasta tercer plano. Los grandes no tienen tiempo para eso; lo importante es el ahora y el futuro se antoja muy distante, ¿no es así? ¡Hay que ganarlo todo ahora o estamos jodidos!

En esa línea ideológica, es entendible que cuando un magnate ruso como Dmitry Rybolovlev adquirió al AS Mónaco en 2011, éste decidiera invertir en el equipo. Luego de un par de años en la segunda división, el equipo del principado invirtió a lo grande en su regreso a la Ligue 1 en el 2013. Jugadores como Radamel Falcao, James Rodríguez, Ricardo Carvalho, Jeremy Toulalan, Dimitar Berbatov o Joao Moutinho se engalanaron con el blanco y rojo del Mónaco, congregando a la afición con un equipo que prometía, a priori, hacer tambalear la oligarquía del Paris Saint Germain. Pero el sueño duró un mero año. Debido a las regulaciones del Fair Play Financiero, el binomio colombiano de James y Falcao dejaron el club para irse al Real Madrid y Manchester United, respectivamente, obligando al club a adoptar otra filosofía donde la inversión en talento joven era la norma. El concepto de grandes contrataciones implementado por los dueños árabes en el PSG no tuvo la misma efectividad en Mónaco por motivo de los altos impuestos que debe pagar el club en esa área; simplemente no era un modelo sostenible.


Claudio Ranieri fue destituido en el 2014 y entró Leonardo Jardim, que venía del Sporting de Lisboa en Portugal y que su mayor logro como entrenador había sido un título de liga en Grecia con el Olympiacos. Realmente, muy pocos apostaban por el entrenador lusitano de origen venezolano en la susodicha época de “vacas flacas” del club monegasco, pero la institución supo rehacerse de sus cenizas a través de un modelo de gestión diametralmente opuesto a lo que se habían planteado con la contratación de grandes estrellas. En lugar de desembolsar cantidades millonarias en figuras asentadas, decidieron abogar por las contrataciones y desarrollo del talento joven, resultando en un equipo imberbe, contragolpeador e interesante como el que ganó en el estadio del Arsenal en 8vos de la UEFA Champions League, dando a conocer a jugadores como Fabinho (aún en el club), Kurzawa (ahora en el PSG), Martial (Manchester United), Kondogbia (Inter) o Carrasco (Atlético de Madrid). Este equipo supo mantenerse competitivo en su liga y en los torneos internacionales en la campaña 14/15, pero la alegría sería corta por las marchas de los jugadores acotados en el mercado de verano posterior. ¿A dónde podía ir el Mónaco ahora? Su siguiente temporada, la del año pasada, probó ser un periodo de transición para la plantilla y el entrenador, consiguiendo resultados agridulces, pero atisbando el Santo Grial para cualquier equipo que no se llame Paris Saint Germain en Francia: la UEFA Champions League.

Los del Mónaco eliminaron al Villarreal en la fase previa de la máxima competición europea y entraron en la fase de grupos con un equipo bastante prometedor de jugadores que ya han comenzado con el pie derecho en esta campaña; el día de hoy han recuperado el liderato momentáneo de las manos del Niza –otro club de excelente gestión del cual espero hablar próximamente-, derrotando dos a uno al Angers. Entre sus mejores partidos en esta temporada naciente podemos resaltar el baile táctico que le dieron al PSG con una contundente victoria tres a uno en el principado y un golpe en la mesa contra el Tottenham Hotspurs en la Champions, jugando en el mismísimo Wembley, por dos a uno. Haciendo un mercado con fichajes poco rutilantes, pero efectivos (Glik, De Sanctis, Sidibé y el retorno de Falcao) y manteniendo una base de jóvenes prometedores (Bakayoko, Lemar, Adama Traoré, Gabriel Boschilia) y jugadores ya asentados en el club (Germain, Dirar, Carrillo, Moutinho, Fabinho y Subasic), el Mónaco ahora ostenta una plantilla engranada, con un entrenador que está en su tercer término con el club y con los suficientes recursos para enfrentar a cualquiera y complicarlo. El Mónaco no es el Dream Team de Cruyff, pero ninguno rival, por más fuerte que sea, deberá tomarlos a la ligera porque ellos se crecen en estos escenarios.


Si vamos área por área, he de decir que la portería está más que bien cubierta con tal vez el mejor portero de la Ligue 1 como Danijel Subasic, quien es un seguro de vida bajo los tres palos, siguiendo los clichés del fútbol. Su suplente, Morgan De Sanctis, quien vino como agente libre tras su paso por la Roma, cuenta con un amplio bagaje de experiencia y está a la altura de las circunstancias si se le necesita. La defensa podría referirse como su zona más débil, pero aún así destaca la contratación del defensor polaco Kamil Glik del Torino por unos meros 11 millones de Euros –una nimiedad hoy en día en este mercado-, quien fue uno de los mejores centrales de la Serie A y que ya ejerce su estilo abrasivo, agresivo y contundente como líder de la zaga monegasca, apagando incendios cuando el equipo debe mantener sus ventajas (y también cuando no, por supuesto. El brasileño Jemerson, fichado también este año, a su corta edad, ya ha probado ser un buen compañero para el gladiador polaco. Los laterales destacan primero que nada por la transición de una de sus figuras, el brasileño Fabinho, al centro del campo, dando lugar al italiano Raggi –que lleva en el club desde sus tiempos en segunda- por la derecha mientras Sidibé, traído del Lille y que casi ficha por el Arsenal, hace las veces de lateral izquierdo. Los equipos de Jardim han mostrado siempre solidez defensiva, pero esta temporada han tenido que pulir ciertos aspectos en sus automatismos en esa área, como se comprobó en su derrota cuatro a cero contra el Niza de Balotelli.


El mediocampo es un sector donde el equipo no cuenta con muchos recursos, pero se han mostrado solidos gracias al balance que otorgan sus mediocampistas. La transición de Fabinho del lateral al centro ha concedido más libertades a Joao Moutinho para conducir al equipo con libertad, convirtiéndose en el motor y corazón del equipo, además del más experimentado entre casi toda la plantilla. El parisino Tiemoué Bakayoko es un mediocentro portentoso y contundente en la línea de Patrick Vieira, Paul Pogba o Yaya Touré; un futbolista industrial, con una potencia física indiscutible y con un buen manejo del balón, pero que debe mejorar su distribución –después de todo, sólo tiene 22 años. El enganche per sé del club sería el talentoso Bernardo Silva, quien ya es codiciado por muchos grandes y dispone de una clase y una visión de juego que ya lo plantea como un distinto para el club. Y arriba, en la delantera, se cuentan con las variantes de un Radamel Falcao que debe demostrar, de una vez por todas, que ha superado sus problemas de lesión, un jugadorazo como Thomas Lemar –muy en las líneas de Anthony Martial-, un gran delantero centro como Valere Germain y Nabil Dirar, quien es uno de los que más tiempo lleva en el club, además de Guido Carrillo, que ha quedado en una suerte de segundo plano.

El conjunto del entrenador portugués se basa en el contragolpe y en la alta presión, guardando reminiscencias con lo hecho por el Atlético de Madrid de Simeone en los últimos tiempos. En campañas pasadas habían pasado problemáticas contra los rivales más pequeños por no saber adaptarse a otros estilos, pero ha sabido transmutar a una vertiente más ofensiva en esta campaña cuando deben ser el protagonista del partido. Además de eso, han sabido mantener la viveza táctica para superar a equipos más fuertes como el Tottenham o el PSG. Eso no cambia el hecho de que no supieron reaccionar contra el Niza, donde todas sus falencias defensivas se vieron expuestas en toda su gloria.

El inicio de temporada ha sido promisorio para el Mónaco, tomando en consideración la irregularidad del Lyon bajo Genesio y el hecho del que PSG con Emery aún no termina de carburar. Lo más probable es que ambos equipos obtengan algo de regularidad y puedan recuperar las primeras posiciones, pero por el momento, el cielo es el límite para los de blanco y rojo. Leonardo Jardim y la directiva merecen reconocimiento por haberse desprendido de tanto estrellas como de sus mejores promesas, haber obtenido una ganancia monetaria importante y estructurar un equipo altamente competitivo con un entendimiento táctico que no tiene mucho que envidiarle a los grandes. Les recomiendo que vean a este equipo y presten atención a sus baluartes que aquí hay calidad y futuro –escucharemos muchas cosas buenas de estos muchachos en los próximos meses.

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viernes, 12 de agosto de 2016

Scouting: ¿Quién es Samuel Umtiti y qué le aporta al Barcelona?




“La simpleza es la clave.”
- Ritchie Blackmore.

Yo siempre he sido completamente honesto con ustedes, mis queridos lectores, con lo que publico por estos lares y en otros sitios web (ustedes saben cuáles son). Así que quiero empezar este post en esa misma línea de sinceridad: yo honestamente creía que seguiríamos viendo la dupla Piqué-Mascherano en el Barcelona hasta el 2052 o hasta que lanzaran todas las bombas que acabaran con la raza humana. Eso era lo que tenía entendido, por lo menos.

Desde que a Guardiola se le ocurrió posicionar al mediocentro argentino al lado del catalán en la zaga central en el 2011, no ha habido ningún jugador en el elenco azulgrana que pudiera romper la hegemonía de dicha dupla por los éxitos cosechados. Y no es difícil de comprender por qué: la Piqué-Mascherano, contra todo pronóstico por las ciertas limitaciones individuales de ambos integrantes, ha generado muchos dividendos a los culés; pero en los últimos tiempos ha surgido esa inquietud en el seno del Barcelona de que un central nuevo se estaba convirtiendo en una necesidad. Aunque Mascherano se ha mantenido vigente, Piqué ha demostrado señales muy claras de declive en su rendimiento y los que debieron haber sido sus respectivos reemplazos -Bartra, Vermaelen y Mathieu- simplemente no estuvieron a la altura de las circunstancias. Así que se pusieron manos a la obra y se hicieron con los servicios de uno de los centrales jóvenes más en boga en Europa en tiempos recientes: Samuel Umtiti del Olympique Lyon. Sé que muchos barcelonistas se estarán preguntando “pero, ¿quién coño es este tipo?” Tranquilos, para eso está un servidor.


Aunque nuestro protagonista ni se acerca a las cuotas de popularidad de otros candidatos para este puesto en el club azulgrana que han sonado en tiempos recientes –llámese Marquinhos, Hummels o Manolas-, es ciertamente uno de los prospectos más emocionantes que se manejan en el fútbol actual. Umtiti es una rareza en el mercado: un defensor dotado de velocidad, timing, físico y buen manejo de pie; tal vez algo crudo todavía y sin mucho juego aéreo (aunque esto último es intrínseco al Barcelona, si somos sinceros), pero esas son debilidades típicas y hasta esperadas de un jugador en desarrollo y pleno crecimiento como es el caso del canterano del Lyon. Ahondaremos más adelante en sus rasgos futbolísticos, pero conozcamos la historia de quien puede ser uno de los refuerzos claves del Barcelona en el futuro cercano.

Samuel Umtiti, de origen camerunés pero establecido en el país galo, dio sus primeros a la palestra principal del fútbol jugando de defensor en una muy buena selección de Francia sub-19, liderada por un tal Antoine Griezmann, que derrotó a España en el Europeo de la categoría en 2012, pero que se quedó corta de ganar el torneo. A pesar de eso, el joven central y sus grandes actuaciones no fueron ignoradas y su equipo, el Lyon, comenzó a darle minutos, por más esporádicos que fueran, a su talento. El gigante francés siempre ha contado con una academia bastante buena y nunca les ha temblado el pulso para darle oportunidades a sus prospectos; pues con el decremento en rendimiento de Chris, uno de sus mayores símbolos y jugadores más representativos en su época de siete veces campeones de la Ligue 1 de manera consecutiva, decidieron apostar por Umtiti como su relevo. El típico movimiento de cambio generacional que, aplicado de buena manera, tiende a funcionar a las mil maravillas; el canterano alternó actuaciones en la zaga central como de lateral zurdo –posición en la que también se puede desempeñar- hasta que ya en el año 2013 se asentó como defensor titular del club a la tierna edad de 19 años. Ser parte del once inicial a tan temprana edad no es para nada sencillo; hacerlo en un histórico de Francia y reemplazando a un símbolo como el brasileño Chris son un testimonio de la madurez tempranera de Umtiti.


A partir de su alza tan repentina y precoz, nuestro protagonista se ha convertido en una de las propiedades más importantes de la Ligue 1 y en una de las promesas más emocionantes de Francia en los últimos tiempos. Fue un líder prematuro en el Lyon y supo organizar a la defensa hasta el punto que un diario francés, en aras de criticar a la zaga del club, dijo que eran “luego de Umtiti, el desierto.” Entendible. Se ha convertido en un bastión de la institución, de su programa académico y del que su presidente, Jean-Michel Aulas, le gustaba presumir con mucho ahínco. Para los amantes de los números y la estadísticas (que los hay y muchos), el oriundo de Camerún jugó más de cien partidos con el Lyon –incluyendo su debut en Champions la temporada pasada-, promedia un porcentaje de pases completados de más del 85% -algo necesario para el estilo pasador del Barcelona-, sus tackles tienen más de un 80% de éxito –por encima de defensores top de la Ligue 1 como Thiago Silva o el propio Marquinhos, por ejemplo- y tiene un promedio de tres juegos aéreos ganados por partidos, aunque destaco, a base de ojo y de ver sus partidos en la liga gala, que ése no es realmente su fuerte.

El gran rendimiento de Umtiti no solo fue visto por los de Ciudad Condal, sino también por la selección francesa y, ayudado por las lesiones de muchos centrales galos, tuvo su oportunidad en la Eurocopa de este verano con los mayores. Aunque no titular al principio, supo quitarle el puesto a Adil Rami y asentarse como uno de los mejores centrales de la competición, a pesar de la derrota de la local frente a Portugal en la final. Eso no dañó en absoluto su imagen; en especial cuando su fichaje estaba más que anunciado; el Barcelona se estaba haciendo con los servicios de un central con mucho futuro, actualidad y un totalitario: dúctil con el balón en sus pies, agresivo y que no teme poner su físico en línea para proteger su portería, rápido y lo suficientemente atlético para mantener el ritmo durante noventa minutos. Y costando 30 millones de euros, en este mercado tan alocado y volátil, puede ser uno de los mejores negocios en los últimos tiempos para el club.


El tema ahora no radica en el potencial y capacidad de Umtiti, que podríamos declarar en este punto que ya es un hecho –tal vez aquí impera la parcialidad de un servidor para con este jugador-, sino en cómo va a ser gestionado por el Barcelona. En temporadas recientes, el club culé ha operado con leves modificaciones en la mayoría de su once inicial y no son muy proclives a alterar su base; ésta es una de las razones de su éxito continuo en la última década. Eso también puede llegar a ser contraproducente puesto que permite que algunos jugadores, como puede ser caso del ya acotado Piqué e incluso Mascherano, se queden más allá de su vida útil, frenando el progreso del club. Umtiti no es el único en esta situación; los otros nuevos fichajes del club –André Gomes, Lucas Digne y Denis Suárez-, deben hacerse un hueco en el once inicial donde no solo impera el mérito y la calidad, sino también la jerarquía y, a no ser que exista un plan de sucesión en movimiento por parte del Barcelona, eso puede significar un bloqueo del crecimiento de este talentoso grupo de futbolistas. Y eso es, a mi criterio, la mayor dificultad que hallará Umtiti en el Camp Nou.


El francés es un buen defensor; incluso me atrevería a decir que es muy bueno y que puede llegar a ser un defensor de clase mundial con la experiencia que conlleva a ser jugador del Barcelona en no más de dos años. Y aunque ciertamente puede llegar a ser un elemento importante del club y capaz de manejar la presión que conlleva reemplazar a dos personajes tan representativos del club como Piqué o Mascherano, el muchacho no es ajeno a estos escenarios –ya vivió algo similar con Chris en el Lyon-, es el tema de la jerarquía lo que puede evitar que se asiente con la naturalidad exigida. Siempre lo he dicho: todo jugador joven necesita paciencia y ser llevado poco a poco, como cualquier persona que está empezando en un rol sin experiencia nueva en ese nivel; Umtiti deberá contar con las oportunidades para demostrar su calidad y no desprenderse de sus servicios luego de un par de equivocaciones porque eso es una vicisitud natural de un individuo de sus características. No sé ustedes, pero yo le tengo fe a este francés y espero que en el año 2022, esperando el Mundial en Qatar –eso sí va a funcionar-, estemos hablando de que veremos a Samuel Umtiti en la zaga central del Barcelona hasta el 2052. Lo digo con total sinceridad.

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viernes, 31 de julio de 2015

Fichajes Estrellados: Di María al Manchester United.




La rendición es la muerte del alma humana; es cuando su espíritu pierde todo deseo de perseverancia y la persona se transforma en una cascara vacía de lamentaciones. Y verán, mis queridos lectores –y no desprecien el “queridos”, que viene de un lugar sincero de mi parte-, como todos en este planeta inverosímil, tengo mis propias ópticas y perspectivas de la vida y sus significados. Por supuesto, no menos valiosas que las de ustedes; pero la diferencia es que yo dispongo de este Blog para expresar cualquier opinión que tenga de este hermoso deporte que es el fútbol. Y yo vivo con un dogma bastante claro y predominante: la rendición absoluta es para las personas débiles y patéticas. Puedes tener todo en tu contra e incluso fracasar en tu intento de triunfar en ese escenario, pero lo INTENTASTE. Ese deseo imperioso de luchar, de forcejear con las voluntades opresoras del mundo y de batallar con los obstáculos que se te presentan es lo que hace grande a una persona, sin importar su raza, sexo, estrato social o profesión. Esto aplica a todos los ámbitos de la vida. El que desiste, no es porque el mundo lo haya vencido; es porque él se dejó vencer. Todos somos capaces de lograr cualquier cosa, pero debemos poner de nuestra parte, incluso si no es algo que nos importe mucho o que tal vez no nos motive. A veces tenemos que demostrar algo con la fortaleza del incesante espíritu humano. Pero al parecer nadie le dijo eso a Ángel Di María en su paso por Old Trafford.

Antes de comenzar a narrar con el mayor detenimiento posible la desafortunada e invariablemente desastrosa campaña del argentino en el Manchester United, quisiera acotar que la entrada en cuestión, como todas las que he hecho desde la incepción de este Blog, es extremadamente personal y bajo un cierto velo de introspección. No busco ofender en absoluto a Di María y espero que ninguno de sus seguidores tome de manera muy personal lo que voy a decir; todos somos aficionados y yo soy nada más que un hincha apasionado que está narrando lo que siente de un jugador que, a sus ojos, no dio la talla por motivos que no son los que expresa la siempre parcializada media de Suramérica. ¿Vamos a lo que nos interesa? Vamos a lo que nos interesa.

Como en todas las historias de este talante, hay que explicar el contexto de la contratación: Di María arribó a Inglaterra como un jugador que estaba en su pique futbolístico y en la cima de su profesión –al menos podía presumir de eso en el 2.014. El extremo formado en Rosario Central había sido uno de los estandartes del Real Madrid para la consecución de la tan sagrada décima UEFA Champions League con una serie de actuaciones imperiales que hallaron su cenit en la final contra los rivales del Atlético de Madrid, además de guiar a la selección argentina al último partido de la Copa del Mundo en Brasil, que perdieron contra Alemania con la ausencia de Di María por lesión. Poseedor de una técnica endemoniada, una velocidad que le permitía surcar la banda con galopes trepidantes y con una capacidad poco suscitada para hacer lo imprevisto, Di María era un manojo de locura y genialidad que había encontrado su lugar en el mundo como una suerte de interior zurdo en el 4-3-3 de Ancelotti en el Madrid, que le permitió explotar en su máxima expresión. Era, de cierta forma, el balance entre la clase y creatividad de Luka Modric y Xabi Alonso, y la vertiginosidad y contundencia de la BBC (Karim Benzema, Gareth Bale y Cristiano Ronaldo). Pero era la magia, trabajo incansable y las galopadas perpetuas las que hacían a Di María un elemento tan único en un equipo bastante fuerte. Diego Simeone, el entrenador del Atlético, diría unas semanas previas a su salida que era el mejor jugador del Madrid. No estaba tan lejos de la verdad.

En cualquier equipo, el argentino hubiera sido constituido como uno de los mayores baluartes de la institución y luego de semejante despliegue en la final de Lisboa de la Champions, sería bastante lógico que fuera uno de los inamovibles el año entrante. Pero el Real Madrid no es cualquier club de fútbol y Florentino Pérez no es cualquier presidente. El dichoso presidente de la institución, siempre buscando formas para promover al club en el ámbito mediático y financiero, fue futbolísticamente enamorado por las diabluras del enganche colombiano, James Rodríguez, en el Mundial y decidió que él sería su fichaje bombástico de la temporada entrante. Lo que no se sabía durante la Copa del Mundo era que cada gambeta, cada gol, cada actuación incendiaria del ‘10’ de los cafeteros conllevaría al final de ciclo de Di María: Florentino pagaría 80 millones de Euros al Mónaco por los servicios de James, causando un efecto dominó en la formación táctica del equipo y obligando a Ancelotti a jugar con el colombiano, obligando a Di María a estar en la banca, luego de una temporada estelar que debería haber solidificado su lugar como indiscutible pero que una vez más lo veía, esta vez más cansado de la lucha, peleando por un puesto de titular. Si sumamos a eso uno que otro encontronazo con la hinchada del Madrid –el madridismo ha echado a más de uno del Bernabéu-, la reluctancia de Florentino a darle a un mejor salario –a pesar de haber sido el héroe de La Décima-, y el hecho de que lo reemplazaban por no ser guapo o mediático, se puede entender el deseo (forzado, porque se quería quedar) del argentino de marcharse. Y ahí entran en la escena el Manchester United y el Paris Saint Germain.


Desde un principio, Di María prefirió al Paris Saint Germain como su opción de salida; hay que aclarar eso desde un principio para entender esta historia en su entereza. El antiguo extremo del Benfica veía con buenos ojos el prospecto de recalar en el campeón de la Ligue 1 y si no hubiera sido por las regulaciones de Fair Play Financiero de la UEFA y el rimbombante fichaje de David Luiz por 50 millones de Euros, Di María probablemente hubiera llegado a la capital francesa el año pasado. Ángel nunca quiso estar en el Manchester United, y mucho menos en el naciente proyecto de Louis Van Gaal, exento de Champions League; pero desprovisto de oportunidades para quedarse en el Madrid y sin una opción preferencial hacia donde marcharse, el argentino se decantó por los cielos nublados y el clima no tan templado de Manchester. El técnico holandés necesitaba de una estrella: un jugador desbordante y peligroso que proporcionara algo inesperado a un equipo plano y carente de explosividad; Ed Woodward, directivo y responsable de los traspasos del club, necesitaba de un fichaje contundente que dejara en claro el poder adquisitivo del United en el mercado aún sin fútbol de Champions para ofrecer. Di María era ambas cosas y luego de negociaciones alargadas entre ambas entidades y 75 millones de Euros, era jugador del Manchester United. Portando el legendario número ‘7’ de George Best, Bryan Robson, Eric Cantona, David Beckham y Cristiano Ronaldo, parecía destinado a la gloria. Pero no todo es como uno desea en estas historias, ¿verdad?


El argentino arribó a un club que venía de una temporada donde quedaron de 7mos y sin títulos, además contaban con un comienzo sin victorias en los primeros tres partidos de la temporada 2.014/15. Di María entró a los sagrados pasillos de Old Trafford como una tormenta avasalladora: los primeros partidos del ex Rosario fueron soberbios y por su cuenta consiguió que el club ganara varios partidos y cosechará muchos puntos, cosechando un monto considerable de goles y asistencias en el proceso. Van Gaal lo posicionó en su puesto de interior izquierdo ofensivo en un 4-3-1-2 y a pesar del rendimiento irregular del plantel, Di María parecía estar a gusto en el sistema y el ritmo trepidante de la Premier League parecía no haberle afectado en absoluto. Pero su rendimiento inicial pareció verse socavado por el parón de la fecha FIFA y a posteriori se vería que esos partidos no fueron más que humo y espejos. Poco a poco, pero de manera consistente, Di María empezaría a diluirse en los partidos hasta convertirse en una sombra taciturna del una vez extremo incendiario que brillaba en el Madrid. No sirvió para nada, absolutamente nada, que su adaptación a la climatología de Inglaterra y su idioma fuera bastante pobre. Pero pienso que el punto de quiebre de Ángel en el gigante británico fue cuando un grupo de criminales violentaron su hogar con su esposa e hija pequeña estando ahí; fue un evento desafortunado que dejó secuelas en las vivencias de la familia en Manchester y a pesar de que el club financió un sistema de seguridad para él, cada vez más se notaba en la cancha que Di María no quería estar ahí –sus gestos, sus aspavientos y su bajísimo nivel lo denotaban.

Van Gaal, no conocido por su paciencia, le dio varias oportunidades durante el primer semestre de la campaña, pero luego de una ESTÚPIDA expulsión contra el Arsenal en los 4tos de final de la FA Cup donde toqueteó al árbitro principal, Di María sería relegado a la banca y el Manchester cosecharía una seguidilla de triunfos consecutivos desplegando su mejor fútbol de la temporada, derrotando en el proceso a equipos como el Tottenham, Liverpool o Manchester City. Se dejaba entrever con estas actuaciones que el Manchester, ahora aplicando un sistema táctico de 4-2-3-1, ya no necesitaba a Di María para carburar como un ente colectivo y más bien presentaba la problemática de cómo introducirlo al sistema –todo lo contrario al inicio de la campaña, que parecía un sueño distante e irreal en el estertor de la temporada. Simplemente, ya ninguno de los dos necesitaba del otro; pero ambas partes declaraban que querían intentarlo un año más y se podía escuchar a un Di María determinado por perseverar en el United durante la Copa América… pero todo eso ha parecido ser una cortina de humo para quedar bien con sus compañeros de equipo y con su entrenador. Ahí entró a la escena el PSG, ahora libres de las sanciones del Fair Play Financiero, quienes ya tenían todo a su favor para alejar a su anhelado Di María a tierras parisinas. El argentino no lo ha pensado dos veces y ha aceptado la oferta para firmar por los galos, dejando una imagen bastante pobre con el Manchester al no presentarse con el equipo en la fecha estipulada para la pretemporada y está escondido en Argentina esperando a que todo se resuelva para no tener que verse con los ingleses. Todo cubierto por un nefasto velo de cobardía y falta de sinceridad.

Lo triste del caso de Di María en el Manchester United es que su mejor rendimiento fue atisbado en el peor momento colectivo del equipo; y el mejor rendimiento del equipo fue encontrado durante el peor momento individual del argentino. Por más que se quiera vilipendiar lo hecho por Van Gaal, el holandés tenía que traer resultados inmediatos luego de la nefasta campaña con David Moyes y no podía reparar en los rendimientos francamente pobres de Di María o Falcao mientras el resto del equipo no se organizaba –es, básicamente, un control de daños del más alto nivel. Cuando Van Gaal cambió al 4-2-3-1, el equipo se volvió un tanto más constante pero se sacrificó el mejor lugar para Di María. Había que decidir entre los resultados o el triunfo individual de los jugadores –Van Gaal tomó la decisión correcta.


La rendición es el punto más bajo del alma humana y es cuando todo objetivo planteado o deseado encuentra una horrible muerte. Di María será recordado como uno de los mayores fracasos de la historia del Manchester United no por el bajo rendimiento que es una posibilidad en el mundo del fútbol, sino por el hecho de que cuando las cosas se pusieron difíciles, se rindió con una facilidad pasmosa y tomó la primera oportunidad para irse de la forma más patética posible: sin dar la cara y sin afrontar la problemática de frente como un hombre. Cierto, no quería estar en el club desde un principio pero, ¿dónde está el profesionalismo? ¿El deseo de un atleta de ser competitivo y de callar bocas? ¿De demostrar que a pesar de todo lo vivido, tú eres más grande que todo esto? ¿Dónde está su ambición? Muchos creyeron (yo, incluido) en Di María y depositaron sus esperanzas en él para ser el símbolo del United en esta etapa de reconstrucción, pero no lo pensó para retirarse a un reto más sencillo y a una liga donde todo le resultará más fácil. Di María no fracasó en el Manchester por un tema futbolístico puesto que capacidades le sobran en ese aspecto; fracasó porque su mente no pudo ser lo suficientemente fuerte para perseverar incluso en los momentos más cruentos de su época en el club y porque no era capaz de adaptarse a una cultura que él debió saber que era así de antemano –el frío, la lluvia y el idioma no son secretos en Inglaterra. Al final de todo, tanto el club como Di María seguirán y esto quedará como un episodio bastante funesto en la historia de ambos, pero quiero suscribir el comentario de la leyenda del club, el siempre elocuente Roy Keane, acerca del fichaje de Ángel al PSG que encapsula a la perfección el caso: “No es un traspaso deportivo; es un traspaso de estilo de vida. Eso me dice que el jugador es débil y que su mujer lo controla”. No lo pude haber dicho mejor.

PD: quiero dejar por esta vía una disculpa pública con el diario parisino, Le Parisien. Por varias semanas, había renegado de la información de dicho periódico del traspaso de Di María al PSG y quiero aprovechar esta oportunidad para disculparme con ellos por haber sido los primeros en exclamar la noticia.