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sábado, 28 de marzo de 2015

Pasados Posibles: Fernando Gago, el otrora “nuevo Redondo”.




Soy un fanático sin remedio de Los Simpson. Eso hay que mencionarlo porque incorpora algunas metáforas que son usadas como comedia, pero que muchas veces encapsulan momentos de genuina inteligencia. Recuerdo un capítulo en el que Lisa estaba hablando de universidades y una es proclamada como la siguiente gran cosa en el mundo académico –alegación que la hija del medio de Homero rechazó diciendo, y cito, “que el ‘nuevo algo’ nunca es el ‘nuevo’ de nada”. Reflejado como un chiste, deja entrever que muchas veces tratan de vendernos algún elemento y/o individuo como el sucesor de algo que nos ha traído grandes alegrías o satisfacciones para así hacernos tragar dicha propaganda de dicho algo que, simple y llanamente, nunca fue tan bueno. Es un método bastante útil para emocionar al estimado y así convencerle de que está ante un ente genuinamente grande y triunfador. En la sección de Pasados Posibles, donde parloteo acerca de jugadores que prometieron mucho y cumplieron muy poco, hay muchos casos de promesas que fueron tituladas como los nuevos Figo, Zidane, Ronaldo, Henry, Ronaldinho, Shevchenko, Scholes, Giggs, etc., y no llegaron a nada. Ejemplos bastan y sobran de mayor o menor medida, pero hay uno que me marcó en particular –tal vez porque lo viví de principio a fin- y fue el de la carrera de Fernando Rubén Gago. O también conocido como “el nuevo Redondo”.


Debutando a los 18 años con la camiseta de Boca Juniors en el ya lejano 2.004 (cómo pasa el tiempo, demonios) por Diciembre bajo el ala de Jorge Benítez, el mediocentro defensivo argentino no tardó mucho en hacerse un nicho en la titularidad del equipo Xeneize luego de una serie de actuaciones que convencieron al siguiente entrenador del gigante de Buenos Aires, Alfio “Coco” Basile, para que se erigiera como una de las figuras principales del plantel. El pibe, como le dicen a los jóvenes en Argentina, cosechó una seguidilla de triunfos y títulos en uno de los equipos más fuertes de la historia reciente del fútbol suramericano que contaba con figuras como Martín Palermo, Rodrigo Palacio, Hugo Ibarra, Sebastián Bataglia, Neri Cardoso, Daniel “El Cata” Díaz, Federico Insúa y un par más. Pero en un equipo de fútbol práctico –y un tanto resultadista, hay que decirlo- era el buen toque de balón, gran recuperación y salida elegante de un número cinco de 20 años lo que hizo que algunos de los grandes de Europa comenzaran a fijarse en él. La posición en la que jugaba, su estilo e incluso su peinado de melena larga castaña comenzaron a sembrar comparaciones con el último gran “5” de la albiceleste, Fernando Redondo, leyenda del Real Madrid, y eso hizo ganar enteros a la reputación de Gago al ser vinculado con semejante estatura de jugador. El ganar el Mundial sub-20 con la selección argentina en el 2.005 con jugadores como Lionel Messi, Sergio Agüero, Juan Pablo Zabaleta o su compañero de Boca, Neri Cardoso, sólo ayudó a enaltecer la imagen de un jugador que poco iba a durar en su país natal a ese paso y con varios colosos del Viejo Continente, uno blanco en especial, contemplando su progresión.

Pintita, como es apodado cariñosamente, no tardaría en irse a cosas mejores luego de la derrota de su amado Boca contra Estudiantes de la Plata (dirigidos por Diego “Cholo” Simeone, como dato curioso) en un desempate histórico en el Apertura 2.006, que dejó un muy mal sabor de boca (sin ánimos de chiste) para todos los seguidores del Xeneize. Al costado, el presidente de Boca, Mauricio Macri, comenzaba a fraguar negociaciones con el Real Madrid para la venta de su principal baluarte juvenil, que era Gago. El club blanco había estado siguiendo a Fernando desde hace un buen tiempo y el equipo dirigido por Fabio Capello por ese 2.006 necesitaba de un poco más de clase y buen toque en un doble pivote “legendario” del nivel de Emerson y Diarra. En noviembre de ese año, y con una inversión de 20 millones de euros, Pintita se iba al club con el que había soñado con ser parte, el Real Madrid, junto a su compatriota de River Plate, Gonzalo Higuaín. Habiendo llegado al club madrileño, los palpables y notorios símiles con Fernando Redondo se acentuaron aún más y el paso del joven argentino por el Real siempre iba a estar achicado y menospreciado por la injusta (aunque autoimpuesta, en ciertos momentos) comparación con quien era uno de los ídolos más grandes en los últimos tiempos del gigante europeo. A pesar de ser parte de una conquista épica de una liga en sus primeros seis meses con el club, el paso de Gago por el Madrid quedaría encapsulado en algunos buenos momentos intermitentes mostrando su calidad, pero las lesiones nunca dejaron ser a un jugador que era muy frágil en el aspecto físico y, aunque no muchos lo reconozcan, en el plano emocional.

Hay que hacer énfasis en mi última acotación acerca de la fragilidad mental de Gago puesto que representa en última instancia el motivo de su verdadero fracaso en la entidad blanca y,  por más que muchos no quieran admitirlo, el final de su posible ascenso como uno de los mejores en su puesto. El Real Madrid es, por naturaleza, un club de estabilidad cambiante y donde los jugadores deben poseer la fortaleza mental para soportar las críticas de la media, el odio de los antagonistas e incluso la aversión de sus propios hinchas cuando las cosas no marchan como deben en el plano individual o colectivo. Algo similar a la situación de Gareth Bale en el club actualmente, salvando las distancias. Gago siempre ha sido un jugador de condiciones y en sus dos primeros años en el Madrid demostró que tenía galones no para ser un fenómeno como Redondo, sino aportando fútbol a un nivel acorde a sus limitaciones… pero no pudo superar los obstáculos que un deportista debe derrotar para llegar a la gloria y está documentada la debilidad de Fernando a la hora de recibir críticas hasta el punto en que han habido casos en los que se ha aislado de sus conocidos en el plano personal por no ser convocado a la selección argentina por la época de José Mourinho en el Madrid. Es un individuo que se toma muy a pecho las negativas y eso, más allá del calvario de lesiones que enduró y que también afectó su rendimiento, fue el clavo final en su ataúd madridista. Eso queda bien en claro cuando entrenadores tan diferentes y dispares en cuanto a estilos futbolísticos se refiere como Fabio Capello, Bernd Schuster, Juande Ramos, Manuel Pellegrini y el ya mencionado Mourinho no fueron capaces de sacar lo mejor de Pintita y eso ya es culpa absoluta del argentino y de nadie más. El entrenador portugués no se complicó mucho con la antigua joya Xeneize y en lugar de tratar de hacer relucir el potencial del otrora “nuevo Redondo”, lo usó pocas veces en su primer año en la capital española y lo cedió la siguiente temporada con opción de compra a la Roma de Italia a buscar continuidad en la Serie A.

En esa nueva aventura futbolística, Gago pudo recuperar algo de la confianza perdida y una continuidad que lo había eludido en sus últimas tres temporadas como profesional. Jugó más de treinta partidos esa temporada, hizo un gol; pero al final de ese año deportivo, el club romano no ejerció la opción de compra por lo que le tocaba regresar al Madrid y fue vendido rápidamente al Valencia de España. Su nivel en el club valenciano no fue del todo positivo y con rumores de que deseaba volver a su Boca querido circulando por la media (que tuvo que desmentir en público), estaba bastante claro que el argentino no iba a seguir en Europa mucho tiempo más. Así surgió la posibilidad de recalar en Vélez Sarsfield en 2.013 a modo de préstamo por seis meses, pero las lesiones surgieron una vez más y aunque ganó un torneo de liga con el equipo de Argentina, el mediocentro no consiguió revivir algo de la forma y la realidad es que desde que había dejado la Bombonera no había atisbado ni siquiera un resquicio de ese nivel que hizo que muchos nos ilusionáramos con él como una de las siguientes estrellas del panorama suramericano. Despojado de condición física, con un rendimiento pobrísimo y con la confianza en lo más profundo de los abismos, su equipo, ése que uno como hincha sigue hasta los más profundos infiernos, su Boca Juniors, decidió apostar por él en las postrimerías de su carrera y aunque ya no era el joven “5” hambriento de gloria de abundante melena, vestir la camiseta Xeneize pareció hacerle revivir algo de la forma perdida e incluso le permitió jugar el Mundial de Brasil 2.014 con su selección argentina y conseguir un subcampeonato. Lejos están los tiempos de fichaje rutilante e incluso mediático del Real Madrid, pero ha podido ganar algo de consistencia en un ambiente conocido y, más importante aún, sentirse querido por los hinchas una vez más.


Ser etiquetado como el “nuevo alguien” es una carga inmerecida que nunca vas a poder sacudirte si no posees la personalidad y el carácter para mirar a las adversidades y soportar todas las vicisitudes que puedan lanzarte en tu rostro. Gago pudo haber sido mucho más con su carrera pero entre la falta de consistencia, lesiones y una fragilidad mental que siempre le ha resentido, el mediocentro argentino nunca pudo escapar de la tortuosa sombra de un tal Fernando Redondo que era simplemente muy difícil de hacer olvidar. Gago dejó Europa sin haber perpetuado un partido imperial, una jugada que dejara huella o un momento de dominación futbolística que demostrara que pudo haber sido el crack que tantos de nosotros vislumbramos -sólo meros destellos de calidad que saben a poco, muy poco. No es demasiado tarde para Pintita –tiene sólo 28 años-, pero se ve harto difícil que pueda darle vuelta a su carrera y callar bocas en el Viejo Continente en este punto de la historia. Lo que impera en mi mente al hablar de la carrera de Fernando Rubén Gago es la sensación de un jugador que se fue deformando con el pasar de los años en una devaluación constante de su fútbol hasta el punto en que no quedó nada más que la coraza inútil de un mediocentro que aporta su experiencia y calidad técnica en Boca, pero que no posee los galones ni la personalidad para dominar un mediocampo. Es el típico caso del jugador que se montó en su mente una muralla que jamás pudo superar para triunfar. Y eso es una tristeza. Yo no sé qué pasará por la mente de Gago estos días viendo a Modric y Kroos siendo una garantía en el mediocampo del Madrid, pero no dudo de que un pensamiento solitario y portentoso vaguea por su mente: “Pude haber sido yo”.

sábado, 7 de marzo de 2015

Cracks en las Sombras: Javier Zanetti, el eterno rendidor.




Solemos quedarnos con el famoso, el que vende mucho, el que es guapo o al que se le hace más propaganda. Esto no es nada nuevo en la sociedad en la que vivimos. Pero muchas veces también solemos olvidarnos de aquellas figuras que fueron imperativas en el éxito consumado de tantas grandes escuadras y han cuajado carreras estupendas sin sobresalir en demasía o brillando por otros motivos que no fueran su propia excelencia deportiva; eso se puede considerar una forma respetable de habitar en un mundo donde los egos y la arrogancia son el pan de cada día. En esta semana de La Soledad del Nueve, he creado la sección de Cracks en las Sombras: un espacio en el que voy a hacer un pequeño homenaje a aquellos jugadores que hicieron historia en el fútbol pero al parecer el fútbol no los recuerda en su historia. Debuta la sección con un ejemplo de consistencia, trabajo y humildad como es el legendario otrora capitán y lateral derecho del Inter de Milán y de la selección argentina, Javier Adelmar Zanetti: un jugador que se mantuvo fiel a unos colores en Europa, se erigió como uno de los mejores en su puesto y cuyo desenlace profesional es una de las más encomiables historias contra la adversidad que podrán escuchar por estos lares. ¿Están interesados? Pues síganme.

Por más tonto que suene en este punto de nuestras existencias, es bastante seguro decir que todos los hinchas del fútbol que insultamos a la televisión cada fin de semana durante un partido hemos tenido la ilusión, aunque fuera por un mero momento, de ser un jugador profesional pero, eventualmente, esos sueños se derrumbaron. Algunos se tardan un efímero minuto en ver morir ese sueño y algunos, en una cruenta jugada del destino, tardan años de esfuerzo y empuje para saber que simplemente nunca jugarán en el Old Trafford contra el Liverpool –sueño de un servidor, si preguntan. El mío fue un cómodo intermedio: un año. Era el 2.007, tenía doce años y ya comenzaba a empaparme mucho más en esto del fútbol: jugadores como Ronaldinho, Ryan Giggs, Dimitar Berbatov y un par más eran a quienes yo quería emular en la cancha con mis amigos, por más torpe que fuera jugando –realidad que he aceptado hoy en día. En fin, en mi colegio comenzaron a formar un equipo de fútbol para la institución y yo participé; traté de esforzarme al máximo y jugar en pos de mis compañeros porque yo sabía que no era la gran cosa jugando y que el entrenador iba a apreciar mi esfuerzo desinteresado. Pues, finalmente no entré al equipo, y creo que eso desarrolló en mí un interés por esos jugadores que no siempre tienen el reconocimiento que se merecen, que trabajan arduamente en las sombras para que el genio pueda resolver las situaciones sin muchos problemas. ¿Ustedes se imaginan a Cantona sin Roy Keane cuidando su espalda? ¿A Zidane sin Makelelé o Davids que lo libraran de la labor de marcar? O en tiempos modernos, ¿a Fábregas sin Nemanja Matic para que pueda crear fútbol sin obligaciones defensivas extenuantes? Yo no. Y es por eso que hay muchos jugadores que han sido vitales en el éxito de las grandes escuadras de la historia de este deporte que no tienen el mérito que se merecen. Y en muchas formas, el más grande ejemplo de esto es el argentino Javier Adelmar Zanetti.



Como muchos jugadores suramericanos, los comienzos de Zanetti fueron bastante austeros y humildes. De bisabuelos italianos, el joven Javier tuvo que ayudar a su familia en el tema económico en su adolescencia trabajando con su padre como obrero de construcción mientras daba sus primeros pasos en el fútbol juvenil hasta su debut con su primer equipo, Talleres de Córdoba, en 1.992, luego de haber fallado en su intento de ingresar al equipo del que era y es hincha hasta la actualidad, Independiente de Avellaneda. Un año después se iría al Banfield donde debutaría en la Primera División de su país y donde jugaría por un par de años obteniendo reconocimiento y ganándose un lugar por el carril derecho de la selección Argentina para los Juegos Panamericanos de Mar del Plata de 1.995. Ahí hace acto de presencia el entonces nuevo presidente del Inter de Milán, Massimo Moratti, con su hijo y ambos se van sorprendidos y con muy buenas sensaciones de aquel número 4 cuyo nombre desconocían. No tardaría mucho para que en ese mismo 1.995 el propio Moratti se hiciera con sus servicios para su equipo, junto con su paisano argentino, Sebastián Rambert, de su querido Independiente. Como anécdota, cabe mencionar que Rambert llegó como un fichaje algo rimbombante y como el goleador del fútbol argentino al Inter mientras que la contratación de Zanetti no tendría mucha trascendencia en los medios. Pero eso cambiaría posteriormente.



Lo que comenzó como un fichaje de poca importancia y para llenar un puesto, a posteriori se convertiría en, probablemente, el mayor idilio de lealtad que haya disfrutado la entidad nerazurri en su historia. Zanetti iba a irse cedido en su primer año pero el entrenador del equipo por esos años, Ottavio Bianchi, queda sorprendido con sus condiciones y su dedicación por lo que comienza a ganarse un puesto que no soltaría. En ese año en el Inter sobresalían jugadores como Roberto Carlos, Paul Ince y un par más, pero Zanetti los sobrepasaría a todos en cuanto a longevidad y nivel en la escuadra lombarda. Luego de dos temporadas carentes de títulos, el argentino cosecharía su primer triunfo europeo con aquella Copa UEFA de la 97-98 con un Ronaldo pletórico que haría pedazos a las defensas rivales y serviría como el baluarte de aquella consecución. Los años pasaron y el Inter quedaría en segundo plano en una Serie A que era la mejor liga del mundo por esos años y donde Juventus y Milán gobernaban con autoridad, mientras que el equipo de Zanetti sufriría incontables vicisitudes y una sequía de títulos bastante dolorosa a causa de un vendaval de contrataciones que no cuajaban, entrenadores que no funcionaban y una institución que, simplemente, parecía estar a puertas de un declive deportivo. En el 2.000 y en pleno auge de la crisis previamente acotada, nuestro protagonista recibe una oferta del entonces campeón de Europa, el Real Madrid, para unirse a sus filas; haciendo gala de su simpleza y profesionalidad, agradece el interés pero lo rechaza al sentirse a gusto en el país y en un Inter que lo acogió desde el primer día como si fuera un canterano de la institución. Un ejemplo de lealtad a los colores y se vería recompensado por eso.



Respetado y admirado por sus compañeros y rivales, los años pasarían para el argentino donde el Inter comenzaría a ganar poder en Italia luego del polémico caso de arreglo de partidos que dejarían mal parados a la Juventus y al Milán en 2.006, cosa que facilitaría la reestructuración del plantel para cosechar cuatro Escudettos consecutivos. En el 2.008, Roberto Mancini dejaría a la institución lombarda para que José Mourinho construyera el que un servidor considera como su mejor equipo y así conseguir un triplete histórico, que, obviamente, incluiría una UEFA Champions League en el 2.010 que evadía al Inter desde hace casi cuatro décadas y que el capitán dedicó a su madre recientemente fallecida en el enorme cielo del Santiago Bernabeú. Javier Adelmar Zanetti siempre ha hablado mil maravillas del portugués y puede decirse que el argentino pudo aprovechar todos sus dotes y condiciones al ser aprovechado –no por primera vez, pero sí a su máximo potencial- ambos laterales, carriles y como un mediocentro de contención junto a su paisano, colega y amigo, Esteban Cambiasso, además del ítalo brasileño, Thiago Motta.



Los años seguirían y cuando una lesión llamada “Talón de Aquiles” lo dejó aislado del fútbol por seis meses a la edad de 39 en Abril de 2.013, muchos fueron los que asumieron su retiro como algo ya inevitable; pero haciendo uso de la consistencia y dedicación que han sido sinónimos de su carrera superó ese traumático incidente para volver en Noviembre de ese mismo mes. Tampoco hay que olvidar sus pasos por la selección Argentina donde entró en el corazón de muchos al anotar ese gol contra Inglaterra en el Mundial de Francia ’98 con una exquisita jugada preparada que le daría el empate a la albiceleste en un posterior triunfo en penales contra un rival cuya relación estaba enemistada por su reciente pasado bélico. Jugaría el Mundial de Korea-Japón ’02, pero luego sería dejado por fuera por Pekerman y Maradona en las Copas del Mundo de 2.006 y 2.010, respectivamente. Una lástima, si consideramos el gran nivel que siempre ha ostentado este señor jugador.




Y es que me quedo corto. En una sociedad pertrechada por el internet y donde el fútbol se ha convertido en una suerte de ejemplificación de cómo cualquier menso puede expresar su ridícula opinión y sentirse tan a gusto, es comprensible que la carrera de Zanetti tal vez nunca tendrá el crédito merecido más allá de las fronteras del San Siro puesto que él es la antítesis de las “estrellas” que proliferan cada vez más rápido en el panorama y cada vez con menos talento. Es más, me atrevería a decir que cada corrida, cada victoria, cada título, que este ejemplar de profesionalismo consiguió fue producto de la dedicación de quien acepta sus limitaciones y trabaja cada maldito día para conseguir lo que tanto ha añorado. Como jugador era rápido, demoledor, rendidor –un axioma en su estela como futbolista- y capaz de realizar algunas de las mejores galopadas que este no tan humilde escritor venezolano ha visto en el deporte de los 90 minutos. Como persona, por lo poco que me pueden decir las entrevistas y aquí reconozco mi subjetividad, es un hombre sencillo, libre de los aborrecibles delirios de grandeza de la fama y siempre comprometido con sus compañeros dando el ejemplo. Un jugador que debería ser conocido por todos como, tal vez, el mejor lateral derecho de todos los tiempos. Un jugador y persona irrepetibles. Para quienes deseen dedicarse a esto del fútbol, les sugiero que tomen a este argentino como su modelo a seguir; les aseguro que tendrán una larga y exitosa carrera.

Como último dato curioso, puedo decirles que ha ido al mismo barbero desde su arribo a Italia. El barbero es hincha del Milán. Lo que se ha tenido que aguantar el barbero, ¿eh?

lunes, 2 de febrero de 2015

Nos volveremos a ver: Juan Román Riquelme.






Estaba sentado en el vestuario de Argentinos Juniors esa tarde del 8 de Diciembre de 2014 antes de enfrentar al Douglas Haig en un partido que definiría si “El Bicho” podría ascender a la máxima categoría del fútbol argentino. No pensaba en muchas cosas; no sentía las presiones de sus compañeros por cumplir con las expectativas de la hinchada de llevar a una de las más grandes instituciones del balompié argentino a la primera. No sentía presión alguna y no cargaba en sus hombros con ninguna preocupación que no fuera jugar en la cancha como siempre lo había hecho desde su debut en el ’96 con Boca. ¿Por qué habría de sentirse socavado por la presión o por las exigencias de otros cuando nunca pateó un solo balón para alguien más? ¿Es que acaso era un egoísta que sólo le importaba su propio porvenir y el valorar al hincha era algo superfluo para su persona? Fuera adentro o fuera de la cancha, la figura de Juan Román Riquelme encapsulaba las más grandes pasiones y los más tortuosos debates. En los últimos años de su carrera se pudo leer y escuchar de todo acerca de su figura: que era un pecho frío, que era un arrogante, que era un hedonista ideológico, que no le importaban los demás, que se iba a ir a River o que sólo le importaba el dinero. Pero, una vez que Román dijo a principios de este año que dejaba las canchas, toda la palabrería, los rumores morbosos y la cizaña que siempre se quiso escurrir en su carrera parecieron disiparse del panorama y el motivo de esto era muy sencillo: Juan Román Riquelme se retiraba del fútbol profesional. Y ahí cesaron los pensamientos de que era un arrogante, un déspota con complejos de superioridad o un sujeto que no corría porque cuando haces bien y eres honesto –por más que eso te haga hacer enemigos y detractores-, serás recompensado por eso. Riquelme es alguien al que se le pueden achacar ciertas cosas como su falta de éxito en Europa -que explicaré con detenimiento más adelante-, pero es que la suya fue una carrera que expresaba de la manera más artística y preciosista aquella pasión que Román jamás supo expresar con palabras y que muchas veces le ganó el título de “pecho frío”, una expresión argentina para aquellos que tienen sangre fría y parecen no sentir pasión alguna. Se retiró Riquelme y se olvidaron las mentiras; sólo quedaron sus jugadas.



Se retira Román y todos aquellos que hemos sido alucinados y encandilados por su juego recordamos un momento en particular de su carrera que encarna todo lo que pensamos acerca de quien tal vez sea el último gran diez, el último gran conductor, un jugador que es una rareza en el fútbol de estos días. Yo siempre recordaré tener 12 años y haber ido a Caracas con mi familia en un viaje de nueve horas donde llegamos exhaustos al hotel en alza de la noche; mi madre se fue a la cama pero mi hermano mayor y yo nos postramos enfrente del televisor para ver la vuelta de la final de la Copa Libertadores entre Boca y Gremio de 2007 en Brasil. Yo veía jugar a Boca para ver al diez hacer de las suyas y sus jugadas, sus tiros libres y sus pisadas, aquellas que me atraparon en su último año con el Villarreal, realmente valían cada segundo en autobús que me tomó para llegar a la capital. Lo que jugó Román esa noche fue una hecatombe de juego, clase y un derroche de calidad que culminó en dos goles –el primero con una pegada mortal a larga distancia- que le daban a su Boca querido una Libertadores más para presumir en su estantería y otro momento donde Riquelme se creció para su equipo. Y es que en un mundo donde el internet y la globalización han permitido que cualquier desinformado pueda opinar como si llevaran décadas en diferentes temas, hay quienes no han pateado un balón en sus vidas y sólo llevan tres años viendo fútbol y dicen linduras como que es un jugador “sobrevalorado”.


Y yo digo que eso es una mentira del tamaño del Wembley. Tal ha sido la evolución de nuestros tiempos en el fútbol que sólo los jugadores que terminan sus carreras con un gran número de medallas de campeón merecen ser cotizados u homenajeados. Se ha desarrollado una actitud triunfalista donde muchos aprovechan para apostarle al caballo ganador y se olvidan que este maravilloso deporte engloba mucho más que sólo resultados finales o estadísticas vacías. Riquelme no era un jugador cuantificable o contable; no era alguien a quien pudieras medir su valía mediante porcentajes de pases completados, kilómetros recorridos o cantidad de goles al final de la temporada –era un diez, un enganche, el último grito estridente de una raza de juego preciosista que ha fallecido en la evolución de un deporte donde sólo los pases, los goles y la velocidad parecen ser apreciados. ¿Dónde está la magia, la picardía, la técnica y la visión en esta época? ¿Esos momentos minúsculos pero inmortales donde el jugador con clase pisaba la pelota, la protegía y se volteaba para dar un pase matador al nueve de área? Esos momentos de magia parecen haber seguido el camino del Dodo. Fue así cómo Riquelme, desde su debut en 1996, comenzó a liderar a un Boca Juniors que, año tras año, ganaría enteros hasta convertirse en una fuerza a reconocer en toda América como su monarca absoluto. Con un Román pletórico bajo la vigila de Carlos Bianchi como entrenador, el equipo Xeneize, con otros titanes como el “Patrón” Bermúdez, Mauricio “Chicho” Serna, Martín Palermo, Guillermo Barros Schelotto, Hugo Ibarra, Walter Samuel, entre otros más, ganaría dos Copas Libertadores seguidas en 2000 y 2001, ganaría varios torneos locales y, tal vez más sobresaliente que todo lo mencionado, ganarían una Copa Intercontinental a un Real Madrid plagado de fenómenos como Figo, Roberto Carlos, Fernando Hierro, Santiago Solari, Steve McManaman, Claude Makelelé, Raúl, Fernando Morientes y un imberbe pero ya notable Iker Casillas. En esa noche del 28 de Noviembre del 2000 Riquelme se bailó e hizo lo que le vino en gana a un Madrid que no podía quitarle la pelota e hizo gala de su portentosa técnica al frustrar y enloquecer a quien quizás era el mejor mediocentro defensivo de esos años como Claude Makelelé. Una demostración excepcional en una justa de primer nivel contra el que era quizás el mejor equipo del mundo por esos años antes de que la mercadotecnia los devorara. Ya lo había logrado todo en el club de sus amores, donde se le dio la oportunidad en el fútbol y demostró con creces que ya estaba listo para otras oportunidades. Era el jugador sensación de América y no faltaban los llamados de los grandes de Europa para hacerse con sus servicios. Aquí es cuando lo que era una carrera en ascenso conoció sus primeros obstáculos.



Llegaba el reto del Barcelona y su arribo a Europa: su momento de demostrar que podía reinar en el viejo continente como lo había hecho en América. El Barcelona no era el equipo devastador y dominante que era en la actualidad y pasaba por una época de sequía en cuanto a títulos y calidad futbolística se refiere. Además de eso que acabo de acotar, se topó con un Louis Van Gaal en la dirección técnica cuya gran flaqueza siempre ha sido la de experimentar con el posicionamiento táctico de sus figuras en demasía y puso a Román, un jugador lento y sin mucho desborde, a jugar por la banda como un número ocho cuando su juego era en el centro dictando los tiempos y conduciendo a su equipo como un metrónomo. Van Gaal le dijo abiertamente que “cuando tienes el balón, eres el mejor; pero cuando no lo tienes, jugamos con uno menos” –un comentario que solidificaba la visión del holandés por mantener al colectivo por encima del individuo, lo que había causado la venta del gran Rivaldo al Milán al comienzo de ese año. Hizo lo que pudo en el rol que se le había asignado pero estaba sufriendo una contradicción interna puesto que su naturaleza no era la de un extremo, pero no faltarían los detractores que aprovecharían los resultados infructíferos de esta reconversión de Riquelme para achacarle que no tenía el nivel para jugar en Riquelme y que el Barcelona se había equivocado al traerlo, cuando éste era un equipo descompensado y que no estaba jugando para nada bien durante esa época que fue 2.001-03; con Van Gaal y, posteriormente a su despido, con Radomir Antic se demostró eso al no haber mucha mejoría con ninguno. El Barcelona pasaba por una gestión irregular de Joan Gaspart, era un plantel que sufría un complejo de inferioridad por el Real Madrid de los Galácticos que ganaba la Champions League y con el recuerdo de los problemas de Rivaldo aún frescos, lo último que quería Van Gaal era otro suramericano creído, a sus ojos. Pero la prensa en enfrascó con Riquelme y ahí comenzarían las críticas con un jugador que siempre despertaba el instinto más cruento en la media y éstos aprovechaban cada oportunidad que se les presentaba para lanzar pertrechos a su persona con comentarios que casi nunca iban por la vertiente deportiva. Eso no evitó que dejara su huella en el club: ahí está un jugador del club que se deshace en halagos hacia el argentino y siempre le agradece por haber aprendido de él en sus años primigenios como jugador; su nombre es Andrés Iniesta. Con la llegada de Frank Rijkaard y de un talentoso brasileño llamado Ronaldinho (¿lo conocen?) a comienzos de la temporada 03-04, Riquelme fue cedido a préstamo a un equipo pequeño de la Liga como era el Villarreal CF. En este punto de la historia, cualquier jugador habría caído en una depresión y su carrera se hubiera ido a la mierda. Pero déjenme decirles algo, mis queridos lectores: Juan Román Riquelme no era cualquier jugador.




Fue aquí donde el diez renació de sus cenizas como una Ave Fénix que buscaba demostrar. Buscaba callar bocas… bajo sus propios términos. Siempre bajo sus propios términos. Se encontró con un ideario de juego por parte de Manuel Pellegrini, antiguo técnico de su rival River, quien vio en Román a la piedra angular de un proyecto que sorprendería a propios y a extraños. Fue en El Madrigal donde el diez argentino recobró ese amor por el juego y su fútbol revitalizado catapultó a un equipo de pocas aspiraciones a ser un rival de más alta y estimada calaña. Fue en esa primera temporada en el Submarino Amarillo que comenzó a dar muestras de sus dotes futbolísticos y el Viejo Continente podía atestiguar que el argentino podía brillar lejos de esa Bombonera que tantas alegrías le había generado y tantas que él les había dado. El segundo año de la cesión llegaría otro rechazado de un equipo grande, el delantero uruguayo Diego Forlán del Manchester United. El charrúa y el argentino construyeron una relación y entendimiento que alzaría al Villarreal a cuotas impensadas de nivel y ambición hasta atisbar un tercer puesto en la Liga española a base de esfuerzo, dedicación y un fútbol estupendo, con el delantero consiguiendo una Bota de Oro en el proceso. Riquelme actuó como un artesano al que le habían dado muy poco en materia de equipo y llevó a lo más alto que podía a un equipo tan pequeño. La siguiente temporada sería fichado permanentemente y lograría una hazaña para enmarcar: llevar al equipo valenciano a las semifinales del torneo futbolístico más grande en materia de clubes, la UEFA Champions League. Pero una vez más el destino, mano cruenta y burlona como ella sola, hizo que Román tuviera la responsabilidad de patear un penal en las semis contra el Arsenal de Thierry Henry y lo fallaría para ser enmarcado para los anales de la historia moderna del fútbol español y el mayor suceso en la historia del Submarino Amarillo. Una vez más, los críticos saltaron a la oportunidad y todo lo logrado de repente parecía olvidado por un momento donde cualquiera pudo haber fallado pero le tocó a Román, una vez más, bailar con la más fea. Luego llegarían las desavenencias con Pellegrini y su regreso a Boca en 2007 luego de una última temporada irregular y bizarra con el Villarreal a causa de una mala relación con su entrenador.





No hay que olvidar la relación tan volátil que tuvo con su queridísima selección argentina y cómo, cuando lo necesitaron, Román estuvo ahí. Podría decirse que su periplo en la albiceleste nunca fue tan prolífico o encomiable –exceptuando una excelsa fase de grupos en Alemania 2006- como otros períodos de su carrera pero es importante recalcar que no muchas grandes figuras han podido rendir en la selección argentina en los últimos tiempos. Los problemas con los diferentes seleccionadores y directivos han sido los mismos que ha tenido en el Villarreal, Boca, Barcelona e incluso en su regreso a mediados del año pasado a Argentinos Juniors: nunca se dejó llevar por los cánticos de sirenas que es el gran negocio sucio que es el fútbol. Román nunca jugó para los demás; sus caños, sus pisadas, sus golazos o sus pases matadores eran para alimentar esa pasión individual que era la suya por vivir y sentir el fútbol. Más allá de la imagen retraída, Riquelme era, demostrado a través de su juego, un romántico del fútbol y un hombre como pocos puesto que nunca quiso quedar bien con nadie, jamás se vendió a un bando y todas las enemistades que se consiguió en el trayecto de su carrera fueron a causa de no dar su brazo a torcer porque él no era un muñeco publicitario o un instrumento de la media; él era AUTÉNTICO. Se retira Román, el futbolista, pero también se retira el último obelisco de una forma de ver el deporte –y quizás la vida en el mismo- que ha ido padeciendo una muerte lenta pero segura a causa de una globalización y mercadotecnia donde el campo, la pelota y la jugada preciosa como aquel legendario caño a Mario Alberto Yepes en un Boca – River ya no son apreciados como antes. Y tal vez pude haber sido más preciso y detallista con su historia, pero eso no surge en mí. Este tributo surge en mí porque mis primeros recuerdos de este deporte tienen al diez jugando contra el Glasgow Rangers en El Madrigal con su Villarreal octavo de Champions en 2006. Porque fueron sus jugadas y las picardías de Ronaldinho por las que comencé a ver el lado más romántico y preciosista de la pelota. Se retira Román y cae el telón para toda una generación de amantes a la pisada y a la pegada exquisita.

Más allá de lo que pueda decir como un humilde crónico y aficionado al fútbol –ni Xeneize ni argentino soy, ojo- acerca de Riquelme, el mayor reconocimiento a su valía vino de un colega argentino con el que hablé recientemente acerca de su retiro y me decía lo mucho que significó para el fútbol argentino, que nunca se calló nada, que nunca quiso ser amigo de Dios o del Diablo, que prefirió ser un hombre sincero con muchos enemigos que un falso con muchos amigos y que es el mejor jugador de la historia de Boca. Es hincha de River. Más no puedo decir.


¡Gracias, Román!
“No me ames a mí, flaco. Ama a tu novia; yo sólo juego al fútbol”
-          Juan Román Riquelme