Vistas a la página totales

Mostrando las entradas con la etiqueta Valencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Valencia. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de abril de 2015

Segundos para Recordar: el Valencia y la maldición de Héctor Cúper.





¿Qué hacemos cuando no podemos conseguir respuestas de los eventos que nos marcaron para toda una vida? ¿Qué podemos hacer cuando tenemos que ahogar lágrimas por orgullo y sólo contemplar al vacío mientras que un objetivo por el que tanto hemos batallado y perseverado se nos escurre de las manos no una sino dos veces? Siempre he pensado que muchos aspectos del fútbol pueden ser transportados a nuestra vida diaria para aprender y valorar diferentes lecciones; uno de ellos es que en este deporte de once contra once, como en la vida, siempre se da revancha. En un cruel azar del destino, podemos caer en cuenta de que tuvimos una oportunidad que nadie más tuvo y nunca haber capitalizado en ella para sentir en nuestras manos ese crisol de gloria y eternidad. Héctor Cúper es, para todos los efectos, la ejemplificación absoluta del estar tan cerca de lo deseado y no poder alcanzarlo; del quiero y no puedo; de sentir cómo las más arrebatadoras ilusiones son quebrantadas por el recio golpeteo de la realidad. Ahondemos un poco más en la carrera de este entrenador argentino que en equipos tan dispares en repercusión y estilos como Huracán, Lanús, Mallorca, Valencia, Inter, Racing de Santander, Parma, Real Betis, Aris y un par más que me dejo en el tintero, supo construir planteles aptos para batallar hasta el final por títulos pero que siempre, siempre, se quedaba a puertas de la victoria. En esta ocasión me voy a enfocar en su Valencia –que si hablo uno por uno, no acabo esta semana-; una de las historias más duras y desafortunadas en la historia reciente del fútbol europeo. El Valencia de Cúper: unos Segundos para Recordar de manual.

El hombre oriundo de la provincia de Santa Fe se había hecho un nombre en la liga española luego de haber conseguido un éxito moderado en su país natal con equipos humildes como Huracán o Lanús –llevando a ambos a luchar por el título de liga-, para luego llevar al Mallorca a una final de Copa del Rey en la temporada 97/98 en su primer año como entrenador en Europa, perdiendo a manos del Barcelona de Louis Van Gaal. Luego de una segunda temporada decente –y con un título muy importante para el equipo de Palma de Mallorca como fue la Súpercopa de España-, Cúper toma al Valencia CF puesto que Claudio Ranieri se fue al Atlético de Madrid. Con jugadores como Gaizka Mendieta, Kily González, Claudio “El Piojo” López, David Albelda, Mirozlav Djukic o Javier Farinós, el Valencia de Cúper conseguía su primer título de esa nueva era al ganar la Súpercopa de España –el último título de Cúper en su carrera, como dato curioso y definitorio-; pero la liga comenzaría con resultados dubitativos que no le permitía al equipo maximizar su potencial y el argentino comenzaría a ser señalado a causa de esto. Debido a una relación algo volátil y ambivalente con una de las estrellas del plantel, “El Piojo” López, el antiguo central argentino dejaba afuera de las convocatorias a su paisano y en una ocasión, al sacar a López de la cancha en un partido que perdían contra el Real Madrid desplegando un fútbol paupérrimo fue pitado por su propia afición con cánticos de “¡Cúper, vete ya!”. Esto desembocaría a posteriori en la venta del atacante a la Lazio de Italia. Fue con el arribo de la eliminación directa de la UEFA Champions League en la que el Valencia se halló a sí mismo y llevó a cabo una remontada en los frentes nacionales e internacionales; el equipo comenzó a agarrar ritmo futbolístico y pudo avanzar hasta fases impensadas de la máxima competición de clubes en Europa e ir escalando posiciones en la Liga. Cuando todos se dieron cuenta, el Valencia había sorprendido a toda Europa al eliminar a Lazio y Barcelona para llegar a la mismísima final de la Champions mostrando un gran nivel y con jugadores como Mendieta o el Kily González como piezas fundamentales. París los esperaba y ahí el Real Madrid en la primera gran final española.

Ahí fue cuando la maldición, el gafe, la esperpéntica adoración al fracaso de Cúper comenzaba a dar señales que sólo habían sido atisbadas en sus equipos anteriores. Cientos de hinchas del equipo "Ché" habían viajado a tierras parisinas para vivir su primera final como insospechados favoritos y el duelo que se llevó a cabo fue uno en el que el Madrid, con un plantel altamente balanceado y competitivo, se mostró como el mejor de principio a fin en un 3 a 0 demoledor que fue adornado por esa joya onírica que fue ese gol de Raúl con una corrida y resolución legendarias. Arañando la “Orejona” con ahínco y deseo, el Valencia se había quedado cerca, cerquísima, de levantar el trofeo más importante a nivel de clubes; pero la falta de experiencia en ese nivel de los jugadores y su entrenador les habían jugado una mala pasada contra una escuadra madridista que sí tenía experticia de sobra en el más alto calibre con figuras como Raúl, Morientes, Redondo, Hierro, Roberto Carlos y un par más. En el momento más importante de sus carreras, tanto para los jugadores como para Cúper, les temblaron las piernas y el nerviosismo pudo consumir las almas de unos jugadores que tuvieron con qué, pero jamás supieron dominar su ímpetu para conquistar tan ansiado objetivo. La medalla de segundo era una a la cual el argentino se estaba acostumbrando con cierta premura, pero no iba a caer sin pelear. Ni su equipo.


La vida es muy irónica y muchos hinchas valencianistas soñaban con revivir las grandes noches europeas hasta llegar a la final una vez más… lo que no pensaron es que tendrían lo que deseaban al año entrante. Con incorporaciones como Ayala, Baraja, Carew o Aimar, el Valencia daba un segundo asalto en la Champions con el deseo imperante de dar con el espíritu de retribución de lo vivido el año anterior y para consagrarse como un gigante de la competición en ascenso. ¿Cuántos equipos pueden presumir de haber llegado a dos finales de UEFA Champions League de manera consecutiva? Pocos, muy pocos. En la liga española habían sido líderes luego de unas cuantas jornadas; pero su forma liguera se diluía a medida que proseguía la temporada y el equipo enfocó todas sus fuerzas en Europa donde supieron eliminar a equipos de la talla del Arsenal y el Leeds United (equipazo en esos años, para los menos adoctrinados) hasta llegar a la final en Milán, en el mismísimo San Siro, contra el gigante bávaro, el Bayern Múnich. Había pasado un año: habían aprendido, los jugadores habían mejorado, tenían un mejor planteamiento y ya habían vivido este ambiente; ya habían respirado ese aire único de final que solo pueden experimentar unos cuantos elegidos. Pero el Valencia, Cúper y la maldición de las finales de Champions parecían ser una máxima en el devenir de la institución. Aún faltaba sufrir una vez más.


El Valencia empezó bien con un gol de penal de Mendieta en los primeros compases de la final; pero Effenberg empató con otro penal a mediados del mismo. El partido estuvo bastante peleado y parejo, mucho más que el año pasado, hasta que llegaron al tiempo extra donde ninguno regalaba espacios y terminaron en tiros de penal. Luego de una dramática tanda de penales, el Valencia, sus jugadores, sus directivos, su cuerpo técnico y sus hinchas contemplaban en pleno templo histórico del fútbol mundial cómo la Copa de Europa se les escapaba por segundo año consecutivo y no tenían más que el dolor, la frustración y las lágrimas de un Santiago Cañizares que eran la representación sufrida de toda la historia de una institución que estuvo ahí, a centímetros de levantar el trofeo por excelencia del fútbol, aparte del Mundial. ¿Qué pasó? Es difícil de explicar; pero la realidad es que a los del equipo “Ché” les faltaron galones para poder convertirse en reyes de Europa y al final no quedó más que la derrota. Luego llegarían los años de Benítez y la consecución de varios títulos importantes como la Liga y la Copa UEFA (ahora Europa League); pero nunca volverían a llegar a la final de la Champions.

El Valencia y la maldición de Cúper son el caso arquetipo de un equipo que merece estar en mi categoría de Segundos para Recordar: jugaban un gran fútbol, contenían una conglomeración de jugadores talentosos –muchos que a posteriori tendrían unas carreras notables- y con un entrenador que sabía cuajar grandes actuaciones pero que parecía estar maldito puesto que nunca daba ese último empuje para arengar a sus muchachos a que ganaran las finales. Al final del día, hay un motivo por el cual entrenadores como Héctor Cúper no están a la par de los Ferguson, Mourinho, Capello, Ancelotti o Sacchi: los mejores entrenadores son aquellos que saben motivar a los jugadores para que saquen la casta de campeones en el momento de verdad. Recuerden: los campeones no ganan para serlo; ganan porque son campeones. Al final de la temporada, Cúper se iría al Inter y nunca podría quitarse esa chapa de “segundón”, además de no volver a ganar un título, debido a que todos sus equipos estaban siempre cerca y nunca conseguían la gloria. Una etiqueta que parecía quedarle tan bien a un hombre trabajador y dedicado pero que, simplemente, no supo qué hacer en los momentos de la verdad. Fue ahí, en París. Fue ahí, en Milán. Fueron en esas dos noches donde debió demostrar… pero no no lo hizo. Tal vez todos los involucrados en el Valencia por esos años jamás consigan entender cómo llegaron hasta ese punto, pero a veces las vivencias más exaltantes no deben de tener un gran significado o una gran revelación; sólo están ahí para que las experimentemos. No conseguirán respuestas del Valencia de las dos finales de Champions; sólo encontrarán el llanto de millones de hinchas canalizados en la desconsolación de Cañizares y el gafe de Cúper.

sábado, 28 de marzo de 2015

Pasados Posibles: Fernando Gago, el otrora “nuevo Redondo”.




Soy un fanático sin remedio de Los Simpson. Eso hay que mencionarlo porque incorpora algunas metáforas que son usadas como comedia, pero que muchas veces encapsulan momentos de genuina inteligencia. Recuerdo un capítulo en el que Lisa estaba hablando de universidades y una es proclamada como la siguiente gran cosa en el mundo académico –alegación que la hija del medio de Homero rechazó diciendo, y cito, “que el ‘nuevo algo’ nunca es el ‘nuevo’ de nada”. Reflejado como un chiste, deja entrever que muchas veces tratan de vendernos algún elemento y/o individuo como el sucesor de algo que nos ha traído grandes alegrías o satisfacciones para así hacernos tragar dicha propaganda de dicho algo que, simple y llanamente, nunca fue tan bueno. Es un método bastante útil para emocionar al estimado y así convencerle de que está ante un ente genuinamente grande y triunfador. En la sección de Pasados Posibles, donde parloteo acerca de jugadores que prometieron mucho y cumplieron muy poco, hay muchos casos de promesas que fueron tituladas como los nuevos Figo, Zidane, Ronaldo, Henry, Ronaldinho, Shevchenko, Scholes, Giggs, etc., y no llegaron a nada. Ejemplos bastan y sobran de mayor o menor medida, pero hay uno que me marcó en particular –tal vez porque lo viví de principio a fin- y fue el de la carrera de Fernando Rubén Gago. O también conocido como “el nuevo Redondo”.


Debutando a los 18 años con la camiseta de Boca Juniors en el ya lejano 2.004 (cómo pasa el tiempo, demonios) por Diciembre bajo el ala de Jorge Benítez, el mediocentro defensivo argentino no tardó mucho en hacerse un nicho en la titularidad del equipo Xeneize luego de una serie de actuaciones que convencieron al siguiente entrenador del gigante de Buenos Aires, Alfio “Coco” Basile, para que se erigiera como una de las figuras principales del plantel. El pibe, como le dicen a los jóvenes en Argentina, cosechó una seguidilla de triunfos y títulos en uno de los equipos más fuertes de la historia reciente del fútbol suramericano que contaba con figuras como Martín Palermo, Rodrigo Palacio, Hugo Ibarra, Sebastián Bataglia, Neri Cardoso, Daniel “El Cata” Díaz, Federico Insúa y un par más. Pero en un equipo de fútbol práctico –y un tanto resultadista, hay que decirlo- era el buen toque de balón, gran recuperación y salida elegante de un número cinco de 20 años lo que hizo que algunos de los grandes de Europa comenzaran a fijarse en él. La posición en la que jugaba, su estilo e incluso su peinado de melena larga castaña comenzaron a sembrar comparaciones con el último gran “5” de la albiceleste, Fernando Redondo, leyenda del Real Madrid, y eso hizo ganar enteros a la reputación de Gago al ser vinculado con semejante estatura de jugador. El ganar el Mundial sub-20 con la selección argentina en el 2.005 con jugadores como Lionel Messi, Sergio Agüero, Juan Pablo Zabaleta o su compañero de Boca, Neri Cardoso, sólo ayudó a enaltecer la imagen de un jugador que poco iba a durar en su país natal a ese paso y con varios colosos del Viejo Continente, uno blanco en especial, contemplando su progresión.

Pintita, como es apodado cariñosamente, no tardaría en irse a cosas mejores luego de la derrota de su amado Boca contra Estudiantes de la Plata (dirigidos por Diego “Cholo” Simeone, como dato curioso) en un desempate histórico en el Apertura 2.006, que dejó un muy mal sabor de boca (sin ánimos de chiste) para todos los seguidores del Xeneize. Al costado, el presidente de Boca, Mauricio Macri, comenzaba a fraguar negociaciones con el Real Madrid para la venta de su principal baluarte juvenil, que era Gago. El club blanco había estado siguiendo a Fernando desde hace un buen tiempo y el equipo dirigido por Fabio Capello por ese 2.006 necesitaba de un poco más de clase y buen toque en un doble pivote “legendario” del nivel de Emerson y Diarra. En noviembre de ese año, y con una inversión de 20 millones de euros, Pintita se iba al club con el que había soñado con ser parte, el Real Madrid, junto a su compatriota de River Plate, Gonzalo Higuaín. Habiendo llegado al club madrileño, los palpables y notorios símiles con Fernando Redondo se acentuaron aún más y el paso del joven argentino por el Real siempre iba a estar achicado y menospreciado por la injusta (aunque autoimpuesta, en ciertos momentos) comparación con quien era uno de los ídolos más grandes en los últimos tiempos del gigante europeo. A pesar de ser parte de una conquista épica de una liga en sus primeros seis meses con el club, el paso de Gago por el Madrid quedaría encapsulado en algunos buenos momentos intermitentes mostrando su calidad, pero las lesiones nunca dejaron ser a un jugador que era muy frágil en el aspecto físico y, aunque no muchos lo reconozcan, en el plano emocional.

Hay que hacer énfasis en mi última acotación acerca de la fragilidad mental de Gago puesto que representa en última instancia el motivo de su verdadero fracaso en la entidad blanca y,  por más que muchos no quieran admitirlo, el final de su posible ascenso como uno de los mejores en su puesto. El Real Madrid es, por naturaleza, un club de estabilidad cambiante y donde los jugadores deben poseer la fortaleza mental para soportar las críticas de la media, el odio de los antagonistas e incluso la aversión de sus propios hinchas cuando las cosas no marchan como deben en el plano individual o colectivo. Algo similar a la situación de Gareth Bale en el club actualmente, salvando las distancias. Gago siempre ha sido un jugador de condiciones y en sus dos primeros años en el Madrid demostró que tenía galones no para ser un fenómeno como Redondo, sino aportando fútbol a un nivel acorde a sus limitaciones… pero no pudo superar los obstáculos que un deportista debe derrotar para llegar a la gloria y está documentada la debilidad de Fernando a la hora de recibir críticas hasta el punto en que han habido casos en los que se ha aislado de sus conocidos en el plano personal por no ser convocado a la selección argentina por la época de José Mourinho en el Madrid. Es un individuo que se toma muy a pecho las negativas y eso, más allá del calvario de lesiones que enduró y que también afectó su rendimiento, fue el clavo final en su ataúd madridista. Eso queda bien en claro cuando entrenadores tan diferentes y dispares en cuanto a estilos futbolísticos se refiere como Fabio Capello, Bernd Schuster, Juande Ramos, Manuel Pellegrini y el ya mencionado Mourinho no fueron capaces de sacar lo mejor de Pintita y eso ya es culpa absoluta del argentino y de nadie más. El entrenador portugués no se complicó mucho con la antigua joya Xeneize y en lugar de tratar de hacer relucir el potencial del otrora “nuevo Redondo”, lo usó pocas veces en su primer año en la capital española y lo cedió la siguiente temporada con opción de compra a la Roma de Italia a buscar continuidad en la Serie A.

En esa nueva aventura futbolística, Gago pudo recuperar algo de la confianza perdida y una continuidad que lo había eludido en sus últimas tres temporadas como profesional. Jugó más de treinta partidos esa temporada, hizo un gol; pero al final de ese año deportivo, el club romano no ejerció la opción de compra por lo que le tocaba regresar al Madrid y fue vendido rápidamente al Valencia de España. Su nivel en el club valenciano no fue del todo positivo y con rumores de que deseaba volver a su Boca querido circulando por la media (que tuvo que desmentir en público), estaba bastante claro que el argentino no iba a seguir en Europa mucho tiempo más. Así surgió la posibilidad de recalar en Vélez Sarsfield en 2.013 a modo de préstamo por seis meses, pero las lesiones surgieron una vez más y aunque ganó un torneo de liga con el equipo de Argentina, el mediocentro no consiguió revivir algo de la forma y la realidad es que desde que había dejado la Bombonera no había atisbado ni siquiera un resquicio de ese nivel que hizo que muchos nos ilusionáramos con él como una de las siguientes estrellas del panorama suramericano. Despojado de condición física, con un rendimiento pobrísimo y con la confianza en lo más profundo de los abismos, su equipo, ése que uno como hincha sigue hasta los más profundos infiernos, su Boca Juniors, decidió apostar por él en las postrimerías de su carrera y aunque ya no era el joven “5” hambriento de gloria de abundante melena, vestir la camiseta Xeneize pareció hacerle revivir algo de la forma perdida e incluso le permitió jugar el Mundial de Brasil 2.014 con su selección argentina y conseguir un subcampeonato. Lejos están los tiempos de fichaje rutilante e incluso mediático del Real Madrid, pero ha podido ganar algo de consistencia en un ambiente conocido y, más importante aún, sentirse querido por los hinchas una vez más.


Ser etiquetado como el “nuevo alguien” es una carga inmerecida que nunca vas a poder sacudirte si no posees la personalidad y el carácter para mirar a las adversidades y soportar todas las vicisitudes que puedan lanzarte en tu rostro. Gago pudo haber sido mucho más con su carrera pero entre la falta de consistencia, lesiones y una fragilidad mental que siempre le ha resentido, el mediocentro argentino nunca pudo escapar de la tortuosa sombra de un tal Fernando Redondo que era simplemente muy difícil de hacer olvidar. Gago dejó Europa sin haber perpetuado un partido imperial, una jugada que dejara huella o un momento de dominación futbolística que demostrara que pudo haber sido el crack que tantos de nosotros vislumbramos -sólo meros destellos de calidad que saben a poco, muy poco. No es demasiado tarde para Pintita –tiene sólo 28 años-, pero se ve harto difícil que pueda darle vuelta a su carrera y callar bocas en el Viejo Continente en este punto de la historia. Lo que impera en mi mente al hablar de la carrera de Fernando Rubén Gago es la sensación de un jugador que se fue deformando con el pasar de los años en una devaluación constante de su fútbol hasta el punto en que no quedó nada más que la coraza inútil de un mediocentro que aporta su experiencia y calidad técnica en Boca, pero que no posee los galones ni la personalidad para dominar un mediocampo. Es el típico caso del jugador que se montó en su mente una muralla que jamás pudo superar para triunfar. Y eso es una tristeza. Yo no sé qué pasará por la mente de Gago estos días viendo a Modric y Kroos siendo una garantía en el mediocampo del Madrid, pero no dudo de que un pensamiento solitario y portentoso vaguea por su mente: “Pude haber sido yo”.