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martes, 15 de diciembre de 2015

Así lo veo, Ken: ¿Es Pablo Daniel Osvaldo una causa perdida?



“Quizás un loco era sólo una minoría de uno.”
- George Orwell, 1984.

Todo hombre carga con un pasado y con vivencias que han moldeado lo que es hoy en día. Es a través del conflicto de la injuria, el dolor de las decepciones y las asperezas de la vida misma las que nos definen como seres humanos adaptados a este complicado mundo… o al menos tratamos de adaptarnos. El mundo actual es un caos envuelto en megalomanía, agites constantes y la imperiosa necesidad de siempre estar obsesionados por algo, como si la tranquilidad fuera un concepto desdeñable en comparación del caos que son nuestras existencias hoy en día. Pero, ¿qué pasa si no nos acostumbramos al caos? ¿Si toda la algarabía, el desorden y el estrés de la vida nos agobian hasta el punto que nos quebramos y decidimos dejar de ser parte de la maquinaria, al más puro estilo de un niñito berrinchudo? Bueno, no hay que imaginarlo teniendo a Pablo Daniel Osvaldo, el adicto al caos del mundo del fútbol. Y como es costumbre al final de cada seis meses en el calendario futbolístico, el delantero ítalo argentino planea cambiar de aires por sus diferencias personales con el patrón de turno, en este caso siendo el Oporto de Portugal. El tema es que esto ya no sorprende a nadie y yo me pregunto: ¿Es simplemente un idiota o hay razones más profundas detrás de los viajes de nómada de este díscolo personaje? ¿Por qué su desadaptación constante con el entorno socio-futbolístico? ¿Es Pablo Daniel Osvaldo una causa perdida?


Busquen la carrera de Osvaldo por la vía que les parezca más sencilla –Wikipedia, vamos- y verán el nombre de equipos tan ilustres como la Fiorentina, Roma, Juventus, Southampton, Inter, Boca Juniors o sus actuales empleadores del Porto, además de unas cuantas actuaciones con la Selección Italiana. Cualquiera de nosotros mataría por una trayectoria tan importante. Es una carrera envidiable y con Osvaldo sólo la vemos como un cúmulo de oportunidades desperdiciadas. Cada parada que ha hecho ha estado plagada de desavenencias, conflictos y polémicas fuera de la cancha. En Roma es figura no grata por cabecear a un compañero y encararse con la afición; en el Soton fue un punto negro por su bajo rendimiento en una de las mejores campañas en la historia del club y siendo un fichaje record del club; en la Juventus pasó sin pena ni gloria; en el Inter se auto expulsó las de tierras lombardas tras un encontronazo con la directiva y el igualmente polémico Mauro Icardi. Y ahora, en el gigante portugués, donde casi no ha visto acción, maquina un más que posible retorno a su amado Boca Juniors, club del que es hincha y en el que se fue por la puerta de atrás debido a la falta de fondos en su momento para mantener su pase. Todas estas trifulcas e injurias solamente ennegrecen a un individuo que, controversias aparte, es un muy buen futbolista: tiene velocidad, cabezazo, sabe usar ambos pies y es inteligente para moverse en el área rival. En sus escasos instantes de consistencia ha demostrado sus galones de calidad; pero nunca ha tenido la suficiente madurez para perdurar en alguna institución. Es un nómada futbolero y un hombre sin nación –no pertenece a ningún lado.


Más allá de los campos de fútbol y toda la megalomanía que esto encarna, es difícil no sentir algo de intriga por ese personaje caótico y nocivo para su propia carrera que es el que se ha creado alrededor de Osvaldo. Con su vestimenta estrafalaria, sus múltiples tatuajes, sus lentes tan alternativos y su cabello largo, parece un doble de Johnny Depp y más un músico que un futbolista. Es un fanático irredento del Rock y en sus entrevistas siempre habla de su predilección por The Rolling Stones, Led Zeppelin o Pink Floyd –incluso tiene tatuado las portadas de The Wall y The Dark Side of the Moon. Él mismo reconoce que tiene, y cito, “un carácter de mierda” y que la razón por la que cambia tanto de clubes es que siente que “la felicidad siempre se encuentra en otro lado”. Ha tenido tres hijos con dos mujeres distintas y ambas han compartido por la vía del Twitter la aparente actitud de infante que ostenta el otrora delantero de la Fiorentina. Estamos hablando de un hombre atrapado en la cruenta estación que representa el paso de la juventud a la adultez; ese insípido pero necesario paso para poder avanzar en esta vida –Osvaldo se halla en una encrucijada de la que no desea salir. Su personalidad irregular, su explosividad que le ha costado pasos por grandes equipos y su innegable fascinación por la locura son las características de una persona que no está totalmente a gusta con el punto en el que se encuentra y que busca aferrarse a estos arrebatos como una forma de alejarse de cualquier responsabilidad. Los cambios de clubes son eso: una válvula de escape para empezar de nuevo y no tener que asentarse en un lugar donde, invariablemente, va a tener que ejercer responsabilidades. Y eso último lo aterra a Osvaldo.


El caso del ítalo argentino es peculiar porque se ha convertido en una constante en su carrera, pero también hay que interpretar que tener diferencias en tantas estaciones de su vida futbolística ya no es una coincidencia o las vicisitudes de un jugador meramente conflictivo –es algo que parece consciente. Existen rumores e historias que dicen que su éxodo de clubes como la Roma o el Southampton, entidades en las que cabeceó a un jugador de cada equipo, fueron maquinados por su persona porque ya no se sentía a gusto. Todo esto no son más que soluciones temporales, salidas atropelladas y la falta de valor para afrontar la realidad. Ahora puede que vuelva a Boca pero, ¿cuánto durará en el club xeneize? Cuando estuvo empezó muy bien y luego se fue desvaneciendo a medida de que sus artimañas se acentuaban. En un mundo del fútbol donde el presente es lo que importa, las idas y venidas de Osvaldo le irán pasando factura hasta el punto en que sólo ligas como la MLS, la de Qatar o la de China se interesarán en él. ¿No posee ambiciones? ¿No desea ir más allá de lo que ha logrado? ¿Cómo un jugador puede pasar por tantas instituciones de tan alto nivel y no querer asentarse? Temor a la responsabilidad, simple y llanamente. Huye acobardado porque no se siente capaz de afrontar la realidad de que le toca pasar trabajo o que debe afrontar un reto y se marcha a otra realidad donde espera que el próximo club lo consienta, como le sucedió por un ínfimo momento con su preciado Espanyol de Barcelona en la temporada 2.010/2.011. El tema es que Osvaldo no busca adaptarse al mundo; busca que el mundo se adapte a Osvaldo. Y aunque es un muy buen jugador, no es lo suficientemente talentoso para encontrar un lugar donde se le valore y se le “mima” de esa forma –Boca tampoco lo será ahora que ha regresado Tévez. Así que son patadas de ahogado, como quien dice.


Todo hombre carga con un pasado y con vivencias que han moldeado lo que es hoy en día. Pablo Daniel Osvaldo es uno de los nómadas por decreto del fútbol y no ha encontrado un lugar donde pueda explayar su juego a sus anchas por más de una temporada –y siendo sincero, un servidor no cree que ahora lo encuentre. Su regreso a Boca es más que probable; pero sólo será otra estación en una carrera intermitente e irregular. Osvaldo es una causa perdida porque él ha deseado serlo y, casi a los treinta años de edad, veo muy complicado que logre establecerse en algún lugar cuando ha quemado los pocos puentes que le quedaban. Pero necesitamos algo de narrativa, ¿verdad? Y si algo provee este fanático de los Stones es de contenido para narrar y esperaremos con ansias sus próximos conflictos para saber a dónde huirá y a dónde tratará de forjar un vínculo que él romperá deliberadamente. Como este argentino, hay muchos casos de futbolistas desadaptados a la realidad del fútbol actual y no comprende que sus problemáticas han surgido por su propia actitud, cosa que es muy probable que nunca cambie. Y eso lo vuelve la minoría de uno, como diría Orwell.

¿Creen que Osvaldo es una causa perdida? ¡Opinen!

domingo, 1 de noviembre de 2015

Cracks en las Sombras: Matt Le Tissier, el mago del puerto de Southampton



NOTA: antes de comenzar este post, quiero anunciar que he descubierto dos páginas de México que han plagiado algunas de mis entradas y les pido que no tomen en consideración a esos ladrones de ideas. La página Libertad tomó mis posts de Riquelme, Zanetti, Ibrahimovic, Quaresma y Van Gaal –ahí están los enlaces a sus versiones y pueden comparar las fechas de publicación con las mías en este Blog. Por favor hagan lo mismo con la página Laznoticias que plagió mis entradas de Schweinsteiger, Gago y Verón, además de que cambiaron una que otra palabra en este caso en un banal y ofensivo intento de enmascarar lo que es una bajeza totalmente despreciable.

Por favor, si se enteran de algún otro caso, háganmelo saber por la vía que les parezca más conveniente. Gracias de antemano a los que se tomaron la molestia de corroborar las fechas y gracias a las páginas mencionadas por tomar mi trabajo sin autorización; es una prueba fehaciente de que estoy haciendo las cosas bien.

Ahora, vamos a lo que nos interesa.

No hay mejor momento que aquel instante de gloria en tu vida cuando estabas en lo más bajo. ¿Puedes mostrarme algo más hermoso que triunfar, aunque sea por un mero resquicio de tu extensa y dilatada existencia, contra todos y todo cuando nadie apostaba por ti? Aunque no lo queramos reconocer, hay una cierta grandeza en ser el héroe de los desprotegidos y de los indefensos; el concepto de ser una suerte de Robin Hood de la desdicha descomunal es una idea por la que cualquiera se siente atraído. Pero el hombre, indiferentemente de su nacionalidad o estrato social, pocas veces puede lidiar con tener el poder de representar a millones y no engrandecerse hasta alcanzar el cenit de un egocentrismo copioso. Traduciendo esto al ámbito futbolístico –que es lo quieren leer y no mis interminables soliloquios-, me refiero a los hinchas de esos clubes humildes que muy pocas dichas pueden vivir en cuanto a títulos o cúspides reflejadas en resultados. El hincha del club pequeño quiere esos momentos de victoria contra las probabilidades; ese día en el que vencieron como si fueran gigantes al equipo todopoderoso y, por sobre todas las cosas quieren tener algo de qué presumir. En esta entrada hablaremos de un jugador que, desafortunadamente, es poco conocido en estas latitudes pero que es, sin lugar a dudas, el mejor jugador de la historia del fútbol que no ganó un maldito título en toda su carrera. Estoy hablando del mejor jugador de la historia del Southampton FC, el mismísimo “Le God”, Matt Le Tissier.


La historia de nuestro protagonista comienza en Inglaterra comienza en su Guernsey natal, que es un pequeño pueblo en las islas. En 1985 y con solo 17 años, los Saints lo contrataron de su equipo juvenil, Vale Recreation, donde había estado por mucho tiempo y luego de un año en las inferiores del Soton, debutaría como profesional en 1986. Sus primeras tres temporadas encadenaban momentos de certísima brillantez con la intermitencia tan típica de los jóvenes, pero fue en la campaña 89/90 donde logró hallar la consistencia necesitada: hizo 24 goles en 43 partidos jugando como mediocampista, algunos tan espectaculares como uno con doble sombrero que le hizo al Liverpool en su apogeo, que le valieron el premio del jugador joven del año de la antigua Primera División Inglesa. Pero no sorprendían solamente sus números o incluso la calidad de sus goles –hay quienes lo consideran el jugador con la mayor cantidad de golazos en la historia de la Premier-, sino su forma de jugar: éstos eran los tiempos donde la creatividad no era tan asfixiada como ahora y se permitía brillar a sus talentos. Le Tissier era como una suerte de Riquelme inglés, pero con mayor capacidad goleadora; podía proteger el balón, driblar hombres, tenía una visión de juego exquisita y podía ganar partidos solos. Era un abanico andante de trucos, arte y grandilocuencia futbolística que había sorprendido al fútbol inglés junto a un tal Paul Gascoigne por esa época.

Sus primeros años en los 90s no comenzaron de la mejor manera cuando Ian Branfoot, un amante del pragmatismo y el fútbol conservador, arribó al club de los santos en 1991 y decidió recolocar a su mejor jugador por la banda derecha. Le Tissier había sido votado el mejor jugador joven de la liga la campaña previa una vez más y promediaba veinte goles por temporada desde la posición de mediocampista ofensivo, pero su nuevo entrenador se enfocó en sus debilidades. ¿Cuáles eran sus debilidades? Falta de compromiso para marcar, presionar o defender; falta de velocidad, recorrido o movimiento; y ser un jugador que podía hacer lo imposible con el balón en sus pies, pero que sin él parecía sentarse en la grama y comer una bolsa de papas fritas. Ni le gustaba entrenar o cuidarse; todo lo que logró fue bajo una base de McDonald’s y refresco. Su aporte goleador bajó considerablemente y rumores de posibles traspasos al Tottenham o al Chelsea comenzaron a surgir, pero el jugador, siempre devoto al club que le dio la oportunidad como futbolista, negó todos los rumores y se quedó. Eso siempre sería un tema con Matt, pero los Dioses del fútbol lo recompensaron con la llegada de un nuevo entrenador, Alan Ball, que se acercó a los muchachos del Soton y les dijo: “Pásenle el balón a Matt”. Así hicieron y así se vio a “Le God” en toda su expresión.


Con Ball, Le Tissier alcanzó su mejor nivel y logró un total de 45 goles en los 63 partidos que dirigió el técnico antes de marcharse al Manchester City. Hizo golazos al United, al Chelsea, al Tottenham, al Liverpool, a todos, en una época en la que su club lo necesitaba para pelear el descenso mientras los cantos de sirena de los mejores clubes de Inglaterra seguían resonando en el horizonte. No sé cómo lo hizo, pero jamás abandonó al Soton y siempre dio la cara por ellos; su calidad y sus goles no se demostraban en un 4-1 que ya estaba asegurado –se demostraba en partidos que iban 1-1 y donde anotaba el gol del triunfo en el minuto ’92 para salvarlos. Todo esto lo hizo jugando su juego, con su cara de británico mundano, dientes chuecos y sin correr por la cancha –uno de esos genios que reafirman el concepto de que no se debe sofocar la creatividad en un deporte que hoy en día urge de artistas. Pasaron los años y era ignorado por un seleccionado inglés que solamente le dio ocho partidos en quince temporadas donde fue uno de los mejores jugadores de su país –todo por sus incapacidades tácticas y por no jugar en un equipo grande. Ja, y luego se preguntan los ingleses por qué no ganan un Mundial desde hace más de cuarenta años. Como dato curioso, se le tomó muy en consideración para la Copa del Mundo de Francia ’98, pero al final no fue convocado por el seleccionador y leyenda del balompié inglés, Glenn Hoddle. Bueno, Hoddle era el ídolo de Le Tissier y su mayor inspiración para ser futbolista.


Como estadísticas –que hoy en día todo el mundo está encaprichado con éstas-, fue el primer mediocampista en alcanzar los cien goles en la Premier League y de un total de 48 penales llevados a cabo, acertó 47 –siendo el fallado una estupenda parada del arquero del Nottingham Forest que la clasificó como “la mejor tapada de mi carrera”. Pero uno de mis momentos favoritos de su historia es que su último gol como profesional y para su club fueron en el último partido del viejo estadio del club, The Dell, contra el Arsenal en un triunfo que acabó 3-2 en el 2001. Le Tissier anotó el gol de la victoria en una campaña en la que las lesiones lo atizaron por todo el año y donde solo anotó un tanto –ése tanto. No había otra forma de acabar un relato como éste que no fuera así. Sí, jugó un par de partidos el año entrante en St. Mary’s, pero ése fue el momento donde un episodio de la historia del club terminaba de la forma más gloriosa. Así terminaba la historia del mejor jugador que no había ganado un maldito título en toda su carrera.


Cuando pensamos en el mejor jugador que ha tenido la Premier League desde su incepción (en 1992), ¿cuáles son los nombres que se nos ocurren? A las primeras de cambio podemos decir Ryan Giggs, Thierry Henry, Paul Scholes, Frank Lampard, Alan Shearer, Dennis Bergkamp, Steven Gerrard, Eric Cantona… claro que me han faltado varios, pero éstos serían los predominantes. Todos ejemplos válidos y que tienen fundamentos totalmente lógicos para ser considerados los mejores de la historia de esta liga pero, ¿por qué no Matt Le Tissier? El mediocampista ofensivo del Southampton tal vez nunca ganó nada en su carrera pero el fútbol que desplegó en ese pequeño club puede igualar a cualquiera de los mencionados por un elemento tan esencial en esto del fútbol: magia. Le Tissier tenía magia, brillantez, un talento divino que podía levantarte de tu asiento y dejarte estupefacto por varios minutos. Para las jóvenes generaciones, vean este video y disfrútenlo. No sé qué tipo de música tiene el video porque siempre los pongo en mudo por la horrible electrónica que suelen colocar; como recomendación, escúchenlo con See You In Hell de Grim Reaper. De nada.

¿Vieron el video? Es una demostración de que este sujeto era un anormal, una anomalía en el mundo del fútbol, y que marcaba un contraste con el resto de los jugadores de su época, pero sobre todo a los de la actualidad. Contemplamos a los jugadores de hoy en día y todos son súper atletas con físicos cuidados y que viven como millonarios con las mejores ropas y autos; este hombre parecía el típico borracho charlatán que te conseguías en un bar inglés y que nunca ganó lo suficiente en The Dell para vivir con lujos… pero era mejor que la mayoría. Tenía el talento de un dios y la humildad de un sin techo; incluso en sus celebraciones no era ostentoso, en dura dualidad con su habilidad. ¿Goles olímpicos? ¿De volea? ¿A larga distancia? ¿Driblando y pasando rivales? ¿Picándola por encima del arquero? ¿Tiros libres memorables? ¿Asistencias de una genialidad indiscutida? Le Tissier podía hacerlo todo. Pocos jugadores he visto, sea en video o en vivo, que realmente me inspiren esa sensación de que podía cambiar todo a su antojo. Y no estamos hablando de un jugador encumbrado en lo más alto de su carrera; estamos hablando de un futbolista que pasó toda su vida futbolística protegiendo a su amado club de toda la vida del descenso y sirviendo como ese símbolo, ese bastión inexorable, del cual todos los Saints podían ser sentirse orgullosos. Un jugador que Xavi Hernández definió como uno de sus ídolos.


Le Tissier es uno de los más grandes genios de la historia del fútbol mundial; un jugador olvidado por el mundo mainstream del fútbol que hacía lo imposible y nos levantaba el espíritu con su juego. El incomparable final de su carrera con el Southampton es solo un mero pasaje de lo que hizo por esa camisa; pudo haber hecho esos goles en Old Trafford o en el Santiago Bernabéu, pero se mantuvo leal a los colores de unos hinchas que amaron y apreciaron cada jugada o gol suyo como si fuera un título –hizo feliz a todos aquellos hinchas del club que hayan tenido el placer de haberlo visto jugar en vivo. Hoy en día sería uno de estos dos casos: un jugador que valdría 120 millones de libras o un jugador que nunca pudo adaptarse a las exigencias del fútbol moderno. Pero más allá del futbolista y sus grandes jugadas, me quedo con la idea de un individuo que simplemente no era parte de la gran máquina de marketing y mercadotecnia que era el deporte y simplemente jugaba por diversión y para el divertimento del público; era un rara avis en su máxima expresión.

No hay mejor momento que aquel instante de gloria en tu vida cuando estabas en lo más bajo. El mago del puerto de Southampton nos regaló muchos momentos así en The Dell.