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miércoles, 28 de diciembre de 2016

Cracks en las Sombras: Michael Carrick y la sinfonía del silencio.

“Aprendamos a mostrar nuestra amistad por un hombre cuando está vivo y no después de su muerte.”
-          F. Scott Fitzgerald.

Soy una persona que trata de explicar todo con la precisión que considero necesaria y eficaz. No me gusta dar respuestas vacías o incompletas; soy ese tipo de persona que trata de que todo esté bien fundamentado. Pero cuando se trata de fútbol, hay una pregunta que impera por encima de la mayoría, portentosa e imponente entre una pequeña comitiva que le hace compañía: ¿Qué hace Michael Carrick?


Diez años. Diez temporadas han transcurrido desde que un mediocentro inglés de cara limpia, mirada ida que no delata sus pensamientos y de juego que hasta se puede caracterizar como sencillo dejó el blanco y negro del Tottenham para engalanarse la camisa (e histórica) camisa roja del Manchester United. ¿En verdad ha pasado tanto tiempo? El tiempo parece detenerse con Michael Carrick; el tiempo parece hasta tornarse secundario e impasible. Cada partido del nacido en Wallsend parece ser una repetición de lo que ha hecho en su carrera con la misma (buena) displicencia, ojos calculadores y capacidad para mirar ese pase que (casi) nadie puede ver. No es una inyección de adrenalina, pero es necesario. Ésta es una historia basada en un aspecto que domina cualquier otro: la dura y pura consistencia. Simple y llanamente. Y en estos párrafos vagos trataré de desmenuzar lo que ha hecho tan grande, exitoso y, por qué, infravalorado a este caballero de armadura roja.


Vamos a dejarlo en claro desde el principio: Carrick no es un futbolista vistoso. El graduado de la academia del West Ham no cuenta con la agresividad y corazón de un Vidic o un Keane; no tiene la clase imperial de un Scholes; no tiene el desborde asesino de un Giggs o un Cristiano; no tiene los goles de un Rooney o Van Nistelrooy; y no tiene la capacidad para lo increíble de un Cantona o incluso de un Zlatan. Pero, aun así, con el pasar de los años, su presencia se ha agrandado en Old Trafford y hoy en día es una parte esencial, vital, del engranaje del United. Poco a poco, se ha convertido en un favorito de la afición del gigante inglés y todos sus compañeros se han deshecho en halagos para un individuo que, tras diez años como titular en Manchester fucking United tanto en las buenas como en las malas, todavía es desconocido para muchos observadores casuales del fútbol. Si algo ha insinuado con su juego y su comportamiento, es que el ruido de los espectadores y las luces de las cámaras no son lo suyo; Carrick construye desde el mediocampo posicionado en una red de sombras y silencio. Su genialidad consiste en la misma que un músico de orquesta: la capacidad de tocar piezas de altísima complejidad sin fallar en una nota y sin despeinarse hasta el punto en el que te engañan de que lo que hacen es simple. Eso es Michael: un disimulador de simpleza.


Dando sus primeros pasos en la academia del West Ham, el mediocentro ya daba de qué hablar en el equipo juvenil que ganó la FA Youth Cup en el ’99 junto a dos compañeros generacionales y talentosos como Joe Cole y un tal Frank Lampard. Tras unos préstamos en el Swindon Town y en el Birmingham –si alguien consigue fotos suyas en este equipo para agregar, se los agradecería- donde no jugaría más de ocho partidos en total, se asentaría en el nuevo milenio con los Hammers y disputaría casi ciento cincuenta partidos con los londinenses, sufriendo un descenso en la temporada 2002/03. Un duro golpe, pero otro aspecto clave en este personaje ha sido la habilidad de recibir derrotas deportivas y seguir adelante con una normalidad que algunos podrían calificar de indiferente, pero que en realidad denota un carácter notorio. Se quedó en el West Ham en el Championship, por entonces First Division, y contribuiría a su retorno entrando en el equipo del año del torneo en la campaña 2003/04.


Sus buenas actuaciones se verían recompensadas por un traspaso de 3.5 millones de libras al Tottenham Hotspurs, un club que distaba mucho en esos tiempos del gran equipo que es hoy en día y en el que Carrick pudo hacerse un nicho lo suficientemente cómodo para jugar un total de 75 partidos y entrar en la convocatoria inglesa de Sven Goran Eriksson para la Copa del Mundo en Alemania 2006. No jugó mucho y ésa sería la tónica durante su carrera internacional; la gran mayoría de sus entrenadores en la selección no le dieron las suficientes oportunidades, prefiriendo insistir con el doble pivote Steven Gerrard-Frank Lampard, padeciendo un destino similar al de su compañero de mediocampo en el United por casi una década, Paul Scholes. Curiosamente, un combo sí funcionó y otro no. ¿Pueden adivinar cuál es cuál?


De todas maneras, Sir Alex Ferguson había prestado atención a la trayectoria de Michael y se puso mano a las obras para contratarlo, dispensando dieciocho millones de libra en 2006, una cifra nada desdeñable para esos tiempos. Cuando llegó al Manchester United, el conceso general era que venía para sustituir al gran Roy Keane, quien se había marchado al Celtic de Glasgow seis meses antes. Pero la realidad es que Ferguson no pudo haberse conseguido un reemplazo más dispar que el inglés. Mientras que el otrora capitán irlandés era aguerrido, puro corazón, agresivo hasta llegar al punto de cruzar la línea legal en más de una ocasión y un líder que guiaba dejándose la piel en la cancha, Carrick era mesurado, frío, calculador y que ya tenía pensado dos o tres jugadas antes de recibir el balón. Dos tipos de liderazgos que son muy diferentes, pero igual de efectivos. Sir Alex reemplazó una canción de fuego con una de hielo, parafraseando a George R.R. Martin (sí, estoy viciado a Game of Thrones y A Song of Ice and Fire, demándenme).


Su carrera en el gigante de Manchester no ha tenido mucho altibajos o sucesos; ha sido, en líneas generales, de una consistencia y efectividad que muy pocas figuras del club (y de Inglaterra, me atrevería a decir) pueden rivalizar. Siendo sincero con el lector, mi apreciación de Michael aumentó considerablemente en sus últimos años cuando se erigió como uno de los líderes del equipo y le tocó tomar la batuta del mediocampo luego del retiro de mi jugador favorito, Paul Scholes, quien siempre lo ha elogiado y catalogado como “el mejor mediocentro con el que jugué” (grandes palabras que vienen de alguien que jugó con Nicky Butt, Roy Keane, Frank Lampard, Paul Ince y Steven Gerrard). Es más, me atrevería a decir que éstos son los años dorados de Carrick y donde su juego ha alcanzado su balance perfecto entre efectividad y madurez. Durante todos estos años, tres de los entrenadores más exitosos de la historia del deporte (Ferguson, Mourinho y Van Gaal) le han rendido pleitesía y reconocido su importancia para el buen funcionamiento; Van Gaal lo calificó como un “jugador-entrenador” y Mourinho dijo que le hubiera encantado dirigirlo a los 25 años para disfrutarlo en su plenitud. Incluso en esta temporada, con 35 años y habiendo coqueteado con su salida del club en el verano, el inglés ha sido imperativo para la racha positiva del United y el equipo no ha perdido en todos los partidos que ha iniciado. Esto último puede cambiar, claro, pero es un dato inexpugnable acerca de la validez de Michael en la cancha. Tal vez es por su capacidad de organizar y distribuir el juego de manera casi mecánica; tal vez sea que le da a Ander Herrera y Paul Pogba la libertad para jugar a sus anchas –como lo hizo para Scholes, Fletcher, Park y muchos otros en el pasado-; o tal vez sea su experiencia, ahora como un viejo zorro, que le da una ventaja en la cancha. Pero yo pienso que la mayor virtud de Carrick es mental; es su capacidad de mantenerse relajado y concentrado en los momentos de alta presión, donde la sangre está ardiendo en el apogeo de la batalla, donde realmente entendemos por qué ha sido tan importante para los mejores momentos del club en los últimos años.

El mundo entero podría estar ardiendo y él estaría caminando entre las llamas, meditando qué haría ahora. Se los garantizo.

Michael Carrick no va a inspirar poesías a los amantes del fútbol mundial. Nadie va a hablar acerca de su trayectoria, logros y calidad de la misma forma que otros grandes del deporte porque no hace golazos de larga distancia como Scholes, no evade a los rivales como Maradona y no tiene la potencia e histrionismo de un Patrick Vieira, por dar algunos ejemplos. Nadie va a rendirle culto a su figura, que es una de las menos egocéntricas y una de las más desinteresadas en el fútbol inglés. Carrick probablemente sea un jugador aburrido; un compilatorio de jugadas del exWest Ham debe estar entre las cosas más aburridas de Youtube. Demonios, hasta su actividad en redes sociales es aburridamente correcta y nunca se le escapa una frase polémica o fuera de lugar. Pero, ¿saben qué? Eso a él no le importa. Lo de Michael Carrick es hacer funcionar al equipo. A él no le importa que hablen de él o que entre en el equipo del año de la Premier, la Champions o cualquier otro torneo. Le vale una mierda que un niño rata en una red social coloque una foto suya diciendo “L MEYOR MEDIOCMPSTA DL MUNDO!!!”. Él no juega para su gloria personal. Lo suyo es hacer que el equipo funcione y, por ende, que el equipo esté más cerca del triunfo; en eso ha basado su carrera y eso le ha traído muchos éxitos. Lo ha hecho a su manera.



Y les voy a decir algo: va a hacer mucha falta cuando se haya ido.

El partido termina, el United ha ganado y Michael se retira a las sombras, donde puede estar tranquilo y donde puede dirigir la orquesta de Manchester como el mejor conductor que se podía pedir. ¿Por qué? Porque ha estado ahí y sabe lo que se debe hacer. No se necesitan florituras ni vanagloriarse; sólo hacer lo necesario. El silencio es la mejor sinfonía de Michael Carrick.

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jueves, 4 de agosto de 2016

Nos volveremos a ver: Gary Lineker, el chico de Leicester que conquistó Europa.



“Nadie puede decir qué pasa entre la persona que eras y la persona en la que te convertiste.”
-          Stephen King.

Los orígenes son todo para nosotros y para nuestras vidas; es en esos años formativos donde se comienzan a pavimentar nuestros senderos y damos esas primeras señales de lo que seremos. Todos somos productos de nuestros contextos, ambientes en los que crecimos y las enseñanzas y valores que nos inculcaron de niños; es a través de estos factores (o la falta de ellos) que nos forjamos y cada elemento, por más ínfimo que parezca, juega un rol notorio en lo que nos convertiremos. Y es que estar en ambientes lluviosos, crecer en una ciudad trabajadora y estar bajo la crianza de una familia de clase media, con lo sucesos adecuados y el contexto indicado, un chico de Leicester puede convertirse en el máximo goleador inglés de los Mundiales, anotar tres goles en un Clásico y ser un ícono de su país y de su generación… o puedes simplemente llamarte Gary Lineker. Carreras las han habido mejores y más exitosas, pero no creo que nadie se quejaría de haber logrado lo que Lineker y cómo lo hizo: con aplomo y bajo sus propios términos.

Hoy en día se menciona la palabra Leicester y se piensa automáticamente en el más que memorable triunfo de los Foxes en la última temporada de la Premier League. Pero por mucho tiempo, el exjugador del Barcelona era la referencia de su ciudad… bueno, él y las papas Walkers, de las que es su principal figura publicitaria. De todas maneras, puede ser sencillo olvidar lo logrado por este hombre, pero es el caso de un futbolista inglés que, en su época, rompió con muchos paradigmas que hoy en día afligen a su fútbol: gran goleador en un país extranjero, jugador importante en las Copas Mundiales y un profesional consumado, además de un ejemplo de decoro en las canchas al no haber recibido una sola tarjeta roja o amarilla en su carrera. Un jugador que hoy en día es sinónimo de principios y de ser una de esas personalidades en la televisión inglesa como el rostro deportivo de la BBC –al final del día, una leyenda que no quedó estancada en su estatus e hizo una transición casi indolora al periodismo.


Como un chico local, Lineker comenzó su periplo en el fútbol a mediados de los 70s al unirse a las juveniles del equipo de su ciudad, el Leicester City. Con apenas 16 años ya estaba contratado a tiempo completo y a los 18 ya estaba jugando en el primer equipo de los Foxes. A diferencia de nuestros tiempos modernos donde un canterano es impulsado casi obligatoriamente a jugar 35 o 40 partidos a tan tierna edad, Gary fue llevado de a poco en un equipo que deambulaba entre la primera y la segunda división de su país en un estado de lucha constante. Hijo de una familia de clase media y de trabajos humildes por más de 70 años, el joven Lineker había sido clasificado como “flojo” en la escuela y una de sus profesoras le había dicho que no podría hacer dinero del fútbol; apenas alcanzando la mayoría de edad ya compartía vestuario con Peter Shilton y Frank Worthington, dos de sus máximos ídolos del Leicester y del fútbol. Poco a poco, la leyenda transitaba las calles en las que nació y donde se comenzaban a fraguar las primeras imágenes de lo que sería su dilatada carrera.


Los inicios nunca son fáciles y Lineker tuvo que dar sus primeros pasos en el fútbol inglés jugando por la banda y valiéndose de su velocidad en lugar de desempeñarse en su rol preferido: el delantero depredador que no daba una pelota por perdida. Como él mismo lo dijo en una ocasión, no fue una estrella instantánea a lo Michael Owen o Wayne Rooney; se tomó su tiempo y su progreso para poder demostrar toda su capacidad en el Leicester. Fue a partir del ’81 donde irrumpió Gary, el goleador, e Inglaterra se dio cuenta del tesoro que tenían entre manos; primero en la Second Division y luego en la First Division, Lineker fue el máximo goleador del Leicester en varias de esas campañas y en el periodo 1981-85 fue una de las propiedades más codiciadas por los gigantes de su país. Su mezcla entre potencia física, agilidad, capacidad de moverse sin el balón –esa habilidad a la que llaman “estar en el lugar correcto en el momento indicado”- y una definición frente al arco rival que haría palidecer hasta muchos de los más grandes eran los aspectos que pueden definir a este monstruo del área. Tras su magnífica campaña 1984/85, el chico de Leicester dejó atrás su hogar y decidió embarcarse en un viaje que le daría muchas alegrías y éxitos; la primera parada en este sendero de canchas lodosas, defensas rocosas y muchos goles, sería Goodison Park y el Everton.


Los de Merseyside eran un elenco bastante diferente al que son hoy en día; en el ’85 eran los flamantes campeones de la liga, desplegaban un fútbol bastante ofensivo y Lineker se adaptó prácticamente enseguida: 38 goles en 52 partidos así lo atestiguan. A pesar de no haber ganado nada con este equipo en el año solitario en el que estuvo –y tener la mala fortuna de que ganarán la liga de nuevo una vez que se fue- siempre ha enfatizado en lo mucho que disfrutó su tiempo con los Toffees y que era el mejor equipo en el que jugó. Con 26 años y en la plenitud de su carrera, a Lineker se le presentó su oportunidad dorada y la que marcaría toda su trayectoria: ser parte del seleccionado inglés en la Copa del Mundo de México ’86.


Si con el Leicester y el Everton se había forjado un nombre importante en su nación, México ’86 simbolizó el arribo de Gary Lineker al estrato más alto de su profesión. Debajo del sol abrasador del país centroamericano, el inglés se convirtió en el máximo goleador del torneo con seis goles, anotó el segundo triplete más rápido de los Mundiales contra Polonia y fue una parte integral de un equipo inglés que (para nada sorprendente) se fue relativamente temprano de la competición en cuartos contra la Argentina de un Maradona pletórico y en un nivel cuasi inhumano. A pesar de anotar un gol, el genio argentino fue más y se despachó dos goles –uno infame y el otro glorioso- para dejar atrás a los Tres Leones. De todas maneras, las proezas goleadoras de Lineker no pasaron desapercibidas y, considerando el éxodo masivo de jugadores ingleses de su país por la suspensión de Heysel, decidió marcharse a tierras distantes para probar su suerte. Siguiente parada: el Camp Nou.


Exceptuando uno que otro jugador inglés, en España no estaban acostumbrados a ver en sus equipos a futbolistas de las islas. Así que cuando el nuevo técnico del Barcelona, Terry Venables, decidió hacerse con los servicios de Lineker y el delantero galés del Manchester United, Mark Hughes, las expectativas eran un tanto alta. Por Gary se habían pagado tres millones de libras, lo que era una cifra bastante copiosa por esos años. De todas maneras, acostumbrado a batallar en las fieras canchas inglesas, Lineker supo adaptarse al estilo español y sus dos primeras campañas con el Barcelona lo vieron anotando veinte goles o más, además de mostrarse como un jugador capacitado para esperar y empujar el balón y también para fabricarse sus propias jugadas. Lo que realmente lo hizo grande fue su habilidad para moverse entre las líneas defensivas del rival y adelantarse para dar ese toque mortal aprovechando su velocidad; en el fútbol moderno podría decirse que era bastante similar a su contraparte del Leicester, Jamie Vardy, pero con más potencia físico y más capacitado para el forcejeo.


Para alguien que había comenzado en un pequeño club inglés de una ciudad más conocida por unas papas saladas que por cualquier otra cosa, un Madrid – Barcelona en el Camp Nou podría suponer un reto bastante abrumador; pero Lineker se las apañó contra La Quinta del Buitre y se despachó uno de los mejores hattricks de la historia del fútbol para derrotar a los merengues tres a dos. A pesar de haber ganado títulos, de haber demostrado su valía y de convertirse en un referente para los delanteros de Europa y el mundo, la llegada de Johan Cruyff a la dirección técnica en 1988 supuso el final de Lineker en el club azulgrana porque el holandés no contaba con él para su revolución futbolística. Relegado a la banda, tuvo que hacer las maletas en el ’89 y con cantos de sirena del Manchester United de Ferguson, incluso llegando a estar punto de firmar por dicho club, y la Fiorentina –que se disipó tras las marchas de Eriksson y Baggio- Lineker decidió fichar por un prometedor equipo de Tottenham y recuperar el protagonismo perdido en su último año en Ciudad Condal.


Su llegada a White Hart Lane fue celebrada como un título porque era un jugador con categoría que arribaba a un equipo que se había quedado un poco huérfano tras la marcha a Mónaco de Glenn Hoddle –otro maestro que se merece una entrada magna en el Blog-; pero ahora con la llegada de Lineker y la magia del genio esquizofrénico que era Paul Gascoigne, los Spurs podían soñar con cosas grandes. El Gary del Tottenham ya estaba pisando los 30s y mostraba una faceta más madura, compuesta y con madera de líder; ya no era un muchacho raquítico y sin experiencia en el Leicester, sino un delantero que estaba probado en los partidos más exigentes de su campo y que había dado la talla. Sus años en el Tottenham fueron de lo mejor de su carrera, pero tenemos que decir que siempre fue un jugador bastante rendidor y a punta de goles, sacrificio y trabajo, se ganó el corazón de la hinchada y ese título de FA Cup del ’91 contra el Nottingham Forrest todavía brilla en la memoria colectiva del club. A donde fue se ganó el cariño de sus aficionados y es que lo que tal vez carecía en clase o en habilidad depurada a lo Maradona o Hoddle lo compensaba con una dedicación, compromiso y altruismo que eran encomiables y loables; un delantero trabajador y con instinto de asesino en serie. Y los Spurs lo amaron (y aman) por eso.


Mientras tanto, a nivel de selecciones, los ánimos en Inglaterra no eran los mejores. Tras una Eurocopa paupérrima en 1988, Bobby Robson y sus muchachos se hallaban en el ojo del huracán; todo lo que se escuchaba y leía en la prensa eran críticas a todos sus miembros y con el técnico como, supuestamente, el principal culpable de todo. A pesar de eso, Robson supo confeccionar un equipo compenetrado y altamente con Gascoigne, Barnes, Barsdley, Platt, Shilton, Brian Robson y el propio Lineker. Probablemente la mejor selección inglesa desde la campeona del mundo en el ’66, Lineker fue uno de los líderes de ese equipo y sus goles sirvieron para catapultarlos a las semifinales donde perderían contra los alemanes en penales en uno de los partidos más emocionales de la historia de los Mundiales. Aquí quedaron para el recuerdo de nuestro protagonista su gol del empate contra los germanos, su mirada irónica a Bobby Robson tras la amarilla que suspendía Gascoigne de una hipotética final y su memorable frase de que “el fútbol es un juego simple: 22 hombres corren detrás de un balón durante 90 minutos y al final los alemanes siempre ganan.”


Tras un par de temporadas más en el Tottenham, la edad ya daba los primeros coletazos al rendimiento de nuestro protagonista y éste ya no podía ofrecerse a los Spurs como antes. Sin hacer muchos dramas, pero sí con mucha cobertura de la media, decidió irse a jugar a Japón en el Nagoya Grampus. Ciertamente un movimiento monetario y con bastante empuje mediático, Lineker hizo su transición a la vida post-futbolista de manera un tanto más tranquila en Japón, donde, lastimosamente, las lesiones no le permitieron impresionar a los nipones y sus actuaciones no fueron las deseadas. De todas maneras, ya no era lo mismo que antes y él no lo dudaba; sin pensarlo mucho, decidió retirarse en el ’94 y dar el paso a la carrera como comentarista de fútbol en su Inglaterra natal.


En su nueva función, el exjugador del Everton ha sabido hacerse un hueco entre los televidentes y crear su propia trayectoria sin necesidad, ya en pleno de 2016, de valerse de su pasado como jugador. Es entendible; su sentido del humor tan británico y su carisma han hecho de él una figura bastante querida en la televisión inglesa. Como en su carrera, no se trataba de llamar la atención –ni siquiera cuando dijo en la campaña pasada que haría el primer show de su programa, Match of the Day, de esta temporada en calzoncillos si su Leicester ganaba la Premier-, sino de simplemente ser como es y no sacrificar sus principios. Solo hay que verlo y leerlo en la histórica campaña del Leicester sintiendo y sufriendo cada partido como un hincha más; no lo hizo por adulación o por falsa humildad; lo hizo porque simplemente ésa es su naturaleza y siempre lo ha demostrado. Tal como cuando salvó a su club de la bancarrota en el 2002 con una inversión de 5 millones de libras; éstos son los gestos de un hombre que, a pesar de todo, no ha perdido sus raíces.


Es difícil no sentir un cierto respeto y empatía para con Lineker puesto que representa el sueño de muchos: el hombre que tuvo un sueño, lo vivió y lo cumplió con creces. Tal vez su palmarés no sea el mejor, pero siempre rindió en casi todos sus equipos y siempre lo dio todo, además de comportarse con un respeto y amor al juego que muy pocos jugadores pueden presumir. ¿Cuántos futbolistas hoy en día pueden decir que nunca han recibido una tarjeta amarilla o una roja? Es un concepto algo utópico en la actualidad. Es una rareza toparse con una figura de esta índole, pero esos son los casos que debemos resaltar: a quienes lograron sus metas con una cierta aura de dignidad y apegándose a sus principios.

Lineker puede ser muchas cosas, pero, por encima de todas las cosas, siempre será ese chico de Leicester que conquistó Europa.

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