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lunes, 18 de enero de 2016

Segundos para Recordar: el Newcastle de Keegan, “The Entertainers”.



“Y te digo, honestamente, que me encantaría ganarles. Me encantaría”

Mis amigos, ésta ha sido la mejor Premier League de los últimos tiempos. Y me atrevería a decir que ha sido uno de los campeonatos ligueros más apasionantes en general que se haya visto en el fútbol desde hace unos cuantos años. ¿Palabras mayores? Quizás, pero no menos ciertas. Gracias a los montos monetarios en ascenso por los contratos televisivos, los equipos de la liga inglesa reciben unas cantidades estratosféricas de dinero sin importar el puesto que ostenten, beneficiando así a los mismos para reforzarse de mejor manera; tal es la diferencia con otros países que el Queens Park Rangers el año pasado, al quedar de último y descender de la Premier, obtuvo más dinero por su posición liguera que el Bayern Múnich por ganar la Bundesliga. Esto ha convertido, poco a poco y de manera sólida, a la Premier League en el campeonato más parejo y desafiante; un servidor ha pasado (y disfrutado) más tiempo viendo partidos del Stoke City, Watford, Crystal Palace, Tottenham, Everton o West Ham que con el Madrid, Barcelona, Bayern o PSG, si soy completamente franco. Claro, no faltará quien diga que el nivel de la liga es bajo por sus actuaciones europeas, pero no es lo mismo ver a los rivales del Bayern o el Barcelona bajar los brazos al ir perdiendo dos a cero en los primeros quince minutos que competir contra una oposición que nunca cesa en ningún minuto del partido y no te deja ganar como si fuera un trámite –eso agota y más cuando consideramos que la Premier es una liga sin descanso navideño y con calendarios congestionados por la FA Cup y la Capital One. Para el futbolista es altamente complicado pero para nosotros, el público, son tiempos de bonanza futbolística en Inglaterra en cuanto a entretenimiento se refiere.

Debido a esta alza de los equipos más pequeños, la conquista de los grandes por el título se ha visto mucho más complicad en este año que en el anterior donde el Chelsea del entonces entrenador José Mourinho, ahora desplazado de sus funciones por el brutal declive del club en esta temporada, fue líder absoluto del campeonato durante todo el año. Equipos como el Arsenal y el Manchester City, además de la inclusión del sorprendente Leicester City de Claudio Ranieri, pueden entrar en la categoría de los equipos “regulares” del campeonato, pero se ha demostrado que ese término no acaba de describir a ninguna institución en esta Premier League e impera esa sensación de que cualquiera puede ganarle a cualquiera. Eso es entretenimiento en su máxima expresión y lo que más deseamos de este deporte –y de cualquier otro, para esos efectos- es eso mismo: entretenernos. Buscamos sentirnos a la expectativa y no saber qué demonios va a pasar ahora; estar sentados en el extremo de nuestra silla mientras que once jugadores te alegran el día, o hasta la semana, con una buena actuación en una cancha de fútbol. Se trata de vivir y presenciar historias inesperadas que surgen para dejar huella en el corazón de quien desee ser parte de la misma. Inglaterra es, a mis ojos, la tierra prometida del fútbol de entretenimiento y a mediados de los 90s hubo un equipo que fue el club de los neutrales; el equipo que todos apoyaban por su juego vertiginoso y magistral carente de lógica, pragmatismo e incluso coherencia, pero que emocionó a todo el mundo por un par de años: el Newcastle de Kevin Keagan, eternamente llamados The Entertainers (Los animadores).


Un aspecto que parece ser una máxima del club de las Urracas, como son conocidos, es el hecho de que son capaces de compaginar épocas de mucha gloria con otras de una calidad deplorable. Para el Newcastle, es cielo o infierno y el término medio, la bendita regularidad, es algo intangible e inalcanzable para nuestros protagonistas. Bueno, en 1.991, donde comienza nuestro relato, el equipo de blanco y negro se hallaba en lo profundo de su propio infierno particular. La institución se encontraba en el fondo de la antigua segunda división del fútbol inglés, la entonces llamada apropiadamente Second Division, tras perder cinco a dos contra el Oxford en un partido que empeoraba un ambiente negativo en un club que no vislumbraba el camino e iba en una caída estrepitosa. La directiva no hacía mucho al respecto y el entrenador, el argentino Ossie Ardilles, había entablado una filosofía de apostar por los jóvenes que no terminaba de cuajar. Los hinchas estaban ofuscados por la falta de accionar de los involucrados y entonces un empresario importante de las islas, británicas, Sir John Hall, decidió comprar el 79.2% del club para llevarlos a un rumbo más acorde a la historia del Newcastle United. El arribo de este magnate fue vital en esta historia porque la primera (y más importante) decisión que tomó fue despedir a Ardilles y hacerse con los servicios de la leyenda del club, el otrora atacante Kevin Keegan, en la dirección técnica. Esto fue recibido con reacciones de asombro, esperanza y temor por parte de la hinchada puesto que Keegan era de los suyos y una leyenda del club que, supuestamente, llegaba para hacer renacer al club; pero también imperaba el miedo porque el una vez Balón de Oro había estado fuera del fútbol desde su retiro como jugador en el ’85 y no tenía experiencia alguna en el oficio de entrenador. Pero había ilusión y, sobre todas las cosas, la creencia de que estando de últimos en la segunda división, las cosas no podían empeorar en esa temporada –o al menos eso esperaban.

Lo primero en lo que se enfocó Keagan fue en trabajar para que el Newcastle se salvara del descenso, y logró eso mismo tras unos meses complicados (y con un plantel descompensado) al derrotar al Leicester City con un gol en los últimos minutos para conseguir la permanencia –la locura, el dramatismo y la pasión estarían a la orden del día durante su periplo en St. James Park. El segundo año fue más plácido y lograron el ascenso como líderes a la reluciente Premier League, con el ahora apodado Geordie Messiah visionando a un equipo que pudiera competir de tú a tú con los grandes de Inglaterra. En esa línea ambiciosa, se hizo con los servicios del delantero Peter Bardsley, quien ya había jugado con el club en los 80s y había sido compañero de ataque del propio Kevin, para que formara una dupla mortal con el joven Andy Cole, quien llegaría a ser una figura periférica en la etapa de formación de The Entertainers. Keagan, como delantero centro que una vez fue y como alguien que formó grandes duplas ofensivas en sus años mozos, buscaba practicar un fútbol ofensivo que se basara en el precepto de simplemente anotar más que el rival y, a su concepto personal, el formar una dupla de delanteros era algo vital para ello.


El equipo iba mejorando año tras año y el estilo de juego de posesión, de mucho toque y con fuertes connotaciones preciosistas comenzaba a generar dividendos en la temporada 1.994/95, pero el club recibiría un golpe muy duro con la venta de Cole al Manchester United para ayudar con la precaria situación económica que ostentaban. El delantero inglés había hecho 41 goles en 46 partidos la temporada previa en todas las competiciones y mantenía buenos números en la campaña de su salida al equipo de los Diablos Rojos por 6 millones de libras más el extremo del United, Keith Gillespie –quien ganaría protagonismo en el club en años venideros-, en lo que resultaría ser un traspaso record del fútbol británico por esos años. El fichaje se libró con sus polémicas y el propio Keegan se encaró con varios aficionados extremistas para explicarles las razones de la venta –una muestra fidedigna del carácter del hombre. Con el dinero conseguido por Cole se trajeron a dos de los jugadores más importantes en este equipo legendario del Newcastle: el delantero inglés, Les Ferdinand (hermano mayor de Rio Ferdinand), del Queens Park Rangers y el díscolo atacante francés, David Ginola del París Saint Germain. El director técnico tenía las piezas que necesitaba y todos en la institución, palpando el progreso del club desde el arribo de su Mesías futbolístico particular, estaban dispuestos a tirar del mismo lado para conseguir lo que era el Valhala de cualquier equipo inglés: ganar la Premier League. Keagan sabía eso y su visión, ésa de juego atractivo y dominante, había tomado forma en uno de los equipos más excitantes que ha visto el fútbol británico en los últimos 25 años. The Entertainers habían nacido en 1995 y la siguiente temporada, la 1995/96, demostraría ser un ejercicio de dramatismo y pasión en su máxima expresión.

Si quieren energía, caos y belleza futbolística encapsulada en 90 minutos, les recomiendo que busquen cualquier video de The Entertainers de esa mítica campaña del fútbol inglés para que vean lo brillantes que eran –yo lo he hecho y cómo me he divertido. Su estilo guarda reminiscencias a lo que hace el Barcelona actualmente, pero impregnados con más vértigo y ese toque inglés en su porte. Keegan tomó al club y lo inspiró para desafiar al United de Ferguson como nadie lo había hecho hasta ese momento por un título de liga; victorias importantes contra rivales de peso como Blackburn, el entonces campeón, o Liverpool, quienes tenían su propia generación de cracks apodados los Spice Boys, además de un record notable de victorias en casa en la 1era vuelta de la temporada, fueron señales que explicaban que ése equipo era algo especial. Fue una de las más grandes batallas en las últimas tres décadas en Inglaterra porque los dos equipos que guerreaban por ese título de Rey de la Premier League, Manchester y Newcastle, eran planteles notables y con una calidad incuestionable. Por un lado tenías a Les Ferdinand, Pete Bardsley y David Ginola, mientras que por el otro tenías a Cantona, Keane y Giggs. Tal vez hoy en día los del United son considerados leyendas del deporte, pero en ese entonces la diferencia entre ambos era ínfima y el primer lugar en la tabla estaba servido para cualquiera de los dos. Ferguson y Keegan eran dos grandes técnicos con una capacidad invaluable para motivar a sus jugadores y extraer ese gramo de más de ellos para que rindieran a tope –eso hizo que el campeonato fuera tan excitante.

En el mercado de invierno, la posibilidad de que las Urracas ganaran la liga era muy tangible y el club invirtió decididamente en el mercado de invierno para traer a casa esa tan ansiada competición. David Batty, mediocentro de los entonces campeones Blackburn Rovers, y el colombiano Faustino Asprilla, atacante del Parma italiano, fueron contratados por una suma conjunta de 11 millones de libras para afilar un equipo que ya era poderoso de por sí. El colombiano arribó como una gran estrella y su fútbol histriónico, díscolo y rebelde encajaban con la filosofía del club de St. James Park para finiquitar esa revolución empezada por la leyenda inglesa en el ’91… pero tal no sería el final en este tortuoso relato.


Hay muchos que atribuyen a la contratación de Asprilla como el detonante de la caída en desgracia del Newcastle en la segunda vuelta de esa temporada, pero la realidad es que otros factores como la irregular defensa del equipo –concedían casi tantos goles como los que anotaban- y la falta de fortaleza mental les terminó de jugar una mala pasada. La forma de ser tan singular del colombiano no ayudó para evitar que fuera señalado y rápidamente fue convertido en el “culpable” de que no ganaran la liga, pero la realidad es que tuvo un rendimiento más que aceptable y el resbalón del club en el último momento se debió principalmente a ese quiebre psicológico que sufrieron en tres momentos en específico de la segunda vuelta.

El primero de ellos fue el partido contra el Manchester United en St. James Park. El United perseguía al Newcastle en el liderato con cuatro puntos de diferencia –aunque los Magpies tenían un partido menos- y ese partido era visto como la forma en la que acabarían con las esperanzas de los Diablos Rojos. El estadio era una caldera y el 1er tiempo fue una exhibición de fútbol de un conjunto del Newcastle que no terminó de marcar por un Peter Schmeichel que estaba en la mejor forma de su carrera por esa temporada –paró absolutamente todo ese día. El segundo tiempo mostraba a un Manchester un poco más adelantado, pero la superioridad de las Urracas era notable y el ambiente era tenso; pero Eric Cantona, el eterno salvador de ese equipo de Ferguson, anotó el gol solitario del partido y así, de la nada y de forma incontestable, los visitantes se llevaban los tres puntos, cerrando la diferencia en la tabla a un mero punto, dejando atónitos a todos aquellos que vieron el partido.


El segundo evento desgraciado fue ese hermosamente caótico partido en Anfield, tierra donde Keegan conquistó el mundo futbolístico como jugador, que acabó cuatro a tres frente al Liverpool, siendo considerado por muchos como el mejor partido de la historia de la Premier League y en donde Stan Collymore, un jugador algo infravalorado de esa época de los Reds, se disfrazó de figura y en verdugo del Newcastle con una actuación notable y haciendo dos goles, siendo uno de éstos el del triunfo en los últimos minutos. Para el recuerdo quedó esa imagen del entrenador de las Urracas postrado sobre la valla publicitaria como si se hubiera dado cuenta de que todo había terminado en eso fatídico evento de esa forma. El club al que una vez sirvió con tanta lealtad le proporcionó el peor día de su vida deportiva en uno de esos partidos que jamás se olvidan.


El tercer evento sucedería fuera de las canchas y denotaría cómo esta competencia entre Keegan y Ferguson era algo bastante personal. Luego de un partido del Manchester contra el Nottingham Forrest, el escocés diría que los equipos rivales se esfuerzan más contra su equipo por la grandeza del mismo y que no se enfrentaban con tanta beligerancia a los de Keegan. El entrenador del Newcastle no tomó esto para nada bien y en una entrevista de radio explotó en un exabrupto pasional que fue encarnado en la frase que inicia este artículo. El Mesías de St. James Park es un hombre pasional y sincero que no se calla nada; ama al Newcastle y era capaz de mancillar su imagen pública por el simple hecho de defender a su club, pero no se dio cuenta de que todo esto fue un juego mental de Ferguson para desconcentrarlo y un intento más por hacer caer al Newcastle… y funcionó. Al terminar las 38 jornadas, el United ganó la liga por cuatro puntos de diferencia y The Entertainers de Keegan quedaron de segundos. Los neutrales se apiadaron de una generación del Newcastle que estuvo cerca, muy cerca, de atisbar la gloria de la Premier League, pero al final del día no se pudo. Sacrificaron una ventaja de diez puntos en Navidad a través de una desconcentración mental, una mala defensa y una incapacidad para ajustar a Asprilla para que mejor funcionara en un sistema que, ya sin él, funcionaba a las mil maravillas, a ojos de muchos.


La siguiente temporada iba a ser muy buena, pero ya nada era lo mismo –sabían que se habían perdido una oportunidad histórica. Se fichó al goleador del Blackburn y futura leyenda de los Magpies, Alan Shearer, por un cifra record por ese entonces de 15 millones de libras. Kevin Keegan, el Rey Kev y el Geordie Messiah, sorprendería al mundo del fútbol al renunciar a su puesto a principios de Enero de 1997 alegando que ya había dado todo por el club, cosa que nadie puede negar, no sin antes erigir la obra maestra futbolística de The Entertainers: una demolición por cinco a cero de uno de los mejores Manchester United de la historia en un partido donde no necesitaron las Urracas ninguna motivación –la temporada previa era más que suficiente. Kenny Dalgish, leyenda del Liverpool y que ya había ganado la liga inglesa con los de Merseyside y con el Blackburn en el ’95, tomó las riendas del club y aunque logró repetir el sub-campeonato, las cosas, como dije al principio, ya no eran iguales. La magia se fue con Keegan y el equipo, por más funcional que fuera y con un Shearer que dominó la tabla de goleadores con 25 tantos, no desprendía la misma vertiginosidad. Al año entrante habría un último destello de ese equipazo que enamoró a los neutrales de la Premier League con una victoria por tres a dos sobre el FC Barcelona en la Champions League con un Asprilla que anotaría un hat trick en su mejor partido con los de St. James Park. Pasión, muchos goles y fútbol ofensivo que se basaba en anotar más que el rival: eso eran The Entertainers de Kevin Keegan. Ése fue el modus operandi del mejor equipo que nunca conquistó la Premier League.

Hasta el sol del día, el legado de este gran Newcastle es debatido álgidamente entre los conocedores del fútbol inglés. Algunos dicen que fueron el mejor equipo ese año y que merecían la liga; otros que la mala defensa y los fichajes de invierno destruyeron el balance; que Keegan cayó en los juegos de Ferguson o que el escocés recurrió a “trampas mentales” para ganar. Tampoco faltan leyendas del país como Jaime Garragher o Gary Neville diciendo que nadie se acuerda de este equipo al no haber salido campeón, pero yo tiendo a discrepar con esta afirmación de los dos exdefensores puesto que la grandeza de este plantel yacía en que su estilo, por más toque que tuviera, estaba muy arraigado en la Premier League y encarnaban todas sus idiosincrasias: vértigo, carácter ofensivo y una actitud de nunca rendirse que les hicieron ganar seguidores por todo el país. Fueron el equipo de los neutrales y supieron enamorar mediante su juego –una habilidad que no es para nada sencilla.


Surgidos desde el fondo de la Segunda División, las Urracas comenzaron una historia maravillosa llena de giros, desenlaces trágicos, momentos memorables y mucho buen fútbol. Estoy seguro que los hinchas del club la pasaron barbaro y al mismo tiempo fatal, que es como se debe vivir este deporte (y la vida misma): abierto a la posibilidad de ascender al más alto de los éxtasis para luego caer en el fondo del abismo o viceversa. El Newcastle de Keegan, al igual que la vida misma, estaba lleno de inconsistencias, parafraseando al finado vocalista norteamericano, Ronnie James Dio. Y en estos tiempos de bonanza futbolística en Inglaterra, no hay que olvidar a los Shearer, Cole, Ginola, Ferdinand o Asprilla que convirtieron al St. James Park en un teatro para su visceral sinfónica y donde hicieron soñar a toda una afición. El mejor campeón que la Premier League nunca tuvo.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Segundos para Recordar: cómo me dueles, América.



NOTA: Este artículo fue hecho por un colega de Colombia, Yeison Plazas, quien es un hincha efervescente del América de Cali y eso es parte de una pasión que fluye por la sangre de su familia. Estoy muy complacido de contar con su impronta como autor invitado y espero que les guste su contribución.

Cómo me dueles, mi rojo querido, con lágrimas en mis ojos, y sintiendo la más grande impotencia, escuchando el himno de fe y alegría compuesto por el grupo Niche; mi corazón está roto, algo que la gente del común no entiende. Otro año más en la categoría B del futbol colombiano.

Cómo me duele mi rojo escuchar la canción que nos identifica y que sonaba en toda Cali -y en los medios de Colombia- cuando quedábamos campeones; y ahorita hacerlo de despecho, porque de nuevo estamos otro año sumidos en la B y soportando burlas. ¿Será que volverá ese sabor que nos daba el medico Ochoa Uribe donde a finales de los 70s, después de 50 años de fundación, se ganó el primer torneo, donde todos los obreros de Cali y la clase humilde fue a verte y por eso te apodan “la pasión de un pueblo”?


En los 80s fuimos los reyes de Colombia, donde envestíamos como un toro a cualquier rival, paseábamos por Suramérica dando catedra de un buen futbol de ataque. Ése América que enamoró a mi padre, donde nos dábamos el lujo de tener a Juan Manuel Battaglia, Roberto Cabañas, Willington Ortiz, el Tigre Gareca, “el pibe del barrio obrero” Alex escobar, el pitufo de Ávila, Julio cesar Falcioni, entre muchos más. Éramos el ejemplo de tener la cantera más grande del país y hasta pudo haber llegado, sino es por traspiés en el traspaso, un joven Diego Armando Maradona.

Ese mismo equipo que perdió 4 finales de Copa Libertadores, pero la más recordada: un 31 de Octubre de 1987, Estadio Nacional de Santiago y un partido polémico contra Peñarol porque esta final se definía en tres partidos ya que ése era el sistema de juego de aquel entonces; si persistía un empate entre los dos equipos, se debía jugar otro encuentro en cancha neutral. Al plantel no se le asignó hotel para concentrarse, el vuelo se retrasó, durmieron unas pocas horas en el aeropuerto chileno y en la precariedad se debía librar este encuentro. Toda Colombia estaba pendiente del desenlace de esta historia; Cali era una fiesta; y mi progenitor con un radio de transistores pendiente para celebrar.

El partido transcurría y pasaban los minutos; era una lucha dentro de la cancha; pasaron los 90 reglamentarios, y el América con ese empate sin goles sellaba su destino para ser el más grande del continente. Pasa el tiempo extra. 120 minutos de infarto y faltando dos segundos para acabar el compromiso, el delantero Diego Aguirre, en un descuido de la defensa americana, marca un gol agónico que le entrega el título a los aurinegros.


Hubo un corte de luz en pleno partido en Cali, exactamente en los minutos finales, y los hinchas no se habían enterado de lo sucedido. Cuando volvió el fluido eléctrico lo inimaginable llegó: la noticia del gol de Peñarol, lágrimas en los ojos de un centenar en Cali, los del rival de patio celebrando la derrota, y mi papá estrellándose contra las paredes sin explicarse por qué sucedió esto.

En los 90s y principios de los 2000 se ganaron títulos locales. En 1996 se llegó a ser el 2do mejor equipo del mundo según el escalafón de historia y estadística de la FIFA; en ese mismo año se jugó otra final de Libertadores, pero esta vez se perdería con River Plate.

Pero la desgracia más grande fue el descenso en el año 2011 y esto no se dio gratis; todo el poderío que consiguieron los Diablos Rojos era producto del narcotráfico. El capo Miguel Rodríguez Orejuela era el principal accionista del club. En él se hicieron lavados de dinero con los traspasos de los jugadores y, consecuencia de esto, el departamento de estado de los Estados Unidos lo incluye en la lista Clinton en el año ‘96, lo cual pone al equipo en un bloqueo económico; se tuvo que sobrevivir sin patrocinios y no se podían hacer transacciones bancarias. A pesar de esto, el equipo sobrevivió principalmente por el apoyo de sus hinchas, y en el 2008 se consiguió otro título nacional, que es el número 13 en su historia.


Pero las malas campañas y la falta de patrocinios hacen que, al perder el partido de promoción contra Patriotas en un diciembre del 2011, caiga a la segunda categoría donde ha estado por cuatro años consecutivos. Y ése es el dolor más grande. Duele, América, porque en el transcurrir de estos años, en lo financiero, se ha tratado recuperar; en el 2013 se les excluyó de la lista Clinton, y esto daba nuevos “aires” y nueva ilusión de ascender, y tener una nómina respetable para afrontar el torneo. Pero a pesar de que se han hecho buenas campañas al final sorpresivamente se pierde. Se ha acusado de corrupción, o que el equipo tiene un negocio de estar por cinco años en esta categoría ya que antes de bajar no había ni TV para transmitir los partidos; el “boom” fue de un “grande” estando allí y darle valorización a la categoría.

El pasado 26 de noviembre del presente año se pierde otra oportunidad de ascender y se disputará la temporada 2016 en esta categoría. Duele, mi América, porque si hay algo que nadie podrá quitarnos, es nuestra historia. Pero estoy cansado de hablar de ella; de recordar esos partidos que nos hicieron grandes; esas alegrías junto con mi padre cuando poníamos el himno de Fe y Alegría y reíamos por ser uno de los más grandes de Colombia.


Duele todo esto; pero todo se lleva en la sangre. Yo nací un día cuando jugaste y le ganaste a Atlético Nacional en la fase de grupo de la Copa Libertadores; le diste una alegría doble a la familia. A pesar de ese desconsuelo y no saber qué vaya a pasar, uno no deja lo que ama. No sé cuándo recuperaremos nuestra grandeza, pero de algo estoy seguro: que tienes una de las hinchadas más fieles que existe y ésta se repondrá del dolor como varias veces lo hemos hecho. Y por último, ¡y dale y dale, rojo, dale!

sábado, 18 de abril de 2015

Segundos para Recordar: el Valencia y la maldición de Héctor Cúper.





¿Qué hacemos cuando no podemos conseguir respuestas de los eventos que nos marcaron para toda una vida? ¿Qué podemos hacer cuando tenemos que ahogar lágrimas por orgullo y sólo contemplar al vacío mientras que un objetivo por el que tanto hemos batallado y perseverado se nos escurre de las manos no una sino dos veces? Siempre he pensado que muchos aspectos del fútbol pueden ser transportados a nuestra vida diaria para aprender y valorar diferentes lecciones; uno de ellos es que en este deporte de once contra once, como en la vida, siempre se da revancha. En un cruel azar del destino, podemos caer en cuenta de que tuvimos una oportunidad que nadie más tuvo y nunca haber capitalizado en ella para sentir en nuestras manos ese crisol de gloria y eternidad. Héctor Cúper es, para todos los efectos, la ejemplificación absoluta del estar tan cerca de lo deseado y no poder alcanzarlo; del quiero y no puedo; de sentir cómo las más arrebatadoras ilusiones son quebrantadas por el recio golpeteo de la realidad. Ahondemos un poco más en la carrera de este entrenador argentino que en equipos tan dispares en repercusión y estilos como Huracán, Lanús, Mallorca, Valencia, Inter, Racing de Santander, Parma, Real Betis, Aris y un par más que me dejo en el tintero, supo construir planteles aptos para batallar hasta el final por títulos pero que siempre, siempre, se quedaba a puertas de la victoria. En esta ocasión me voy a enfocar en su Valencia –que si hablo uno por uno, no acabo esta semana-; una de las historias más duras y desafortunadas en la historia reciente del fútbol europeo. El Valencia de Cúper: unos Segundos para Recordar de manual.

El hombre oriundo de la provincia de Santa Fe se había hecho un nombre en la liga española luego de haber conseguido un éxito moderado en su país natal con equipos humildes como Huracán o Lanús –llevando a ambos a luchar por el título de liga-, para luego llevar al Mallorca a una final de Copa del Rey en la temporada 97/98 en su primer año como entrenador en Europa, perdiendo a manos del Barcelona de Louis Van Gaal. Luego de una segunda temporada decente –y con un título muy importante para el equipo de Palma de Mallorca como fue la Súpercopa de España-, Cúper toma al Valencia CF puesto que Claudio Ranieri se fue al Atlético de Madrid. Con jugadores como Gaizka Mendieta, Kily González, Claudio “El Piojo” López, David Albelda, Mirozlav Djukic o Javier Farinós, el Valencia de Cúper conseguía su primer título de esa nueva era al ganar la Súpercopa de España –el último título de Cúper en su carrera, como dato curioso y definitorio-; pero la liga comenzaría con resultados dubitativos que no le permitía al equipo maximizar su potencial y el argentino comenzaría a ser señalado a causa de esto. Debido a una relación algo volátil y ambivalente con una de las estrellas del plantel, “El Piojo” López, el antiguo central argentino dejaba afuera de las convocatorias a su paisano y en una ocasión, al sacar a López de la cancha en un partido que perdían contra el Real Madrid desplegando un fútbol paupérrimo fue pitado por su propia afición con cánticos de “¡Cúper, vete ya!”. Esto desembocaría a posteriori en la venta del atacante a la Lazio de Italia. Fue con el arribo de la eliminación directa de la UEFA Champions League en la que el Valencia se halló a sí mismo y llevó a cabo una remontada en los frentes nacionales e internacionales; el equipo comenzó a agarrar ritmo futbolístico y pudo avanzar hasta fases impensadas de la máxima competición de clubes en Europa e ir escalando posiciones en la Liga. Cuando todos se dieron cuenta, el Valencia había sorprendido a toda Europa al eliminar a Lazio y Barcelona para llegar a la mismísima final de la Champions mostrando un gran nivel y con jugadores como Mendieta o el Kily González como piezas fundamentales. París los esperaba y ahí el Real Madrid en la primera gran final española.

Ahí fue cuando la maldición, el gafe, la esperpéntica adoración al fracaso de Cúper comenzaba a dar señales que sólo habían sido atisbadas en sus equipos anteriores. Cientos de hinchas del equipo "Ché" habían viajado a tierras parisinas para vivir su primera final como insospechados favoritos y el duelo que se llevó a cabo fue uno en el que el Madrid, con un plantel altamente balanceado y competitivo, se mostró como el mejor de principio a fin en un 3 a 0 demoledor que fue adornado por esa joya onírica que fue ese gol de Raúl con una corrida y resolución legendarias. Arañando la “Orejona” con ahínco y deseo, el Valencia se había quedado cerca, cerquísima, de levantar el trofeo más importante a nivel de clubes; pero la falta de experiencia en ese nivel de los jugadores y su entrenador les habían jugado una mala pasada contra una escuadra madridista que sí tenía experticia de sobra en el más alto calibre con figuras como Raúl, Morientes, Redondo, Hierro, Roberto Carlos y un par más. En el momento más importante de sus carreras, tanto para los jugadores como para Cúper, les temblaron las piernas y el nerviosismo pudo consumir las almas de unos jugadores que tuvieron con qué, pero jamás supieron dominar su ímpetu para conquistar tan ansiado objetivo. La medalla de segundo era una a la cual el argentino se estaba acostumbrando con cierta premura, pero no iba a caer sin pelear. Ni su equipo.


La vida es muy irónica y muchos hinchas valencianistas soñaban con revivir las grandes noches europeas hasta llegar a la final una vez más… lo que no pensaron es que tendrían lo que deseaban al año entrante. Con incorporaciones como Ayala, Baraja, Carew o Aimar, el Valencia daba un segundo asalto en la Champions con el deseo imperante de dar con el espíritu de retribución de lo vivido el año anterior y para consagrarse como un gigante de la competición en ascenso. ¿Cuántos equipos pueden presumir de haber llegado a dos finales de UEFA Champions League de manera consecutiva? Pocos, muy pocos. En la liga española habían sido líderes luego de unas cuantas jornadas; pero su forma liguera se diluía a medida que proseguía la temporada y el equipo enfocó todas sus fuerzas en Europa donde supieron eliminar a equipos de la talla del Arsenal y el Leeds United (equipazo en esos años, para los menos adoctrinados) hasta llegar a la final en Milán, en el mismísimo San Siro, contra el gigante bávaro, el Bayern Múnich. Había pasado un año: habían aprendido, los jugadores habían mejorado, tenían un mejor planteamiento y ya habían vivido este ambiente; ya habían respirado ese aire único de final que solo pueden experimentar unos cuantos elegidos. Pero el Valencia, Cúper y la maldición de las finales de Champions parecían ser una máxima en el devenir de la institución. Aún faltaba sufrir una vez más.


El Valencia empezó bien con un gol de penal de Mendieta en los primeros compases de la final; pero Effenberg empató con otro penal a mediados del mismo. El partido estuvo bastante peleado y parejo, mucho más que el año pasado, hasta que llegaron al tiempo extra donde ninguno regalaba espacios y terminaron en tiros de penal. Luego de una dramática tanda de penales, el Valencia, sus jugadores, sus directivos, su cuerpo técnico y sus hinchas contemplaban en pleno templo histórico del fútbol mundial cómo la Copa de Europa se les escapaba por segundo año consecutivo y no tenían más que el dolor, la frustración y las lágrimas de un Santiago Cañizares que eran la representación sufrida de toda la historia de una institución que estuvo ahí, a centímetros de levantar el trofeo por excelencia del fútbol, aparte del Mundial. ¿Qué pasó? Es difícil de explicar; pero la realidad es que a los del equipo “Ché” les faltaron galones para poder convertirse en reyes de Europa y al final no quedó más que la derrota. Luego llegarían los años de Benítez y la consecución de varios títulos importantes como la Liga y la Copa UEFA (ahora Europa League); pero nunca volverían a llegar a la final de la Champions.

El Valencia y la maldición de Cúper son el caso arquetipo de un equipo que merece estar en mi categoría de Segundos para Recordar: jugaban un gran fútbol, contenían una conglomeración de jugadores talentosos –muchos que a posteriori tendrían unas carreras notables- y con un entrenador que sabía cuajar grandes actuaciones pero que parecía estar maldito puesto que nunca daba ese último empuje para arengar a sus muchachos a que ganaran las finales. Al final del día, hay un motivo por el cual entrenadores como Héctor Cúper no están a la par de los Ferguson, Mourinho, Capello, Ancelotti o Sacchi: los mejores entrenadores son aquellos que saben motivar a los jugadores para que saquen la casta de campeones en el momento de verdad. Recuerden: los campeones no ganan para serlo; ganan porque son campeones. Al final de la temporada, Cúper se iría al Inter y nunca podría quitarse esa chapa de “segundón”, además de no volver a ganar un título, debido a que todos sus equipos estaban siempre cerca y nunca conseguían la gloria. Una etiqueta que parecía quedarle tan bien a un hombre trabajador y dedicado pero que, simplemente, no supo qué hacer en los momentos de la verdad. Fue ahí, en París. Fue ahí, en Milán. Fueron en esas dos noches donde debió demostrar… pero no no lo hizo. Tal vez todos los involucrados en el Valencia por esos años jamás consigan entender cómo llegaron hasta ese punto, pero a veces las vivencias más exaltantes no deben de tener un gran significado o una gran revelación; sólo están ahí para que las experimentemos. No conseguirán respuestas del Valencia de las dos finales de Champions; sólo encontrarán el llanto de millones de hinchas canalizados en la desconsolación de Cañizares y el gafe de Cúper.