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jueves, 4 de agosto de 2016

Nos volveremos a ver: Gary Lineker, el chico de Leicester que conquistó Europa.



“Nadie puede decir qué pasa entre la persona que eras y la persona en la que te convertiste.”
-          Stephen King.

Los orígenes son todo para nosotros y para nuestras vidas; es en esos años formativos donde se comienzan a pavimentar nuestros senderos y damos esas primeras señales de lo que seremos. Todos somos productos de nuestros contextos, ambientes en los que crecimos y las enseñanzas y valores que nos inculcaron de niños; es a través de estos factores (o la falta de ellos) que nos forjamos y cada elemento, por más ínfimo que parezca, juega un rol notorio en lo que nos convertiremos. Y es que estar en ambientes lluviosos, crecer en una ciudad trabajadora y estar bajo la crianza de una familia de clase media, con lo sucesos adecuados y el contexto indicado, un chico de Leicester puede convertirse en el máximo goleador inglés de los Mundiales, anotar tres goles en un Clásico y ser un ícono de su país y de su generación… o puedes simplemente llamarte Gary Lineker. Carreras las han habido mejores y más exitosas, pero no creo que nadie se quejaría de haber logrado lo que Lineker y cómo lo hizo: con aplomo y bajo sus propios términos.

Hoy en día se menciona la palabra Leicester y se piensa automáticamente en el más que memorable triunfo de los Foxes en la última temporada de la Premier League. Pero por mucho tiempo, el exjugador del Barcelona era la referencia de su ciudad… bueno, él y las papas Walkers, de las que es su principal figura publicitaria. De todas maneras, puede ser sencillo olvidar lo logrado por este hombre, pero es el caso de un futbolista inglés que, en su época, rompió con muchos paradigmas que hoy en día afligen a su fútbol: gran goleador en un país extranjero, jugador importante en las Copas Mundiales y un profesional consumado, además de un ejemplo de decoro en las canchas al no haber recibido una sola tarjeta roja o amarilla en su carrera. Un jugador que hoy en día es sinónimo de principios y de ser una de esas personalidades en la televisión inglesa como el rostro deportivo de la BBC –al final del día, una leyenda que no quedó estancada en su estatus e hizo una transición casi indolora al periodismo.


Como un chico local, Lineker comenzó su periplo en el fútbol a mediados de los 70s al unirse a las juveniles del equipo de su ciudad, el Leicester City. Con apenas 16 años ya estaba contratado a tiempo completo y a los 18 ya estaba jugando en el primer equipo de los Foxes. A diferencia de nuestros tiempos modernos donde un canterano es impulsado casi obligatoriamente a jugar 35 o 40 partidos a tan tierna edad, Gary fue llevado de a poco en un equipo que deambulaba entre la primera y la segunda división de su país en un estado de lucha constante. Hijo de una familia de clase media y de trabajos humildes por más de 70 años, el joven Lineker había sido clasificado como “flojo” en la escuela y una de sus profesoras le había dicho que no podría hacer dinero del fútbol; apenas alcanzando la mayoría de edad ya compartía vestuario con Peter Shilton y Frank Worthington, dos de sus máximos ídolos del Leicester y del fútbol. Poco a poco, la leyenda transitaba las calles en las que nació y donde se comenzaban a fraguar las primeras imágenes de lo que sería su dilatada carrera.


Los inicios nunca son fáciles y Lineker tuvo que dar sus primeros pasos en el fútbol inglés jugando por la banda y valiéndose de su velocidad en lugar de desempeñarse en su rol preferido: el delantero depredador que no daba una pelota por perdida. Como él mismo lo dijo en una ocasión, no fue una estrella instantánea a lo Michael Owen o Wayne Rooney; se tomó su tiempo y su progreso para poder demostrar toda su capacidad en el Leicester. Fue a partir del ’81 donde irrumpió Gary, el goleador, e Inglaterra se dio cuenta del tesoro que tenían entre manos; primero en la Second Division y luego en la First Division, Lineker fue el máximo goleador del Leicester en varias de esas campañas y en el periodo 1981-85 fue una de las propiedades más codiciadas por los gigantes de su país. Su mezcla entre potencia física, agilidad, capacidad de moverse sin el balón –esa habilidad a la que llaman “estar en el lugar correcto en el momento indicado”- y una definición frente al arco rival que haría palidecer hasta muchos de los más grandes eran los aspectos que pueden definir a este monstruo del área. Tras su magnífica campaña 1984/85, el chico de Leicester dejó atrás su hogar y decidió embarcarse en un viaje que le daría muchas alegrías y éxitos; la primera parada en este sendero de canchas lodosas, defensas rocosas y muchos goles, sería Goodison Park y el Everton.


Los de Merseyside eran un elenco bastante diferente al que son hoy en día; en el ’85 eran los flamantes campeones de la liga, desplegaban un fútbol bastante ofensivo y Lineker se adaptó prácticamente enseguida: 38 goles en 52 partidos así lo atestiguan. A pesar de no haber ganado nada con este equipo en el año solitario en el que estuvo –y tener la mala fortuna de que ganarán la liga de nuevo una vez que se fue- siempre ha enfatizado en lo mucho que disfrutó su tiempo con los Toffees y que era el mejor equipo en el que jugó. Con 26 años y en la plenitud de su carrera, a Lineker se le presentó su oportunidad dorada y la que marcaría toda su trayectoria: ser parte del seleccionado inglés en la Copa del Mundo de México ’86.


Si con el Leicester y el Everton se había forjado un nombre importante en su nación, México ’86 simbolizó el arribo de Gary Lineker al estrato más alto de su profesión. Debajo del sol abrasador del país centroamericano, el inglés se convirtió en el máximo goleador del torneo con seis goles, anotó el segundo triplete más rápido de los Mundiales contra Polonia y fue una parte integral de un equipo inglés que (para nada sorprendente) se fue relativamente temprano de la competición en cuartos contra la Argentina de un Maradona pletórico y en un nivel cuasi inhumano. A pesar de anotar un gol, el genio argentino fue más y se despachó dos goles –uno infame y el otro glorioso- para dejar atrás a los Tres Leones. De todas maneras, las proezas goleadoras de Lineker no pasaron desapercibidas y, considerando el éxodo masivo de jugadores ingleses de su país por la suspensión de Heysel, decidió marcharse a tierras distantes para probar su suerte. Siguiente parada: el Camp Nou.


Exceptuando uno que otro jugador inglés, en España no estaban acostumbrados a ver en sus equipos a futbolistas de las islas. Así que cuando el nuevo técnico del Barcelona, Terry Venables, decidió hacerse con los servicios de Lineker y el delantero galés del Manchester United, Mark Hughes, las expectativas eran un tanto alta. Por Gary se habían pagado tres millones de libras, lo que era una cifra bastante copiosa por esos años. De todas maneras, acostumbrado a batallar en las fieras canchas inglesas, Lineker supo adaptarse al estilo español y sus dos primeras campañas con el Barcelona lo vieron anotando veinte goles o más, además de mostrarse como un jugador capacitado para esperar y empujar el balón y también para fabricarse sus propias jugadas. Lo que realmente lo hizo grande fue su habilidad para moverse entre las líneas defensivas del rival y adelantarse para dar ese toque mortal aprovechando su velocidad; en el fútbol moderno podría decirse que era bastante similar a su contraparte del Leicester, Jamie Vardy, pero con más potencia físico y más capacitado para el forcejeo.


Para alguien que había comenzado en un pequeño club inglés de una ciudad más conocida por unas papas saladas que por cualquier otra cosa, un Madrid – Barcelona en el Camp Nou podría suponer un reto bastante abrumador; pero Lineker se las apañó contra La Quinta del Buitre y se despachó uno de los mejores hattricks de la historia del fútbol para derrotar a los merengues tres a dos. A pesar de haber ganado títulos, de haber demostrado su valía y de convertirse en un referente para los delanteros de Europa y el mundo, la llegada de Johan Cruyff a la dirección técnica en 1988 supuso el final de Lineker en el club azulgrana porque el holandés no contaba con él para su revolución futbolística. Relegado a la banda, tuvo que hacer las maletas en el ’89 y con cantos de sirena del Manchester United de Ferguson, incluso llegando a estar punto de firmar por dicho club, y la Fiorentina –que se disipó tras las marchas de Eriksson y Baggio- Lineker decidió fichar por un prometedor equipo de Tottenham y recuperar el protagonismo perdido en su último año en Ciudad Condal.


Su llegada a White Hart Lane fue celebrada como un título porque era un jugador con categoría que arribaba a un equipo que se había quedado un poco huérfano tras la marcha a Mónaco de Glenn Hoddle –otro maestro que se merece una entrada magna en el Blog-; pero ahora con la llegada de Lineker y la magia del genio esquizofrénico que era Paul Gascoigne, los Spurs podían soñar con cosas grandes. El Gary del Tottenham ya estaba pisando los 30s y mostraba una faceta más madura, compuesta y con madera de líder; ya no era un muchacho raquítico y sin experiencia en el Leicester, sino un delantero que estaba probado en los partidos más exigentes de su campo y que había dado la talla. Sus años en el Tottenham fueron de lo mejor de su carrera, pero tenemos que decir que siempre fue un jugador bastante rendidor y a punta de goles, sacrificio y trabajo, se ganó el corazón de la hinchada y ese título de FA Cup del ’91 contra el Nottingham Forrest todavía brilla en la memoria colectiva del club. A donde fue se ganó el cariño de sus aficionados y es que lo que tal vez carecía en clase o en habilidad depurada a lo Maradona o Hoddle lo compensaba con una dedicación, compromiso y altruismo que eran encomiables y loables; un delantero trabajador y con instinto de asesino en serie. Y los Spurs lo amaron (y aman) por eso.


Mientras tanto, a nivel de selecciones, los ánimos en Inglaterra no eran los mejores. Tras una Eurocopa paupérrima en 1988, Bobby Robson y sus muchachos se hallaban en el ojo del huracán; todo lo que se escuchaba y leía en la prensa eran críticas a todos sus miembros y con el técnico como, supuestamente, el principal culpable de todo. A pesar de eso, Robson supo confeccionar un equipo compenetrado y altamente con Gascoigne, Barnes, Barsdley, Platt, Shilton, Brian Robson y el propio Lineker. Probablemente la mejor selección inglesa desde la campeona del mundo en el ’66, Lineker fue uno de los líderes de ese equipo y sus goles sirvieron para catapultarlos a las semifinales donde perderían contra los alemanes en penales en uno de los partidos más emocionales de la historia de los Mundiales. Aquí quedaron para el recuerdo de nuestro protagonista su gol del empate contra los germanos, su mirada irónica a Bobby Robson tras la amarilla que suspendía Gascoigne de una hipotética final y su memorable frase de que “el fútbol es un juego simple: 22 hombres corren detrás de un balón durante 90 minutos y al final los alemanes siempre ganan.”


Tras un par de temporadas más en el Tottenham, la edad ya daba los primeros coletazos al rendimiento de nuestro protagonista y éste ya no podía ofrecerse a los Spurs como antes. Sin hacer muchos dramas, pero sí con mucha cobertura de la media, decidió irse a jugar a Japón en el Nagoya Grampus. Ciertamente un movimiento monetario y con bastante empuje mediático, Lineker hizo su transición a la vida post-futbolista de manera un tanto más tranquila en Japón, donde, lastimosamente, las lesiones no le permitieron impresionar a los nipones y sus actuaciones no fueron las deseadas. De todas maneras, ya no era lo mismo que antes y él no lo dudaba; sin pensarlo mucho, decidió retirarse en el ’94 y dar el paso a la carrera como comentarista de fútbol en su Inglaterra natal.


En su nueva función, el exjugador del Everton ha sabido hacerse un hueco entre los televidentes y crear su propia trayectoria sin necesidad, ya en pleno de 2016, de valerse de su pasado como jugador. Es entendible; su sentido del humor tan británico y su carisma han hecho de él una figura bastante querida en la televisión inglesa. Como en su carrera, no se trataba de llamar la atención –ni siquiera cuando dijo en la campaña pasada que haría el primer show de su programa, Match of the Day, de esta temporada en calzoncillos si su Leicester ganaba la Premier-, sino de simplemente ser como es y no sacrificar sus principios. Solo hay que verlo y leerlo en la histórica campaña del Leicester sintiendo y sufriendo cada partido como un hincha más; no lo hizo por adulación o por falsa humildad; lo hizo porque simplemente ésa es su naturaleza y siempre lo ha demostrado. Tal como cuando salvó a su club de la bancarrota en el 2002 con una inversión de 5 millones de libras; éstos son los gestos de un hombre que, a pesar de todo, no ha perdido sus raíces.


Es difícil no sentir un cierto respeto y empatía para con Lineker puesto que representa el sueño de muchos: el hombre que tuvo un sueño, lo vivió y lo cumplió con creces. Tal vez su palmarés no sea el mejor, pero siempre rindió en casi todos sus equipos y siempre lo dio todo, además de comportarse con un respeto y amor al juego que muy pocos jugadores pueden presumir. ¿Cuántos futbolistas hoy en día pueden decir que nunca han recibido una tarjeta amarilla o una roja? Es un concepto algo utópico en la actualidad. Es una rareza toparse con una figura de esta índole, pero esos son los casos que debemos resaltar: a quienes lograron sus metas con una cierta aura de dignidad y apegándose a sus principios.

Lineker puede ser muchas cosas, pero, por encima de todas las cosas, siempre será ese chico de Leicester que conquistó Europa.

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viernes, 6 de mayo de 2016

Nos volveremos a ver: Johan Cruyff, el hombre que se convirtió en una idea (Parte I).



“Un hombre tiene una idea. La idea atrae a aquellos que piensan similar. La idea se expande. La idea se convierte en una institución.”
-          Top Dollar, El Cuervo.

Cuando una persona fallece, se hace un recuento de lo que era, de lo que representó y lo que logró como una manera de dejar en claro a todo el que le interese quién fue ese individuo. Así que cuando un obelisco del fútbol como es (y siempre será) Johan Cruyff conoce el inexorable epílogo de la vida, abundan los logros personales y colectivos de un hombre que simbolizó una plétora de conceptos futbolísticos y una ideología del balompié que hizo raíces en la tierra de este deporte. Muchos grandes fueron inmortalizados por un momento o un logro que definieron sus existencias; Johan Cruyff, el más grande de Holanda, se inmortalizó al convertirse en una idea.


El cáncer ha tomado la vida de uno de los eternos intérpretes del fútbol, pero también a uno de sus más grandes teólogos e ideólogos. Cruyff era un hombre de principios y valores muy fuertes y arraigados, con todo lo que eso puede llegar a significar. No era un hombre de fácil entendimiento personal ni uno que se anduviera por las ramas a la hora de decir lo que pensaba como todos pudimos atestiguar en sus últimos años de vida como jubilado. Johan Cruyff es la epítome del iconoclasta y del contracultural; un hombre que entendía el entorno deportivo de su tiempo de una manera singular y lo contemplaba no como lo que era, sino como lo que podía llegar a ser. Pocos hombres pueden presumir de haber revolucionado algún ámbito del mundo; el holandés lo hizo en el fútbol dos veces y hasta el sol de hoy no estoy seguro de cuál fue más importante. Pero iremos por partes y en esta entrega hablaremos de lo que fue Johan como jugador.

Como muchos revolucionarios y hombres inquietos de pensamiento, Cruyff dio sus primeros pasos en el mundo en los barrios; específicamente el de Betondorp, la parte más humilde de la ciudad de Ámsterdam. Alejado de la belleza y la singularidad de la capital holandesa, Johan se enamoró del balón desde una tierna edad hasta que ingresó a la academia de su equipo local, el Ajax, a los diez años. Como un chico que ayudaba a preparar los campos para los entrenamientos y que era mantenido por una madre viuda que trabajaba limpiando las instalaciones del club, la futura leyenda holandesa representaba en sus comienzos lo que necesitaba un país golpeado por la Segunda Guerra Mundial y dolida en su integridad –un aspecto que enfrentaría Cruyff en varios puntos de su vida-: una figura rebelde, con la suficiente autoconfianza para rayar en lo soberbio y que había crecido en la época de los años 50s y los 60s donde la cultura había dado un vuelco generacional inesperado. Podría decirse que Cruyff significó, en sus comienzos, lo mismo que George Best en Gran Bretaña: una persona que combinaba gracia, talento e individualismo para inspirar a una generación aturdida en el conservadurismo. Pero, por supuesto, Johan no contaba con la naturaleza autodestructiva del irlandés y es por eso que a finales de la década de los 60s y a principios de los 70s, el místico y enigmático holandés revolucionó el fútbol en un equipo para el recuerdo por siempre recordado como “el Ajax de Cruyff y Rinus Michels.” El plan máximo de los holandeses para domar la tierra del fútbol.


A pesar de lo mencionado, en realidad fue el inglés Vic Buckingham –uno de los primeros en fomentar el concepto de fútbol total que luego desarrollaría Michels, uno de sus jugadores en el Ajax, a sus anchas en los 70s- el que le dio su debut al imberbe Johan en 1964 en el club de Ámsterdam, ya en los últimos partidos de su gestión como técnico. Sería con el arribo de Michels en la campaña posterior que el gran Ajax de Cruyff comenzaría y el joven futbolista se volvería la piedra angular de un equipo para el recuerdo; un equipo que comenzó a llamar la atención del mundo tras una avasallante victoria por cinco a uno al legendario Liverpool de Bill Shankly, cosa que hizo que el entrenador escocés dijera que el club británico debía emular la ideología futbolística de los holandeses. Títulos consecutivos de Eredivisie eran cosechados y Cruyff crecía exponencialmente con cada temporada hasta alcanzar la cúspide a principios de la década de los 70s: tres Copas de Europa (ahora UEFA Champions League) consecutivas, además de un triplete, significaron la sublimación de un equipo que marcó a una generación y fue la base para una selección holandesa que entraría en la historia, pero hablaremos más de eso en el futuro. El espigado y flaco ‘14’ del club del momento estaba en la cima de su profesión; halagos, títulos colectivos, actuaciones para el recuerdo y premios individuales como el Balón de Oro lo erigían como el sucesor natural de los Puskas, Di Stefano, Best, Charlton o Pelé –era su momento. Tan inquieto de mente era que ya su club local no le ofrecía ningún otro desafío porque ya lo había ganado todo; el Ajax había acordado su pase al Real Madrid pero él, siempre tan rebelde y terco, desobedeció a sus patronos y decidió irse al entonces desdichado rival de los merengues: el FC Barcelona. ¿Por qué? “Debo ser libre de elegir a qué equipo me quiero ir”, fueron sus palabras.


Su arribo a Barcelona en el ’73 es material digno para uno de los mejores libretos hollywoodenses: Cruyff llegaba a una Ciudad Condal sin rumbo en lo deportivo y golpeada en su orgullo por el éxito arrollador de su eterno rival, el Real Madrid, generando en los culés un complejo de inferioridad y de cuasi victimización ante sus contrapartes blancas. Pero si algo no tenía el crack holandés era el acotado complejo de inferioridad ante ninguno que se le atravesara; con su talento desmesurado, su liderazgo y esa arrogancia de quien se sabe bueno y que lo ha ganado todo –estamos hablando de un hombre que en ese punto ya tenía tres Copas de Europa con el Ajax-, Johan guío al Barcelona a ser campeones y, más importante que eso, cambió sus mentalidades. El mayor logro de nuestro protagonista en el Barcelona como jugador fue inyectarle al catalán esa mentalidad ganadora y dejar de lado esa actitud victimaria que los mantuvo un tanto relegados en la primera mitad del siglo pasado. Aunque solamente ganó una liga y una Copa del Rey en España, se convirtió en el jugador más influyente de la historia del club, dejando en la retina de la memoria de los hinchas barcelonistas su magia, su clase, su inteligencia táctica y sus jugadas para el recuerdo como aquel gol acrobático e imperial al Atlético de Madrid donde saltó con una técnica magistral para alcanzar el centro. Fuera de la cancha libró sus propias guerrillas socio-políticas y se diferenció del resto de los baluartes del barcelonismo al incluso dejar su huella en el comportamiento del ciudadano catalán.


El Mundial de Alemania ’74 llegaba y los holandeses sorprendieron al mundo del deporte con un fútbol compacto, elástico, preciosista y vanguardista que nunca antes se había visto; el seleccionado dirigido por Rinus Michels replicó lo hecho por su gran Ajax a principios de la década y encantó la audiencia con un juego revolucionario que sería una influencia notoria en el deporte a partir de esa fecha. Sí, uno puede argumentar que la belleza e histrionismo de los holandeses no fue suficiente para derrotar a la eficiencia de la Alemania de Franz Beckenbauer –el mayor rival que tuvo Cruyff en su carrera y con quien cruzó caminos en muchas ocasiones- en la final, pero la realidad del asunto es que la Naranja Mecánica, como es cariñosamente apodada, trascendió más allá del resultado y se convirtió en un bastión ideológico para cualquier amante del buen juego. Cruyff terminó por inmortalizarse ante los ojos de millones y para el recuerdo quedará esa imagen de Johan en su camiseta naranja, con el ‘14’ en su espalda y corriendo con el balón pegado a sus pies mientras que portaba la banda de capitán y su melena fluyendo por el viento. Es la primera imagen que me llega a la cabeza al pensar en el místico holandés. El mundial del ’74 fue el punto más álgido de nuestro protagonista con su seleccionado, pero aún quedaba mucho en su porvenir.


Sus años posteriores significaron un declive entendible en su juego en el Barcelona por motivo de que los años comenzaban a menguar su rendimiento y porque el club, siempre inmerso en la inestabilidad, no podía sostener un nivel considerablemente alto en las competiciones. A pesar de eso, la influencia de Cruyff llegó a incidir en el aspecto social, incluso en temas que podrían considerarse nimios como llamar a su hijo Jordi cuando el registro español no se lo permitía. Finalmente, en el Mundial de Argentina en el ’78, el tulipán decidió retirarse del fútbol internacional y no participar en la competición por motivo de que la seguridad de su familia estaba en riesgo por el tema de la dictadura española. Los holandeses, dirigidos por el legendario entrenador austríaco Ernst Happel, perdieron la final contra los locales y Cruyff, hastiado del temor y la preocupación en tierras hispanas, decidió marcharse a lo que se veía como un retiro dorado en Estados Unidos.


Aunque su travesía en tierras norteamericanas se llevaría a cabo entre el ’78 y ’80 con Los Angeles Aztecs y los Washington Diplomats, el primer equipo que realmente se aseguró a Johan Cruyff en Estados Unidos fueron los New York Cosmos. Los neoyorkinos necesitaban a una nueva figura mediática del “soccer” mundial tras el retiro de Pelé un año atrás por lo que pudieron llegar a un acuerdo con el legendario ‘14’ quien deseaba dejar Barcelona tras la incesante presión e incomodidad en la ciudad; pero el traspaso se desvirtuó después de que se le anunciara al holandés que los directivos del equipo estarían en control absoluto de sus derechos de imagen y de marketing. En perfecta consonancia con su personaje, desechó las negociaciones y se marchó a Los Angeles para jugar con los Aztecs, dirigidos por un viejo conocido suyo, Rinus Michels. Alejado del agobio de la prensa española y deseoso de aportar algo a la juventud del país americano –“si hubiera querido dinero, me hubiera ido a Inglaterra o España donde me pagarían mejor que aquí”, dijo en su momento-, el rendimiento en la cancha de Johan bajo la guía de su antiguo mentor fue bastante bueno: 13 goles y 16 asistencias en 23 partidos, votado Jugador Ofensivo del Año y lideró a los Aztecs a las semifinales del playoff de la entonces North American Soccer League. La siguiente temporada volvió a sorprender al público al dejar su equipo para fichar por los Washington Diplomats. Al ser encandilados por una actuación sublime de Cruyff contra su club el año anterior, los directivos decidieron desembolsar 1.5 millones de dólares para hacerse con los servicios del jugador. Aunque su estadía en Estados Unidos no fue tan larga y fructífera como se hubiera deseado, sí que fue bastante positiva en el tema monetario para las arcas de los equipos en los que estuvo y supuso un alejamiento necesario para que Cruyff recuperara su pasión por el juego.


Luego de un partido amistoso en Barcelona en 1980 por caridad, Cruyff declaraba ante la prensa su deseo de volver al fútbol europeo. Se hablaba de Arsenal, Chelsea, Betis, Sevilla, Leicester y muchos otros, pero al final del día fue un pequeño y humilde equipo de segunda división de España quien lo contrató: el Levante. Aunque suene poco creíble en este punto de la historia, Johan Cruyff jugó diez partidos e hizo dos goles con los del Levante, pero la realidad es que a pesar de haber atraído masas al estadio, haber generado ingresos notorios para el club y recibir trato de estrella, su rendimiento dejó mucho que desear en la institución. Sin ganas para entrenar y ofreciendo pocos destellos de su juego a los 34 años de edad, se puede interpretar este paso en su carrera más como un favor a los directivos del Levante que realmente discutir de una etapa importante en la carrera de semejante personaje. Un periodo de su trayectoria donde se vio a un jugador sin el esfuerzo que lo caracterizaba y que dejó un sabor amargo para el club, denotando el a veces carácter soberbio del hombre y la sensación imperante de que estaba ahí por su próximo cheque. Incluso en esa temporada se permitió engalanarse la camisa del entonces descendido AC Milán en un partido amistoso en el San Siro, creando así uno de los sucesos más curiosos de nuestro deporte: Johan Cruyff vestido con la camiseta del rossoneri.

Su bizarro paso por el Levante y por la segunda división de España dejaban entrever el retiro definitivo como la única opción que quedaba entre las cartas de Cruyff, pero éste decidió retornar a Holanda con su amado Ajax en el ’81 para ayudar al equipo a ganar las siguientes dos Eredivisie y consolidar a un equipo que contaba con un joven Marco Van Basten entre sus filas. Ya cuando su contrato finalizaba en 1983, el club decidió prescindir de sus servicios puesto que lo calificaron como “demasiado viejo” para seguir aportando al equipo en el nivel que se exigía. En un arrebato de venganza, en aras de demostrar que no estaba acabado frente a sus antiguos patronos, portó la camiseta del enemigo y se convirtió en un año en eso: el enemigo. Johan Cruyff estuvo en el Feyenoord en el último año de su carrera y fue un memorable epitafio para una trayectoria sin parangón; junto a un joven Ruud Gullit, lideró al club de Róterdam a un doblete de liga y copa, además de ser el mejor jugador de la Eredivisie en esa campaña y siendo cargado en los hombros de los del Feyenoord en la celebración del título, en una de las máximas demostraciones de venganza en la historia del fútbol. Todo esto en el ’84 con 36 años de edad. ¿Cuántos jugadores pueden guiar a un equipo en lo profundo de la intrascendencia a ganar un doblete estando en el último año de sus carreras profesionales y siendo el mejor de la temporada? Y en la Copa UEFA fueron eliminados por el Tottenham de un joven Glenn Hoddle que estaba en su cúspide particular –simplemente era el nuevo rey pidiendo espacio frente a Cruyff. Para mí, éste es el mayor logro en la cancha en la trayectoria de Johan: inspirar a un club para triunfar cuando él mismo había sido catalogado como un acabado. Un final glorioso e imperial para una trayectoria llena de éxitos, pero que podemos calificar como una en la que hizo lo que deseó durante todos esos años –vivía y jugaba para sí mismo.

Futbolísticamente, no hay mucho que pueda revelar acerca del Cruyff jugador que no se haya dicho en las últimas semanas: era un jugador multifacético, capaz de adaptarse a cualquier posición del campo brillantemente y dotado de una capacidad y talento para desmarcarse, gambetear y definir frente al arco rival como si fuera un delantero centro de aquellos. Tácticamente, Cruyff era el futbolista total y el profeta máximo del ideario holandés del “todos atacamos y todos defendemos”; el que podía hacer funcionar a todo un sistema y romper los paradigmas que el mismo establecía con sus arrebatos repentinos de genialidad. Bajo la tutela de Michels, fue el primer gran falso nueve y uno que gozaba de libertad absoluta en la cancha; podía retroceder al puesto de contención y distribuir desde ahí, organizar desde la salida de la defensa como un líbero o desbordar con su técnica depurada como un extremo endemoniado –era así de bueno. Era el crack en las sombras y la estrella en un solo hombre; uno de los pocos jugadores en este deporte que no pueden ser copiados o imitados.


Simplemente, Johan Cruyff como jugador fue un fuera de serie que dominó los 70s como el mayor exponente futbolístico de esa generación y se erigió como el baluarte principal de una idea de que el balompié podía ser mucho más visionario y avanzado si se tomaban riesgo antes inusitados y si se perdía el temor por motivo de conservadurismo. Millones de personas e incontables jugadores han sido influenciados por las jugadas de un Johan que enamoró con su juego, entre sus más altos exponentes siendo Eric Cantona o Emilio Butragueño, quienes lo han catalogado como su referente futbolístico absoluto. Era una combinación idílica entre genio, inteligencia y capacidad de convertir el fútbol en un tema artístico.

Cuando anunció su retiro en el ’84, todos sabían que volvería al deporte como entrenador. El fútbol era todo su ser y no podía vivir alejado del mismo. Comenzaría en la segunda mitad de los 80s una etapa de su vida en la que sería igualmente influyente como jugador. Pero ésa es otra historia…

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viernes, 5 de febrero de 2016

Nos volveremos a ver: Nemanja Vidic, el central de una generación.



“¿Cuántos centrales pueden decirte que de verdad les gusta defender? A Vidic le gustaba. Le encantaba el reto de meter la cabeza para pelear el balón. Podías sentir la emoción que experimentaba con esos balones divididos.”
-          Sir Alex Ferguson.

El tiempo es despiadado y la adoración es peligrosa. Así que es interesante cuando ambos elementos se entrelazan para desembocar en un estado de desazón absoluta. Porque cuando tenemos a un héroe a quien admiramos y miramos como un ejemplo a seguir, corremos el riesgo de llevarnos una decepción y de sentirnos afectados por la caída en desgracia de alguien a quien una vez contemplamos desde arriba. Pero, de vez en cuando, como uno de esos extraños sucesos que no tienen explicación en este mundo, surgen esos héroes que hicieron lo que hicieron no por gloria personal o por satisfacer su propio ego, sino porque lo que tenían que hacer era lo correcto –ésos son los verdaderos héroes. Éste no era un héroe nacido para no cumplir su cometido y fue el tiempo, esa arma natural e inevitable, quien nos privó de verlo cumplir una última gran hazaña que tan merecida tenía. ¿Por qué? Porque simplemente había surgido de la nada para pelear y morir por los suyos. Lo diré sin tapujos: Nemanja Vidic ha dejado el fútbol profesional.


A un nivel personal, me es muy difícil no sentirme invadido por la tristeza y la añoranza en estos momentos. No solo soy un hincha del Manchester United, sino que también un admirador del trabajo de este gladiador balcánico; su carácter, su compromiso y su sacrificio son aspectos que siempre he valorado en cualquier ser humano, no solo en el fútbol, por lo que en él hallé a un símbolo que encarna, a mi criterio, todo lo que debería ser un central. Sí, su actualidad no ha sido la mejor y se retira con su contrato rescindido con el Inter de Milán tras un pésimo paso plagado de lesiones por la Serie A, pero es que hay mucho más en este personaje. Hay tanto que puedo decir de Vidic y tanto que siento, que , que se me va a escapar.

Probablemente, en el gran espectro de la historia del fútbol, cuando se mencionen a los mejores centrales de este deporte, el nombre del serbio no será mencionado y eso, a mis ojos, debería ser material para sentencia de cárcel. Vidic nunca tuvo ese factor “mainstream” para ser reconocido mundialmente como el mejor central de su generación aunque, ciertamente, lo era. “Muy psicópata para el club”, dirán algunos. Pero aquí yace la base de la grandeza de Nemanja Vidic: a él nunca le importó el éxito personal y muchas veces antepuso su propia salud física para el triunfo de su equipo –sin importar que en el proceso acabara sangrando, expulsado o peleando contra alguien del Liverpool.


Se nos va un cinco veces campeón de la Premier League, un ganador de la UEFA Champions League, un dos veces mejor jugador del año de la liga inglesa y un defensor que promediaba un título cada veinte partidos. ¿Y saben qué? Nada de eso importa. La carrera del gigante serbio es un testimonio al axioma inexorable de que si lo das todos por lo que deseas y trabajas sin cesar en tu oficio, lograrás tu objetivo. ¿Quién sabía, por allá en el 2006, que los Reds Devils se habían hecho con los servicios de un jugador que se entregaría en cuerpo y alma al club y que se volvería, en mi concepto personal, el mejor defensor central de la historia de la Premier League? No creo que ni el mismo Nemanja lo pensara, pero su destino le aguardaba muchas glorias y muchas batallas.

El viaje de Vidic comenzó en su Serbia natal, entonces conocida como Serbia y Montenegro antes de la separación de ambos territorios, en el año 2000 al salir de la excelsa cantera del Estrella Roja de Belgrado. Luego de una temporada en el primer equipo, fue cedido al Spartak Subotica, un club pequeño de su país, para pulirse en el oficio y luego regresar más fuerte y preparado en una de las dos instituciones más grandes de Serbia, en dura pugna con el Partizan de la misma nación –la experiencia de vivir una de las rivalidades más intensas y peligrosas de todo el mundo debió haber sido un bautizo de fuego para un joven defensor que comenzaba a tomarle el gusto a esto de ver el campo de juego más como un campo de batalla. Jugaría un par de temporadas bastante buenas en su país, estableciéndose como el capitán del Estrella Roja en el proceso, y ganando todo lo que podía ganar en Serbia con el equipo de sus amores hasta que el Spartak de Moscú arribó en el 2004 para contratar los servicios de este tremebundo central que daba de qué hablar en Europa del Este. Se fue a Rusia como capitán, campeón de un doblete local y como el defensor más caro de la liga rusa hasta esa fecha, aunque la cifra como tal nunca fue esclarecida (aunque sí se confirmó que fue el más caro). La presión no era nada nuevo para Nemanja y la historia iba a seguir por ese rumbo.


Sus dos temporadas en Rusia le hicieron llamar la atención del Manchester United en la primera mitad de la 2005/06, pero lo que no muchos saben, es que la Fiorentina estuvo cerca de ficharlo y al final el traspaso no se dio porque ya tenían las plazas de extracomunitarios ocupadas (los balcánicos eran categorizados como tal, aun siendo europeos). Y el United, vivos que eran, aprovecharon la oportunidad, pagaron siete millones de libras y Enero de 2006, Nemanja Vidic arriba a Old Trafford como el que acompañaría al asentado Rio Ferdinand en la zaga central –solo que las cosas no serían tan sencillas para nuestro protagonista.

Recordar los primeros seis meses del serbio en Inglaterra es una demostración de que uno puede revertir todo lo que se ha hecho y crecer a partir de las adversidades. Yo estuve ahí: yo vi a Vidic sufrir para adaptarse a la Premier y generar dudas a aquellos que lo veían, creando la idea de que éste era un jugador al que le había quedado grande la camiseta, cuando en realidad solo se adaptaba a la liga. Ferdinand, su eterno compañero en la dupla de defensores, reconoció que hasta dentro del vestuario no creían en Nemanja por lo frágil que se veía y éste, motivado y haciendo oídos sordos a lo que todos decían, se fajó en el gimnasio, en los entrenamientos y demás para convertirse en el mejor jugador que pudiera llegar a ser. Mirando atrás, hubo un periódico inglés que soltó esta perla durante las fechas en que Ruud Van Nistelrooy dejó el United para irse al Real Madrid en el 2006: “Nemanja Vidic no tiene la calidad para ser titular en ningún equipo del Top 6 de la Premier League”. ¿Dónde se habrá metido el que escribió eso?


Lo que vino después es una historia de éxito, de trabajo y de sacrificio que es difícil de narrar en momentos precisos o anécdotas interesantes. La carrera de Vidic debe ser vista como un logro absoluto de ocho años de duración y que lo vio lograr todo lo que un jugador de su calibre podría desear en sus sueños más locos –una carrera donde se erigió como un bastión en la zaga de uno de los mejores equipos de la historia del Manchester United. Con Rio Ferdinand forjó un entendimiento formidable que sirvió para muchos de los triunfos del club y cultivó una dupla de centrales que hizo historia; eran tan buenos juntos y se complementaban tan bien que el único otro binomio que he visto con mis propios ojos que se les asemeje en calidad, constancia y logros es el de Alessandro Nesta y Paolo Maldini –y a los hinchas del Milan que me leen no les gustará saber a cuál dupla prefiero. Defender es un trabajo miserable donde se resaltan los errores y no las virtudes; Vidic es de esos centrales que supo hacer del defender un arte. Era apasionado y capaz de poner la cabeza donde otros ponían el pie; se rompió la nariz un millón de veces por el equipo; se expulsó cuatro veces contra el Liverpool por ser más agresivo de la cuenta; no solo le ganaba a los delanteros, sino que también los dominaba mostrando su linaje batallador y su sangre balcánica en el proceso.


Para un servidor, quien creció viendo el paso del gran psicópata serbio en el United, Vidic es alguien que dio absolutamente todo por la institución y cuando se fue en el 2014 no sentía una tristeza tan profunda porque sabía que, si se iba, era por motivo de que en verdad ya no podía dar más por esta camiseta. Era lo correcto. Fue a Italia, pero las lesiones lo aquejaron en demasía y nunca pudo adaptarse a pleno al entorno del Inter, resultando en que rescindieran su contrato en enero y que su carrera no tuviera el desenlace heroico que se merecía. Se habló de un posible traspaso al Manchester para apoyar al equipo, pero pienso que fue lo mejor que no se diera puesto que no hubiera podido haber visto a un Vidic semi-retirado con la camiseta del club por el que se mató; no hubiera sido justo para su legado.

Resumo la obra y carrera de Nemanja Vidic como un monumento al trabajo, a la garra y al compromiso. Ni más ni menos. Nunca fue el central más lujoso ni nunca va a inspirar la poesía de los autores y de la media como sí lo hicieron Maldini o Beckenbauer, pero sí que jugó y peleó en la cancha para triunfar y ser respetado por cualquiera que sepa al menos tres cosas de este deporte. Su carrera no puede ser vista o medida por sus títulos –que tiene muchos-, sino por la constancia y la durabilidad de su altísima calidad –de cómo jugó en un nivel fenomenal por tanto tiempo y endurando tantos cortes, lesiones y sangrados en el proceso. Todo eso lo hizo porque, como todo héroe verdadero, sabía que era necesario para ganar.


Se ha retirado un guerrero, el mejor defensor central que ha surgido en el siglo XXI, la mitad de una de las mejores duplas que ha visto el fútbol moderno y un ejemplo para cualquiera que quiera dedicarse a esto. Para un servidor, se retira uno de los jugadores que más lo ha marcado en esto del fútbol y que representa una época maravillosa donde todo era nuevo y todo te sorprendía –simplemente, eran mejores tiempos. El tiempo, inexorable y temible, no le permitió irse a lo grande, pero éste héroe, este ídolo, no necesitaba eso: sus 14 años como profesional son pura grandeza.