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martes, 24 de enero de 2017

Zona Cafetera: Hasta siempre, Rey de las Cabañuelas, ROBERTO CABAÑAS

Este artículo es de la autoría de Yeison Plazas, como todos en esta categoría.

No se para a meditar que se puede provocar la avalancha que hoy sería trágica.”
-          Barón Rojo, El Gladiador.

Y con esta frase de una canción de la mítica banda, Barón Rojo, describo a Roberto Cabañas, ídolo Americano y Xeneize, quien era simplemente un Gladiador, un jugador de esos exquisitos pero que tenía un carácter envidiable. Sentía la camiseta y por eso se ganó el cariño de los hinchas americanos.


Solo estuvo dos temporadas en la escuadra de los Diablos Rojos, pero en éstas hizo literal diabluras; jamás se olvidará ese gol de gran factura contra el Deportivo Cali en la final de 1986, donde en una jugada magistral se burla toda la defensa azucarera. Ni cómo olvidar su paso en la Libertadores, ésta tan esquiva para la “Mechita”, pero su aporte fue tan importante: en las dos finales que disputo, le marcó a River y a Peñarol; ambos goles de gran factura, pero a mi parecer el mejor fue el de Peñarol, sin dejarla caer, un “bombazo” y el Estadio Centenario se cayó por unos minutos y la hinchada aurinegra veía con impotencia el posible campeonato del América, pero ya sabemos la historia.

Era tal su carácter que muchas veces se peleó con el Medico Ochoa porque no le gustaba sus planteamientos y se los cuestionaba, como por ejemplo en esa final contra Peñarol, donde pone a Aponte, un defensa, de delantero para tapar la salida de los jugadores del club Uruguayo. Algunos periodistas de la época lo acusaban de “marrullero” pero lo que no entendían era que venía en su sangre eso que llamamos JERARQUIA y liderazgo.

Un mago, con esa palabra lo define mi padre, donde sorprendía con sus medias voleas esporádicas. También se destacó por ser un atleta, físicamente era entero, si Cabañas hubiese jugado en esta época no tendría que envidiarle a un Neymar, por dar un ejemplo. Y por esas medias Voleas se ganó ese apodo que le puso el periodista Iván Mejía: el Rey de las Cabañuelas. En una entrevista hecha el 26 de Noviembre en Caracol Radio, le preguntaron si sabía quién le había puesto este apodo, el cual respondió que no pero agradecía al que lo hizo porque eso lo hizo conocer mundialmente.


En esa misma entrevista manifestó su amor por el rojo, por Cali, donde tuvo dos hijas y vivió por largo tiempo. Para él era una ciudad increíble y deseó lo mejor para el partido que se jugaría el 27 de noviembre donde ya se sabe la historia: el, ¡ascenso!

Su hermano comentó en otra entrevista de la misma cadena radial que Cabañas sufrió ese partido desde Paraguay como un hincha más y no entendía lo que estaba pasando, pero cuando sonó el pitazo final lloró de alegría por el hecho histórico de la escuadra roja volviera a primera

Fue tanto su amor por América que el día de la derrota de la final contra Peñarol, le recriminó hasta al Médico y éstas fueron sus palabras sobre ese partido:

“Nunca olvido que el Medico Ochoa me impidió ser campeón de América en la Libertadores contra Peñarol en Chile: restaban minutos, segundos, yo estaba en el banco, me sustituyeron por lesión; le dije al Profe: ‘Déjeme meter a la cancha, frenemos el partido, nos tienen encerrados y verás que salimos campeones; déjame, entro y formo quilombo, no importa que me expulsen, me importa es ser campeón de América’, a lo que el Profe Ochoa me dijo: ‘No, Roberto, esto lo ganamos con fútbol, no con mañas argentinas.’ Segundos después el gol de Aguirre, lo miré y le grité: nunca te lo voy a perdonar, NUNCA, por impedir que fuéramos campeones de América… Hasta la fecha no me hablo con el Médico Ochoa. No sé si ese distanciamiento me lo llevo a la tumba.”


En otra anécdota le preguntaron que si sabía que en Cali se había ido la luz cuando hizo el gol Peñarol y con su humor característico respondió: “Menos mal, porque qué vergüenza con la hinchada ese oso que hicimos en Chile”. Después de eso escribió su historia con Boca Juniors, muchas veces Roberto afirmó ser hincha de Boca, en muchos clásicos le marcó al eterno rival River Plate, él llegó a ser Xeneize recomendado por su gran amigo Ricardo Gareca; tiempo después el “Tigre” se fue para la escuadra de la banda cruzada.

En una reunión con la 12, la mítica barra de Boca Juniors, Roberto Cabañas junto con ellos se mofaron del descenso de River; algo paradójico porque en ese mismo año uno de sus amores también se iba para segunda división: el propio América.

Fue técnico de América; en este paso no le fue tan bien, pero no era porque no supiera de fútbol, a pesar de su retirada en el año 2000 en el Real Cartagena: siempre estuvo activo incluso fue empresario de jugadores, solo que no le formaron  un buen plantel y las crisis económica de los Diablos Rojos en aquel entonces hizo que fracasara en el banquillo.

Roberto murió de un paro cardo-respiratorio a la edad de 55 años, pero siempre se recordará al gran Mago del Pilar con cariño.

Para terminar les dejo una frase de la Himno Fe y Alegría del grupo Niche.

“América, 'el tigre' Gareca y 'el gato' Falcioni América, Zape y Cabañas”

Hasta siempre, Rey de las Cabañuelas…

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martes, 15 de diciembre de 2015

Así lo veo, Ken: ¿Es Pablo Daniel Osvaldo una causa perdida?



“Quizás un loco era sólo una minoría de uno.”
- George Orwell, 1984.

Todo hombre carga con un pasado y con vivencias que han moldeado lo que es hoy en día. Es a través del conflicto de la injuria, el dolor de las decepciones y las asperezas de la vida misma las que nos definen como seres humanos adaptados a este complicado mundo… o al menos tratamos de adaptarnos. El mundo actual es un caos envuelto en megalomanía, agites constantes y la imperiosa necesidad de siempre estar obsesionados por algo, como si la tranquilidad fuera un concepto desdeñable en comparación del caos que son nuestras existencias hoy en día. Pero, ¿qué pasa si no nos acostumbramos al caos? ¿Si toda la algarabía, el desorden y el estrés de la vida nos agobian hasta el punto que nos quebramos y decidimos dejar de ser parte de la maquinaria, al más puro estilo de un niñito berrinchudo? Bueno, no hay que imaginarlo teniendo a Pablo Daniel Osvaldo, el adicto al caos del mundo del fútbol. Y como es costumbre al final de cada seis meses en el calendario futbolístico, el delantero ítalo argentino planea cambiar de aires por sus diferencias personales con el patrón de turno, en este caso siendo el Oporto de Portugal. El tema es que esto ya no sorprende a nadie y yo me pregunto: ¿Es simplemente un idiota o hay razones más profundas detrás de los viajes de nómada de este díscolo personaje? ¿Por qué su desadaptación constante con el entorno socio-futbolístico? ¿Es Pablo Daniel Osvaldo una causa perdida?


Busquen la carrera de Osvaldo por la vía que les parezca más sencilla –Wikipedia, vamos- y verán el nombre de equipos tan ilustres como la Fiorentina, Roma, Juventus, Southampton, Inter, Boca Juniors o sus actuales empleadores del Porto, además de unas cuantas actuaciones con la Selección Italiana. Cualquiera de nosotros mataría por una trayectoria tan importante. Es una carrera envidiable y con Osvaldo sólo la vemos como un cúmulo de oportunidades desperdiciadas. Cada parada que ha hecho ha estado plagada de desavenencias, conflictos y polémicas fuera de la cancha. En Roma es figura no grata por cabecear a un compañero y encararse con la afición; en el Soton fue un punto negro por su bajo rendimiento en una de las mejores campañas en la historia del club y siendo un fichaje record del club; en la Juventus pasó sin pena ni gloria; en el Inter se auto expulsó las de tierras lombardas tras un encontronazo con la directiva y el igualmente polémico Mauro Icardi. Y ahora, en el gigante portugués, donde casi no ha visto acción, maquina un más que posible retorno a su amado Boca Juniors, club del que es hincha y en el que se fue por la puerta de atrás debido a la falta de fondos en su momento para mantener su pase. Todas estas trifulcas e injurias solamente ennegrecen a un individuo que, controversias aparte, es un muy buen futbolista: tiene velocidad, cabezazo, sabe usar ambos pies y es inteligente para moverse en el área rival. En sus escasos instantes de consistencia ha demostrado sus galones de calidad; pero nunca ha tenido la suficiente madurez para perdurar en alguna institución. Es un nómada futbolero y un hombre sin nación –no pertenece a ningún lado.


Más allá de los campos de fútbol y toda la megalomanía que esto encarna, es difícil no sentir algo de intriga por ese personaje caótico y nocivo para su propia carrera que es el que se ha creado alrededor de Osvaldo. Con su vestimenta estrafalaria, sus múltiples tatuajes, sus lentes tan alternativos y su cabello largo, parece un doble de Johnny Depp y más un músico que un futbolista. Es un fanático irredento del Rock y en sus entrevistas siempre habla de su predilección por The Rolling Stones, Led Zeppelin o Pink Floyd –incluso tiene tatuado las portadas de The Wall y The Dark Side of the Moon. Él mismo reconoce que tiene, y cito, “un carácter de mierda” y que la razón por la que cambia tanto de clubes es que siente que “la felicidad siempre se encuentra en otro lado”. Ha tenido tres hijos con dos mujeres distintas y ambas han compartido por la vía del Twitter la aparente actitud de infante que ostenta el otrora delantero de la Fiorentina. Estamos hablando de un hombre atrapado en la cruenta estación que representa el paso de la juventud a la adultez; ese insípido pero necesario paso para poder avanzar en esta vida –Osvaldo se halla en una encrucijada de la que no desea salir. Su personalidad irregular, su explosividad que le ha costado pasos por grandes equipos y su innegable fascinación por la locura son las características de una persona que no está totalmente a gusta con el punto en el que se encuentra y que busca aferrarse a estos arrebatos como una forma de alejarse de cualquier responsabilidad. Los cambios de clubes son eso: una válvula de escape para empezar de nuevo y no tener que asentarse en un lugar donde, invariablemente, va a tener que ejercer responsabilidades. Y eso último lo aterra a Osvaldo.


El caso del ítalo argentino es peculiar porque se ha convertido en una constante en su carrera, pero también hay que interpretar que tener diferencias en tantas estaciones de su vida futbolística ya no es una coincidencia o las vicisitudes de un jugador meramente conflictivo –es algo que parece consciente. Existen rumores e historias que dicen que su éxodo de clubes como la Roma o el Southampton, entidades en las que cabeceó a un jugador de cada equipo, fueron maquinados por su persona porque ya no se sentía a gusto. Todo esto no son más que soluciones temporales, salidas atropelladas y la falta de valor para afrontar la realidad. Ahora puede que vuelva a Boca pero, ¿cuánto durará en el club xeneize? Cuando estuvo empezó muy bien y luego se fue desvaneciendo a medida de que sus artimañas se acentuaban. En un mundo del fútbol donde el presente es lo que importa, las idas y venidas de Osvaldo le irán pasando factura hasta el punto en que sólo ligas como la MLS, la de Qatar o la de China se interesarán en él. ¿No posee ambiciones? ¿No desea ir más allá de lo que ha logrado? ¿Cómo un jugador puede pasar por tantas instituciones de tan alto nivel y no querer asentarse? Temor a la responsabilidad, simple y llanamente. Huye acobardado porque no se siente capaz de afrontar la realidad de que le toca pasar trabajo o que debe afrontar un reto y se marcha a otra realidad donde espera que el próximo club lo consienta, como le sucedió por un ínfimo momento con su preciado Espanyol de Barcelona en la temporada 2.010/2.011. El tema es que Osvaldo no busca adaptarse al mundo; busca que el mundo se adapte a Osvaldo. Y aunque es un muy buen jugador, no es lo suficientemente talentoso para encontrar un lugar donde se le valore y se le “mima” de esa forma –Boca tampoco lo será ahora que ha regresado Tévez. Así que son patadas de ahogado, como quien dice.


Todo hombre carga con un pasado y con vivencias que han moldeado lo que es hoy en día. Pablo Daniel Osvaldo es uno de los nómadas por decreto del fútbol y no ha encontrado un lugar donde pueda explayar su juego a sus anchas por más de una temporada –y siendo sincero, un servidor no cree que ahora lo encuentre. Su regreso a Boca es más que probable; pero sólo será otra estación en una carrera intermitente e irregular. Osvaldo es una causa perdida porque él ha deseado serlo y, casi a los treinta años de edad, veo muy complicado que logre establecerse en algún lugar cuando ha quemado los pocos puentes que le quedaban. Pero necesitamos algo de narrativa, ¿verdad? Y si algo provee este fanático de los Stones es de contenido para narrar y esperaremos con ansias sus próximos conflictos para saber a dónde huirá y a dónde tratará de forjar un vínculo que él romperá deliberadamente. Como este argentino, hay muchos casos de futbolistas desadaptados a la realidad del fútbol actual y no comprende que sus problemáticas han surgido por su propia actitud, cosa que es muy probable que nunca cambie. Y eso lo vuelve la minoría de uno, como diría Orwell.

¿Creen que Osvaldo es una causa perdida? ¡Opinen!

sábado, 28 de marzo de 2015

Pasados Posibles: Fernando Gago, el otrora “nuevo Redondo”.




Soy un fanático sin remedio de Los Simpson. Eso hay que mencionarlo porque incorpora algunas metáforas que son usadas como comedia, pero que muchas veces encapsulan momentos de genuina inteligencia. Recuerdo un capítulo en el que Lisa estaba hablando de universidades y una es proclamada como la siguiente gran cosa en el mundo académico –alegación que la hija del medio de Homero rechazó diciendo, y cito, “que el ‘nuevo algo’ nunca es el ‘nuevo’ de nada”. Reflejado como un chiste, deja entrever que muchas veces tratan de vendernos algún elemento y/o individuo como el sucesor de algo que nos ha traído grandes alegrías o satisfacciones para así hacernos tragar dicha propaganda de dicho algo que, simple y llanamente, nunca fue tan bueno. Es un método bastante útil para emocionar al estimado y así convencerle de que está ante un ente genuinamente grande y triunfador. En la sección de Pasados Posibles, donde parloteo acerca de jugadores que prometieron mucho y cumplieron muy poco, hay muchos casos de promesas que fueron tituladas como los nuevos Figo, Zidane, Ronaldo, Henry, Ronaldinho, Shevchenko, Scholes, Giggs, etc., y no llegaron a nada. Ejemplos bastan y sobran de mayor o menor medida, pero hay uno que me marcó en particular –tal vez porque lo viví de principio a fin- y fue el de la carrera de Fernando Rubén Gago. O también conocido como “el nuevo Redondo”.


Debutando a los 18 años con la camiseta de Boca Juniors en el ya lejano 2.004 (cómo pasa el tiempo, demonios) por Diciembre bajo el ala de Jorge Benítez, el mediocentro defensivo argentino no tardó mucho en hacerse un nicho en la titularidad del equipo Xeneize luego de una serie de actuaciones que convencieron al siguiente entrenador del gigante de Buenos Aires, Alfio “Coco” Basile, para que se erigiera como una de las figuras principales del plantel. El pibe, como le dicen a los jóvenes en Argentina, cosechó una seguidilla de triunfos y títulos en uno de los equipos más fuertes de la historia reciente del fútbol suramericano que contaba con figuras como Martín Palermo, Rodrigo Palacio, Hugo Ibarra, Sebastián Bataglia, Neri Cardoso, Daniel “El Cata” Díaz, Federico Insúa y un par más. Pero en un equipo de fútbol práctico –y un tanto resultadista, hay que decirlo- era el buen toque de balón, gran recuperación y salida elegante de un número cinco de 20 años lo que hizo que algunos de los grandes de Europa comenzaran a fijarse en él. La posición en la que jugaba, su estilo e incluso su peinado de melena larga castaña comenzaron a sembrar comparaciones con el último gran “5” de la albiceleste, Fernando Redondo, leyenda del Real Madrid, y eso hizo ganar enteros a la reputación de Gago al ser vinculado con semejante estatura de jugador. El ganar el Mundial sub-20 con la selección argentina en el 2.005 con jugadores como Lionel Messi, Sergio Agüero, Juan Pablo Zabaleta o su compañero de Boca, Neri Cardoso, sólo ayudó a enaltecer la imagen de un jugador que poco iba a durar en su país natal a ese paso y con varios colosos del Viejo Continente, uno blanco en especial, contemplando su progresión.

Pintita, como es apodado cariñosamente, no tardaría en irse a cosas mejores luego de la derrota de su amado Boca contra Estudiantes de la Plata (dirigidos por Diego “Cholo” Simeone, como dato curioso) en un desempate histórico en el Apertura 2.006, que dejó un muy mal sabor de boca (sin ánimos de chiste) para todos los seguidores del Xeneize. Al costado, el presidente de Boca, Mauricio Macri, comenzaba a fraguar negociaciones con el Real Madrid para la venta de su principal baluarte juvenil, que era Gago. El club blanco había estado siguiendo a Fernando desde hace un buen tiempo y el equipo dirigido por Fabio Capello por ese 2.006 necesitaba de un poco más de clase y buen toque en un doble pivote “legendario” del nivel de Emerson y Diarra. En noviembre de ese año, y con una inversión de 20 millones de euros, Pintita se iba al club con el que había soñado con ser parte, el Real Madrid, junto a su compatriota de River Plate, Gonzalo Higuaín. Habiendo llegado al club madrileño, los palpables y notorios símiles con Fernando Redondo se acentuaron aún más y el paso del joven argentino por el Real siempre iba a estar achicado y menospreciado por la injusta (aunque autoimpuesta, en ciertos momentos) comparación con quien era uno de los ídolos más grandes en los últimos tiempos del gigante europeo. A pesar de ser parte de una conquista épica de una liga en sus primeros seis meses con el club, el paso de Gago por el Madrid quedaría encapsulado en algunos buenos momentos intermitentes mostrando su calidad, pero las lesiones nunca dejaron ser a un jugador que era muy frágil en el aspecto físico y, aunque no muchos lo reconozcan, en el plano emocional.

Hay que hacer énfasis en mi última acotación acerca de la fragilidad mental de Gago puesto que representa en última instancia el motivo de su verdadero fracaso en la entidad blanca y,  por más que muchos no quieran admitirlo, el final de su posible ascenso como uno de los mejores en su puesto. El Real Madrid es, por naturaleza, un club de estabilidad cambiante y donde los jugadores deben poseer la fortaleza mental para soportar las críticas de la media, el odio de los antagonistas e incluso la aversión de sus propios hinchas cuando las cosas no marchan como deben en el plano individual o colectivo. Algo similar a la situación de Gareth Bale en el club actualmente, salvando las distancias. Gago siempre ha sido un jugador de condiciones y en sus dos primeros años en el Madrid demostró que tenía galones no para ser un fenómeno como Redondo, sino aportando fútbol a un nivel acorde a sus limitaciones… pero no pudo superar los obstáculos que un deportista debe derrotar para llegar a la gloria y está documentada la debilidad de Fernando a la hora de recibir críticas hasta el punto en que han habido casos en los que se ha aislado de sus conocidos en el plano personal por no ser convocado a la selección argentina por la época de José Mourinho en el Madrid. Es un individuo que se toma muy a pecho las negativas y eso, más allá del calvario de lesiones que enduró y que también afectó su rendimiento, fue el clavo final en su ataúd madridista. Eso queda bien en claro cuando entrenadores tan diferentes y dispares en cuanto a estilos futbolísticos se refiere como Fabio Capello, Bernd Schuster, Juande Ramos, Manuel Pellegrini y el ya mencionado Mourinho no fueron capaces de sacar lo mejor de Pintita y eso ya es culpa absoluta del argentino y de nadie más. El entrenador portugués no se complicó mucho con la antigua joya Xeneize y en lugar de tratar de hacer relucir el potencial del otrora “nuevo Redondo”, lo usó pocas veces en su primer año en la capital española y lo cedió la siguiente temporada con opción de compra a la Roma de Italia a buscar continuidad en la Serie A.

En esa nueva aventura futbolística, Gago pudo recuperar algo de la confianza perdida y una continuidad que lo había eludido en sus últimas tres temporadas como profesional. Jugó más de treinta partidos esa temporada, hizo un gol; pero al final de ese año deportivo, el club romano no ejerció la opción de compra por lo que le tocaba regresar al Madrid y fue vendido rápidamente al Valencia de España. Su nivel en el club valenciano no fue del todo positivo y con rumores de que deseaba volver a su Boca querido circulando por la media (que tuvo que desmentir en público), estaba bastante claro que el argentino no iba a seguir en Europa mucho tiempo más. Así surgió la posibilidad de recalar en Vélez Sarsfield en 2.013 a modo de préstamo por seis meses, pero las lesiones surgieron una vez más y aunque ganó un torneo de liga con el equipo de Argentina, el mediocentro no consiguió revivir algo de la forma y la realidad es que desde que había dejado la Bombonera no había atisbado ni siquiera un resquicio de ese nivel que hizo que muchos nos ilusionáramos con él como una de las siguientes estrellas del panorama suramericano. Despojado de condición física, con un rendimiento pobrísimo y con la confianza en lo más profundo de los abismos, su equipo, ése que uno como hincha sigue hasta los más profundos infiernos, su Boca Juniors, decidió apostar por él en las postrimerías de su carrera y aunque ya no era el joven “5” hambriento de gloria de abundante melena, vestir la camiseta Xeneize pareció hacerle revivir algo de la forma perdida e incluso le permitió jugar el Mundial de Brasil 2.014 con su selección argentina y conseguir un subcampeonato. Lejos están los tiempos de fichaje rutilante e incluso mediático del Real Madrid, pero ha podido ganar algo de consistencia en un ambiente conocido y, más importante aún, sentirse querido por los hinchas una vez más.


Ser etiquetado como el “nuevo alguien” es una carga inmerecida que nunca vas a poder sacudirte si no posees la personalidad y el carácter para mirar a las adversidades y soportar todas las vicisitudes que puedan lanzarte en tu rostro. Gago pudo haber sido mucho más con su carrera pero entre la falta de consistencia, lesiones y una fragilidad mental que siempre le ha resentido, el mediocentro argentino nunca pudo escapar de la tortuosa sombra de un tal Fernando Redondo que era simplemente muy difícil de hacer olvidar. Gago dejó Europa sin haber perpetuado un partido imperial, una jugada que dejara huella o un momento de dominación futbolística que demostrara que pudo haber sido el crack que tantos de nosotros vislumbramos -sólo meros destellos de calidad que saben a poco, muy poco. No es demasiado tarde para Pintita –tiene sólo 28 años-, pero se ve harto difícil que pueda darle vuelta a su carrera y callar bocas en el Viejo Continente en este punto de la historia. Lo que impera en mi mente al hablar de la carrera de Fernando Rubén Gago es la sensación de un jugador que se fue deformando con el pasar de los años en una devaluación constante de su fútbol hasta el punto en que no quedó nada más que la coraza inútil de un mediocentro que aporta su experiencia y calidad técnica en Boca, pero que no posee los galones ni la personalidad para dominar un mediocampo. Es el típico caso del jugador que se montó en su mente una muralla que jamás pudo superar para triunfar. Y eso es una tristeza. Yo no sé qué pasará por la mente de Gago estos días viendo a Modric y Kroos siendo una garantía en el mediocampo del Madrid, pero no dudo de que un pensamiento solitario y portentoso vaguea por su mente: “Pude haber sido yo”.

lunes, 2 de febrero de 2015

Nos volveremos a ver: Juan Román Riquelme.






Estaba sentado en el vestuario de Argentinos Juniors esa tarde del 8 de Diciembre de 2014 antes de enfrentar al Douglas Haig en un partido que definiría si “El Bicho” podría ascender a la máxima categoría del fútbol argentino. No pensaba en muchas cosas; no sentía las presiones de sus compañeros por cumplir con las expectativas de la hinchada de llevar a una de las más grandes instituciones del balompié argentino a la primera. No sentía presión alguna y no cargaba en sus hombros con ninguna preocupación que no fuera jugar en la cancha como siempre lo había hecho desde su debut en el ’96 con Boca. ¿Por qué habría de sentirse socavado por la presión o por las exigencias de otros cuando nunca pateó un solo balón para alguien más? ¿Es que acaso era un egoísta que sólo le importaba su propio porvenir y el valorar al hincha era algo superfluo para su persona? Fuera adentro o fuera de la cancha, la figura de Juan Román Riquelme encapsulaba las más grandes pasiones y los más tortuosos debates. En los últimos años de su carrera se pudo leer y escuchar de todo acerca de su figura: que era un pecho frío, que era un arrogante, que era un hedonista ideológico, que no le importaban los demás, que se iba a ir a River o que sólo le importaba el dinero. Pero, una vez que Román dijo a principios de este año que dejaba las canchas, toda la palabrería, los rumores morbosos y la cizaña que siempre se quiso escurrir en su carrera parecieron disiparse del panorama y el motivo de esto era muy sencillo: Juan Román Riquelme se retiraba del fútbol profesional. Y ahí cesaron los pensamientos de que era un arrogante, un déspota con complejos de superioridad o un sujeto que no corría porque cuando haces bien y eres honesto –por más que eso te haga hacer enemigos y detractores-, serás recompensado por eso. Riquelme es alguien al que se le pueden achacar ciertas cosas como su falta de éxito en Europa -que explicaré con detenimiento más adelante-, pero es que la suya fue una carrera que expresaba de la manera más artística y preciosista aquella pasión que Román jamás supo expresar con palabras y que muchas veces le ganó el título de “pecho frío”, una expresión argentina para aquellos que tienen sangre fría y parecen no sentir pasión alguna. Se retiró Riquelme y se olvidaron las mentiras; sólo quedaron sus jugadas.



Se retira Román y todos aquellos que hemos sido alucinados y encandilados por su juego recordamos un momento en particular de su carrera que encarna todo lo que pensamos acerca de quien tal vez sea el último gran diez, el último gran conductor, un jugador que es una rareza en el fútbol de estos días. Yo siempre recordaré tener 12 años y haber ido a Caracas con mi familia en un viaje de nueve horas donde llegamos exhaustos al hotel en alza de la noche; mi madre se fue a la cama pero mi hermano mayor y yo nos postramos enfrente del televisor para ver la vuelta de la final de la Copa Libertadores entre Boca y Gremio de 2007 en Brasil. Yo veía jugar a Boca para ver al diez hacer de las suyas y sus jugadas, sus tiros libres y sus pisadas, aquellas que me atraparon en su último año con el Villarreal, realmente valían cada segundo en autobús que me tomó para llegar a la capital. Lo que jugó Román esa noche fue una hecatombe de juego, clase y un derroche de calidad que culminó en dos goles –el primero con una pegada mortal a larga distancia- que le daban a su Boca querido una Libertadores más para presumir en su estantería y otro momento donde Riquelme se creció para su equipo. Y es que en un mundo donde el internet y la globalización han permitido que cualquier desinformado pueda opinar como si llevaran décadas en diferentes temas, hay quienes no han pateado un balón en sus vidas y sólo llevan tres años viendo fútbol y dicen linduras como que es un jugador “sobrevalorado”.


Y yo digo que eso es una mentira del tamaño del Wembley. Tal ha sido la evolución de nuestros tiempos en el fútbol que sólo los jugadores que terminan sus carreras con un gran número de medallas de campeón merecen ser cotizados u homenajeados. Se ha desarrollado una actitud triunfalista donde muchos aprovechan para apostarle al caballo ganador y se olvidan que este maravilloso deporte engloba mucho más que sólo resultados finales o estadísticas vacías. Riquelme no era un jugador cuantificable o contable; no era alguien a quien pudieras medir su valía mediante porcentajes de pases completados, kilómetros recorridos o cantidad de goles al final de la temporada –era un diez, un enganche, el último grito estridente de una raza de juego preciosista que ha fallecido en la evolución de un deporte donde sólo los pases, los goles y la velocidad parecen ser apreciados. ¿Dónde está la magia, la picardía, la técnica y la visión en esta época? ¿Esos momentos minúsculos pero inmortales donde el jugador con clase pisaba la pelota, la protegía y se volteaba para dar un pase matador al nueve de área? Esos momentos de magia parecen haber seguido el camino del Dodo. Fue así cómo Riquelme, desde su debut en 1996, comenzó a liderar a un Boca Juniors que, año tras año, ganaría enteros hasta convertirse en una fuerza a reconocer en toda América como su monarca absoluto. Con un Román pletórico bajo la vigila de Carlos Bianchi como entrenador, el equipo Xeneize, con otros titanes como el “Patrón” Bermúdez, Mauricio “Chicho” Serna, Martín Palermo, Guillermo Barros Schelotto, Hugo Ibarra, Walter Samuel, entre otros más, ganaría dos Copas Libertadores seguidas en 2000 y 2001, ganaría varios torneos locales y, tal vez más sobresaliente que todo lo mencionado, ganarían una Copa Intercontinental a un Real Madrid plagado de fenómenos como Figo, Roberto Carlos, Fernando Hierro, Santiago Solari, Steve McManaman, Claude Makelelé, Raúl, Fernando Morientes y un imberbe pero ya notable Iker Casillas. En esa noche del 28 de Noviembre del 2000 Riquelme se bailó e hizo lo que le vino en gana a un Madrid que no podía quitarle la pelota e hizo gala de su portentosa técnica al frustrar y enloquecer a quien quizás era el mejor mediocentro defensivo de esos años como Claude Makelelé. Una demostración excepcional en una justa de primer nivel contra el que era quizás el mejor equipo del mundo por esos años antes de que la mercadotecnia los devorara. Ya lo había logrado todo en el club de sus amores, donde se le dio la oportunidad en el fútbol y demostró con creces que ya estaba listo para otras oportunidades. Era el jugador sensación de América y no faltaban los llamados de los grandes de Europa para hacerse con sus servicios. Aquí es cuando lo que era una carrera en ascenso conoció sus primeros obstáculos.



Llegaba el reto del Barcelona y su arribo a Europa: su momento de demostrar que podía reinar en el viejo continente como lo había hecho en América. El Barcelona no era el equipo devastador y dominante que era en la actualidad y pasaba por una época de sequía en cuanto a títulos y calidad futbolística se refiere. Además de eso que acabo de acotar, se topó con un Louis Van Gaal en la dirección técnica cuya gran flaqueza siempre ha sido la de experimentar con el posicionamiento táctico de sus figuras en demasía y puso a Román, un jugador lento y sin mucho desborde, a jugar por la banda como un número ocho cuando su juego era en el centro dictando los tiempos y conduciendo a su equipo como un metrónomo. Van Gaal le dijo abiertamente que “cuando tienes el balón, eres el mejor; pero cuando no lo tienes, jugamos con uno menos” –un comentario que solidificaba la visión del holandés por mantener al colectivo por encima del individuo, lo que había causado la venta del gran Rivaldo al Milán al comienzo de ese año. Hizo lo que pudo en el rol que se le había asignado pero estaba sufriendo una contradicción interna puesto que su naturaleza no era la de un extremo, pero no faltarían los detractores que aprovecharían los resultados infructíferos de esta reconversión de Riquelme para achacarle que no tenía el nivel para jugar en Riquelme y que el Barcelona se había equivocado al traerlo, cuando éste era un equipo descompensado y que no estaba jugando para nada bien durante esa época que fue 2.001-03; con Van Gaal y, posteriormente a su despido, con Radomir Antic se demostró eso al no haber mucha mejoría con ninguno. El Barcelona pasaba por una gestión irregular de Joan Gaspart, era un plantel que sufría un complejo de inferioridad por el Real Madrid de los Galácticos que ganaba la Champions League y con el recuerdo de los problemas de Rivaldo aún frescos, lo último que quería Van Gaal era otro suramericano creído, a sus ojos. Pero la prensa en enfrascó con Riquelme y ahí comenzarían las críticas con un jugador que siempre despertaba el instinto más cruento en la media y éstos aprovechaban cada oportunidad que se les presentaba para lanzar pertrechos a su persona con comentarios que casi nunca iban por la vertiente deportiva. Eso no evitó que dejara su huella en el club: ahí está un jugador del club que se deshace en halagos hacia el argentino y siempre le agradece por haber aprendido de él en sus años primigenios como jugador; su nombre es Andrés Iniesta. Con la llegada de Frank Rijkaard y de un talentoso brasileño llamado Ronaldinho (¿lo conocen?) a comienzos de la temporada 03-04, Riquelme fue cedido a préstamo a un equipo pequeño de la Liga como era el Villarreal CF. En este punto de la historia, cualquier jugador habría caído en una depresión y su carrera se hubiera ido a la mierda. Pero déjenme decirles algo, mis queridos lectores: Juan Román Riquelme no era cualquier jugador.




Fue aquí donde el diez renació de sus cenizas como una Ave Fénix que buscaba demostrar. Buscaba callar bocas… bajo sus propios términos. Siempre bajo sus propios términos. Se encontró con un ideario de juego por parte de Manuel Pellegrini, antiguo técnico de su rival River, quien vio en Román a la piedra angular de un proyecto que sorprendería a propios y a extraños. Fue en El Madrigal donde el diez argentino recobró ese amor por el juego y su fútbol revitalizado catapultó a un equipo de pocas aspiraciones a ser un rival de más alta y estimada calaña. Fue en esa primera temporada en el Submarino Amarillo que comenzó a dar muestras de sus dotes futbolísticos y el Viejo Continente podía atestiguar que el argentino podía brillar lejos de esa Bombonera que tantas alegrías le había generado y tantas que él les había dado. El segundo año de la cesión llegaría otro rechazado de un equipo grande, el delantero uruguayo Diego Forlán del Manchester United. El charrúa y el argentino construyeron una relación y entendimiento que alzaría al Villarreal a cuotas impensadas de nivel y ambición hasta atisbar un tercer puesto en la Liga española a base de esfuerzo, dedicación y un fútbol estupendo, con el delantero consiguiendo una Bota de Oro en el proceso. Riquelme actuó como un artesano al que le habían dado muy poco en materia de equipo y llevó a lo más alto que podía a un equipo tan pequeño. La siguiente temporada sería fichado permanentemente y lograría una hazaña para enmarcar: llevar al equipo valenciano a las semifinales del torneo futbolístico más grande en materia de clubes, la UEFA Champions League. Pero una vez más el destino, mano cruenta y burlona como ella sola, hizo que Román tuviera la responsabilidad de patear un penal en las semis contra el Arsenal de Thierry Henry y lo fallaría para ser enmarcado para los anales de la historia moderna del fútbol español y el mayor suceso en la historia del Submarino Amarillo. Una vez más, los críticos saltaron a la oportunidad y todo lo logrado de repente parecía olvidado por un momento donde cualquiera pudo haber fallado pero le tocó a Román, una vez más, bailar con la más fea. Luego llegarían las desavenencias con Pellegrini y su regreso a Boca en 2007 luego de una última temporada irregular y bizarra con el Villarreal a causa de una mala relación con su entrenador.





No hay que olvidar la relación tan volátil que tuvo con su queridísima selección argentina y cómo, cuando lo necesitaron, Román estuvo ahí. Podría decirse que su periplo en la albiceleste nunca fue tan prolífico o encomiable –exceptuando una excelsa fase de grupos en Alemania 2006- como otros períodos de su carrera pero es importante recalcar que no muchas grandes figuras han podido rendir en la selección argentina en los últimos tiempos. Los problemas con los diferentes seleccionadores y directivos han sido los mismos que ha tenido en el Villarreal, Boca, Barcelona e incluso en su regreso a mediados del año pasado a Argentinos Juniors: nunca se dejó llevar por los cánticos de sirenas que es el gran negocio sucio que es el fútbol. Román nunca jugó para los demás; sus caños, sus pisadas, sus golazos o sus pases matadores eran para alimentar esa pasión individual que era la suya por vivir y sentir el fútbol. Más allá de la imagen retraída, Riquelme era, demostrado a través de su juego, un romántico del fútbol y un hombre como pocos puesto que nunca quiso quedar bien con nadie, jamás se vendió a un bando y todas las enemistades que se consiguió en el trayecto de su carrera fueron a causa de no dar su brazo a torcer porque él no era un muñeco publicitario o un instrumento de la media; él era AUTÉNTICO. Se retira Román, el futbolista, pero también se retira el último obelisco de una forma de ver el deporte –y quizás la vida en el mismo- que ha ido padeciendo una muerte lenta pero segura a causa de una globalización y mercadotecnia donde el campo, la pelota y la jugada preciosa como aquel legendario caño a Mario Alberto Yepes en un Boca – River ya no son apreciados como antes. Y tal vez pude haber sido más preciso y detallista con su historia, pero eso no surge en mí. Este tributo surge en mí porque mis primeros recuerdos de este deporte tienen al diez jugando contra el Glasgow Rangers en El Madrigal con su Villarreal octavo de Champions en 2006. Porque fueron sus jugadas y las picardías de Ronaldinho por las que comencé a ver el lado más romántico y preciosista de la pelota. Se retira Román y cae el telón para toda una generación de amantes a la pisada y a la pegada exquisita.

Más allá de lo que pueda decir como un humilde crónico y aficionado al fútbol –ni Xeneize ni argentino soy, ojo- acerca de Riquelme, el mayor reconocimiento a su valía vino de un colega argentino con el que hablé recientemente acerca de su retiro y me decía lo mucho que significó para el fútbol argentino, que nunca se calló nada, que nunca quiso ser amigo de Dios o del Diablo, que prefirió ser un hombre sincero con muchos enemigos que un falso con muchos amigos y que es el mejor jugador de la historia de Boca. Es hincha de River. Más no puedo decir.


¡Gracias, Román!
“No me ames a mí, flaco. Ama a tu novia; yo sólo juego al fútbol”
-          Juan Román Riquelme