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viernes, 22 de abril de 2016

Fichajes Estrellados: Diego Forlán al Inter.



Pocos clubes hay más pintorescos, caóticos e inverosímiles en el inmenso espectro del fútbol que el Inter de Milán y creo que cualquier hincha neroazurro que está leyendo mis palabras concordará con esa declaración. Seamos sinceros: pocos equipos en la historia moderna del fútbol han tenido en sus filas una plétora de talento, jugadorazos y fracasos económicos de proporciones babilónicas en las dimensiones portentosas del club lombardo –son una institución que ama un gran desembolso de dinero. Massimo Moratti era el Vince Lombardi de los fichajes rimbombantes; durante sus décadas de gestión del Inter gastó y gastó para asegurarse que el club que amaba –nadie puede negar el cariño de Moratti para con la institución, aunque a veces rayara en lo insano y lo perjudicara en muchos casos- siempre contara con lo mejor del fútbol mundial y adjudicarse como uno de los más grandes del balompié europeo, como demandaba la historia del club. Nadie puede negar que esa metodología tuviera éxito; al final del día el Inter consiguió varios títulos de Serie A, Coppas Italia, una UEFA Champions y un Mundial de Clubes; pero también consiguieron desequilibrar muchas veces sus plantillas trayendo jugadores que tal vez no eran necesarios, que nunca se adaptaron a las exigencias del equipo y la rigurosa Serie A o que simplemente ya no era lo que fueron en su apogeo. En nuestra historia de hoy –que hace tiempo que no les traía un Fichaje Estrellado, hombre-, tenemos un ejemplo de lo último, a mi criterio: el más que deficiente paso de Diego Forlán al Internazionale.


Vamos a retrotraernos al año 2.011 –sí, amigos, ya ha pasado tanto tiempo- y analizar dónde estaban nuestros protagonistas en ese momento en particular de sus respectivas historias. El Inter comenzaba lo que sería una trepidante y aguda caída al abismo de la mediocridad deportiva; tras tocar el Olimpo del fútbol con aquel fabuloso equipo del ’10, sus componentes comenzaron a deshacerse tras una campaña negativa con Rafa Benítez y, posteriormente, el brasileño Leonardo; entraba a la dirección técnica para otorgarle al equipo lombardo la renovación y transición necesaria de la era de triunfos de escuadrón veterano de Mourinho a uno que pudiera sacarlos adelante tras una campaña tan decepcionante como la 2.010/11. Por el otro lado, Diego Forlán no pasaba sus horas más lúcidas en el Atlético: el uruguayo era un ícono del club después de campañas que supusieron triunfos a nivel colectivo (UEFA Europa League del ’10 y la Súpercopa Europea de ese mismo año contra el Inter, entre todos los rivales) e individuales (una Bota de Oro en el ’09, además de ser el mejor jugador del Mundial de Sudáfrica en el ’10 con el seleccionado charrúa); pero su actualidad en el 2.011 cargaba con el peso de una temporada bastante pobre en la institución colchonera –solo 10 goles en 42 partidos, lo que es una cifra paupérrima para las que ostentaba Diego en esa época- y terminó marchándose a Milán para ser el reemplazo de Samuel Eto’o tras la bombástica llegada de Radamel Falcao al Calderón.


De cierta forma, ambos se necesitaban: el Inter necesitaba a un nuevo punta y a un jugador que ilusionara a la afición y Forlán necesitaba de un reto en una liga diferente y sentirse importante, además de alejarse de las múltiples críticas y ambiente nocivo que se respiraba en el Atlético. El club colchonero le dio al uruguayo los cinco millones de euros que le debían de su ficha y se fue gratis al San Siro, cosa que en su momento parecía una ganga por un atacante de indiscutida clase mundial como era Forlán, pero ninguna de las dos partes se imaginaba (bueno, ¿quién se lo imagina en un fichaje?) el desastre venidero: Diego Forlán solo haría dos goles en toda una temporada en la Serie A y se convertiría en una de las peores contrataciones de la historia reciente del Inter –y eso es decir mucho.

Hay muchos factores que influenciaron en el mal rendimiento de Forlán. El primero de todos, fue el hecho de que llegaba a la ciudad italiana con 32 años de edad, con su mejor momento ya en el pasado y cargando con el peso de una exitosa Copa América con Uruguay en el 2.011; el segundo de ellos fue el hecho de que el Inter comenzó un declive importante que se transformó en esa campaña en una espiral descendente de locura –hasta tres técnicos tuvieron durante la campaña-; lo tercero fueron las diferentes lesiones que padeció el charrúa y finalmente queda el simple hecho de que nunca supo adaptarse a los rigores de la Serie A.


Las cosas se vieron prometedoras al principio; Forlán debutaría con un buen gol de zurda en una derrota cuatro a tres frente al Palermo y se vería bastante bien, en líneas generales. Pero aunado al gran momento goleador de Diego Milito, quien “volvía” después de una campaña decepcionante en el año anterior, al uruguayo se le comenzó a cerrar el arco y nunca terminó de cuajar en una institución que se hallaba en un momento crítico y donde se le necesitaba para sacar adelante el barco. De todas maneras, el rendimiento de Forlán también pudo haber sido catalizado por el pésimo ambiente del Inter por esos años donde casi todos sus jugadores se encontraban languideciendo y donde la irregularidad estaba a la orden del día. El arribo de Claudio Ranieri no significó una mejoría en las fortunas del club y de Forlán; al contrario, hay malas lenguas que dicen que los dos tuvieron desavenencias por el hecho de que el experimentado entrenador italiano le pidió que jugara por la banda en un partido y Diego se negó, cosa que el crack charrúa ha negado en el pasado.


Tras estar de baja por tres meses por lesiones en el bíceps femoral, Forlán anotó otro gol y finiquitó su campaña con tan solo dos tantos en veintidós partidos –una cifra absolutamente desconcertante considerando lo efectivo que había sido durante toda su trayectoria. La situación estaba tensionada y no ayudaba que Moratti declarara que Forlán había tenido un rendimiento bastante pobre y que “cuando jugaba, no hacía nada”. De todas maneras, Forlán reconoció que no había estado a la altura de las expectativas, que quería cumplir su contrato con el Inter para mostrar su mejor versión y que quería irse dejando al club en una buena posición, mientras que su padre también declaraba algo bastante en consonancia con lo que su hijo decía. La temporada siguiente se fue al Internacional de Porto Alegre.

En retrospectiva, fue un traspaso que no suponía ningún beneficio para las dos partes, pero es importante recordar el contexto en el que constituyó la contratación: el Inter necesitaba de una figura tras la marcha de Eto’o a Rusia (cosa que era Forlán) y el Diego Forlán quería permanecer en el máximo nivel (cosa que era el Inter). Lo que sucedió después fue el resultado de una unión que se llevó a cabo en el peor momento de los dos hasta ese punto de sus existencias; como alguien que ha visto a Forlán desde sus tiempos en el Villarreal, no dudo que de haber arribado en otra época –una más estable para ambos-, su paso al Inter hubiera sido más lúcido y memorable. Tristemente, no pudo ser y quedó en la enorme lista de flops que el club ha hecho, siendo algo así como un caso Bergkamp del siglo XXI.

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lunes, 30 de noviembre de 2015

Fichajes Estrellados: Rivaldo al Milan.



El enemigo había regresado a su casa y esta vez no iba a librar una batalla campal siendo mucho mayor que en aquella ocasión. Ya no era el de antes. Sí, si lo intentaba de nuevo, lo más probable es que tuviera oportunidades de ganar una vez más, pero ya no se trataba de supremacía sino de coexistir y este rey, agotado por sus conquistas, necesitaba de nuevos horizontes y nuevos reinos –por lo que se engalanó las ropas de un imperio rojo y negro para alejarse de aquel tirano.

En el verano del 2002, cuando el brasileño Rivaldo, uno de los mejores futbolistas por esos años –para algunos, el mejor-, retornó a su Barcelona luego de erigirse como campeón del mundo en Corea Japón 2002, la sorpresa que se debe haber llevado al estar una vez más cara a cara con su némesis, Louis Van Gaal, debió haber sido memorable. El holandés y él ya habían tenido su guerrilla personal en el pasado; pero ya los tiempos habían cambiado, los dos estaban un poco más viejos y afectados por sus vivencias, por lo que ninguno tenía la fuerza para batallar una vez más por la supremacía del Camp Nou. Algunos lo vieron como un destierro, pero el cese del contrato de Rivaldo del Barcelona debe ser visto como la máxima prueba de que Van Gaal y el brasileño ya no querían más pleitos –simplemente reconocieron estar hartos uno del otro. Y así llegó a Milán.


Sin ofender a mis lectores rossoneros, el club italiano ha adoptado desde comienzos del siglo una mentalidad de equipo de fútbol que recluta estrellas en declive para darles una última gran oportunidad, lo que ha conllevado a una gestión deportiva bastante defectuosa; así tenemos casos de jugadores como Stam, Emerson, Redondo, Cassano, Robinho, Ronaldo, Ronaldinho, Torres o algún otro que me dejo en el tintero que nunca recuperaron su mejor forma y fueron gastos innecesarios para la institución. Uno de los muchos motivos por el cual el club italiano ya no se halla en la palestra de primer nivel en el fútbol mundial. En el caso de Rivaldo, puedo entender la razón de su contratación; después de todo, éste era un jugador que venía de brillar en el Barcelona y que había tenido una actuación fenomenal en el Mundial del 2002 como uno de los mejores del torneo –era una apuesta que no tenía mucho riesgo si sumamos a esa ecuación que el brasileño llegaba con la carta de libertad y dispuesto a bajarse el sueldo. Valía la pena el intento, ¿verdad?

Si miramos atrás al 2002, habían pocos equipos en el mundo que fueran superiores en materia de nómina y con un entrenador que comenzaba su senda triunfadora como Carletto Ancelotti. Un plantel que contaba con jugadores como Maldini, Seedorf, Nesta, Pirlo, Gattuso, Inzaghi, Shevchenko, Redondo, Rui Costa, Costacurta y un par más era uno en el que un crack de la talla de Rivaldo podía adaptarse a gusto y demostrar su incuestionable calidad. Pero no fue así. Rivaldo arribó a una Serie A que era el torneo más competitivo del mundo por esos años y donde la exigencia física lo hizo caer en varias lesiones prematuras, además de una adaptación al rigor táctico que no era tan tenso en España –cosa que su compañero en el Barcelona y ex-Milan, el holandés Patrick Kluivert, había advertido cuando fructificó su traspaso. La cosa había empezado bien con el brasileño demostrando mucho entusiasmo en su nuevo equipo en las primeras ruedas de prensa; pero la cuestión comenzaría a ser una espiral descendente en lo que significaría el ocaso de la carrera del otrora Balón de Oro como jugador de clase mundial.


Y ese ocaso se originó, principalmente, por los temas fuera de la cancha. Sí, le costó mucho en lo futbolístico adaptarse a la liga italiana, pero su relación con el entrenador no fue la idónea y, para hacer los asuntos peores, lo dejó su esposa poco después de unirse al equipo del “Diabolo”. Rivaldo estuvo en una tormenta perfecta en su primer año con el Milan a pesar de haber ganado una Coppa Italia y una Champions; fue la temporada en la que más jugó de las dos y se le vio apagado, sin energía y sin chispa. Un jugador que transitaba la cancha con desgaña y sin desparpajo; no tardó mucho en que Ancelotti apostara por Rui Costa en ese puesto y el portugués rindió mucho mejor. El brasileño dijo en una entrevista por esos tiempos que hizo en su país que cuando Ancelotti le hablaba en los entrenamientos, sabía que iba a jugar; si fuera al revés, sabía que no estaría ni convocado. Poco a poco su estrella se fue apagando y como el equipo estaba funcionando bastante bien, no mucho le prestaron atención a su bajo rendimiento y en su segunda temporada, donde hasta el propio Paolo Maldini le exigía un poco más en la pre-temporada, jugó solamente un partido en todas las competiciones y rescindió su contrato en diciembre para irse al Cruzeiro de Brasil en enero.


Éste fue, mirando en retrospectiva, un ejemplo arquetipo de lo que es un fichaje estrellado y poca repercusión ha tenido con el pasar de los años –lo que me parece un tanto irracional cuando estamos hablando de unos de los mejores jugadores de los últimos treinta años en uno de los clubes más grandes del mundo. La relación entre Rivaldo y el Milan fue entorpecida por múltiples factores que hicieron de ésta una unión destinada al fracaso; así imperaron temas de egos, malas decisiones de ambas partes y el hecho de que tal vez la Serie A no era el mejor lugar para el crack carioca. Aunque siendo justos, otra forma de mirar este traspaso es como la transición de Rivaldo de un jugador top a uno que es un veterano de buena calidad; el momento en que se convirtió en una “vieja gloria”, sin ánimos peyorativos, y que debía adaptarse a nuevas costumbres. Luego de su retorno a Brasil, jugaría en Grecia por muchos años y cuajaría actuaciones para nada desdeñables, jugando Champions League en el proceso. Al final del día, este fichaje fue un fracaso en lo deportivo y es una pieza más de ese amplio rompecabezas que es el retiro de cracks llamado AC Milan. Y ni les cuento cuando en su segunda temporada llegó un chico con cara de niño bueno llamado Kaká; ahí Rivaldo dejó de existir para el hincha milanés.

El enemigo había regresado a su casa y esta vez no iba a librar una batalla campal siendo mucho mayor que en aquella ocasión. Ya no era el de antes.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Fichajes Estrellados: Thierry Henry a la Juventus.



Yo siempre he pregonado que los mejores entrenadores son aquellos quienes descubren un potencial en un jugador y lo explotan para hacer a este último mejor de lo que era antes de tenerlo bajo su ala. A mi concepto personal, un director técnico debe tener la capacidad de hacer mejores a sus pupilos y realmente hacer un aporte fidedigno a sus carreras. Por eso que acabo de decir, Carlo Ancelotti nunca ha sido un entrenador al que estime tanto porque su fortaleza radica en maximizar sus recursos, pero no desarrollarlos. Me he visto inmerso en muchas discusiones con mis conocidos por el hecho de que rechazo la idea de que Carletto sea un entrenador top porque el italiano muchas veces no ha podido atisbar el potencial de un gran jugador o por su incapacidad de formar un equipo, por lo que se necesita que se lo construyan a base de chequera –pero eso último es historia de otro día. Sólo pregúntele a Thierry Henry y su nefasto periplo de seis meses por tierras turinesas por allá en 1999, cuando el italiano era entrenador del equipo y el francés era un fichaje que debería ayudar a una Vecchia Signora en tiempos de crisis, pero que jamás funcionó. Henry y la Juventus: un idilio que jamás fructificó.


En Enero de 1999, Thierry Henry era una de las más grandes promesas del fútbol francés y europeo, en general: el año anterior se había proclamado campeón del mundo con la selección gala con solamente 21 años y ya había sido campeón de la Ligue 1 con el Mónaco, el club en el que se formó. Junto con el delantero franco argentino y un buen amigo personal de nuestro protagonista, David Trezeguet, eran las principales figuras del equipo monegasco y eran el anhelo de las mejores instituciones del país. En el mercado de verano de la temporada 1.998/99, el entrenador del Arsenal de Inglaterra, Arsene Wenger (¿han oído de él?), estaba interesado en hacerse con los servicios de Thierry, a quien él mismo había hecho debutar en el Mónaco y con quien tenía una relación más que positiva. Henry veía con buenos ojos recalar en el equipo de Londres por el estilo de vida de la ciudad, jugar en la liga inglesa, reunirse con su viejo mentor y con su compatriota Nicolás Anelka, quien era un compañero de selección y amigo de Thierry. Pero al final la transacción no se pudo completar porque el club francés deseaba una cifra monetaria más copiosa por uno de sus mayores activos y seis meses después, sería transferido a la Juventus de Marcelo Lippi por 10,5 millones de libras esterlinas. Debió ser un paso natural hacia la progresión del atacante galo, pero eso no pudo estar más lejos de la realidad.
  
La Juventus era (y es) una potencia del fútbol europeo y en un plantel lleno de cracks como Alessandro Del Piero, Filippo Inzaghi, Zinedine Zidane, Edgar Davids y un par más, además de ser rigentes campeones de la Serie A y subcampeones de la UEFA Champions League, parecía un buen ambiente para que Henry se curtiera y aprendiera de los mejores. Pues no fue así. En una liga italiana que era la más difícil y competitiva del mundo en esa época, Henry tuvo que adaptarse a los rigores de las defensas italianas, donde sus filigranas y técnica depurada por la banda izquierda no parecían ser suficiente para hacerse paso frente a los laterales. Para agravar la situación y el contexto, la Juventus pasaba por momentos complicados al estar de séptimos en la liga cuando llegó Henry y uno de los mejores jugadores del mundo en esa época, Del Piero, había padecido una lesión en el ligamento de la rodilla. Luego de ser eliminados por el Boloña en la Coppa Italia –en el cuarto partido del francés en el equipo-, Lippi decidió renunciar y de inmediato entró Ancelotti para retomar el rumbo, cosa que en los primeros seis partidos parecía ser el caso al conseguir cuatro triunfos y dos empates. También apaciguó el deseo de Zidane de irse de la Juventus por los diferentes problemas del club y decidió enfocar el equipo una vez más alrededor del brillante galo. Eso funcionaría para Zidane, pero sería en detrimento del desarrollo de Henry.

 

Verán, jugando desde la banda izquierda y con funciones defensivas, Henry nunca cuajó en ni la Juventus ni en la Serie A y eso puede llegar a ser un tema de análisis fascinante para responder a una pregunta tan sencilla: ¿Por qué Thierry Henry, uno de los delanteros más brillantes del Siglo XXI, falló en su aventura italiana? Pues yo pienso que no se le puede achacar el bajo rendimiento de Henry, su falta de gol y en general las malas sensaciones de su paso por la Juve a una sola persona o motivo. A mi criterio, es el fracaso de la directiva al fichar a un jugador sin tener una idea clara de lo que iban a hacer con él, del jugador por no tener la suficiente resiliencia para adaptarse a una liga tan rocosa y del entrenador (Ancelotti) por no haber visto la realidad: que Henry estaba siendo desperdiciado como un extremo izquierdo. Curiosamente, durante su estadía en Turín, coincidiría con Arsene Wenger en un avión y hablaron un rato acerca de su rol en la Juve, con lo que el entrenador del Arsenal finiquitó la charla diciéndole que desperdiciaba su tiempo como extremo; que su rol para brillar era como un delantero.

Arsene Wenger es muchas cosas y hoy en día es una parodia de lo que una vez fue, pero nadie puede negarle el hecho de que en su momento era muy bueno para desarrollar jugadores y ver lo que podían llegar a ser; Ancelotti nunca vio que el elegante galo no estaba para recorrer la banda, sino para atacar y hacer goles de una factura estratosférica. Hay quienes dirán en este momento que posteriormente, en otra etapa de su carrera, jugaría por la banda izquierda, pero ese Henry era un jugador hecho y derecho; el Henry de la Juve necesitaba brillar en una posición donde su potencial se viera aprovechado. Ancelotti reconocería muchos años después en su biografía que su mayor lamento como director técnico es no haber reconocido que “el papel ideal de Henry era como un delantero… pero nunca lo puse ahí porque él nunca me lo dijo”. Sé que peco de ensañarme con el italiano, pero es que ahí radica mi principal desacuerdo con la noción de que Carletto es un entrenador de primerísimo nivel. Sí, ganó sus Champions –con unos equipazos y un nivel liguero nefasto de dichos planteles- y sabe manejar sus vestuarios –su mejor cualidad-, pero hay un entrenador como Bielsa que sin ganar muchos títulos, ha formado varias generaciones de jugadores en diferentes países y todas jugando un fútbol exquisito. El no haber contemplado lo que Henry se iba a convertir, me hace dudar de muchas cosas.


Ese verano posterior, el director deportivo del club, Moggi –conocido por aquel escándalo de arreglos de partido de la Juventus en 2006-, decidió ofrecer a Henry a préstamo al Udinese como parte de una transacción para contratar a un ataque brasileño bastante conocido por esos años, Marcio Amoroso. Henry siempre ha dicho que de no haber tenido esa problemática con Moggi –nunca ha especificado si fue eso el problema u otra cosa, siendo sincero-, él seguiría jugando en la Juventus. Un año después de no haber fructificado su fichaje por el Arsenal, el galo se reuniría con Wenger en el club y londinense y se convertiría en el mejor jugador de la historia del club, además de uno de los mejores de la Premier League.

La historia de Henry en la Juventus es un caso arquetipo en los Fichajes Estrellados: la falta de paciencia, la incapacidad de reconocer el potencial de un jugador y la inhabilidad de éste para adaptarse a un ambiente que tal vez no sea tan beneficioso como al que está acostumbrado. Siempre quedará para el recuerdo el hecho de que la unión entre uno de los equipos más grandes de Europa –con una de sus mejores generaciones de jugadores- y uno de los talentos más portentosos de la época nunca pudieron funcionar como se esperaba. Por eso hay que saber ver lo que otros no pueden mirar; pregúntenle a Ancelotti.

viernes, 31 de julio de 2015

Fichajes Estrellados: Di María al Manchester United.




La rendición es la muerte del alma humana; es cuando su espíritu pierde todo deseo de perseverancia y la persona se transforma en una cascara vacía de lamentaciones. Y verán, mis queridos lectores –y no desprecien el “queridos”, que viene de un lugar sincero de mi parte-, como todos en este planeta inverosímil, tengo mis propias ópticas y perspectivas de la vida y sus significados. Por supuesto, no menos valiosas que las de ustedes; pero la diferencia es que yo dispongo de este Blog para expresar cualquier opinión que tenga de este hermoso deporte que es el fútbol. Y yo vivo con un dogma bastante claro y predominante: la rendición absoluta es para las personas débiles y patéticas. Puedes tener todo en tu contra e incluso fracasar en tu intento de triunfar en ese escenario, pero lo INTENTASTE. Ese deseo imperioso de luchar, de forcejear con las voluntades opresoras del mundo y de batallar con los obstáculos que se te presentan es lo que hace grande a una persona, sin importar su raza, sexo, estrato social o profesión. Esto aplica a todos los ámbitos de la vida. El que desiste, no es porque el mundo lo haya vencido; es porque él se dejó vencer. Todos somos capaces de lograr cualquier cosa, pero debemos poner de nuestra parte, incluso si no es algo que nos importe mucho o que tal vez no nos motive. A veces tenemos que demostrar algo con la fortaleza del incesante espíritu humano. Pero al parecer nadie le dijo eso a Ángel Di María en su paso por Old Trafford.

Antes de comenzar a narrar con el mayor detenimiento posible la desafortunada e invariablemente desastrosa campaña del argentino en el Manchester United, quisiera acotar que la entrada en cuestión, como todas las que he hecho desde la incepción de este Blog, es extremadamente personal y bajo un cierto velo de introspección. No busco ofender en absoluto a Di María y espero que ninguno de sus seguidores tome de manera muy personal lo que voy a decir; todos somos aficionados y yo soy nada más que un hincha apasionado que está narrando lo que siente de un jugador que, a sus ojos, no dio la talla por motivos que no son los que expresa la siempre parcializada media de Suramérica. ¿Vamos a lo que nos interesa? Vamos a lo que nos interesa.

Como en todas las historias de este talante, hay que explicar el contexto de la contratación: Di María arribó a Inglaterra como un jugador que estaba en su pique futbolístico y en la cima de su profesión –al menos podía presumir de eso en el 2.014. El extremo formado en Rosario Central había sido uno de los estandartes del Real Madrid para la consecución de la tan sagrada décima UEFA Champions League con una serie de actuaciones imperiales que hallaron su cenit en la final contra los rivales del Atlético de Madrid, además de guiar a la selección argentina al último partido de la Copa del Mundo en Brasil, que perdieron contra Alemania con la ausencia de Di María por lesión. Poseedor de una técnica endemoniada, una velocidad que le permitía surcar la banda con galopes trepidantes y con una capacidad poco suscitada para hacer lo imprevisto, Di María era un manojo de locura y genialidad que había encontrado su lugar en el mundo como una suerte de interior zurdo en el 4-3-3 de Ancelotti en el Madrid, que le permitió explotar en su máxima expresión. Era, de cierta forma, el balance entre la clase y creatividad de Luka Modric y Xabi Alonso, y la vertiginosidad y contundencia de la BBC (Karim Benzema, Gareth Bale y Cristiano Ronaldo). Pero era la magia, trabajo incansable y las galopadas perpetuas las que hacían a Di María un elemento tan único en un equipo bastante fuerte. Diego Simeone, el entrenador del Atlético, diría unas semanas previas a su salida que era el mejor jugador del Madrid. No estaba tan lejos de la verdad.

En cualquier equipo, el argentino hubiera sido constituido como uno de los mayores baluartes de la institución y luego de semejante despliegue en la final de Lisboa de la Champions, sería bastante lógico que fuera uno de los inamovibles el año entrante. Pero el Real Madrid no es cualquier club de fútbol y Florentino Pérez no es cualquier presidente. El dichoso presidente de la institución, siempre buscando formas para promover al club en el ámbito mediático y financiero, fue futbolísticamente enamorado por las diabluras del enganche colombiano, James Rodríguez, en el Mundial y decidió que él sería su fichaje bombástico de la temporada entrante. Lo que no se sabía durante la Copa del Mundo era que cada gambeta, cada gol, cada actuación incendiaria del ‘10’ de los cafeteros conllevaría al final de ciclo de Di María: Florentino pagaría 80 millones de Euros al Mónaco por los servicios de James, causando un efecto dominó en la formación táctica del equipo y obligando a Ancelotti a jugar con el colombiano, obligando a Di María a estar en la banca, luego de una temporada estelar que debería haber solidificado su lugar como indiscutible pero que una vez más lo veía, esta vez más cansado de la lucha, peleando por un puesto de titular. Si sumamos a eso uno que otro encontronazo con la hinchada del Madrid –el madridismo ha echado a más de uno del Bernabéu-, la reluctancia de Florentino a darle a un mejor salario –a pesar de haber sido el héroe de La Décima-, y el hecho de que lo reemplazaban por no ser guapo o mediático, se puede entender el deseo (forzado, porque se quería quedar) del argentino de marcharse. Y ahí entran en la escena el Manchester United y el Paris Saint Germain.


Desde un principio, Di María prefirió al Paris Saint Germain como su opción de salida; hay que aclarar eso desde un principio para entender esta historia en su entereza. El antiguo extremo del Benfica veía con buenos ojos el prospecto de recalar en el campeón de la Ligue 1 y si no hubiera sido por las regulaciones de Fair Play Financiero de la UEFA y el rimbombante fichaje de David Luiz por 50 millones de Euros, Di María probablemente hubiera llegado a la capital francesa el año pasado. Ángel nunca quiso estar en el Manchester United, y mucho menos en el naciente proyecto de Louis Van Gaal, exento de Champions League; pero desprovisto de oportunidades para quedarse en el Madrid y sin una opción preferencial hacia donde marcharse, el argentino se decantó por los cielos nublados y el clima no tan templado de Manchester. El técnico holandés necesitaba de una estrella: un jugador desbordante y peligroso que proporcionara algo inesperado a un equipo plano y carente de explosividad; Ed Woodward, directivo y responsable de los traspasos del club, necesitaba de un fichaje contundente que dejara en claro el poder adquisitivo del United en el mercado aún sin fútbol de Champions para ofrecer. Di María era ambas cosas y luego de negociaciones alargadas entre ambas entidades y 75 millones de Euros, era jugador del Manchester United. Portando el legendario número ‘7’ de George Best, Bryan Robson, Eric Cantona, David Beckham y Cristiano Ronaldo, parecía destinado a la gloria. Pero no todo es como uno desea en estas historias, ¿verdad?


El argentino arribó a un club que venía de una temporada donde quedaron de 7mos y sin títulos, además contaban con un comienzo sin victorias en los primeros tres partidos de la temporada 2.014/15. Di María entró a los sagrados pasillos de Old Trafford como una tormenta avasalladora: los primeros partidos del ex Rosario fueron soberbios y por su cuenta consiguió que el club ganara varios partidos y cosechará muchos puntos, cosechando un monto considerable de goles y asistencias en el proceso. Van Gaal lo posicionó en su puesto de interior izquierdo ofensivo en un 4-3-1-2 y a pesar del rendimiento irregular del plantel, Di María parecía estar a gusto en el sistema y el ritmo trepidante de la Premier League parecía no haberle afectado en absoluto. Pero su rendimiento inicial pareció verse socavado por el parón de la fecha FIFA y a posteriori se vería que esos partidos no fueron más que humo y espejos. Poco a poco, pero de manera consistente, Di María empezaría a diluirse en los partidos hasta convertirse en una sombra taciturna del una vez extremo incendiario que brillaba en el Madrid. No sirvió para nada, absolutamente nada, que su adaptación a la climatología de Inglaterra y su idioma fuera bastante pobre. Pero pienso que el punto de quiebre de Ángel en el gigante británico fue cuando un grupo de criminales violentaron su hogar con su esposa e hija pequeña estando ahí; fue un evento desafortunado que dejó secuelas en las vivencias de la familia en Manchester y a pesar de que el club financió un sistema de seguridad para él, cada vez más se notaba en la cancha que Di María no quería estar ahí –sus gestos, sus aspavientos y su bajísimo nivel lo denotaban.

Van Gaal, no conocido por su paciencia, le dio varias oportunidades durante el primer semestre de la campaña, pero luego de una ESTÚPIDA expulsión contra el Arsenal en los 4tos de final de la FA Cup donde toqueteó al árbitro principal, Di María sería relegado a la banca y el Manchester cosecharía una seguidilla de triunfos consecutivos desplegando su mejor fútbol de la temporada, derrotando en el proceso a equipos como el Tottenham, Liverpool o Manchester City. Se dejaba entrever con estas actuaciones que el Manchester, ahora aplicando un sistema táctico de 4-2-3-1, ya no necesitaba a Di María para carburar como un ente colectivo y más bien presentaba la problemática de cómo introducirlo al sistema –todo lo contrario al inicio de la campaña, que parecía un sueño distante e irreal en el estertor de la temporada. Simplemente, ya ninguno de los dos necesitaba del otro; pero ambas partes declaraban que querían intentarlo un año más y se podía escuchar a un Di María determinado por perseverar en el United durante la Copa América… pero todo eso ha parecido ser una cortina de humo para quedar bien con sus compañeros de equipo y con su entrenador. Ahí entró a la escena el PSG, ahora libres de las sanciones del Fair Play Financiero, quienes ya tenían todo a su favor para alejar a su anhelado Di María a tierras parisinas. El argentino no lo ha pensado dos veces y ha aceptado la oferta para firmar por los galos, dejando una imagen bastante pobre con el Manchester al no presentarse con el equipo en la fecha estipulada para la pretemporada y está escondido en Argentina esperando a que todo se resuelva para no tener que verse con los ingleses. Todo cubierto por un nefasto velo de cobardía y falta de sinceridad.

Lo triste del caso de Di María en el Manchester United es que su mejor rendimiento fue atisbado en el peor momento colectivo del equipo; y el mejor rendimiento del equipo fue encontrado durante el peor momento individual del argentino. Por más que se quiera vilipendiar lo hecho por Van Gaal, el holandés tenía que traer resultados inmediatos luego de la nefasta campaña con David Moyes y no podía reparar en los rendimientos francamente pobres de Di María o Falcao mientras el resto del equipo no se organizaba –es, básicamente, un control de daños del más alto nivel. Cuando Van Gaal cambió al 4-2-3-1, el equipo se volvió un tanto más constante pero se sacrificó el mejor lugar para Di María. Había que decidir entre los resultados o el triunfo individual de los jugadores –Van Gaal tomó la decisión correcta.


La rendición es el punto más bajo del alma humana y es cuando todo objetivo planteado o deseado encuentra una horrible muerte. Di María será recordado como uno de los mayores fracasos de la historia del Manchester United no por el bajo rendimiento que es una posibilidad en el mundo del fútbol, sino por el hecho de que cuando las cosas se pusieron difíciles, se rindió con una facilidad pasmosa y tomó la primera oportunidad para irse de la forma más patética posible: sin dar la cara y sin afrontar la problemática de frente como un hombre. Cierto, no quería estar en el club desde un principio pero, ¿dónde está el profesionalismo? ¿El deseo de un atleta de ser competitivo y de callar bocas? ¿De demostrar que a pesar de todo lo vivido, tú eres más grande que todo esto? ¿Dónde está su ambición? Muchos creyeron (yo, incluido) en Di María y depositaron sus esperanzas en él para ser el símbolo del United en esta etapa de reconstrucción, pero no lo pensó para retirarse a un reto más sencillo y a una liga donde todo le resultará más fácil. Di María no fracasó en el Manchester por un tema futbolístico puesto que capacidades le sobran en ese aspecto; fracasó porque su mente no pudo ser lo suficientemente fuerte para perseverar incluso en los momentos más cruentos de su época en el club y porque no era capaz de adaptarse a una cultura que él debió saber que era así de antemano –el frío, la lluvia y el idioma no son secretos en Inglaterra. Al final de todo, tanto el club como Di María seguirán y esto quedará como un episodio bastante funesto en la historia de ambos, pero quiero suscribir el comentario de la leyenda del club, el siempre elocuente Roy Keane, acerca del fichaje de Ángel al PSG que encapsula a la perfección el caso: “No es un traspaso deportivo; es un traspaso de estilo de vida. Eso me dice que el jugador es débil y que su mujer lo controla”. No lo pude haber dicho mejor.

PD: quiero dejar por esta vía una disculpa pública con el diario parisino, Le Parisien. Por varias semanas, había renegado de la información de dicho periódico del traspaso de Di María al PSG y quiero aprovechar esta oportunidad para disculparme con ellos por haber sido los primeros en exclamar la noticia.