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viernes, 6 de mayo de 2016

Nos volveremos a ver: Johan Cruyff, el hombre que se convirtió en una idea (Parte I).



“Un hombre tiene una idea. La idea atrae a aquellos que piensan similar. La idea se expande. La idea se convierte en una institución.”
-          Top Dollar, El Cuervo.

Cuando una persona fallece, se hace un recuento de lo que era, de lo que representó y lo que logró como una manera de dejar en claro a todo el que le interese quién fue ese individuo. Así que cuando un obelisco del fútbol como es (y siempre será) Johan Cruyff conoce el inexorable epílogo de la vida, abundan los logros personales y colectivos de un hombre que simbolizó una plétora de conceptos futbolísticos y una ideología del balompié que hizo raíces en la tierra de este deporte. Muchos grandes fueron inmortalizados por un momento o un logro que definieron sus existencias; Johan Cruyff, el más grande de Holanda, se inmortalizó al convertirse en una idea.


El cáncer ha tomado la vida de uno de los eternos intérpretes del fútbol, pero también a uno de sus más grandes teólogos e ideólogos. Cruyff era un hombre de principios y valores muy fuertes y arraigados, con todo lo que eso puede llegar a significar. No era un hombre de fácil entendimiento personal ni uno que se anduviera por las ramas a la hora de decir lo que pensaba como todos pudimos atestiguar en sus últimos años de vida como jubilado. Johan Cruyff es la epítome del iconoclasta y del contracultural; un hombre que entendía el entorno deportivo de su tiempo de una manera singular y lo contemplaba no como lo que era, sino como lo que podía llegar a ser. Pocos hombres pueden presumir de haber revolucionado algún ámbito del mundo; el holandés lo hizo en el fútbol dos veces y hasta el sol de hoy no estoy seguro de cuál fue más importante. Pero iremos por partes y en esta entrega hablaremos de lo que fue Johan como jugador.

Como muchos revolucionarios y hombres inquietos de pensamiento, Cruyff dio sus primeros pasos en el mundo en los barrios; específicamente el de Betondorp, la parte más humilde de la ciudad de Ámsterdam. Alejado de la belleza y la singularidad de la capital holandesa, Johan se enamoró del balón desde una tierna edad hasta que ingresó a la academia de su equipo local, el Ajax, a los diez años. Como un chico que ayudaba a preparar los campos para los entrenamientos y que era mantenido por una madre viuda que trabajaba limpiando las instalaciones del club, la futura leyenda holandesa representaba en sus comienzos lo que necesitaba un país golpeado por la Segunda Guerra Mundial y dolida en su integridad –un aspecto que enfrentaría Cruyff en varios puntos de su vida-: una figura rebelde, con la suficiente autoconfianza para rayar en lo soberbio y que había crecido en la época de los años 50s y los 60s donde la cultura había dado un vuelco generacional inesperado. Podría decirse que Cruyff significó, en sus comienzos, lo mismo que George Best en Gran Bretaña: una persona que combinaba gracia, talento e individualismo para inspirar a una generación aturdida en el conservadurismo. Pero, por supuesto, Johan no contaba con la naturaleza autodestructiva del irlandés y es por eso que a finales de la década de los 60s y a principios de los 70s, el místico y enigmático holandés revolucionó el fútbol en un equipo para el recuerdo por siempre recordado como “el Ajax de Cruyff y Rinus Michels.” El plan máximo de los holandeses para domar la tierra del fútbol.


A pesar de lo mencionado, en realidad fue el inglés Vic Buckingham –uno de los primeros en fomentar el concepto de fútbol total que luego desarrollaría Michels, uno de sus jugadores en el Ajax, a sus anchas en los 70s- el que le dio su debut al imberbe Johan en 1964 en el club de Ámsterdam, ya en los últimos partidos de su gestión como técnico. Sería con el arribo de Michels en la campaña posterior que el gran Ajax de Cruyff comenzaría y el joven futbolista se volvería la piedra angular de un equipo para el recuerdo; un equipo que comenzó a llamar la atención del mundo tras una avasallante victoria por cinco a uno al legendario Liverpool de Bill Shankly, cosa que hizo que el entrenador escocés dijera que el club británico debía emular la ideología futbolística de los holandeses. Títulos consecutivos de Eredivisie eran cosechados y Cruyff crecía exponencialmente con cada temporada hasta alcanzar la cúspide a principios de la década de los 70s: tres Copas de Europa (ahora UEFA Champions League) consecutivas, además de un triplete, significaron la sublimación de un equipo que marcó a una generación y fue la base para una selección holandesa que entraría en la historia, pero hablaremos más de eso en el futuro. El espigado y flaco ‘14’ del club del momento estaba en la cima de su profesión; halagos, títulos colectivos, actuaciones para el recuerdo y premios individuales como el Balón de Oro lo erigían como el sucesor natural de los Puskas, Di Stefano, Best, Charlton o Pelé –era su momento. Tan inquieto de mente era que ya su club local no le ofrecía ningún otro desafío porque ya lo había ganado todo; el Ajax había acordado su pase al Real Madrid pero él, siempre tan rebelde y terco, desobedeció a sus patronos y decidió irse al entonces desdichado rival de los merengues: el FC Barcelona. ¿Por qué? “Debo ser libre de elegir a qué equipo me quiero ir”, fueron sus palabras.


Su arribo a Barcelona en el ’73 es material digno para uno de los mejores libretos hollywoodenses: Cruyff llegaba a una Ciudad Condal sin rumbo en lo deportivo y golpeada en su orgullo por el éxito arrollador de su eterno rival, el Real Madrid, generando en los culés un complejo de inferioridad y de cuasi victimización ante sus contrapartes blancas. Pero si algo no tenía el crack holandés era el acotado complejo de inferioridad ante ninguno que se le atravesara; con su talento desmesurado, su liderazgo y esa arrogancia de quien se sabe bueno y que lo ha ganado todo –estamos hablando de un hombre que en ese punto ya tenía tres Copas de Europa con el Ajax-, Johan guío al Barcelona a ser campeones y, más importante que eso, cambió sus mentalidades. El mayor logro de nuestro protagonista en el Barcelona como jugador fue inyectarle al catalán esa mentalidad ganadora y dejar de lado esa actitud victimaria que los mantuvo un tanto relegados en la primera mitad del siglo pasado. Aunque solamente ganó una liga y una Copa del Rey en España, se convirtió en el jugador más influyente de la historia del club, dejando en la retina de la memoria de los hinchas barcelonistas su magia, su clase, su inteligencia táctica y sus jugadas para el recuerdo como aquel gol acrobático e imperial al Atlético de Madrid donde saltó con una técnica magistral para alcanzar el centro. Fuera de la cancha libró sus propias guerrillas socio-políticas y se diferenció del resto de los baluartes del barcelonismo al incluso dejar su huella en el comportamiento del ciudadano catalán.


El Mundial de Alemania ’74 llegaba y los holandeses sorprendieron al mundo del deporte con un fútbol compacto, elástico, preciosista y vanguardista que nunca antes se había visto; el seleccionado dirigido por Rinus Michels replicó lo hecho por su gran Ajax a principios de la década y encantó la audiencia con un juego revolucionario que sería una influencia notoria en el deporte a partir de esa fecha. Sí, uno puede argumentar que la belleza e histrionismo de los holandeses no fue suficiente para derrotar a la eficiencia de la Alemania de Franz Beckenbauer –el mayor rival que tuvo Cruyff en su carrera y con quien cruzó caminos en muchas ocasiones- en la final, pero la realidad del asunto es que la Naranja Mecánica, como es cariñosamente apodada, trascendió más allá del resultado y se convirtió en un bastión ideológico para cualquier amante del buen juego. Cruyff terminó por inmortalizarse ante los ojos de millones y para el recuerdo quedará esa imagen de Johan en su camiseta naranja, con el ‘14’ en su espalda y corriendo con el balón pegado a sus pies mientras que portaba la banda de capitán y su melena fluyendo por el viento. Es la primera imagen que me llega a la cabeza al pensar en el místico holandés. El mundial del ’74 fue el punto más álgido de nuestro protagonista con su seleccionado, pero aún quedaba mucho en su porvenir.


Sus años posteriores significaron un declive entendible en su juego en el Barcelona por motivo de que los años comenzaban a menguar su rendimiento y porque el club, siempre inmerso en la inestabilidad, no podía sostener un nivel considerablemente alto en las competiciones. A pesar de eso, la influencia de Cruyff llegó a incidir en el aspecto social, incluso en temas que podrían considerarse nimios como llamar a su hijo Jordi cuando el registro español no se lo permitía. Finalmente, en el Mundial de Argentina en el ’78, el tulipán decidió retirarse del fútbol internacional y no participar en la competición por motivo de que la seguridad de su familia estaba en riesgo por el tema de la dictadura española. Los holandeses, dirigidos por el legendario entrenador austríaco Ernst Happel, perdieron la final contra los locales y Cruyff, hastiado del temor y la preocupación en tierras hispanas, decidió marcharse a lo que se veía como un retiro dorado en Estados Unidos.


Aunque su travesía en tierras norteamericanas se llevaría a cabo entre el ’78 y ’80 con Los Angeles Aztecs y los Washington Diplomats, el primer equipo que realmente se aseguró a Johan Cruyff en Estados Unidos fueron los New York Cosmos. Los neoyorkinos necesitaban a una nueva figura mediática del “soccer” mundial tras el retiro de Pelé un año atrás por lo que pudieron llegar a un acuerdo con el legendario ‘14’ quien deseaba dejar Barcelona tras la incesante presión e incomodidad en la ciudad; pero el traspaso se desvirtuó después de que se le anunciara al holandés que los directivos del equipo estarían en control absoluto de sus derechos de imagen y de marketing. En perfecta consonancia con su personaje, desechó las negociaciones y se marchó a Los Angeles para jugar con los Aztecs, dirigidos por un viejo conocido suyo, Rinus Michels. Alejado del agobio de la prensa española y deseoso de aportar algo a la juventud del país americano –“si hubiera querido dinero, me hubiera ido a Inglaterra o España donde me pagarían mejor que aquí”, dijo en su momento-, el rendimiento en la cancha de Johan bajo la guía de su antiguo mentor fue bastante bueno: 13 goles y 16 asistencias en 23 partidos, votado Jugador Ofensivo del Año y lideró a los Aztecs a las semifinales del playoff de la entonces North American Soccer League. La siguiente temporada volvió a sorprender al público al dejar su equipo para fichar por los Washington Diplomats. Al ser encandilados por una actuación sublime de Cruyff contra su club el año anterior, los directivos decidieron desembolsar 1.5 millones de dólares para hacerse con los servicios del jugador. Aunque su estadía en Estados Unidos no fue tan larga y fructífera como se hubiera deseado, sí que fue bastante positiva en el tema monetario para las arcas de los equipos en los que estuvo y supuso un alejamiento necesario para que Cruyff recuperara su pasión por el juego.


Luego de un partido amistoso en Barcelona en 1980 por caridad, Cruyff declaraba ante la prensa su deseo de volver al fútbol europeo. Se hablaba de Arsenal, Chelsea, Betis, Sevilla, Leicester y muchos otros, pero al final del día fue un pequeño y humilde equipo de segunda división de España quien lo contrató: el Levante. Aunque suene poco creíble en este punto de la historia, Johan Cruyff jugó diez partidos e hizo dos goles con los del Levante, pero la realidad es que a pesar de haber atraído masas al estadio, haber generado ingresos notorios para el club y recibir trato de estrella, su rendimiento dejó mucho que desear en la institución. Sin ganas para entrenar y ofreciendo pocos destellos de su juego a los 34 años de edad, se puede interpretar este paso en su carrera más como un favor a los directivos del Levante que realmente discutir de una etapa importante en la carrera de semejante personaje. Un periodo de su trayectoria donde se vio a un jugador sin el esfuerzo que lo caracterizaba y que dejó un sabor amargo para el club, denotando el a veces carácter soberbio del hombre y la sensación imperante de que estaba ahí por su próximo cheque. Incluso en esa temporada se permitió engalanarse la camisa del entonces descendido AC Milán en un partido amistoso en el San Siro, creando así uno de los sucesos más curiosos de nuestro deporte: Johan Cruyff vestido con la camiseta del rossoneri.

Su bizarro paso por el Levante y por la segunda división de España dejaban entrever el retiro definitivo como la única opción que quedaba entre las cartas de Cruyff, pero éste decidió retornar a Holanda con su amado Ajax en el ’81 para ayudar al equipo a ganar las siguientes dos Eredivisie y consolidar a un equipo que contaba con un joven Marco Van Basten entre sus filas. Ya cuando su contrato finalizaba en 1983, el club decidió prescindir de sus servicios puesto que lo calificaron como “demasiado viejo” para seguir aportando al equipo en el nivel que se exigía. En un arrebato de venganza, en aras de demostrar que no estaba acabado frente a sus antiguos patronos, portó la camiseta del enemigo y se convirtió en un año en eso: el enemigo. Johan Cruyff estuvo en el Feyenoord en el último año de su carrera y fue un memorable epitafio para una trayectoria sin parangón; junto a un joven Ruud Gullit, lideró al club de Róterdam a un doblete de liga y copa, además de ser el mejor jugador de la Eredivisie en esa campaña y siendo cargado en los hombros de los del Feyenoord en la celebración del título, en una de las máximas demostraciones de venganza en la historia del fútbol. Todo esto en el ’84 con 36 años de edad. ¿Cuántos jugadores pueden guiar a un equipo en lo profundo de la intrascendencia a ganar un doblete estando en el último año de sus carreras profesionales y siendo el mejor de la temporada? Y en la Copa UEFA fueron eliminados por el Tottenham de un joven Glenn Hoddle que estaba en su cúspide particular –simplemente era el nuevo rey pidiendo espacio frente a Cruyff. Para mí, éste es el mayor logro en la cancha en la trayectoria de Johan: inspirar a un club para triunfar cuando él mismo había sido catalogado como un acabado. Un final glorioso e imperial para una trayectoria llena de éxitos, pero que podemos calificar como una en la que hizo lo que deseó durante todos esos años –vivía y jugaba para sí mismo.

Futbolísticamente, no hay mucho que pueda revelar acerca del Cruyff jugador que no se haya dicho en las últimas semanas: era un jugador multifacético, capaz de adaptarse a cualquier posición del campo brillantemente y dotado de una capacidad y talento para desmarcarse, gambetear y definir frente al arco rival como si fuera un delantero centro de aquellos. Tácticamente, Cruyff era el futbolista total y el profeta máximo del ideario holandés del “todos atacamos y todos defendemos”; el que podía hacer funcionar a todo un sistema y romper los paradigmas que el mismo establecía con sus arrebatos repentinos de genialidad. Bajo la tutela de Michels, fue el primer gran falso nueve y uno que gozaba de libertad absoluta en la cancha; podía retroceder al puesto de contención y distribuir desde ahí, organizar desde la salida de la defensa como un líbero o desbordar con su técnica depurada como un extremo endemoniado –era así de bueno. Era el crack en las sombras y la estrella en un solo hombre; uno de los pocos jugadores en este deporte que no pueden ser copiados o imitados.


Simplemente, Johan Cruyff como jugador fue un fuera de serie que dominó los 70s como el mayor exponente futbolístico de esa generación y se erigió como el baluarte principal de una idea de que el balompié podía ser mucho más visionario y avanzado si se tomaban riesgo antes inusitados y si se perdía el temor por motivo de conservadurismo. Millones de personas e incontables jugadores han sido influenciados por las jugadas de un Johan que enamoró con su juego, entre sus más altos exponentes siendo Eric Cantona o Emilio Butragueño, quienes lo han catalogado como su referente futbolístico absoluto. Era una combinación idílica entre genio, inteligencia y capacidad de convertir el fútbol en un tema artístico.

Cuando anunció su retiro en el ’84, todos sabían que volvería al deporte como entrenador. El fútbol era todo su ser y no podía vivir alejado del mismo. Comenzaría en la segunda mitad de los 80s una etapa de su vida en la que sería igualmente influyente como jugador. Pero ésa es otra historia…

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lunes, 30 de noviembre de 2015

Fichajes Estrellados: Rivaldo al Milan.



El enemigo había regresado a su casa y esta vez no iba a librar una batalla campal siendo mucho mayor que en aquella ocasión. Ya no era el de antes. Sí, si lo intentaba de nuevo, lo más probable es que tuviera oportunidades de ganar una vez más, pero ya no se trataba de supremacía sino de coexistir y este rey, agotado por sus conquistas, necesitaba de nuevos horizontes y nuevos reinos –por lo que se engalanó las ropas de un imperio rojo y negro para alejarse de aquel tirano.

En el verano del 2002, cuando el brasileño Rivaldo, uno de los mejores futbolistas por esos años –para algunos, el mejor-, retornó a su Barcelona luego de erigirse como campeón del mundo en Corea Japón 2002, la sorpresa que se debe haber llevado al estar una vez más cara a cara con su némesis, Louis Van Gaal, debió haber sido memorable. El holandés y él ya habían tenido su guerrilla personal en el pasado; pero ya los tiempos habían cambiado, los dos estaban un poco más viejos y afectados por sus vivencias, por lo que ninguno tenía la fuerza para batallar una vez más por la supremacía del Camp Nou. Algunos lo vieron como un destierro, pero el cese del contrato de Rivaldo del Barcelona debe ser visto como la máxima prueba de que Van Gaal y el brasileño ya no querían más pleitos –simplemente reconocieron estar hartos uno del otro. Y así llegó a Milán.


Sin ofender a mis lectores rossoneros, el club italiano ha adoptado desde comienzos del siglo una mentalidad de equipo de fútbol que recluta estrellas en declive para darles una última gran oportunidad, lo que ha conllevado a una gestión deportiva bastante defectuosa; así tenemos casos de jugadores como Stam, Emerson, Redondo, Cassano, Robinho, Ronaldo, Ronaldinho, Torres o algún otro que me dejo en el tintero que nunca recuperaron su mejor forma y fueron gastos innecesarios para la institución. Uno de los muchos motivos por el cual el club italiano ya no se halla en la palestra de primer nivel en el fútbol mundial. En el caso de Rivaldo, puedo entender la razón de su contratación; después de todo, éste era un jugador que venía de brillar en el Barcelona y que había tenido una actuación fenomenal en el Mundial del 2002 como uno de los mejores del torneo –era una apuesta que no tenía mucho riesgo si sumamos a esa ecuación que el brasileño llegaba con la carta de libertad y dispuesto a bajarse el sueldo. Valía la pena el intento, ¿verdad?

Si miramos atrás al 2002, habían pocos equipos en el mundo que fueran superiores en materia de nómina y con un entrenador que comenzaba su senda triunfadora como Carletto Ancelotti. Un plantel que contaba con jugadores como Maldini, Seedorf, Nesta, Pirlo, Gattuso, Inzaghi, Shevchenko, Redondo, Rui Costa, Costacurta y un par más era uno en el que un crack de la talla de Rivaldo podía adaptarse a gusto y demostrar su incuestionable calidad. Pero no fue así. Rivaldo arribó a una Serie A que era el torneo más competitivo del mundo por esos años y donde la exigencia física lo hizo caer en varias lesiones prematuras, además de una adaptación al rigor táctico que no era tan tenso en España –cosa que su compañero en el Barcelona y ex-Milan, el holandés Patrick Kluivert, había advertido cuando fructificó su traspaso. La cosa había empezado bien con el brasileño demostrando mucho entusiasmo en su nuevo equipo en las primeras ruedas de prensa; pero la cuestión comenzaría a ser una espiral descendente en lo que significaría el ocaso de la carrera del otrora Balón de Oro como jugador de clase mundial.


Y ese ocaso se originó, principalmente, por los temas fuera de la cancha. Sí, le costó mucho en lo futbolístico adaptarse a la liga italiana, pero su relación con el entrenador no fue la idónea y, para hacer los asuntos peores, lo dejó su esposa poco después de unirse al equipo del “Diabolo”. Rivaldo estuvo en una tormenta perfecta en su primer año con el Milan a pesar de haber ganado una Coppa Italia y una Champions; fue la temporada en la que más jugó de las dos y se le vio apagado, sin energía y sin chispa. Un jugador que transitaba la cancha con desgaña y sin desparpajo; no tardó mucho en que Ancelotti apostara por Rui Costa en ese puesto y el portugués rindió mucho mejor. El brasileño dijo en una entrevista por esos tiempos que hizo en su país que cuando Ancelotti le hablaba en los entrenamientos, sabía que iba a jugar; si fuera al revés, sabía que no estaría ni convocado. Poco a poco su estrella se fue apagando y como el equipo estaba funcionando bastante bien, no mucho le prestaron atención a su bajo rendimiento y en su segunda temporada, donde hasta el propio Paolo Maldini le exigía un poco más en la pre-temporada, jugó solamente un partido en todas las competiciones y rescindió su contrato en diciembre para irse al Cruzeiro de Brasil en enero.


Éste fue, mirando en retrospectiva, un ejemplo arquetipo de lo que es un fichaje estrellado y poca repercusión ha tenido con el pasar de los años –lo que me parece un tanto irracional cuando estamos hablando de unos de los mejores jugadores de los últimos treinta años en uno de los clubes más grandes del mundo. La relación entre Rivaldo y el Milan fue entorpecida por múltiples factores que hicieron de ésta una unión destinada al fracaso; así imperaron temas de egos, malas decisiones de ambas partes y el hecho de que tal vez la Serie A no era el mejor lugar para el crack carioca. Aunque siendo justos, otra forma de mirar este traspaso es como la transición de Rivaldo de un jugador top a uno que es un veterano de buena calidad; el momento en que se convirtió en una “vieja gloria”, sin ánimos peyorativos, y que debía adaptarse a nuevas costumbres. Luego de su retorno a Brasil, jugaría en Grecia por muchos años y cuajaría actuaciones para nada desdeñables, jugando Champions League en el proceso. Al final del día, este fichaje fue un fracaso en lo deportivo y es una pieza más de ese amplio rompecabezas que es el retiro de cracks llamado AC Milan. Y ni les cuento cuando en su segunda temporada llegó un chico con cara de niño bueno llamado Kaká; ahí Rivaldo dejó de existir para el hincha milanés.

El enemigo había regresado a su casa y esta vez no iba a librar una batalla campal siendo mucho mayor que en aquella ocasión. Ya no era el de antes.

lunes, 3 de agosto de 2015

Pasados Posibles: Alexandre Pato, de heredero a plebeyo.





Cuando comencé a ver fútbol por allá en el año 2.005, los jugadores brasileños eran la cúspide del deporte, a mis ojos. Como muchos en este planeta, estaba cautivado por la forma de jugar tan particular que ostentaban los brasileños en su estilo; algo tan libre de complejos y dotados con un talento insospechado para hacer lo imposible de una manera tan peculiar y única. Siendo un niño impresionable de diez años, vivir en las mejoras épocas de Ronaldinho, Juninho, Kaká, Adriano, Robinho, o incombustibles como el gran Roberto Carlos y el eterno Ronaldo, es entendible decir que fui un privilegiado al poder ver a esa plétora de súper dotados en sus respectivos puntos de ebullición. Y a pesar de que ese gran seleccionado brasileño no ganó ese Mundial de Alemania 2.006 al ser eliminados por la Francia del irrepetible Zinedine Zidane, debo decir que ese equipo de cariocas me marcó mucho, y representan un concepto preciosista del fútbol que ya es bastante escaso en la actualidad. Bueno, debo de decir que hoy en día no soporto al seleccionado brasileño y pienso que han sido víctimas de un proceso de deterioro en su fútbol entrelazado con enaltecimientos innecesarios a sus prospectos y apoyar un sistema pragmático de juego que ha quemado los cimientos de soporte del habilidoso o el técnico en pos de conseguir éxito instantáneo. La selección brasileña del Mundial de 2.014 entrará a la historia como no sólo una de las peores selecciones que se ha visto en los tiempos recientes, sino también como la conflagración absoluta entre el concepto de lo que el fútbol brasileño debería ser y lo que ha acabado siendo: una mezcla bizarra entre el pragmatismo europeo de antaño –porque en Europa ya no se apuesta a eso y han evolucionado- y retazos de lo que una vez fue Brasil. Y es que el país ya no tiene talento, señores; Neymar, la susodicha gran figura y crack de la cinco veces campeona del mundo, no hubiera llegado siquiera a la banca de la selección del 2.006 y es dueño de unas actitudes que uno asemejaría más al malcriado de Justin Bieber que al futbolista icónico de esta generación. En una época carente de talento y de vistosidad, ha habido un sinfín de jugadores brasileños que fueron publicitados desde sus imberbes comienzos que fueron ardiendo poco a poco hasta quedar en meras cenizas de las expectativas. Hay muchos jugadores que no despuntaron por el simple hecho de no tener las condiciones suficientes o porque realmente no tenían el suficiente talento y carácter para sobrellevar la presión. Casos hay muchos como los que acabo de describir, pero el de Alexandre Pato, al menos para un servidor, es uno de los más curiosos en la época reciente del fútbol mundial. Un jugador que de verdad lo tuvo todo para brillar e incluso estuvo varias veces a punto de tomar vuelo, pero que parecía siempre anclado por distintos factores.


La carrera de Pato había comenzado en el Internacional de Porto Alegre en el ya lejano 2.006 con tan solo 16 años de edad. Apodado así por su pueblo de origen (Pato Branco), el entonces menudo delantero era visto como uno de los mayores caudales de talento ofensivo que se habían atisbado en épocas recientes de Brasil; algunos incluso comparaban su ascenso con el de Ronaldo en el Cruzeiro, trece años antes. Era entendible el porqué: Pato despuntaba en los torneos Sub-20 compitiendo contra muchachos cuatro años mayores que él, y consiguió su debut en los torneos mayores con el Inter de manera rápida –y con goles incluidos, cabe mencionar. Luego de ganar la Libertadores ese año, nuestro protagonista anotaría en los partidos de ida y vuelta de la Recopa Sudamericana contra Pachuca de México, consiguiendo así el título. En el proceso, ganaría fama internacional por sus partidos en el Mundial de Clubes, torneo que ganarían a expensas del Barcelona de Ronaldinho, Eto’o, Deco, Messi y muchos otrs –ahí Pato ganaría interés por parte de la crema innata de Europa. Como dato curioso, cabe destacar que Pato se volvió el jugador más joven en jugar un torneo internacional de la FIFA a sus 16 años, superando de esta manera al mismísimo Pelé. En cierta forma, él fue uno de los primeros talentos realmente precoces en conseguir la atención de equipos como Real Madrid o el AC Milán para comandar su ataque a las primeras de cambio; una transición en el mercado que está encontrando su cumbre en nuestros tiempos con los casos de jóvenes como Martin Odegaard o Raheem Sterling que ya son promocionados como cracks mundiales y ni llegan a los 21 años de edad. Y así como Pato fue uno de los primeros en iniciar esa tendencia con tantos logros colectivos y un buen hacer frente a las redes, sería de los primeros en sufrir sus vicisitudes con su traspaso a Millanello. Los rossoneri le esperaban.


Era un fichaje algo atípico para un Milán y un Berlusconi que estaban convirtiendo al club en un geriátrico –sin ofender a mis lectores hinchas del equipo- con contrataciones como Emerson o el propio Ronaldo, pero Pato despertaba una llama de interés e intriga entre los aficionados al ver a un delantero tan joven y desconocido arribar como el fichaje de la temporada del entonces campeón de Europa, venciendo en el proceso al Chelsea en la contienda por su ficha. Por temas de regulación de menores de la FIFA, Pato tendría que esperar su debut hasta Enero de 2.008. Pero les aseguro algo a quienes no lo vieron jugar en sus comienzos: Pato valía la espera. Era poseedor de una potencia y una velocidad tan demoledoras que traía reminiscencias al mejor Ronaldo de los 90s; para ser tan joven, estaba capacitado para hacer jugadas y goles dignos de los más experimentados –tenía ese factor X con el que se nace y que no puede ser obtenido. Debutaría en ese mes de Enero en una derrota 2-5 contra el Napoli, pero el de Pato Branco encandilaría al San Siro con una actuación remarcable jugando en un triunvirato carioca con dos leyendas como Kaká y Ronaldo –lo que debió haber significado para Pato debutar con semejantes leyendas. Aunque era tan pequeño, cosechó un gol y ocho más durante el transcurso de esa campaña, dejando muy buen sabor de boca a todos los involucrados con el Milán porque sentían que su bebé, su pequeño diamante en bruto, tenía el potencial para brillar aún más que las mismísimas estrellas. Y tenían razón… en parte.


En años subsiguientes, se podría atestiguar el crecimiento de Alexandre como uno de los delanteros más letales y con mayor proyección entre la juventud futbolística de Europa. El periodo que se encapsula entre 2.008 y 2.011 marcaría la época del Pato más prolífico frente al arco rival: no haría menos de diez goles en ninguna de las tres temporadas respectivas con el Milán durante esos años, e iría ganando en jerarquía en la delantera del club y su cuerpo iría ganando enteros para convertirse en un portento físico. Entre esas actuaciones, sobresaldría una victoria 2-3 en el 2.009 contra el Real Madrid en el mismísimo Bernabéu, donde Pato anotaría dos goles que significarían la victoria y el hundimiento de un equipo merengue que contaba por entonces con las flamantes adquisiciones de Cristiano Ronaldo, Xabi Alonso, Benzema y su una vez compañero, Kaká. En ese 2.009 sería votado como el mejor jugador joven de la Serie A, siendo el primer brasileño en conseguir ese galardón. Cada vez estaba más cerca de cumplir su potencial con muchas muestras de su explosividad y vertiginosidad, pero el problema era que nuestro protagonista estaba maldecido con un horrendo calvario de lesiones musculares y la temporada 2.008/09 sería la única donde jugaría más de treinta partidos en Italia. Sí, seguía haciendo goles y rindiendo muy bien, pero en algunas de esas lesiones se recuperaba rápidamente para volver y eso dañaba sus músculos, en una línea similar a lo que le sucedió al holandés Robin Van Persie en su época en el Arsenal.


Si sumamos a la ecuación las diferentes aventuras románticas y fiesteras de Pato en su época italiana, podemos entender que su cabeza no terminara de asentarse y que no cumpliera su potencial. El brasileño comenzaría una relación amorosa con la hija de Berlusconi, Barbara, en 2.010, lo que le abriría las puertas a la alta sociedad de Italia y a todas sus tentaciones. Esta relación haría que en algunos sectores de la prensa –y del vestuario del club- lo apodara “El heredero”. Lastimosamente, y a pesar de haber ganado un Scudetto siendo un participe importante en esa misma temporada, Pato comenzaría el año entrante con un declive importante en su rendimiento a causa de una seguidilla de lesiones musculares que detendrían su progresión y más bien lo integrarían a un proceso de regresión futbolística del que todavía no se ha recuperado. Las dos últimas temporadas de Pato en el Milán se verían ultrajadas por un periodo de lesiones, dramas extra cancha y otros factores que desviaron su atención de lo que realmente importaba: el fútbol. Cabe mencionar aquí la postura del club milanés que siempre lo apoyó y apostó por él en sus momentos más precarios: por Enero de 2.010, habían rumores incesantes de que Ancelotti quería reunirse con él en el Chelsea, pero el club dio una negativa rotunda. Exactamente dos años después, sería el París Saint Germain, con su entonces nuevo proyecto multimillonario, quienes quisieran llevárselo por 25 millones de Euros, pero Pato pidió otra oportunidad para demostrar que se había recuperado de sus dolencias y que iba a recuperar su mejor nivel. El club aceptó, pero el mejor Pato jamás volvió. Era una historia de amor que no tuvo el final feliz que todos deseaban. Un año después, con ambas partes inmersas en el peor periodo deportivo respectivamente, el diamante en bruto se marcharía al Corinthians de Brasil por quince millones de Euros.


Nuestro protagonista necesitaba un cambio puesto que en la selección no estaba siendo considerado por Scolari y deseaba jugar el Mundial que se fraguaba en su país, así que unirse al entonces campeón de la Libertadores y del Mundial de Clubes parecía una oportunidad bastante loable para recuperar su mejor nivel y así conquistar el territorio perdido. No fue tal el caso. Entre encontronazos con el entrenador y un rendimiento paupérrimo en el club, Pato fue cedido posteriormente al Sao Paulo al no ser necesitado por Mano Menezes, el nuevo entrenador del Timao, y para conseguir al mediocampista del otro equipo, Jadson; en el Corinthians lo ven como un estorbo hoy en día y lo han catalogado como “la peor contratación en la historia del club”. Como en todos lados, se esperaba mucho de él pero entre su bajo rendimiento, las siempre incesantes lesiones y temas personales como su separación con Barbara, pareciera que nuestro protagonista no estaba en la mejor forma para recuperar su nivel. Interesantemente, Pato hablaría por el 2.014 acerca de cómo en los entrenamientos del Milán se hacía demasiado trabajo físico en poco tiempo y que era prácticamente imposible estar en óptimas condiciones con el esfuerzo que eso conllevaba; dijo eso en pleno auge de lesiones durante los últimos meses de Allegri en el Milán, donde el equipo sufría un sinfín de lesiones. Tal vez algo de verdad había en eso.

Todo eso y estamos hablando de un jugador que está cerca de cumplir apenas 26 años de edad. Sin ánimos de sonar como un optimista sin remedio, pienso que Pato aún tiene tiempo para retomar su carrera y cuajar un par de años buenos. Fuera del Mundial de 2.014, se pudo comprobar que entre delanteros mediocres como Fre o Jo, Brasil necesita de explosividad y talento en la delantera –algo que sólo Neymar aporta hoy en dí. Pato puede proveer eso si tan sólo enfocara su cabeza en el deporte. En los últimos meses con Sao Paulo ha hecho muchos goles y ha tenido su mejor temporada desde la 2.010/11 con el Milán. Eso es bueno; eso es progreso. Ya ha dejado entrever que le gustaría volver próximamente a Europa y volver a jugar en la Champions; es muy probable que un club de altas esferas no se esfuerce en contratarlo, pero con rumores de equipos con proyectos interesantes como el Crystal Palace o el Sunderland –quienes se han mostrado receptivos a la idea de ficharlo-, el de Pato Branco tal vez pueda, finalmente, conseguir esa consistencia que se ha diluido con el pasar de los años. Hoy, más que nunca, la responsabilidad recae sobre sus hombros.



Pato representa para mí uno de los últimos estertores de una generación de talento brasileño que jamás volverá. O al menos no en el futuro cercano. Sumergidos en un océano de prepotentes como Neymar y jugadores sin talento como Fred o Paulinho, el fútbol brasileño necesita de jugadores que generen emoción y adrenalina al juego con ese toque tan especial y brillante que ostentaban los cariocas en su apogeo –el que ostentaba Pato en sus momentos de genialidad. Y es que éste es el caso de un jugador que emanaba esa aura de crack imbatible que hacía lo que le viniera el gana, como puede ser comprobado en aquel gol imperial al Barcelona de Guardiola que era el mejor equipo de ese entonces, frente a los miles de ojos del Camp Nou, y donde Pato se quitó de encima a los cuatro defensores de forma pasmosa y encaró con temple a Valdés para anotar como un delantero con mil partidos de experiencia. Guardiola diría en el post partido que ni Usain Bolt hubiera podido frenar a Pato en esa jugada. En su plenitud, te hacía recordar al mejor Ronaldo. En sus peores momentos, te hacía recordar a una versión trágica de Balotelli. Perspectivas, supongo. Yo no sé, sinceramente, lo que será de la carrera de Pato; lo que sí sé es que él fue uno de los últimos talentos verdaderos que surgieron del cinco veces campeón del mundo. Y reitero: sólo tiene 25 años. En sus hombros descansa la gloria eterna y pretérita de algunos de los mejores jugadores de todos los tiempos; eso no puede tomarse a la ligera. Lo único que sé es lo siguiente: aún nos faltan algunos episodios en esta historia. La historia de un heredero que se convirtió en plebeyo.