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domingo, 17 de julio de 2016

Así lo veo, Ken: Portugal, el vivo espíritu de Francia 2016.



“Los hombres desprecian lo que no pueden comprender.”
- Johann Wolfgang von Goethe

Y así, de la nada y como quien no quiere la cosa, Portugal es el campeón de la Eurocopa Francia 2016. En quizás el torneo más extraño que un servidor haya podido observar en mucho tiempo, los lusitano supieron imponerse a la anfitriona en una final algo carente de contenido futbolístico, pero rebosante de emotividad. ¿Quién entre nosotros no se vio invadido por el asombro, la incredulidad, o hasta incluso por la risa, al ver el gol de Eder y la celebración de un equipo portugués en pleno éxtasis? Se puede argumentar y hasta criticar la falta de talante ofensivo de Portugal, pero hay que dejar algo en claro: este equipo encarna a la perfección el espíritu de Francia 2016 y lo que se vivió en este torneo tan irregular.


Si lo vemos desde el punto de vista del aficionado –que es lo que somos, al final del día-, esta Eurocopa fue bastante aburrida. En este verano galo no hubo ningún favorito en la plenitud de sus poderes ni ningún equipo para el recuerdo por su estilo de juego vistoso; más que todo, se tienen partidos puntuales y en su mayoría el entretenimiento escaseó y rara vez se veía a las dos escuadras que estaban jugando tratando de ir a ganar el equipo con una propuesta más beligerante. Si me lo preguntan, aparte del histórico triunfo portugués, esta Euro deja para el recuerdo la más que palpable ineptitud de Wilmots para aprovechar a la Bélgica con más materia prima futbolística en toda su historia; el enésimo fracaso inglés –sus constantes eliminaciones tempraneras me permitirían escribir un artículo de veinte páginas-; la caída definitiva de España como referente futbolístico mundial; y la autodestrucción de Alemania en las semifinales que me pareció digna de los peores momentos del Arsenal. Ningún equipo llegó pleno –o al menos eso nos demostraron sus actuaciones- y todas las potencias parecen estar envueltas en un proceso de renovación –incluso se puede decir lo mismo de Portugal, si notamos el ascenso de varios jugadores jóvenes en su haber.

En un torneo donde abundaron las decepciones, los partidos de corte conservador y en el que las selecciones candidateadas al título no cumplieron con su potencial, fueron los pequeños, los susodichos “débiles”, los que se robaron el show y dieron la talla en la Eurocopa. Por supuesto, las memorables actuaciones colectivas de Gales e Islandia fueron las más comentadas; pero no hay que dejar de lado las participaciones de las dos Irlandas, el buen juego de los húngaros o una Polonia que probó que pueden complicarle la vida a cualquier rival; solo hay que revisar su performance contra los alemanes cerrando sus espacios y jugando de forma proactiva para hacerles daños.


Tal vez la única de las favoritas que dio un paso al frente en relación a su historia fue Italia. Y digo “tal vez” porque las críticas recibidas por la otrora selección de Antonio Conte por la susodicha falta de calidad de esta Azzurra auguraban un torneo desastroso para ellos pero, seamos sinceros, ¿cuándo Italia ha hecho algo como favorita? Estos sujetos se crecen en la desgracia y cuando peor están las cosas. Esta generación de jugadores italianos muy veteranos se basó en la solidez defensiva como sus ancestros les enseñaron, un colectivo altamente compenetrado y un entrenador que hizo gala de sus dotes de motivador y su capacidad de extraer lo mejor de cada uno de sus futbolistas. Jugadores como Graziano Pellé, Marco Parolo, Emanuele Giaccherini o el brasileño nacionalizado italiano, Eder, fueron objetivos de las burlas, críticas y escepticismo de la media y el público previo al comienzo del torneo pero, en típico estilo italiano y envueltos en un sistema táctico que antepone el colectivo al individuo, se mostraron a la altura de la circunstancias y, tras sendos partidos contra Bélgica y España, fueron solamente eliminados por los campeones del mundo (Alemania) en una tanda de penales insólita. Probablemente hayamos sido testigos de la Italia más italiana, valga la redundancia, de los últimos tiempos y lo hicieron con un amor propio y una garra que les hace merecedores de todos los halagos que reciban de aquí en adelante.


Por el otro lado, se tiene a la anfitriona, Francia, quedándose en las puertas de un éxito clamoroso y conquistar la competición en su propio país; un logro que, aunque decepcionante, debería ser suficiente para dejar una buena imagen, pero la realidad es que la gran mayoría de los galos sienten un cierto grado de desilusión con este plantel francés y yo debo concordar con ellos. ¿Por qué? Porque con una plétora de talento para crear tres selecciones de gran nivel y con ya un Mundial de experiencia en el haber de este equipo de trabajo, la selección francesa nunca se vio a gusta en la cancha durante largos intervalos de la Eurocopa, no supo aprovechar a sus anchas a muchos de sus cracks –Pogba, Martial, Coman, Matuidi, entre otros- y se vieron totalmente dependientes de las genialidades que se inventaran Payet o Griezmann durante los partidos. Aunque todos los involucrados tienen su culpa respectiva, la más significativa cae sobre Deschamps puesto que sus decisiones tácticas casi siempre tendían a ser en detrimento del equipo y pecaban de ilógicas y eso se pudo atestiguar desde el principio cuando dejó por fuerza a Kevin Gameiro y a Alexandre Lacazette a favor de André Pierre Gignac (aunque reconozco que es fácil hablar con el resultado en mano). Y en la final se terminó de demostrar la falta de sapiencia del una vez capitán de Francia al jugar con Pogba como mediocentro defensivo teniendo a Kanté y a Schneiderlin en la banca –un mediocampista de corte y recuperación hubiera dado más libertades a Matuidi y el propio Pogba para que hicieran lo suyo-, desperdiciar un cambio haciendo entrar a Gignac por Olivier Giroud cuando son el mismo perfil de delantero –hizo esto durante toda la Euro y no se tradujo en resultados en ningún momento- e introducir a Martial y a Coman en instancias muy tardías del partido (en especial a Martial) y, para empeorar la situación, los hizo entrar en detrimento de Payet, quien siempre es capaz de marcar diferencias, y de Moussa Sissoko que estaba siendo el mejor de Francia hasta ese momento –eso último debería dejar en claro el muy mal sabor de boca que le deja a los franceses el haber perdido una final en su país contra un Portugal sin Cristiano Ronaldo desde los primeros minutos del partido.

Y hablando de Portugal, ¿dónde dejamos al nuevo campeón en esta conversación? Pues hay que decir que, a priori, la selección lusitana no era favorita o candidata al título en absoluto –quien diga lo contrario es un mentiroso o un fan irredento de Cristiano Ronaldo. Indiferentemente de todos los reflectores que se pueda llevar el astro portugués del Madrid, hay que decir que esta selección no se basó en el aporte de CR7 sino en el trabajo grupal y una habilidad que es muchas veces poco apreciada: la habilidad de aceptar el sufrimiento. Cierto, el fútbol practicado por Portugal fue altamente pobre en producción ofensiva, la mayoría de sus partidos fueron un somnífero y tiraron de la prórroga más veces que yo del WiFi de mi casa. Pero, ¿saben qué? Hay un mérito en eso y está en la comprensión del conjunto de Fernando Santos de que el sufrir en los partidos y ganar con el cuchillo entre los dientes puede ser un camino al éxito; entendieron el mismo concepto que pregonaban los griegos en el 2004 o, recientemente, el Atlético de Simeone: que se puede ganar siendo un rival incómodo que prefiere neutralizar la propuesta del rival que ser el equipo que dé el primer paso; eso muchas veces es categorizado como “jugar mal”, pero tiene su planificación y es tan difícil como proponer un estilo vistoso y beligerante. Como los ejemplos acotados, ganaron de una forma que incomodará a una sociedad futbolística que todavía está atascada en el 2010 con España, el Barcelona y Guardiola; hay muchas opciones de juego en el fútbol y el verdadero conocimiento radica en apreciar esas vertientes por lo que son y saber utilizarlas a sabiendas del talento del que se dispone. De eso se trata ser un entrenador y eso lo ejemplificó Fernando Santos en esta Eurocopa.


En lo referente al rendimiento individual, no ahondaré en la actuación de Cristiano; pienso que mucho ya se ha dicho de su actualidad y prefiero usar mi energía para evitar que todo gire en torno a un solo jugador en circunstancias como ésta. El elenco portugués que conquistó Europa, como dije anteriormente, podría catalogarse como que uno que pasaba por un periodo de transición y que tenía una pintoresca variedad de activos: viejos zorros de la selección como Pepe –quien estuvo pletórico esta temporada-, Ricardo Carvalho, Bruno Alves e incluso podríamos agregar aquí a Cristiano Ronaldo, Joao Moutinho y Rui Patrício; sangre nueva que dio resultados variopintos en la forma de Renato Sanches, Joao Mario, André Gomes, Adrien Silva y Raphael Guerreiro; además de jugadores que se hallaban un tanto a la deriva como Nani –su torneo lo revalorizó y lo hizo fichar por el Valencia-, Ricardo Quaresma –quien obtuvo una suerte de revancha en su inconsistente carrera- o el héroe inesperado de la historia, Eder. Éste no era, en papel, un equipo capacitado para ganar la Eurocopa y hay que reconocerles la capacidad de sufrir, de arañar resultados y soportar todo lo que les lanzaron hasta ese momento en el que Eder se convirtió en leyenda en París.

En un torneo de inconsistentes, el equipo más consistente fue Portugal en su línea pragmática y sacrificada. Estos lusitanos probablemente no inspiren poesía a los futuros escritores de fútbol y tal vez no sean esos ídolos que inspiren a millones de niños a dedicarse a esto (exceptuando en su país, claro está); pero también hay un espacio en el deporte para los que batallan, lo dan todo y deben sudar hasta la última gota para conseguir sus metas. A Portugal no le sobró nada en este torneo; todo lo consiguieron al límite y extrayendo fuerzas de lugares impensados. Lo suyo es una demostración de que muchas veces nos encasillamos en las ideas elitistas de que un campeón debe ser el equipo que juegue de manera más atractiva –hay que diferenciar entre jugar bien, que es conseguir resultados, y jugar vistoso, que es practicar un estilo ofensivo y preciosista- y el que ostente los mejores jugadores; salvando las distancias, el Leicester hizo lo mismo esta última temporada en la Premier. Son el espíritu viviente de la Eurocopa Francia 2016 porque encarnan esa incomodidad, esa garra y ese pragmatismo que caracterizó este torneo y, de una forma algo torcida, hay una cierta belleza en eso: en el hecho de que, a punta de resultados apretados, prórrogas y eventos desafortunados como la lesión de Cristiano, supieron imponerse con un gol de un delantero que, para citar a Rubén Capria, no está ni en el Top 10.000 de Europa. Porque como he estado escuchando desde que veo fútbol: “Portugal nunca ha tenido buenos delanteros, exceptuando a Eusebio y Pauleta”. Cierto, pero tienen a Eder y Eder vale una Eurocopa.

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sábado, 7 de febrero de 2015

Pasados Posibles: Ricardo Quaresma.



Todos amamos al rockero desenfrenado de encanto rebelde. Todos los hombres queremos ser él y todas las mujeres quieren estar con él. Parece existir una atracción extraña e inentendible acerca de eso. Aunque bueno, tampoco podemos catalogarlo como un gran misterio: las personas tendemos a sentir atracción de aquellos individuos que parecen romper los moldes, alterar los paradigmas y jugar con las reglas del sistema a su antojo. Es difícil no sentir interés por una persona así. Llevando este tópico a ámbitos futboleros, podemos decir que esa rebeldía es transmitida y portada por esos jugadores que no parecen estar carcomidos y resentidos por la evolución táctica de los últimos tiempos; esos pocos elegidos que sobreviven anteponiendo una gambeta descarada, un regate instintivo o la jugada del gol imposible a los típicos patrones que la gran mayoría de los “jugones”, como dicen en España para definir a un gran jugador, parecen utilizar. Pero, así como las temporadas cambian, los idilios con la rebeldía y la beligerancia tienden a disiparse con el pasar de los años hasta decaer en una época donde se mira con cierto arrepentimiento a la imprudencia con la que se vivió y uno desearía haber transitado los senderos pasados de una manera diferente, aunque esto último no sea para nada recomendable. Parafraseando a Pink Floyd: y un día te dicen que diez años están a tu espalda. Las personas vivimos por épocas, quemamos etapas, y no podemos quedarnos congelados en la eternidad vacía de un momento. La juventud eterna jamás ha existido y, en caso de que no me crean, pregúntele a quien quizás fue el mayor caudal de talento de Portugal en una generación que incluía a Cristiano Ronaldo: Ricardo Quaresma.



Mirando en retrospectiva la carrera de la estrella lusitana del Real Madrid a sus comienzos como un vigoroso y regateador extremo derecho del Sporting de Lisboa es bastante sencillo pensar que todos los ojos estaban en él, que todos sabían que su futuro era el de un Crack mundial y que el Planeta Fútbol estaría a sus pies luego de ver su técnica para pasar rivales, su regate a corto y a largo plazo y poseedor de una velocidad endemoniada. Pero muchos olvidan que por ese momento –estamos hablando del 2.003- había otro juvenil de la prolífica cantera del Sporting que sobresalía con Cristiano por las bandas –éste jugaba por la izquierda en un tándem letal- de nombre Ricardo Quaresma. Siendo casi dos años mayor que el futuro Crack portugués, Quaresma sobresalía con algunas jugadas y rasgos que eran reminiscentes a Cristian: gran velocidad, una técnica depurada y un regate brutal a la hora de pasar rivales con jugadas individuales, además de ya haber ganado una liga portuguesa en el 2.001 con apenas 17 años y siendo influyente en la consecución del título. Con una generación de oro, liderada por el gran Luis Figo, llegando a pasar por el natural cambio generacional, Quaresma y Cristiano eran tomados en alta estima para ser los próximos baluartes de su país en materia de fútbol y los más grandes equipos en Europa se batallaban las fichas de ambos. Famosa la anécdota del fichaje de Ronaldo por el Manchester United donde Sir Alex Ferguson no estaba seguro de a cuál de los dos fichar puesto que eran bastante similares y podían tener las mismas posibilidades de triunfo. Pero al final tomó la decisión correcta ya que bajo su tutela Cristiano se convertiría en uno de los jugadores más sobresalientes y excepcionales del Siglo XXI y del deporte en general. Quaresma, por el otro lado, ficharía por el Fútbol Club Barcelona ese mismo año por consejo de su agente, el reconocido Jorge Mendes –personaje clave en la historia de Ricardo- donde Frank Rijkaard comenzaba a reestructurar un equipo que llevaba años de bajo rendimiento y necesitaba de una nueva generación de jugadores para darle vuelta a esto, con Ronaldinho como principal participe y figura. Quaresma llegó como un joven prometedor, pero jamás supo rendir en los primeros partidos que empezó de titular hasta que el entrenador holandés, paulatinamente, comenzaba a perder confianza en él y a sentarlo en el banquillo en detrimento al progreso del lusitano. Eso, obviamente, menoscabó el paso de Quaresma en esa efímera etapa en el Camp Nou –duró un año- mientras que su compatriota y amigo comenzaba a ganarse el cariño y admiración de los de Old Trafford. Y es que la carrera de Quaresma, fuera en sus ínfimos altos o en sus usuales bajos, siempre se vería comparada y contrastada con la de un individuo con el que siempre se veían paralelismos, pero muy pocos notaron las vitales diferencias que explicaré más adelante.




Falto de confianza, con un juego claroscuro en Camp Barça donde las oportunidades no sobraron –su rendimiento tampoco tentaba a darle más minutos- y una lesión en la segunda mitad del año que lo privó de jugar con su selección en la Euro del 2.004 en la que eran anfitriones, el prometedor extremo retornó a su país natal ese mismo año para unirse a los recientes campeones de la Champions League, el Oporto, que habían sido desmantelados por las ventas y necesitaba de nuevos héroes. Y el héroe había arribado: Quaresma renació de sus cenizas futbolísticas el segundo que pisó suelo conocido y respiró ese aire que le era tan familiar; “el nuevo Figo”, “Harry Potter”, había llegado a la que sería su casa en los próximos cuatros años y donde en verdad se erigiría esa figura del jugador que todos los que hemos visto jugar siempre deseamos ver: un extremo vertiginoso, de ritmo trepidante y con una capacidad de regate sobrenatural que, fácilmente y cuando se lo proponía, lo posicionaba en la cúpula de los grandes del deporte. No soy fanático de los típicos videos compilatorios de Youtube, pero les invito a ver los de Quaresma en su primera etapa en el Porto: en el Do Dragao, se vio al mejor Quaresma como el jugador más talentoso y determinante de la Súper Liga con una diferencia más que marcada; ahí quedan sus jugadas y sus goles para la más que eterna y preciosa eternidad –en especial ese golazo al Benfica en el 2.006 y donde el “Mustang” –apodado así por su velocidad y despliegue sagaz- dictó cátedra en más de una ocasión. Aún recuerdo con nostalgia su clásica “trivela” que era una pegada con el interior de su pie derecho que tomaba fuera de posición a los arqueros rivales para unos goles soberbios. No faltaban los partidos en la Champions League y ahí mostraba que ya no estaba atascado en cuanto a rendimiento se refiere como en su época del Barcelona y en el 2.008 daría el salto al Inter de Milán, equipo que acaba de contratar a José Mourinho como entrenador y venía de un tricampeonato de la Serie A. Una vez más, la mano de Jorge Mendes tomaría lugar y lo llevaría a Italia cuando el extremo deseaba jugar en el Real Madrid o en el rival de la ciudad, el Atlético, en el que era el mejor momento de su carrera y la decisión que tomara sería clave para su futuro. Pero los fantasmas de aquel pasado tortuoso con el Barcelona se alzarían una vez más y “Harry Potter” comenzaría a disiparse hasta ser una sombra opaca y lamentable del fenómeno que conquistó Portugal con facilidad; no supo adaptarse a las demandas tácticas de Mou que le pedía que retrocediera para involucrarse más con los planteamientos defensivos del equipo, pero no estaba en la naturaleza de un jugador cuyo rol era el de atacar, desestabilizar defensas y driblar en espacios cortos y largos. Era una versión de fútbol campo de un jugador callejero y eso era la antítesis de lo que un entrenador tan metódico y aferrado a sus preceptos como Mourinho buscaba. Luego llegaría una cesión al Chelsea en Enero de 2.009, pero Scolari, el entrenador brasileño que lo había pedido, fue despedido a los días de su contratación y su reemplazo, el excelso Guus Hidink, no lo tomaría mucho en cuenta. Volvería al Inter la siguiente temporada y, aunque su equipo ganaría un Triplete histórico, no lo usarían mucho hasta venderlo a la temporada siguiente al Besiktas de Turquía. La suerte estaba echada: Ricardo Quaresma estaba en el fondo del abismo y el que iba a ser un ídolo, el que iba a conquistar masas y el que iba a convertirse en un símbolo para toda una generación, no fue más que el ídolo de una minoría.


No debió ser para nada sencillo para él cuando se fue a los Emiratos Árabes para jugar con el Al-Ahli, equipo donde declararía abiertamente que no conocía y que se unió por dinero, luego de una larga y tendida disputa con la directiva del club turco además de manipulación del mencionado Mendes para que se fuera a los Emiratos- y contemplar a su otrora compañero de equipo Cristiano Ronaldo –además de amigo personal- cosechar triunfo tras triunfo con el Manchester y el Madrid como una estrella refulgente que no paraba de brillar en la noche más oscura mientras que la suya parecía apagarse hasta el punto de ser una cascara del jugador que una vez fue y una ilusión risible de lo que pudo haber sido. Y, como todos los Cracks que no cumplieron las expectativas, Quaresma contempla al culpable de su desahuciada carrera cada vez que postra su mirada en el espejo –él es el principal responsable de no haber cosechado los éxitos en una carrera que es efímera por ley y donde los merecimientos no existen y sólo triunfa el que más haya trabajado para ello; en un mundo “meritocrático”, el “Mustang” no comprendió, a diferencia de CR7, que tenía que readaptarse a lo que le pedían y que su estilo afilado y hermosamente peligroso debían ser momentos precisos y no la norma. No supo entender que debía trabajar más en otros aspectos de su juego –algo que su colega sí comprendió y lo convirtió en un goleador voraz. Tal vez exagero con él y tal vez estoy enalteciendo el potencial de un jugador que quizá, siendo perfectamente cándido con el lector, no tenía el nivel para llegar a las grandes ligas y conquistar Europa. Pero, ¿qué puedo decir al respecto? Pocos jugadores he visto en mi vida como aficionado a este deporte que me dejen a la expectativa y al borde del asiento esperando a ver qué hace. Eso hace falta estos días, ¿no creen?



Pero, ¿saben qué es lo más interesante de esta historia? Que en Enero de 2.014, despediría a Jorge Mendes para tomar las riendas de su destino y volvería a fichar por su querido Oporto y un servidor podría volver a verlo jugar luego de haberle perdido la pista hace unos cuantos años. Y la brillantez y el talento seguían ahí intactos: la técnica exquisita, las “trivelas” memorables y ese estilo tan singular que ni los mejores extremos pueden copiar puesto que es un orfebrería nacida de la calle y no de los campos. El hincha del fútbol es un romántico empedernido y ahí estuvieron los hinchas del Porto brindándole el cariño y el apoyo que tal vez nunca recibió en otros clubes y que hizo mella en su confianza. Ahora lo veo jugar y hasta se barre; se le ve más combativo e incluso es ahora, a sus 31 años, un líder de vestuario para un equipo portugués bastante joven y donde él debe hacerles entender que, si no aprovechan y se dedican, todas las promesas que se hicieron con tu nombre se disiparán y el que quedará para pagar las deudas serás tú. La vida es un cofre de misterios oscuros y nunca sabremos lo que pudo haber sido de Quaresma con un poco más de dedicación o si su agente no hubiera sido tan influyente en su destino, pero ahí sigue en la Súper Liga portuguesa deleitando al presente con sus gambetas, con sus regates y mostrando los retazos que quedan de su carrera para el único equipo que supo defender. Lo que vi yo fue a un jugador que, cuando le ha dado la reverenda gana, hace lo que se propone en el campo con una facilidad pasmosa y demuestra que lo suyo no es trabajo ni dedicación, sino que es poseedor de un talento sin parangón y que incluso el propio siete del Madrid, ni en sus mejores días en el United, podría igualar. Así de seguro estoy de lo mucho que prometía Quaresma, pero en la vida no se consigue gloria a base de brillantez cruda y mal direccionada. Muy atrás quedó el hermano perdido de Cristiano Ronaldo y es una lástima contemplar que tanto talento fuera desperdiciado, pero en la infinidad de oscuras realidades que circunden este mundo, ésta no es más que una raya más para un tigre. Les recomiendo seguir sus partidos con el Porto estos días que está en muy buen nivel. Como anécdota, puedo decir que hace unas semanas estaba viendo un partido del Porto y mi hermano mayor acababa de llegar del trabajo. Se me acerca y me pregunta: “¿Quaresma está jugando?” y yo le digo que no. Se voltea y responde: “¿Entonces para qué vamos a ver el partido?”. Ya saben lo que dicen: rockero viejo nunca muere.