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miércoles, 28 de diciembre de 2016

Cracks en las Sombras: Michael Carrick y la sinfonía del silencio.

“Aprendamos a mostrar nuestra amistad por un hombre cuando está vivo y no después de su muerte.”
-          F. Scott Fitzgerald.

Soy una persona que trata de explicar todo con la precisión que considero necesaria y eficaz. No me gusta dar respuestas vacías o incompletas; soy ese tipo de persona que trata de que todo esté bien fundamentado. Pero cuando se trata de fútbol, hay una pregunta que impera por encima de la mayoría, portentosa e imponente entre una pequeña comitiva que le hace compañía: ¿Qué hace Michael Carrick?


Diez años. Diez temporadas han transcurrido desde que un mediocentro inglés de cara limpia, mirada ida que no delata sus pensamientos y de juego que hasta se puede caracterizar como sencillo dejó el blanco y negro del Tottenham para engalanarse la camisa (e histórica) camisa roja del Manchester United. ¿En verdad ha pasado tanto tiempo? El tiempo parece detenerse con Michael Carrick; el tiempo parece hasta tornarse secundario e impasible. Cada partido del nacido en Wallsend parece ser una repetición de lo que ha hecho en su carrera con la misma (buena) displicencia, ojos calculadores y capacidad para mirar ese pase que (casi) nadie puede ver. No es una inyección de adrenalina, pero es necesario. Ésta es una historia basada en un aspecto que domina cualquier otro: la dura y pura consistencia. Simple y llanamente. Y en estos párrafos vagos trataré de desmenuzar lo que ha hecho tan grande, exitoso y, por qué, infravalorado a este caballero de armadura roja.


Vamos a dejarlo en claro desde el principio: Carrick no es un futbolista vistoso. El graduado de la academia del West Ham no cuenta con la agresividad y corazón de un Vidic o un Keane; no tiene la clase imperial de un Scholes; no tiene el desborde asesino de un Giggs o un Cristiano; no tiene los goles de un Rooney o Van Nistelrooy; y no tiene la capacidad para lo increíble de un Cantona o incluso de un Zlatan. Pero, aun así, con el pasar de los años, su presencia se ha agrandado en Old Trafford y hoy en día es una parte esencial, vital, del engranaje del United. Poco a poco, se ha convertido en un favorito de la afición del gigante inglés y todos sus compañeros se han deshecho en halagos para un individuo que, tras diez años como titular en Manchester fucking United tanto en las buenas como en las malas, todavía es desconocido para muchos observadores casuales del fútbol. Si algo ha insinuado con su juego y su comportamiento, es que el ruido de los espectadores y las luces de las cámaras no son lo suyo; Carrick construye desde el mediocampo posicionado en una red de sombras y silencio. Su genialidad consiste en la misma que un músico de orquesta: la capacidad de tocar piezas de altísima complejidad sin fallar en una nota y sin despeinarse hasta el punto en el que te engañan de que lo que hacen es simple. Eso es Michael: un disimulador de simpleza.


Dando sus primeros pasos en la academia del West Ham, el mediocentro ya daba de qué hablar en el equipo juvenil que ganó la FA Youth Cup en el ’99 junto a dos compañeros generacionales y talentosos como Joe Cole y un tal Frank Lampard. Tras unos préstamos en el Swindon Town y en el Birmingham –si alguien consigue fotos suyas en este equipo para agregar, se los agradecería- donde no jugaría más de ocho partidos en total, se asentaría en el nuevo milenio con los Hammers y disputaría casi ciento cincuenta partidos con los londinenses, sufriendo un descenso en la temporada 2002/03. Un duro golpe, pero otro aspecto clave en este personaje ha sido la habilidad de recibir derrotas deportivas y seguir adelante con una normalidad que algunos podrían calificar de indiferente, pero que en realidad denota un carácter notorio. Se quedó en el West Ham en el Championship, por entonces First Division, y contribuiría a su retorno entrando en el equipo del año del torneo en la campaña 2003/04.


Sus buenas actuaciones se verían recompensadas por un traspaso de 3.5 millones de libras al Tottenham Hotspurs, un club que distaba mucho en esos tiempos del gran equipo que es hoy en día y en el que Carrick pudo hacerse un nicho lo suficientemente cómodo para jugar un total de 75 partidos y entrar en la convocatoria inglesa de Sven Goran Eriksson para la Copa del Mundo en Alemania 2006. No jugó mucho y ésa sería la tónica durante su carrera internacional; la gran mayoría de sus entrenadores en la selección no le dieron las suficientes oportunidades, prefiriendo insistir con el doble pivote Steven Gerrard-Frank Lampard, padeciendo un destino similar al de su compañero de mediocampo en el United por casi una década, Paul Scholes. Curiosamente, un combo sí funcionó y otro no. ¿Pueden adivinar cuál es cuál?


De todas maneras, Sir Alex Ferguson había prestado atención a la trayectoria de Michael y se puso mano a las obras para contratarlo, dispensando dieciocho millones de libra en 2006, una cifra nada desdeñable para esos tiempos. Cuando llegó al Manchester United, el conceso general era que venía para sustituir al gran Roy Keane, quien se había marchado al Celtic de Glasgow seis meses antes. Pero la realidad es que Ferguson no pudo haberse conseguido un reemplazo más dispar que el inglés. Mientras que el otrora capitán irlandés era aguerrido, puro corazón, agresivo hasta llegar al punto de cruzar la línea legal en más de una ocasión y un líder que guiaba dejándose la piel en la cancha, Carrick era mesurado, frío, calculador y que ya tenía pensado dos o tres jugadas antes de recibir el balón. Dos tipos de liderazgos que son muy diferentes, pero igual de efectivos. Sir Alex reemplazó una canción de fuego con una de hielo, parafraseando a George R.R. Martin (sí, estoy viciado a Game of Thrones y A Song of Ice and Fire, demándenme).


Su carrera en el gigante de Manchester no ha tenido mucho altibajos o sucesos; ha sido, en líneas generales, de una consistencia y efectividad que muy pocas figuras del club (y de Inglaterra, me atrevería a decir) pueden rivalizar. Siendo sincero con el lector, mi apreciación de Michael aumentó considerablemente en sus últimos años cuando se erigió como uno de los líderes del equipo y le tocó tomar la batuta del mediocampo luego del retiro de mi jugador favorito, Paul Scholes, quien siempre lo ha elogiado y catalogado como “el mejor mediocentro con el que jugué” (grandes palabras que vienen de alguien que jugó con Nicky Butt, Roy Keane, Frank Lampard, Paul Ince y Steven Gerrard). Es más, me atrevería a decir que éstos son los años dorados de Carrick y donde su juego ha alcanzado su balance perfecto entre efectividad y madurez. Durante todos estos años, tres de los entrenadores más exitosos de la historia del deporte (Ferguson, Mourinho y Van Gaal) le han rendido pleitesía y reconocido su importancia para el buen funcionamiento; Van Gaal lo calificó como un “jugador-entrenador” y Mourinho dijo que le hubiera encantado dirigirlo a los 25 años para disfrutarlo en su plenitud. Incluso en esta temporada, con 35 años y habiendo coqueteado con su salida del club en el verano, el inglés ha sido imperativo para la racha positiva del United y el equipo no ha perdido en todos los partidos que ha iniciado. Esto último puede cambiar, claro, pero es un dato inexpugnable acerca de la validez de Michael en la cancha. Tal vez es por su capacidad de organizar y distribuir el juego de manera casi mecánica; tal vez sea que le da a Ander Herrera y Paul Pogba la libertad para jugar a sus anchas –como lo hizo para Scholes, Fletcher, Park y muchos otros en el pasado-; o tal vez sea su experiencia, ahora como un viejo zorro, que le da una ventaja en la cancha. Pero yo pienso que la mayor virtud de Carrick es mental; es su capacidad de mantenerse relajado y concentrado en los momentos de alta presión, donde la sangre está ardiendo en el apogeo de la batalla, donde realmente entendemos por qué ha sido tan importante para los mejores momentos del club en los últimos años.

El mundo entero podría estar ardiendo y él estaría caminando entre las llamas, meditando qué haría ahora. Se los garantizo.

Michael Carrick no va a inspirar poesías a los amantes del fútbol mundial. Nadie va a hablar acerca de su trayectoria, logros y calidad de la misma forma que otros grandes del deporte porque no hace golazos de larga distancia como Scholes, no evade a los rivales como Maradona y no tiene la potencia e histrionismo de un Patrick Vieira, por dar algunos ejemplos. Nadie va a rendirle culto a su figura, que es una de las menos egocéntricas y una de las más desinteresadas en el fútbol inglés. Carrick probablemente sea un jugador aburrido; un compilatorio de jugadas del exWest Ham debe estar entre las cosas más aburridas de Youtube. Demonios, hasta su actividad en redes sociales es aburridamente correcta y nunca se le escapa una frase polémica o fuera de lugar. Pero, ¿saben qué? Eso a él no le importa. Lo de Michael Carrick es hacer funcionar al equipo. A él no le importa que hablen de él o que entre en el equipo del año de la Premier, la Champions o cualquier otro torneo. Le vale una mierda que un niño rata en una red social coloque una foto suya diciendo “L MEYOR MEDIOCMPSTA DL MUNDO!!!”. Él no juega para su gloria personal. Lo suyo es hacer que el equipo funcione y, por ende, que el equipo esté más cerca del triunfo; en eso ha basado su carrera y eso le ha traído muchos éxitos. Lo ha hecho a su manera.



Y les voy a decir algo: va a hacer mucha falta cuando se haya ido.

El partido termina, el United ha ganado y Michael se retira a las sombras, donde puede estar tranquilo y donde puede dirigir la orquesta de Manchester como el mejor conductor que se podía pedir. ¿Por qué? Porque ha estado ahí y sabe lo que se debe hacer. No se necesitan florituras ni vanagloriarse; sólo hacer lo necesario. El silencio es la mejor sinfonía de Michael Carrick.

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miércoles, 14 de octubre de 2015

Así lo veo, Ken: el declive del fútbol holandés y cómo se puede solucionar.



El primer partido de UEFA Champions League que vi la temporada pasada fue un Ajax – Paris Saint Germain que se llevaba a cabo en el Amsterdam Arena en la fase de grupos. El partido se desarrolló en su comienzo como todos lo esperaban considerando la diferencia de categoría entre ambos equipos: el gol del uruguayo Edinson Cavani permitió a los poderosos parisinos jugar a gusto y todos (entre esas personas, un servidor) esperaban una goleada. Pasaban y pasaban los minutos de supremacía francesa hasta que en el segundo tiempo fue Lasse Schöne, el muy buen mediocampista danés de los ajacied, quien empató la cuestión con un gol de tiro libre soberbio. El mismo Schöne tendría otra oportunidad de pelota parada unos minutos después, pero esta vez el balón daría en el poste. Estas dos jugadas de balón parado, además de un público local que despertó con ese golazo de Schöne, envalentonaron a los del Ajax y lograron tener contra las cuerdas a uno de los planteles más poderosos del planeta fútbol. Al final, acabaron empatados uno a uno y los de Laurent Blanc se habrán sentido afortunados de haber cosechado un punto en un partido que pudieron haber perdido con facilidad luego de la igualdad. Esto, señores, es la clase de actuaciones que se extrañan por parte del fútbol holandés. Y el hecho de que un club con cuatro Copas de Europa tomara como un triunfo un empate de local en su debut europeo de la temporada demuestra una realidad inexpugnable: el fútbol holandés se halla en su punto más bajo.

Ahora que su selección nacional fracasó en la misión de clasificar a la Eurocopa que se llevará a cabo en Francia el año entrante, comenzarán a surgir las críticas y comentarios acerca de la crisis del fútbol holandés y a su estructura. Por supuesto, saldrán muchos iluminados a decir que es culpa del entrenador o de los jugadores –que tienen un grado de culpa-, pero el problema de la baja calidad de esta selección y de sus clubes en el plano internacional está profundamente entrelazado. Y por eso hay que analizar todo desde el principio para poder comprender la situación en su entereza. Primero que nada, hay que entendrt que el declive de los clubes holandeses –y que ha derivado en su selección- en el plano internacional no es una problemática que haya surgido en los últimos tiempos; estas dificultades datan desde mediados de los años 90s. La Ley Bosman –la ley que permite que los jugadores con contrato vencido se vayan gratis a otros clubes- surgió por esos años e hizo estragos en las raíces de los equipos de la oranje al hacer que sus jugadores tuvieran mayor facilidad para irse a los grandes de Europa por poco dinero o por nada, en muchos casos. A eso hay que aunarle la nueva estructuración de la Champions donde el coeficiente UEFA ha minimizado a las ligas de menor predominancia. Todo esto ha condicionado un tanto a la Eredivisie como un ente competitivo internacional porque se halla cada vez más acomplejada para poder ejercer con aplomo en la palestra de la Champions y la Europa League.


Caracterizados por ser uno de los países con la mayor productividad en formación de talentos y con una apreciación y conceptuación del holandés por el fútbol bastante característicos, su caída en desgracia a nivel clubes y selección no es por falta de materia prima o de recursos futbolísticos; es la falta de planificación y de reencontrarse con una identidad acorde a la actualidad. Y sin ánimos de ser polemista, es importante dejar algo bien en claro: el holandés ha estado enamorado por mucho tiempo con la idea futbolística implementada en los 70s por Rinus Michels con la más que conocida selección holandesa de aquella década apodada La Naranja Mecánica. En Holanda, los conceptos de “Fútbol Total” y del 4-3-3 son una ley inexorable y absoluta. Para ellos, la sublimación de este deporte se alcanzó con los planteamientos de los 70s y casi todo lo que ha surgido desde entonces en ese país ha sido a raíz de eso en materia de revoluciones tácticas: Cruyff, Van Gaal, Hiddink, etc. Todos parten de Michels. Actualmente no existen entrenadores jóvenes y prometedores que den señalamientos de romper con los dogmas establecidos en el país; hoy los mejores entrenadores holandeses se hallan en las postrimerías de sus carreras. Y el último gran entrenador que ha surgido del mismo ha sido el propio Van Gaal.


A pesar de ser un reconocido deudor del dogma futbolístico erigido por Michels, Louis Van Gaal también fue, irónicamente, el mayor transgresor de esa filosofía. El Ajax de los 90s del ya mencionado Van Gaal fue el último gran equipo de la Eredivisie en sacudir los cimientos del fútbol mundial. El futuro entrenador del Barcelona renegó de la creatividad y libertad absoluta que pregonaban Michels y su alumno ejemplar, Johan Cruyff, para trabajar en pos de un estilo ofensivo y preciosista que tuviera su base en la inteligencia táctica y en la capacidad de los jugadores de adaptarse a diferentes sistemas y situaciones en los partidos. Esa brillantísima generación de jugadores triunfó porque rompieron los paradigmas establecidos en el país y lo lograron gracias a un caudal de talento inconmensurable, un entrenador con una personalidad propia marcada y manteniéndose en la vanguardia de lo que se cocía en el fútbol por esos años. Ese equipo entraba a los pasillos dorados del Ajax de Cruyff de las tres Copas de Europa, del Feyenoord que fue el primero en ganar la competición, y el triplete del PSV de Hiddink a finales de los 80s. Pero por más cruel que suene, los 70s, 80s y 90s murieron y hoy en día la liga no es una potencia, sino más bien un torneo exportador de talento.


Es tiempo de que los holandeses tomen acciones serias en el asunto y busquen formas de rejuvenecer un fútbol que se está agotado, viejo y sin encanto. Es tiempo de que los clubes dejen la mentalidad de exportadores y hallen formas de retener a sus figuras para erigir planteles competitivos en el plano internacional. Porque esto no sólo afecta al Ajax, al PSV, al AZ o al Feyenoord; esto afecta a todo el espectro futbolístico del país. Un buen barómetro de la calidad de una liga es el plano europeo y el rendimiento de los clubes de este país ha sido, sin ánimos de ofender, de pena en esas competiciones. Si queremos recordar a un equipo holandés que lo haya hecho bien en Europa en los tiempos más recientes, debemos retrotraernos al PSV de (una vez más) Guus Hiddink en el 2.005. Ese gran PSV de Park, Van Bommel y Cocu puso contra las cuerdas al Milan de Ancelotti en las semifinales de la UEFA Champions League, pero al final se quedaron cortos para llegar a Estambul. Lo más alarmante es que esa actuación de los de Eindhoven es la mejor actuación de un club holandés en la Champions en este siglo. Antes de eso, hay que recordar al Feyenoord de Bert van Marwijk con un joven Robin Van Persie que ganó la Copa UEFA (ahora Europa League) al Borussia Dortmund –antes de que se volvieran el club de los hinchas plásticos- en el 2.002. Exceptuando esos dos casos, el resto de las actuaciones de los holandeses en las competiciones europeas de este siglo han sido estériles, paupérrimas y soporíferas.




En lo que concierne a la selección, sus dos últimos Mundiales han sido las mejores actuaciones del país en este siglo y son performances dignas de análisis. La Oranje que perdió la final de la Copa del Mundo ante España en Sudáfrica 2010 rompió todos los esquemas y principios de su fútbol, pero no de una manera proactiva, sino con un juego brusco, rocoso y peleador rayando en lo demencial. Por supuesto, el fútbol es un deporte de contacto físico y no está mal basarse en eso, pero cuando se llegan a las cuotas de beligerancia como a las que llegaron los holandeses en ese torneo –ahí está para el recuerdo la patada en el torso de Nigel de Jong a Xabi Alonso en la final-, se debe dibujar una línea. Por el otro lado, la Holanda de Brasil 2014 se basó en el reconocimiento de sus carencias y virtudes, un Arjen Robben en estado de gracia y un plantel 100% comprometido a la idea de su entrenador. Era un cúmulo de jugadores con pocas figuras de clase mundial en el panorama actual, pero que jugó como una unidad colectiva bien aceitada y mostrándose más ingeniosos en el plano táctico que sus contrincantes. De no ser por el azar de los penales en las semifinales contra Argentina -sin desmeritar a los alemanes que me parecen la mejor selección del mundo- a lo mejor el campeón del mundo hubiera sido otro.

Pero ésos dos son casos aislados; un oasis ilusorio en un vasto desierto ideológico. Esos breves momentos de éxito no han surgido de la planificación y el detalle; han surgido del pragmatismo de Bert van Marwijk y la maximización de los pocos recursos entre manos de Louis Van Gaal. Para que Holanda vuelva a ser lo que fue, es importante que se vea al principal generador de talento de su país: la liga.




Luego de esta debacle que ha sido la no clasificación a la Eurocopa, es importante que la prensa no solo señale al entrenador, Danny Blind, o a sus jugadores, sino que también sean críticos con el estado actual de la Eredivisie. Los holandeses deben apostar por su liga en el área del marketing y de estructuración para desarrollarla: deben hacerla más atractiva desde un punto de vista comercial para conseguir un mayor apoyo televisivo y así repartir un mayor bono financiero para sus equipos por los derechos de transmisión –así es como los equipos de las mejores ligas de Europa consiguen una gran parte de su sustento económico para reforzarse. De la misma manera que la Primera División Inglesa tuvo un crecimiento fastuoso al convertirse en 1.992 en la Premier League, y al hacerse un mayor movimiento publicitario a su alrededor, la Eredivisie necesita una evolución y modernización en ese aspecto. Un campeonato liguero reforzado en lo económico generará dividendos en lo futbolístico. Aunque la liga holandesa no cuenta con estrellas mediáticas para promoverse –lo que es un problema muy grave en el aspecto de marketing-, cuentan con todo lo demás: la historia, la cultura futbolera, la clase, el juego ofensivo –es una de las ligas con mejor promedio de gol en Europa- y una muy buena estructura en materia de canchas. La resurrección del fútbol holandés debe partir desde la reestructuración de la liga. Hay jugadores como Daryl Janmaat o Jordy Clasie que estaban en un grande de Holanda como el Feyenoord y que ahora están jugando en equipos como el Newcastle y Southampton de Inglaterra, respectivamente; aunque no son malos equipos, están más lejos de pelear por títulos o jugar en Europa que con el club holandés, pero la paga es mejor y la vitrina que es la Premier League es más tentadora. Deben lidiar con esa problemática o se avecinan unos tiempos de austeridad nociva para los colosos de la Eredivisie… si no es que ya han llegado.

Y por más negro y lóbrego que se vea el panorama actual, el país cuenta con una generación de relevo que vio muchos minutos en la Copa del Mundo anterior y aunque tal vez ahora mismo no tengan el mismo impacto que tuvieron los Van Persie, Sneijder y Robben de hace diez años –una generación dorada que nunca alcanzó su máximo potencial, a mi criterio-, pueden llegar a ser un gran grupo con un futuro brillante. Jugadores como Memphis Depay (Manchester United/Extremo), Davy Klaassen (Ajax/Mediocentro), Jordy Classie (Southampton/Mediocentro), Virgil Van Dijk (Southampton/Central), Stefan De Vrij (Lazio/Central), Daley Blind (Manchester United/Lateral), Daryl Janmaat (Newcastle United/Lateral) o Georginio Wijnaldum (Newcastle United/Mediocentro) pueden ser capaces de formar un equipo competitivo. No estoy diciendo que pueden llegar a ser campeones del mundo en Rusia 2.018, pero sí pueden ser capaces de competir y al menos proponer un juego que emocione porque actualmente Holanda está en tierra de nadie: no tienen ni los resultados ni el juego. Simplemente están ahí ocupando un espacio. Son problemas que trascienden y no se pueden atribuir a un entrenador o a un mal momento –es mucho más que eso. Estamos hablando del alma resquebrajada de una de las mejores selecciones de otrora.


El ente holandés no tiene posibilidades en el mundo desenfrenado de los millones y de los equipos que compran su camino al éxito; pero si no puedes ser fuerte, debes ser inteligente. Deben reinventarse y reconocer que los tiempos de ahora ya no son los de antes y que no perderán su esencia por solamente modernizar una propuesta que fue brillante en su momento, pero que actualmente está más que caducada. La debacle de Holanda en la clasificación a la Euro de Francia 2.016 no es más que la consolidación de un país que se halla a sí mismo en una encrucijada dogmática y no sabe qué decidir entre la reinvención o la extinción. Y por como va la cosa, pronto estaremos escuchando Countdown to Exctintion de Megadeth en las calles de Ámsterdam. Y esta vez no habrá un golazo de tiro libre de Schöne para que reaccionen. Es tiempo de que despierten por su cuenta.

sábado, 18 de julio de 2015

Nos volveremos a ver: Andrea Pirlo, el director de orquestra del fútbol.



Y un día, el director de orquestra dictó su última catedra, guardó sus partituras, y con nada más que su música, sus triunfos y su clase, se marchó a tierras lejanas a disfrutar lo que tanto años le tomó para conseguir. El teatro siempre tendrá a los trompetistas, a los violinistas y a los tenores; pero todos sabemos que la vida ahora será un poco más triste sin aquel conductor que los llevaba a trascender los planos de la imaginación humana. Hoy el fútbol es un poco más pobre: su gran director de orquestra italiano, el irrepetible Andrea Pirlo, ha decidido dejar de deleitarnos con su juego en las altas tierras europeas para conseguir un retiro dorado en la MLS con el New York City junto a dos cracks eternos como David Villa y Frank Lampard. Con la parsimonia y elegancia que lo caracteriza, no hizo muchos alardes; mostró su corazón emocionado por una carrera llena de victorias y vivencias, pero no hizo un gran alboroto y antes de darnos cuenta, ya se enfundaba la camiseta de su nuevo equipo en Estados Unidos. Como ha vivido toda su vida, no quiso que su figura como hombre fuera el mayor recuerdo que se tuviera de él; su carrera y su estilo de juego soberbio y cuasi onírico eran pruebas fehacientes de la pasión y sentimiento que destilaba por este deporte. De manera silenciosa y con el balón en sus pies, demostró a gritos el amor que sentía por el fútbol.

Nuestro director de orquestra comenzó con sus primeras sinfonías por allá en el año 1.995, debutando con el equipo de su ciudad y de su corazón, el Brescia de Italia, luego de pasar su infancia jugando en instituciones locales de fútbol infantil hasta entrar llegar a dicho club, volviéndose así el jugador más joven en debutar con ellos. Poco a poco, y de manera algo intermitente –la temporada entrante no jugó con el primer equipo-, comenzó a hacerse con los mayores y algunos clubes en la Serie A comenzaban a interesarse por ese joven de abundante melena que más allá de correr o tacklear mucho, desplegaba un estilo de juego preciosista que no puede ser enseñado ni aprendido. Era simplemente un natural. Al final, fue el Inter el que se hizo con su fichaje en la temporada 98/99, pero no tuvo mucha acción con el primer equipo y la entidad lombarda se hallaba en una temporada irregular, y al año entrante lo cedieron al Reggina donde cuajó una temporada bastante buena y daba muestras de su talento. Pirlo se estaba mostrando como un activo positivo para los lombardos; pero volvió a ser cedido a otro club y esta vez sería un regreso a su amado Brescia, donde se toparía con tal vez el mejor jugador italiano de todos los tiempos, un ya veterano Roberto Baggio, y ambos harían desastres en un equipo que tal vez no era el más grande, pero cuyos aficionados disfrutaron sobremanera con el talento de esos dos genios del Calcio. Curiosamente, Andrea comenzó como un conductor, casi como un ‘10’ clásico; pero al estar Baggio en su puesto, nuestro protagonista se adaptó al puesto de mediocentro retrasado, enfrente de la defensa central, que lo ayudó a convertirse en lo que es hoy en día.

A pesar de haber sido entrenado por Marco Tardelli en la selección Sub-21 de Italia –con la que ganó un campeonato europeo de la categoría-, Pirlo parecía no ser del agrado de la leyenda del fútbol italiano y decidió marcharse a otro club en el 2.001 a probar otra cosa… sólo que no iba a dejar Milán. Pirlo fichaba por los rivales acérrimos del Inter, el Milán, donde Carlo Ancelotti lo valoraría como debía en ese punto de su carrera y se convertiría en una pieza vital para la fluidez de juego de uno de los mejores equipo de todos los tiempos, como fue aquel gran Milán de Carletto donde brillaban Kaká, Clarence Seedorf, Maldini, Gattuso, Ambrosini, Shevchenko, Nesta, Inzaghi y muchos más que me dejo en el tintero. Al final, todos los involucrados en el paso de Pirlo por el lado neroazurro de Milán han reconocido lo mal que se manejó la situación de Andrea en el club: el entonces presidente del club, Massimo Moratti, reconoció que el mayor lamento de su ejercicio como gestor del club fue la venta de Pirlo porque él fue quien tomó la decisión; y el propio mediocentro italiano declararía que pudo haber sido una leyenda del Inter y que el club rompió abruptamente lo que era una historia de amor entre ambas partes. Pero el fútbol le daría revancha a Pirlo, cosa que se volvería una constante en su carrera.


A mí no tan humilde opinión, fue en el Milán donde nuestro director de orquestra compuso su mejor música: fue en el lado rossonero de la ciudad donde Andrea pareció hallarse a sí mismo con la regularidad que le proporcionaron (cosa natural) y así comenzó a cimentar su tan merecido lugar como uno de los mejores mediocampistas creativos del mundo. Y es que aquí debo reconocerle a Ancelotti, entrenador que no es santo de mi devoción, por haber encontrado el método idílico para explotar las fortalezas de Pirlo: apoyado por un mediocampo de antología, André pudo brillar a sus anchas y dictaminar el ritmo del juego, cosa que le hizo ganarse el apodo de “El Metrónomo”. Su primer año deportivo bajo la tutela de Ancelotti le permitió cuajar la temporada más goleadora de su carrera con nueve tantos y pudo ayudar al equipo milanés a conseguir su 6xta UEFA Champions League. Pirlo estaba en la cima del mundo cosechando triunfo tras triunfo y ascendiendo en la cadena alimenticia del fútbol… pero no todo iban a ser alegrías y eso lo iba a experimentar en 2.005 con uno de los partidos más memorables de la historia del fútbol: Estambul.


La final de la UEFA Champions League en 2.005 supuso uno de los eventos más insospechados e increíbles de la memoria reciente de los aficionados al deporte por cómo el equipo de Pirlo regalaba una ventaja de tres goles en el 2do tiempo para acabar empatados y luego perder la finalísima en penales contra el Liverpool de Gerrard, Alonso y compañía. Posteriormente establecido como el mejor partido de la historia de la Champions, los del Milán estaban entendiblemente destrozados por lo sucedido; en especial un Pirlo que no pareció hallarle ningún sentido a lo vivido y que incluso contempló la posibilidad de dejar el fútbol al sentir cómo su amor por el deporte parecía perderse por esa final e incluso diría que ya ni se sentía como un hombre. Estaba totalmente abatido pero, como gigante que es y será, pudo encontrar fuerzas de lugares desconocidos y continuar a pesar de tan cruento suceso. Y un año después, las lágrimas, frustraciones y agotamientos darían lugar a la gloria y satisfacción sin parangón al ser una parte fundamental de una selección italiana que se adjudicaría el campeonato Mundial Alemania 2.006, sorprendiendo a propios y a extraños. Pirlo, una vez más, haría gala de su tranquilidad, inteligencia y control de juego para que un equipo italiano que iba con cautela a territorio germano pudiera conquistar una Copa que les era esquiva desde España ’82. Estaba en la cima del mundo, pero aún faltaba mucho en esta historia.

Un año después –rechazando un más que interesante traspaso al Real Madrid de Fabio Capello-, nuestro crack conquistaba una vez más la UEFA Champions League con el Milán, consiguiendo en el proceso su tan ansiada revancha contra el Liverpool por lo sucedido dos años atrás. Lo que entonces parecía un cuento de hadas y un equipo que parecía no parar de ganar, comenzó a sufrir las inevitables heridas del tiempo y jugadores importantes daban indicios de ya no estar en el nivel de antaño –traduciéndose en tres años de una sequía considerable para los rossoneri. Más sorprendente fue que, luego de la consecución del Scudetto en 2.011 bajo el mandato de Allegri, la directiva del Milán decidió descartar la posibilidad de renovar a Pirlo puesto que su participación había bajado en esa última campaña y lo catalogaron como un jugador acabado por ser “viejo”. Molesto con Berlusconi y Galliani por no haberlo apoyado luego de tanto que les había dado, Andrea fichó como agente libre con una Juventus que estaba pasando por un periodo paupérrimo, pero en él hallaron al epicentro en el cual basar su nuevo proyecto y el efecto fue instantáneo: Pirlo fue la figura, el héroe y arquitecto de un equipo que conquistaría cuatro Scudettos consecutivos con una facilidad pasmosa, con el regista italiano siendo una de sus principales figuras y el rostro más visible de la plantilla, junto al gran Buffon. Cuando más se le dio por muerto, se alzó de sus propias cenizas y se dedicó a hacer lo que más sabía hacer: jugar al fútbol. Ahí quedarán momentos como aquel donde picó el balón en la tanda de penales de la Euro ’12 contra Inglaterra, humillando a un pletórico Joe Hart. Ése era, es y será Pirlo: elegancia y magia que trascienden las pretéritas limitantes del tiempo.


Pero me quedo corto. Maldita sea, me quedo corto aquí. Me tomaría veinte páginas de Word con letra siete para poder expresar todo lo que Andrea Pirlo le ha dado al fútbol y cómo todos nos sentimos un poco más pobres al ver a uno de los últimos artistas del balón retirándose a Estados Unidos a jugar sin las presiones o la tan innecesaria megalomanía del balompié del más alto nivel. Nos quedamos un poco más pobres al comprender cómo ese menudo mago italiano de larga melena nos hechizó con su técnica, su elegancia y su capacidad de hacer ver lo difícil como algo mundano. Cierto, no tuvo la despedida que deseaba al perder la final de la Champions y en sus lágrimas se podía ver el espíritu de un campeón que en las postrimerías de su carrera aún añoraba una última gran victoria; el símbolo de la ambición y deseo de gloria que lo ha caracterizado toda su carrera; pero nadie puede quitarle que fue uno de los más grandes de su tiempo y lo hizo a su modo sin claudicar en ningún momento ante lo que él creía que era una idea de juego. Gracias por habernos deleitado con tu gracia y tu elegancia como si nos debieras algo; pero la realidad es que has sido demasiado bueno con nosotros. Ahí quedarán para la historia y la posteridad sus jugadas, sus victorias, sus derrotas –que también valen mucho- y sus títulos. Su carrera es la inmortalidad de un estilo y una idea que, por más que se trate de corromper y doblegar, siempre encontrará a los intérpretes que lo lleven a las alturas más celestiales de su potencial. Y en ese plano, Pirlo está ahí arriba con los Zidane, Cruyff y Scholes como algunos de los mejores conductores creativos de la historia. Un día el maestro hizo sus maletas luego de dictar su última catedra, y no podemos hacer más que darnos cuenta que somos unos privilegiados: vivimos su era. Se retira Andrea Pirlo, el gran director de orquestra del fútbol y, ¿qué más podemos decir? Gracias, maestro.