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jueves, 4 de agosto de 2016

Nos volveremos a ver: Gary Lineker, el chico de Leicester que conquistó Europa.



“Nadie puede decir qué pasa entre la persona que eras y la persona en la que te convertiste.”
-          Stephen King.

Los orígenes son todo para nosotros y para nuestras vidas; es en esos años formativos donde se comienzan a pavimentar nuestros senderos y damos esas primeras señales de lo que seremos. Todos somos productos de nuestros contextos, ambientes en los que crecimos y las enseñanzas y valores que nos inculcaron de niños; es a través de estos factores (o la falta de ellos) que nos forjamos y cada elemento, por más ínfimo que parezca, juega un rol notorio en lo que nos convertiremos. Y es que estar en ambientes lluviosos, crecer en una ciudad trabajadora y estar bajo la crianza de una familia de clase media, con lo sucesos adecuados y el contexto indicado, un chico de Leicester puede convertirse en el máximo goleador inglés de los Mundiales, anotar tres goles en un Clásico y ser un ícono de su país y de su generación… o puedes simplemente llamarte Gary Lineker. Carreras las han habido mejores y más exitosas, pero no creo que nadie se quejaría de haber logrado lo que Lineker y cómo lo hizo: con aplomo y bajo sus propios términos.

Hoy en día se menciona la palabra Leicester y se piensa automáticamente en el más que memorable triunfo de los Foxes en la última temporada de la Premier League. Pero por mucho tiempo, el exjugador del Barcelona era la referencia de su ciudad… bueno, él y las papas Walkers, de las que es su principal figura publicitaria. De todas maneras, puede ser sencillo olvidar lo logrado por este hombre, pero es el caso de un futbolista inglés que, en su época, rompió con muchos paradigmas que hoy en día afligen a su fútbol: gran goleador en un país extranjero, jugador importante en las Copas Mundiales y un profesional consumado, además de un ejemplo de decoro en las canchas al no haber recibido una sola tarjeta roja o amarilla en su carrera. Un jugador que hoy en día es sinónimo de principios y de ser una de esas personalidades en la televisión inglesa como el rostro deportivo de la BBC –al final del día, una leyenda que no quedó estancada en su estatus e hizo una transición casi indolora al periodismo.


Como un chico local, Lineker comenzó su periplo en el fútbol a mediados de los 70s al unirse a las juveniles del equipo de su ciudad, el Leicester City. Con apenas 16 años ya estaba contratado a tiempo completo y a los 18 ya estaba jugando en el primer equipo de los Foxes. A diferencia de nuestros tiempos modernos donde un canterano es impulsado casi obligatoriamente a jugar 35 o 40 partidos a tan tierna edad, Gary fue llevado de a poco en un equipo que deambulaba entre la primera y la segunda división de su país en un estado de lucha constante. Hijo de una familia de clase media y de trabajos humildes por más de 70 años, el joven Lineker había sido clasificado como “flojo” en la escuela y una de sus profesoras le había dicho que no podría hacer dinero del fútbol; apenas alcanzando la mayoría de edad ya compartía vestuario con Peter Shilton y Frank Worthington, dos de sus máximos ídolos del Leicester y del fútbol. Poco a poco, la leyenda transitaba las calles en las que nació y donde se comenzaban a fraguar las primeras imágenes de lo que sería su dilatada carrera.


Los inicios nunca son fáciles y Lineker tuvo que dar sus primeros pasos en el fútbol inglés jugando por la banda y valiéndose de su velocidad en lugar de desempeñarse en su rol preferido: el delantero depredador que no daba una pelota por perdida. Como él mismo lo dijo en una ocasión, no fue una estrella instantánea a lo Michael Owen o Wayne Rooney; se tomó su tiempo y su progreso para poder demostrar toda su capacidad en el Leicester. Fue a partir del ’81 donde irrumpió Gary, el goleador, e Inglaterra se dio cuenta del tesoro que tenían entre manos; primero en la Second Division y luego en la First Division, Lineker fue el máximo goleador del Leicester en varias de esas campañas y en el periodo 1981-85 fue una de las propiedades más codiciadas por los gigantes de su país. Su mezcla entre potencia física, agilidad, capacidad de moverse sin el balón –esa habilidad a la que llaman “estar en el lugar correcto en el momento indicado”- y una definición frente al arco rival que haría palidecer hasta muchos de los más grandes eran los aspectos que pueden definir a este monstruo del área. Tras su magnífica campaña 1984/85, el chico de Leicester dejó atrás su hogar y decidió embarcarse en un viaje que le daría muchas alegrías y éxitos; la primera parada en este sendero de canchas lodosas, defensas rocosas y muchos goles, sería Goodison Park y el Everton.


Los de Merseyside eran un elenco bastante diferente al que son hoy en día; en el ’85 eran los flamantes campeones de la liga, desplegaban un fútbol bastante ofensivo y Lineker se adaptó prácticamente enseguida: 38 goles en 52 partidos así lo atestiguan. A pesar de no haber ganado nada con este equipo en el año solitario en el que estuvo –y tener la mala fortuna de que ganarán la liga de nuevo una vez que se fue- siempre ha enfatizado en lo mucho que disfrutó su tiempo con los Toffees y que era el mejor equipo en el que jugó. Con 26 años y en la plenitud de su carrera, a Lineker se le presentó su oportunidad dorada y la que marcaría toda su trayectoria: ser parte del seleccionado inglés en la Copa del Mundo de México ’86.


Si con el Leicester y el Everton se había forjado un nombre importante en su nación, México ’86 simbolizó el arribo de Gary Lineker al estrato más alto de su profesión. Debajo del sol abrasador del país centroamericano, el inglés se convirtió en el máximo goleador del torneo con seis goles, anotó el segundo triplete más rápido de los Mundiales contra Polonia y fue una parte integral de un equipo inglés que (para nada sorprendente) se fue relativamente temprano de la competición en cuartos contra la Argentina de un Maradona pletórico y en un nivel cuasi inhumano. A pesar de anotar un gol, el genio argentino fue más y se despachó dos goles –uno infame y el otro glorioso- para dejar atrás a los Tres Leones. De todas maneras, las proezas goleadoras de Lineker no pasaron desapercibidas y, considerando el éxodo masivo de jugadores ingleses de su país por la suspensión de Heysel, decidió marcharse a tierras distantes para probar su suerte. Siguiente parada: el Camp Nou.


Exceptuando uno que otro jugador inglés, en España no estaban acostumbrados a ver en sus equipos a futbolistas de las islas. Así que cuando el nuevo técnico del Barcelona, Terry Venables, decidió hacerse con los servicios de Lineker y el delantero galés del Manchester United, Mark Hughes, las expectativas eran un tanto alta. Por Gary se habían pagado tres millones de libras, lo que era una cifra bastante copiosa por esos años. De todas maneras, acostumbrado a batallar en las fieras canchas inglesas, Lineker supo adaptarse al estilo español y sus dos primeras campañas con el Barcelona lo vieron anotando veinte goles o más, además de mostrarse como un jugador capacitado para esperar y empujar el balón y también para fabricarse sus propias jugadas. Lo que realmente lo hizo grande fue su habilidad para moverse entre las líneas defensivas del rival y adelantarse para dar ese toque mortal aprovechando su velocidad; en el fútbol moderno podría decirse que era bastante similar a su contraparte del Leicester, Jamie Vardy, pero con más potencia físico y más capacitado para el forcejeo.


Para alguien que había comenzado en un pequeño club inglés de una ciudad más conocida por unas papas saladas que por cualquier otra cosa, un Madrid – Barcelona en el Camp Nou podría suponer un reto bastante abrumador; pero Lineker se las apañó contra La Quinta del Buitre y se despachó uno de los mejores hattricks de la historia del fútbol para derrotar a los merengues tres a dos. A pesar de haber ganado títulos, de haber demostrado su valía y de convertirse en un referente para los delanteros de Europa y el mundo, la llegada de Johan Cruyff a la dirección técnica en 1988 supuso el final de Lineker en el club azulgrana porque el holandés no contaba con él para su revolución futbolística. Relegado a la banda, tuvo que hacer las maletas en el ’89 y con cantos de sirena del Manchester United de Ferguson, incluso llegando a estar punto de firmar por dicho club, y la Fiorentina –que se disipó tras las marchas de Eriksson y Baggio- Lineker decidió fichar por un prometedor equipo de Tottenham y recuperar el protagonismo perdido en su último año en Ciudad Condal.


Su llegada a White Hart Lane fue celebrada como un título porque era un jugador con categoría que arribaba a un equipo que se había quedado un poco huérfano tras la marcha a Mónaco de Glenn Hoddle –otro maestro que se merece una entrada magna en el Blog-; pero ahora con la llegada de Lineker y la magia del genio esquizofrénico que era Paul Gascoigne, los Spurs podían soñar con cosas grandes. El Gary del Tottenham ya estaba pisando los 30s y mostraba una faceta más madura, compuesta y con madera de líder; ya no era un muchacho raquítico y sin experiencia en el Leicester, sino un delantero que estaba probado en los partidos más exigentes de su campo y que había dado la talla. Sus años en el Tottenham fueron de lo mejor de su carrera, pero tenemos que decir que siempre fue un jugador bastante rendidor y a punta de goles, sacrificio y trabajo, se ganó el corazón de la hinchada y ese título de FA Cup del ’91 contra el Nottingham Forrest todavía brilla en la memoria colectiva del club. A donde fue se ganó el cariño de sus aficionados y es que lo que tal vez carecía en clase o en habilidad depurada a lo Maradona o Hoddle lo compensaba con una dedicación, compromiso y altruismo que eran encomiables y loables; un delantero trabajador y con instinto de asesino en serie. Y los Spurs lo amaron (y aman) por eso.


Mientras tanto, a nivel de selecciones, los ánimos en Inglaterra no eran los mejores. Tras una Eurocopa paupérrima en 1988, Bobby Robson y sus muchachos se hallaban en el ojo del huracán; todo lo que se escuchaba y leía en la prensa eran críticas a todos sus miembros y con el técnico como, supuestamente, el principal culpable de todo. A pesar de eso, Robson supo confeccionar un equipo compenetrado y altamente con Gascoigne, Barnes, Barsdley, Platt, Shilton, Brian Robson y el propio Lineker. Probablemente la mejor selección inglesa desde la campeona del mundo en el ’66, Lineker fue uno de los líderes de ese equipo y sus goles sirvieron para catapultarlos a las semifinales donde perderían contra los alemanes en penales en uno de los partidos más emocionales de la historia de los Mundiales. Aquí quedaron para el recuerdo de nuestro protagonista su gol del empate contra los germanos, su mirada irónica a Bobby Robson tras la amarilla que suspendía Gascoigne de una hipotética final y su memorable frase de que “el fútbol es un juego simple: 22 hombres corren detrás de un balón durante 90 minutos y al final los alemanes siempre ganan.”


Tras un par de temporadas más en el Tottenham, la edad ya daba los primeros coletazos al rendimiento de nuestro protagonista y éste ya no podía ofrecerse a los Spurs como antes. Sin hacer muchos dramas, pero sí con mucha cobertura de la media, decidió irse a jugar a Japón en el Nagoya Grampus. Ciertamente un movimiento monetario y con bastante empuje mediático, Lineker hizo su transición a la vida post-futbolista de manera un tanto más tranquila en Japón, donde, lastimosamente, las lesiones no le permitieron impresionar a los nipones y sus actuaciones no fueron las deseadas. De todas maneras, ya no era lo mismo que antes y él no lo dudaba; sin pensarlo mucho, decidió retirarse en el ’94 y dar el paso a la carrera como comentarista de fútbol en su Inglaterra natal.


En su nueva función, el exjugador del Everton ha sabido hacerse un hueco entre los televidentes y crear su propia trayectoria sin necesidad, ya en pleno de 2016, de valerse de su pasado como jugador. Es entendible; su sentido del humor tan británico y su carisma han hecho de él una figura bastante querida en la televisión inglesa. Como en su carrera, no se trataba de llamar la atención –ni siquiera cuando dijo en la campaña pasada que haría el primer show de su programa, Match of the Day, de esta temporada en calzoncillos si su Leicester ganaba la Premier-, sino de simplemente ser como es y no sacrificar sus principios. Solo hay que verlo y leerlo en la histórica campaña del Leicester sintiendo y sufriendo cada partido como un hincha más; no lo hizo por adulación o por falsa humildad; lo hizo porque simplemente ésa es su naturaleza y siempre lo ha demostrado. Tal como cuando salvó a su club de la bancarrota en el 2002 con una inversión de 5 millones de libras; éstos son los gestos de un hombre que, a pesar de todo, no ha perdido sus raíces.


Es difícil no sentir un cierto respeto y empatía para con Lineker puesto que representa el sueño de muchos: el hombre que tuvo un sueño, lo vivió y lo cumplió con creces. Tal vez su palmarés no sea el mejor, pero siempre rindió en casi todos sus equipos y siempre lo dio todo, además de comportarse con un respeto y amor al juego que muy pocos jugadores pueden presumir. ¿Cuántos futbolistas hoy en día pueden decir que nunca han recibido una tarjeta amarilla o una roja? Es un concepto algo utópico en la actualidad. Es una rareza toparse con una figura de esta índole, pero esos son los casos que debemos resaltar: a quienes lograron sus metas con una cierta aura de dignidad y apegándose a sus principios.

Lineker puede ser muchas cosas, pero, por encima de todas las cosas, siempre será ese chico de Leicester que conquistó Europa.

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domingo, 1 de noviembre de 2015

Cracks en las Sombras: Matt Le Tissier, el mago del puerto de Southampton



NOTA: antes de comenzar este post, quiero anunciar que he descubierto dos páginas de México que han plagiado algunas de mis entradas y les pido que no tomen en consideración a esos ladrones de ideas. La página Libertad tomó mis posts de Riquelme, Zanetti, Ibrahimovic, Quaresma y Van Gaal –ahí están los enlaces a sus versiones y pueden comparar las fechas de publicación con las mías en este Blog. Por favor hagan lo mismo con la página Laznoticias que plagió mis entradas de Schweinsteiger, Gago y Verón, además de que cambiaron una que otra palabra en este caso en un banal y ofensivo intento de enmascarar lo que es una bajeza totalmente despreciable.

Por favor, si se enteran de algún otro caso, háganmelo saber por la vía que les parezca más conveniente. Gracias de antemano a los que se tomaron la molestia de corroborar las fechas y gracias a las páginas mencionadas por tomar mi trabajo sin autorización; es una prueba fehaciente de que estoy haciendo las cosas bien.

Ahora, vamos a lo que nos interesa.

No hay mejor momento que aquel instante de gloria en tu vida cuando estabas en lo más bajo. ¿Puedes mostrarme algo más hermoso que triunfar, aunque sea por un mero resquicio de tu extensa y dilatada existencia, contra todos y todo cuando nadie apostaba por ti? Aunque no lo queramos reconocer, hay una cierta grandeza en ser el héroe de los desprotegidos y de los indefensos; el concepto de ser una suerte de Robin Hood de la desdicha descomunal es una idea por la que cualquiera se siente atraído. Pero el hombre, indiferentemente de su nacionalidad o estrato social, pocas veces puede lidiar con tener el poder de representar a millones y no engrandecerse hasta alcanzar el cenit de un egocentrismo copioso. Traduciendo esto al ámbito futbolístico –que es lo quieren leer y no mis interminables soliloquios-, me refiero a los hinchas de esos clubes humildes que muy pocas dichas pueden vivir en cuanto a títulos o cúspides reflejadas en resultados. El hincha del club pequeño quiere esos momentos de victoria contra las probabilidades; ese día en el que vencieron como si fueran gigantes al equipo todopoderoso y, por sobre todas las cosas quieren tener algo de qué presumir. En esta entrada hablaremos de un jugador que, desafortunadamente, es poco conocido en estas latitudes pero que es, sin lugar a dudas, el mejor jugador de la historia del fútbol que no ganó un maldito título en toda su carrera. Estoy hablando del mejor jugador de la historia del Southampton FC, el mismísimo “Le God”, Matt Le Tissier.


La historia de nuestro protagonista comienza en Inglaterra comienza en su Guernsey natal, que es un pequeño pueblo en las islas. En 1985 y con solo 17 años, los Saints lo contrataron de su equipo juvenil, Vale Recreation, donde había estado por mucho tiempo y luego de un año en las inferiores del Soton, debutaría como profesional en 1986. Sus primeras tres temporadas encadenaban momentos de certísima brillantez con la intermitencia tan típica de los jóvenes, pero fue en la campaña 89/90 donde logró hallar la consistencia necesitada: hizo 24 goles en 43 partidos jugando como mediocampista, algunos tan espectaculares como uno con doble sombrero que le hizo al Liverpool en su apogeo, que le valieron el premio del jugador joven del año de la antigua Primera División Inglesa. Pero no sorprendían solamente sus números o incluso la calidad de sus goles –hay quienes lo consideran el jugador con la mayor cantidad de golazos en la historia de la Premier-, sino su forma de jugar: éstos eran los tiempos donde la creatividad no era tan asfixiada como ahora y se permitía brillar a sus talentos. Le Tissier era como una suerte de Riquelme inglés, pero con mayor capacidad goleadora; podía proteger el balón, driblar hombres, tenía una visión de juego exquisita y podía ganar partidos solos. Era un abanico andante de trucos, arte y grandilocuencia futbolística que había sorprendido al fútbol inglés junto a un tal Paul Gascoigne por esa época.

Sus primeros años en los 90s no comenzaron de la mejor manera cuando Ian Branfoot, un amante del pragmatismo y el fútbol conservador, arribó al club de los santos en 1991 y decidió recolocar a su mejor jugador por la banda derecha. Le Tissier había sido votado el mejor jugador joven de la liga la campaña previa una vez más y promediaba veinte goles por temporada desde la posición de mediocampista ofensivo, pero su nuevo entrenador se enfocó en sus debilidades. ¿Cuáles eran sus debilidades? Falta de compromiso para marcar, presionar o defender; falta de velocidad, recorrido o movimiento; y ser un jugador que podía hacer lo imposible con el balón en sus pies, pero que sin él parecía sentarse en la grama y comer una bolsa de papas fritas. Ni le gustaba entrenar o cuidarse; todo lo que logró fue bajo una base de McDonald’s y refresco. Su aporte goleador bajó considerablemente y rumores de posibles traspasos al Tottenham o al Chelsea comenzaron a surgir, pero el jugador, siempre devoto al club que le dio la oportunidad como futbolista, negó todos los rumores y se quedó. Eso siempre sería un tema con Matt, pero los Dioses del fútbol lo recompensaron con la llegada de un nuevo entrenador, Alan Ball, que se acercó a los muchachos del Soton y les dijo: “Pásenle el balón a Matt”. Así hicieron y así se vio a “Le God” en toda su expresión.


Con Ball, Le Tissier alcanzó su mejor nivel y logró un total de 45 goles en los 63 partidos que dirigió el técnico antes de marcharse al Manchester City. Hizo golazos al United, al Chelsea, al Tottenham, al Liverpool, a todos, en una época en la que su club lo necesitaba para pelear el descenso mientras los cantos de sirena de los mejores clubes de Inglaterra seguían resonando en el horizonte. No sé cómo lo hizo, pero jamás abandonó al Soton y siempre dio la cara por ellos; su calidad y sus goles no se demostraban en un 4-1 que ya estaba asegurado –se demostraba en partidos que iban 1-1 y donde anotaba el gol del triunfo en el minuto ’92 para salvarlos. Todo esto lo hizo jugando su juego, con su cara de británico mundano, dientes chuecos y sin correr por la cancha –uno de esos genios que reafirman el concepto de que no se debe sofocar la creatividad en un deporte que hoy en día urge de artistas. Pasaron los años y era ignorado por un seleccionado inglés que solamente le dio ocho partidos en quince temporadas donde fue uno de los mejores jugadores de su país –todo por sus incapacidades tácticas y por no jugar en un equipo grande. Ja, y luego se preguntan los ingleses por qué no ganan un Mundial desde hace más de cuarenta años. Como dato curioso, se le tomó muy en consideración para la Copa del Mundo de Francia ’98, pero al final no fue convocado por el seleccionador y leyenda del balompié inglés, Glenn Hoddle. Bueno, Hoddle era el ídolo de Le Tissier y su mayor inspiración para ser futbolista.


Como estadísticas –que hoy en día todo el mundo está encaprichado con éstas-, fue el primer mediocampista en alcanzar los cien goles en la Premier League y de un total de 48 penales llevados a cabo, acertó 47 –siendo el fallado una estupenda parada del arquero del Nottingham Forest que la clasificó como “la mejor tapada de mi carrera”. Pero uno de mis momentos favoritos de su historia es que su último gol como profesional y para su club fueron en el último partido del viejo estadio del club, The Dell, contra el Arsenal en un triunfo que acabó 3-2 en el 2001. Le Tissier anotó el gol de la victoria en una campaña en la que las lesiones lo atizaron por todo el año y donde solo anotó un tanto –ése tanto. No había otra forma de acabar un relato como éste que no fuera así. Sí, jugó un par de partidos el año entrante en St. Mary’s, pero ése fue el momento donde un episodio de la historia del club terminaba de la forma más gloriosa. Así terminaba la historia del mejor jugador que no había ganado un maldito título en toda su carrera.


Cuando pensamos en el mejor jugador que ha tenido la Premier League desde su incepción (en 1992), ¿cuáles son los nombres que se nos ocurren? A las primeras de cambio podemos decir Ryan Giggs, Thierry Henry, Paul Scholes, Frank Lampard, Alan Shearer, Dennis Bergkamp, Steven Gerrard, Eric Cantona… claro que me han faltado varios, pero éstos serían los predominantes. Todos ejemplos válidos y que tienen fundamentos totalmente lógicos para ser considerados los mejores de la historia de esta liga pero, ¿por qué no Matt Le Tissier? El mediocampista ofensivo del Southampton tal vez nunca ganó nada en su carrera pero el fútbol que desplegó en ese pequeño club puede igualar a cualquiera de los mencionados por un elemento tan esencial en esto del fútbol: magia. Le Tissier tenía magia, brillantez, un talento divino que podía levantarte de tu asiento y dejarte estupefacto por varios minutos. Para las jóvenes generaciones, vean este video y disfrútenlo. No sé qué tipo de música tiene el video porque siempre los pongo en mudo por la horrible electrónica que suelen colocar; como recomendación, escúchenlo con See You In Hell de Grim Reaper. De nada.

¿Vieron el video? Es una demostración de que este sujeto era un anormal, una anomalía en el mundo del fútbol, y que marcaba un contraste con el resto de los jugadores de su época, pero sobre todo a los de la actualidad. Contemplamos a los jugadores de hoy en día y todos son súper atletas con físicos cuidados y que viven como millonarios con las mejores ropas y autos; este hombre parecía el típico borracho charlatán que te conseguías en un bar inglés y que nunca ganó lo suficiente en The Dell para vivir con lujos… pero era mejor que la mayoría. Tenía el talento de un dios y la humildad de un sin techo; incluso en sus celebraciones no era ostentoso, en dura dualidad con su habilidad. ¿Goles olímpicos? ¿De volea? ¿A larga distancia? ¿Driblando y pasando rivales? ¿Picándola por encima del arquero? ¿Tiros libres memorables? ¿Asistencias de una genialidad indiscutida? Le Tissier podía hacerlo todo. Pocos jugadores he visto, sea en video o en vivo, que realmente me inspiren esa sensación de que podía cambiar todo a su antojo. Y no estamos hablando de un jugador encumbrado en lo más alto de su carrera; estamos hablando de un futbolista que pasó toda su vida futbolística protegiendo a su amado club de toda la vida del descenso y sirviendo como ese símbolo, ese bastión inexorable, del cual todos los Saints podían ser sentirse orgullosos. Un jugador que Xavi Hernández definió como uno de sus ídolos.


Le Tissier es uno de los más grandes genios de la historia del fútbol mundial; un jugador olvidado por el mundo mainstream del fútbol que hacía lo imposible y nos levantaba el espíritu con su juego. El incomparable final de su carrera con el Southampton es solo un mero pasaje de lo que hizo por esa camisa; pudo haber hecho esos goles en Old Trafford o en el Santiago Bernabéu, pero se mantuvo leal a los colores de unos hinchas que amaron y apreciaron cada jugada o gol suyo como si fuera un título –hizo feliz a todos aquellos hinchas del club que hayan tenido el placer de haberlo visto jugar en vivo. Hoy en día sería uno de estos dos casos: un jugador que valdría 120 millones de libras o un jugador que nunca pudo adaptarse a las exigencias del fútbol moderno. Pero más allá del futbolista y sus grandes jugadas, me quedo con la idea de un individuo que simplemente no era parte de la gran máquina de marketing y mercadotecnia que era el deporte y simplemente jugaba por diversión y para el divertimento del público; era un rara avis en su máxima expresión.

No hay mejor momento que aquel instante de gloria en tu vida cuando estabas en lo más bajo. El mago del puerto de Southampton nos regaló muchos momentos así en The Dell.