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viernes, 6 de mayo de 2016

Nos volveremos a ver: Johan Cruyff, el hombre que se convirtió en una idea (Parte I).



“Un hombre tiene una idea. La idea atrae a aquellos que piensan similar. La idea se expande. La idea se convierte en una institución.”
-          Top Dollar, El Cuervo.

Cuando una persona fallece, se hace un recuento de lo que era, de lo que representó y lo que logró como una manera de dejar en claro a todo el que le interese quién fue ese individuo. Así que cuando un obelisco del fútbol como es (y siempre será) Johan Cruyff conoce el inexorable epílogo de la vida, abundan los logros personales y colectivos de un hombre que simbolizó una plétora de conceptos futbolísticos y una ideología del balompié que hizo raíces en la tierra de este deporte. Muchos grandes fueron inmortalizados por un momento o un logro que definieron sus existencias; Johan Cruyff, el más grande de Holanda, se inmortalizó al convertirse en una idea.


El cáncer ha tomado la vida de uno de los eternos intérpretes del fútbol, pero también a uno de sus más grandes teólogos e ideólogos. Cruyff era un hombre de principios y valores muy fuertes y arraigados, con todo lo que eso puede llegar a significar. No era un hombre de fácil entendimiento personal ni uno que se anduviera por las ramas a la hora de decir lo que pensaba como todos pudimos atestiguar en sus últimos años de vida como jubilado. Johan Cruyff es la epítome del iconoclasta y del contracultural; un hombre que entendía el entorno deportivo de su tiempo de una manera singular y lo contemplaba no como lo que era, sino como lo que podía llegar a ser. Pocos hombres pueden presumir de haber revolucionado algún ámbito del mundo; el holandés lo hizo en el fútbol dos veces y hasta el sol de hoy no estoy seguro de cuál fue más importante. Pero iremos por partes y en esta entrega hablaremos de lo que fue Johan como jugador.

Como muchos revolucionarios y hombres inquietos de pensamiento, Cruyff dio sus primeros pasos en el mundo en los barrios; específicamente el de Betondorp, la parte más humilde de la ciudad de Ámsterdam. Alejado de la belleza y la singularidad de la capital holandesa, Johan se enamoró del balón desde una tierna edad hasta que ingresó a la academia de su equipo local, el Ajax, a los diez años. Como un chico que ayudaba a preparar los campos para los entrenamientos y que era mantenido por una madre viuda que trabajaba limpiando las instalaciones del club, la futura leyenda holandesa representaba en sus comienzos lo que necesitaba un país golpeado por la Segunda Guerra Mundial y dolida en su integridad –un aspecto que enfrentaría Cruyff en varios puntos de su vida-: una figura rebelde, con la suficiente autoconfianza para rayar en lo soberbio y que había crecido en la época de los años 50s y los 60s donde la cultura había dado un vuelco generacional inesperado. Podría decirse que Cruyff significó, en sus comienzos, lo mismo que George Best en Gran Bretaña: una persona que combinaba gracia, talento e individualismo para inspirar a una generación aturdida en el conservadurismo. Pero, por supuesto, Johan no contaba con la naturaleza autodestructiva del irlandés y es por eso que a finales de la década de los 60s y a principios de los 70s, el místico y enigmático holandés revolucionó el fútbol en un equipo para el recuerdo por siempre recordado como “el Ajax de Cruyff y Rinus Michels.” El plan máximo de los holandeses para domar la tierra del fútbol.


A pesar de lo mencionado, en realidad fue el inglés Vic Buckingham –uno de los primeros en fomentar el concepto de fútbol total que luego desarrollaría Michels, uno de sus jugadores en el Ajax, a sus anchas en los 70s- el que le dio su debut al imberbe Johan en 1964 en el club de Ámsterdam, ya en los últimos partidos de su gestión como técnico. Sería con el arribo de Michels en la campaña posterior que el gran Ajax de Cruyff comenzaría y el joven futbolista se volvería la piedra angular de un equipo para el recuerdo; un equipo que comenzó a llamar la atención del mundo tras una avasallante victoria por cinco a uno al legendario Liverpool de Bill Shankly, cosa que hizo que el entrenador escocés dijera que el club británico debía emular la ideología futbolística de los holandeses. Títulos consecutivos de Eredivisie eran cosechados y Cruyff crecía exponencialmente con cada temporada hasta alcanzar la cúspide a principios de la década de los 70s: tres Copas de Europa (ahora UEFA Champions League) consecutivas, además de un triplete, significaron la sublimación de un equipo que marcó a una generación y fue la base para una selección holandesa que entraría en la historia, pero hablaremos más de eso en el futuro. El espigado y flaco ‘14’ del club del momento estaba en la cima de su profesión; halagos, títulos colectivos, actuaciones para el recuerdo y premios individuales como el Balón de Oro lo erigían como el sucesor natural de los Puskas, Di Stefano, Best, Charlton o Pelé –era su momento. Tan inquieto de mente era que ya su club local no le ofrecía ningún otro desafío porque ya lo había ganado todo; el Ajax había acordado su pase al Real Madrid pero él, siempre tan rebelde y terco, desobedeció a sus patronos y decidió irse al entonces desdichado rival de los merengues: el FC Barcelona. ¿Por qué? “Debo ser libre de elegir a qué equipo me quiero ir”, fueron sus palabras.


Su arribo a Barcelona en el ’73 es material digno para uno de los mejores libretos hollywoodenses: Cruyff llegaba a una Ciudad Condal sin rumbo en lo deportivo y golpeada en su orgullo por el éxito arrollador de su eterno rival, el Real Madrid, generando en los culés un complejo de inferioridad y de cuasi victimización ante sus contrapartes blancas. Pero si algo no tenía el crack holandés era el acotado complejo de inferioridad ante ninguno que se le atravesara; con su talento desmesurado, su liderazgo y esa arrogancia de quien se sabe bueno y que lo ha ganado todo –estamos hablando de un hombre que en ese punto ya tenía tres Copas de Europa con el Ajax-, Johan guío al Barcelona a ser campeones y, más importante que eso, cambió sus mentalidades. El mayor logro de nuestro protagonista en el Barcelona como jugador fue inyectarle al catalán esa mentalidad ganadora y dejar de lado esa actitud victimaria que los mantuvo un tanto relegados en la primera mitad del siglo pasado. Aunque solamente ganó una liga y una Copa del Rey en España, se convirtió en el jugador más influyente de la historia del club, dejando en la retina de la memoria de los hinchas barcelonistas su magia, su clase, su inteligencia táctica y sus jugadas para el recuerdo como aquel gol acrobático e imperial al Atlético de Madrid donde saltó con una técnica magistral para alcanzar el centro. Fuera de la cancha libró sus propias guerrillas socio-políticas y se diferenció del resto de los baluartes del barcelonismo al incluso dejar su huella en el comportamiento del ciudadano catalán.


El Mundial de Alemania ’74 llegaba y los holandeses sorprendieron al mundo del deporte con un fútbol compacto, elástico, preciosista y vanguardista que nunca antes se había visto; el seleccionado dirigido por Rinus Michels replicó lo hecho por su gran Ajax a principios de la década y encantó la audiencia con un juego revolucionario que sería una influencia notoria en el deporte a partir de esa fecha. Sí, uno puede argumentar que la belleza e histrionismo de los holandeses no fue suficiente para derrotar a la eficiencia de la Alemania de Franz Beckenbauer –el mayor rival que tuvo Cruyff en su carrera y con quien cruzó caminos en muchas ocasiones- en la final, pero la realidad del asunto es que la Naranja Mecánica, como es cariñosamente apodada, trascendió más allá del resultado y se convirtió en un bastión ideológico para cualquier amante del buen juego. Cruyff terminó por inmortalizarse ante los ojos de millones y para el recuerdo quedará esa imagen de Johan en su camiseta naranja, con el ‘14’ en su espalda y corriendo con el balón pegado a sus pies mientras que portaba la banda de capitán y su melena fluyendo por el viento. Es la primera imagen que me llega a la cabeza al pensar en el místico holandés. El mundial del ’74 fue el punto más álgido de nuestro protagonista con su seleccionado, pero aún quedaba mucho en su porvenir.


Sus años posteriores significaron un declive entendible en su juego en el Barcelona por motivo de que los años comenzaban a menguar su rendimiento y porque el club, siempre inmerso en la inestabilidad, no podía sostener un nivel considerablemente alto en las competiciones. A pesar de eso, la influencia de Cruyff llegó a incidir en el aspecto social, incluso en temas que podrían considerarse nimios como llamar a su hijo Jordi cuando el registro español no se lo permitía. Finalmente, en el Mundial de Argentina en el ’78, el tulipán decidió retirarse del fútbol internacional y no participar en la competición por motivo de que la seguridad de su familia estaba en riesgo por el tema de la dictadura española. Los holandeses, dirigidos por el legendario entrenador austríaco Ernst Happel, perdieron la final contra los locales y Cruyff, hastiado del temor y la preocupación en tierras hispanas, decidió marcharse a lo que se veía como un retiro dorado en Estados Unidos.


Aunque su travesía en tierras norteamericanas se llevaría a cabo entre el ’78 y ’80 con Los Angeles Aztecs y los Washington Diplomats, el primer equipo que realmente se aseguró a Johan Cruyff en Estados Unidos fueron los New York Cosmos. Los neoyorkinos necesitaban a una nueva figura mediática del “soccer” mundial tras el retiro de Pelé un año atrás por lo que pudieron llegar a un acuerdo con el legendario ‘14’ quien deseaba dejar Barcelona tras la incesante presión e incomodidad en la ciudad; pero el traspaso se desvirtuó después de que se le anunciara al holandés que los directivos del equipo estarían en control absoluto de sus derechos de imagen y de marketing. En perfecta consonancia con su personaje, desechó las negociaciones y se marchó a Los Angeles para jugar con los Aztecs, dirigidos por un viejo conocido suyo, Rinus Michels. Alejado del agobio de la prensa española y deseoso de aportar algo a la juventud del país americano –“si hubiera querido dinero, me hubiera ido a Inglaterra o España donde me pagarían mejor que aquí”, dijo en su momento-, el rendimiento en la cancha de Johan bajo la guía de su antiguo mentor fue bastante bueno: 13 goles y 16 asistencias en 23 partidos, votado Jugador Ofensivo del Año y lideró a los Aztecs a las semifinales del playoff de la entonces North American Soccer League. La siguiente temporada volvió a sorprender al público al dejar su equipo para fichar por los Washington Diplomats. Al ser encandilados por una actuación sublime de Cruyff contra su club el año anterior, los directivos decidieron desembolsar 1.5 millones de dólares para hacerse con los servicios del jugador. Aunque su estadía en Estados Unidos no fue tan larga y fructífera como se hubiera deseado, sí que fue bastante positiva en el tema monetario para las arcas de los equipos en los que estuvo y supuso un alejamiento necesario para que Cruyff recuperara su pasión por el juego.


Luego de un partido amistoso en Barcelona en 1980 por caridad, Cruyff declaraba ante la prensa su deseo de volver al fútbol europeo. Se hablaba de Arsenal, Chelsea, Betis, Sevilla, Leicester y muchos otros, pero al final del día fue un pequeño y humilde equipo de segunda división de España quien lo contrató: el Levante. Aunque suene poco creíble en este punto de la historia, Johan Cruyff jugó diez partidos e hizo dos goles con los del Levante, pero la realidad es que a pesar de haber atraído masas al estadio, haber generado ingresos notorios para el club y recibir trato de estrella, su rendimiento dejó mucho que desear en la institución. Sin ganas para entrenar y ofreciendo pocos destellos de su juego a los 34 años de edad, se puede interpretar este paso en su carrera más como un favor a los directivos del Levante que realmente discutir de una etapa importante en la carrera de semejante personaje. Un periodo de su trayectoria donde se vio a un jugador sin el esfuerzo que lo caracterizaba y que dejó un sabor amargo para el club, denotando el a veces carácter soberbio del hombre y la sensación imperante de que estaba ahí por su próximo cheque. Incluso en esa temporada se permitió engalanarse la camisa del entonces descendido AC Milán en un partido amistoso en el San Siro, creando así uno de los sucesos más curiosos de nuestro deporte: Johan Cruyff vestido con la camiseta del rossoneri.

Su bizarro paso por el Levante y por la segunda división de España dejaban entrever el retiro definitivo como la única opción que quedaba entre las cartas de Cruyff, pero éste decidió retornar a Holanda con su amado Ajax en el ’81 para ayudar al equipo a ganar las siguientes dos Eredivisie y consolidar a un equipo que contaba con un joven Marco Van Basten entre sus filas. Ya cuando su contrato finalizaba en 1983, el club decidió prescindir de sus servicios puesto que lo calificaron como “demasiado viejo” para seguir aportando al equipo en el nivel que se exigía. En un arrebato de venganza, en aras de demostrar que no estaba acabado frente a sus antiguos patronos, portó la camiseta del enemigo y se convirtió en un año en eso: el enemigo. Johan Cruyff estuvo en el Feyenoord en el último año de su carrera y fue un memorable epitafio para una trayectoria sin parangón; junto a un joven Ruud Gullit, lideró al club de Róterdam a un doblete de liga y copa, además de ser el mejor jugador de la Eredivisie en esa campaña y siendo cargado en los hombros de los del Feyenoord en la celebración del título, en una de las máximas demostraciones de venganza en la historia del fútbol. Todo esto en el ’84 con 36 años de edad. ¿Cuántos jugadores pueden guiar a un equipo en lo profundo de la intrascendencia a ganar un doblete estando en el último año de sus carreras profesionales y siendo el mejor de la temporada? Y en la Copa UEFA fueron eliminados por el Tottenham de un joven Glenn Hoddle que estaba en su cúspide particular –simplemente era el nuevo rey pidiendo espacio frente a Cruyff. Para mí, éste es el mayor logro en la cancha en la trayectoria de Johan: inspirar a un club para triunfar cuando él mismo había sido catalogado como un acabado. Un final glorioso e imperial para una trayectoria llena de éxitos, pero que podemos calificar como una en la que hizo lo que deseó durante todos esos años –vivía y jugaba para sí mismo.

Futbolísticamente, no hay mucho que pueda revelar acerca del Cruyff jugador que no se haya dicho en las últimas semanas: era un jugador multifacético, capaz de adaptarse a cualquier posición del campo brillantemente y dotado de una capacidad y talento para desmarcarse, gambetear y definir frente al arco rival como si fuera un delantero centro de aquellos. Tácticamente, Cruyff era el futbolista total y el profeta máximo del ideario holandés del “todos atacamos y todos defendemos”; el que podía hacer funcionar a todo un sistema y romper los paradigmas que el mismo establecía con sus arrebatos repentinos de genialidad. Bajo la tutela de Michels, fue el primer gran falso nueve y uno que gozaba de libertad absoluta en la cancha; podía retroceder al puesto de contención y distribuir desde ahí, organizar desde la salida de la defensa como un líbero o desbordar con su técnica depurada como un extremo endemoniado –era así de bueno. Era el crack en las sombras y la estrella en un solo hombre; uno de los pocos jugadores en este deporte que no pueden ser copiados o imitados.


Simplemente, Johan Cruyff como jugador fue un fuera de serie que dominó los 70s como el mayor exponente futbolístico de esa generación y se erigió como el baluarte principal de una idea de que el balompié podía ser mucho más visionario y avanzado si se tomaban riesgo antes inusitados y si se perdía el temor por motivo de conservadurismo. Millones de personas e incontables jugadores han sido influenciados por las jugadas de un Johan que enamoró con su juego, entre sus más altos exponentes siendo Eric Cantona o Emilio Butragueño, quienes lo han catalogado como su referente futbolístico absoluto. Era una combinación idílica entre genio, inteligencia y capacidad de convertir el fútbol en un tema artístico.

Cuando anunció su retiro en el ’84, todos sabían que volvería al deporte como entrenador. El fútbol era todo su ser y no podía vivir alejado del mismo. Comenzaría en la segunda mitad de los 80s una etapa de su vida en la que sería igualmente influyente como jugador. Pero ésa es otra historia…

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miércoles, 14 de octubre de 2015

Así lo veo, Ken: el declive del fútbol holandés y cómo se puede solucionar.



El primer partido de UEFA Champions League que vi la temporada pasada fue un Ajax – Paris Saint Germain que se llevaba a cabo en el Amsterdam Arena en la fase de grupos. El partido se desarrolló en su comienzo como todos lo esperaban considerando la diferencia de categoría entre ambos equipos: el gol del uruguayo Edinson Cavani permitió a los poderosos parisinos jugar a gusto y todos (entre esas personas, un servidor) esperaban una goleada. Pasaban y pasaban los minutos de supremacía francesa hasta que en el segundo tiempo fue Lasse Schöne, el muy buen mediocampista danés de los ajacied, quien empató la cuestión con un gol de tiro libre soberbio. El mismo Schöne tendría otra oportunidad de pelota parada unos minutos después, pero esta vez el balón daría en el poste. Estas dos jugadas de balón parado, además de un público local que despertó con ese golazo de Schöne, envalentonaron a los del Ajax y lograron tener contra las cuerdas a uno de los planteles más poderosos del planeta fútbol. Al final, acabaron empatados uno a uno y los de Laurent Blanc se habrán sentido afortunados de haber cosechado un punto en un partido que pudieron haber perdido con facilidad luego de la igualdad. Esto, señores, es la clase de actuaciones que se extrañan por parte del fútbol holandés. Y el hecho de que un club con cuatro Copas de Europa tomara como un triunfo un empate de local en su debut europeo de la temporada demuestra una realidad inexpugnable: el fútbol holandés se halla en su punto más bajo.

Ahora que su selección nacional fracasó en la misión de clasificar a la Eurocopa que se llevará a cabo en Francia el año entrante, comenzarán a surgir las críticas y comentarios acerca de la crisis del fútbol holandés y a su estructura. Por supuesto, saldrán muchos iluminados a decir que es culpa del entrenador o de los jugadores –que tienen un grado de culpa-, pero el problema de la baja calidad de esta selección y de sus clubes en el plano internacional está profundamente entrelazado. Y por eso hay que analizar todo desde el principio para poder comprender la situación en su entereza. Primero que nada, hay que entendrt que el declive de los clubes holandeses –y que ha derivado en su selección- en el plano internacional no es una problemática que haya surgido en los últimos tiempos; estas dificultades datan desde mediados de los años 90s. La Ley Bosman –la ley que permite que los jugadores con contrato vencido se vayan gratis a otros clubes- surgió por esos años e hizo estragos en las raíces de los equipos de la oranje al hacer que sus jugadores tuvieran mayor facilidad para irse a los grandes de Europa por poco dinero o por nada, en muchos casos. A eso hay que aunarle la nueva estructuración de la Champions donde el coeficiente UEFA ha minimizado a las ligas de menor predominancia. Todo esto ha condicionado un tanto a la Eredivisie como un ente competitivo internacional porque se halla cada vez más acomplejada para poder ejercer con aplomo en la palestra de la Champions y la Europa League.


Caracterizados por ser uno de los países con la mayor productividad en formación de talentos y con una apreciación y conceptuación del holandés por el fútbol bastante característicos, su caída en desgracia a nivel clubes y selección no es por falta de materia prima o de recursos futbolísticos; es la falta de planificación y de reencontrarse con una identidad acorde a la actualidad. Y sin ánimos de ser polemista, es importante dejar algo bien en claro: el holandés ha estado enamorado por mucho tiempo con la idea futbolística implementada en los 70s por Rinus Michels con la más que conocida selección holandesa de aquella década apodada La Naranja Mecánica. En Holanda, los conceptos de “Fútbol Total” y del 4-3-3 son una ley inexorable y absoluta. Para ellos, la sublimación de este deporte se alcanzó con los planteamientos de los 70s y casi todo lo que ha surgido desde entonces en ese país ha sido a raíz de eso en materia de revoluciones tácticas: Cruyff, Van Gaal, Hiddink, etc. Todos parten de Michels. Actualmente no existen entrenadores jóvenes y prometedores que den señalamientos de romper con los dogmas establecidos en el país; hoy los mejores entrenadores holandeses se hallan en las postrimerías de sus carreras. Y el último gran entrenador que ha surgido del mismo ha sido el propio Van Gaal.


A pesar de ser un reconocido deudor del dogma futbolístico erigido por Michels, Louis Van Gaal también fue, irónicamente, el mayor transgresor de esa filosofía. El Ajax de los 90s del ya mencionado Van Gaal fue el último gran equipo de la Eredivisie en sacudir los cimientos del fútbol mundial. El futuro entrenador del Barcelona renegó de la creatividad y libertad absoluta que pregonaban Michels y su alumno ejemplar, Johan Cruyff, para trabajar en pos de un estilo ofensivo y preciosista que tuviera su base en la inteligencia táctica y en la capacidad de los jugadores de adaptarse a diferentes sistemas y situaciones en los partidos. Esa brillantísima generación de jugadores triunfó porque rompieron los paradigmas establecidos en el país y lo lograron gracias a un caudal de talento inconmensurable, un entrenador con una personalidad propia marcada y manteniéndose en la vanguardia de lo que se cocía en el fútbol por esos años. Ese equipo entraba a los pasillos dorados del Ajax de Cruyff de las tres Copas de Europa, del Feyenoord que fue el primero en ganar la competición, y el triplete del PSV de Hiddink a finales de los 80s. Pero por más cruel que suene, los 70s, 80s y 90s murieron y hoy en día la liga no es una potencia, sino más bien un torneo exportador de talento.


Es tiempo de que los holandeses tomen acciones serias en el asunto y busquen formas de rejuvenecer un fútbol que se está agotado, viejo y sin encanto. Es tiempo de que los clubes dejen la mentalidad de exportadores y hallen formas de retener a sus figuras para erigir planteles competitivos en el plano internacional. Porque esto no sólo afecta al Ajax, al PSV, al AZ o al Feyenoord; esto afecta a todo el espectro futbolístico del país. Un buen barómetro de la calidad de una liga es el plano europeo y el rendimiento de los clubes de este país ha sido, sin ánimos de ofender, de pena en esas competiciones. Si queremos recordar a un equipo holandés que lo haya hecho bien en Europa en los tiempos más recientes, debemos retrotraernos al PSV de (una vez más) Guus Hiddink en el 2.005. Ese gran PSV de Park, Van Bommel y Cocu puso contra las cuerdas al Milan de Ancelotti en las semifinales de la UEFA Champions League, pero al final se quedaron cortos para llegar a Estambul. Lo más alarmante es que esa actuación de los de Eindhoven es la mejor actuación de un club holandés en la Champions en este siglo. Antes de eso, hay que recordar al Feyenoord de Bert van Marwijk con un joven Robin Van Persie que ganó la Copa UEFA (ahora Europa League) al Borussia Dortmund –antes de que se volvieran el club de los hinchas plásticos- en el 2.002. Exceptuando esos dos casos, el resto de las actuaciones de los holandeses en las competiciones europeas de este siglo han sido estériles, paupérrimas y soporíferas.




En lo que concierne a la selección, sus dos últimos Mundiales han sido las mejores actuaciones del país en este siglo y son performances dignas de análisis. La Oranje que perdió la final de la Copa del Mundo ante España en Sudáfrica 2010 rompió todos los esquemas y principios de su fútbol, pero no de una manera proactiva, sino con un juego brusco, rocoso y peleador rayando en lo demencial. Por supuesto, el fútbol es un deporte de contacto físico y no está mal basarse en eso, pero cuando se llegan a las cuotas de beligerancia como a las que llegaron los holandeses en ese torneo –ahí está para el recuerdo la patada en el torso de Nigel de Jong a Xabi Alonso en la final-, se debe dibujar una línea. Por el otro lado, la Holanda de Brasil 2014 se basó en el reconocimiento de sus carencias y virtudes, un Arjen Robben en estado de gracia y un plantel 100% comprometido a la idea de su entrenador. Era un cúmulo de jugadores con pocas figuras de clase mundial en el panorama actual, pero que jugó como una unidad colectiva bien aceitada y mostrándose más ingeniosos en el plano táctico que sus contrincantes. De no ser por el azar de los penales en las semifinales contra Argentina -sin desmeritar a los alemanes que me parecen la mejor selección del mundo- a lo mejor el campeón del mundo hubiera sido otro.

Pero ésos dos son casos aislados; un oasis ilusorio en un vasto desierto ideológico. Esos breves momentos de éxito no han surgido de la planificación y el detalle; han surgido del pragmatismo de Bert van Marwijk y la maximización de los pocos recursos entre manos de Louis Van Gaal. Para que Holanda vuelva a ser lo que fue, es importante que se vea al principal generador de talento de su país: la liga.




Luego de esta debacle que ha sido la no clasificación a la Eurocopa, es importante que la prensa no solo señale al entrenador, Danny Blind, o a sus jugadores, sino que también sean críticos con el estado actual de la Eredivisie. Los holandeses deben apostar por su liga en el área del marketing y de estructuración para desarrollarla: deben hacerla más atractiva desde un punto de vista comercial para conseguir un mayor apoyo televisivo y así repartir un mayor bono financiero para sus equipos por los derechos de transmisión –así es como los equipos de las mejores ligas de Europa consiguen una gran parte de su sustento económico para reforzarse. De la misma manera que la Primera División Inglesa tuvo un crecimiento fastuoso al convertirse en 1.992 en la Premier League, y al hacerse un mayor movimiento publicitario a su alrededor, la Eredivisie necesita una evolución y modernización en ese aspecto. Un campeonato liguero reforzado en lo económico generará dividendos en lo futbolístico. Aunque la liga holandesa no cuenta con estrellas mediáticas para promoverse –lo que es un problema muy grave en el aspecto de marketing-, cuentan con todo lo demás: la historia, la cultura futbolera, la clase, el juego ofensivo –es una de las ligas con mejor promedio de gol en Europa- y una muy buena estructura en materia de canchas. La resurrección del fútbol holandés debe partir desde la reestructuración de la liga. Hay jugadores como Daryl Janmaat o Jordy Clasie que estaban en un grande de Holanda como el Feyenoord y que ahora están jugando en equipos como el Newcastle y Southampton de Inglaterra, respectivamente; aunque no son malos equipos, están más lejos de pelear por títulos o jugar en Europa que con el club holandés, pero la paga es mejor y la vitrina que es la Premier League es más tentadora. Deben lidiar con esa problemática o se avecinan unos tiempos de austeridad nociva para los colosos de la Eredivisie… si no es que ya han llegado.

Y por más negro y lóbrego que se vea el panorama actual, el país cuenta con una generación de relevo que vio muchos minutos en la Copa del Mundo anterior y aunque tal vez ahora mismo no tengan el mismo impacto que tuvieron los Van Persie, Sneijder y Robben de hace diez años –una generación dorada que nunca alcanzó su máximo potencial, a mi criterio-, pueden llegar a ser un gran grupo con un futuro brillante. Jugadores como Memphis Depay (Manchester United/Extremo), Davy Klaassen (Ajax/Mediocentro), Jordy Classie (Southampton/Mediocentro), Virgil Van Dijk (Southampton/Central), Stefan De Vrij (Lazio/Central), Daley Blind (Manchester United/Lateral), Daryl Janmaat (Newcastle United/Lateral) o Georginio Wijnaldum (Newcastle United/Mediocentro) pueden ser capaces de formar un equipo competitivo. No estoy diciendo que pueden llegar a ser campeones del mundo en Rusia 2.018, pero sí pueden ser capaces de competir y al menos proponer un juego que emocione porque actualmente Holanda está en tierra de nadie: no tienen ni los resultados ni el juego. Simplemente están ahí ocupando un espacio. Son problemas que trascienden y no se pueden atribuir a un entrenador o a un mal momento –es mucho más que eso. Estamos hablando del alma resquebrajada de una de las mejores selecciones de otrora.


El ente holandés no tiene posibilidades en el mundo desenfrenado de los millones y de los equipos que compran su camino al éxito; pero si no puedes ser fuerte, debes ser inteligente. Deben reinventarse y reconocer que los tiempos de ahora ya no son los de antes y que no perderán su esencia por solamente modernizar una propuesta que fue brillante en su momento, pero que actualmente está más que caducada. La debacle de Holanda en la clasificación a la Euro de Francia 2.016 no es más que la consolidación de un país que se halla a sí mismo en una encrucijada dogmática y no sabe qué decidir entre la reinvención o la extinción. Y por como va la cosa, pronto estaremos escuchando Countdown to Exctintion de Megadeth en las calles de Ámsterdam. Y esta vez no habrá un golazo de tiro libre de Schöne para que reaccionen. Es tiempo de que despierten por su cuenta.

domingo, 30 de agosto de 2015

Cracks en las Sombras: Jari Litmanen, el rey de las tierras heladas.



Él vino del norte; el hombre destinado a cambiarlo todo en Holanda y que sería recordado como el monarca absoluto de los países nórdicos. Frío como las tierras de las que era oriundo, callado como la tormenta misma antes de prorrumpir y mágico como el cielo vespertino cuando se entrelaza con la noche. A finales de los 80s, cuando el fútbol contaba con una riqueza absoluta de jugadores talentosos y mágicos, surgiría desde las profundidades de un país donde el balompié es considerado un deporte inferior, Finlandia, un hechicero silencioso que iría derrochando su magia hasta entronarse como el rey de sus tierras. Un jugador que no es muy conocido en estas latitudes, pero que en Europa es tan estimado que incluso se dije que de no haber sufrido un calvario de lesiones como el que padeció, estaría al mismo nivel de Zinedine Zidane, en cuanto a repercusión se refiere. Hablo, por supuesto, de Jari Litmanen; el Rey de Finlandia, el hombre de cristal, el profesor, que son algunos de sus apodos, pero también puede ser conocido, junto a Zlatan Ibrahimovic, como el mejor jugador nórdico de la historia del deporte. Uno de esos hijos del destino dotado de técnica, inteligencia, personalidad y una capacidad poco suscitada para saber hacer la jugada correcta en el momento idóneo; algunos le dirán saber leer el juego, otros que era un mago –un servidor piensa que es un poco de ambos casos. Un hombre que lo logró todo en el fútbol y que lo hizo todo a la antigua: sin propagandas, sin ayuda de la media, sin sobresalir por tonterías fuera de la cancha y dejando que su juego hiciera la habladuría por él. Un jugador que resucitó al fútbol holandés en los años 90s y que probablemente lideró al equipo por antonomasia de aquella década: el Ajax de Louis Van Gaal. ¿Les interesa conocer la historia de Litmanen? Pues sigan leyendo.


Lo interesante y levemente irónico de la carrera de nuestro protagonista es que no dio sus primeros pasos en su Finlandia natal jugando al fútbol; en realidad era un entusiasta al Hockey, deporte que es una pasión absoluta en su país y donde sus paisanos son una potencia. Claro, Jari también era una fanático del fútbol, pero parecía estar encaminado a ser jugador de Hockey hasta que un scout de un equipo humilde llamado Reipas lo vio jugar y descubrieron que este muchacho de alta estatura, cuerpo raquítico y abundante cabellera ochentera era algo especial –esto resultaría ser una de esas jugadas claves del destino que cambiarían para siempre la vida del pequeño Jari, que se despedía del Hockey para dedicarse, contra todos los pronósticos, a una carrera en el balompié en un país donde el apoyo a este deporte era casi inexistente en la época. Tampoco era una gran sorpresa: sus dos padres habían sido futbolistas profesionales y el cariño por el deporte corría sus venas; era simplemente una decisión natural. En el Reipas debutaría a la prematura edad de 16 años, pero su compostura, su toque y su clase eran reminiscente a las de un jugador que llevaba más de doscientos partidos en sus hombros y que lo había vivido todo –luego de tres temporadas, donde desarrollaría su juego, se marcharía al HJK Helsinki, que es el equipo de mayor renombre en Finlandia. Una temporada después se iría al MyPa de su país y eso probaría ser una decisión vital: sería en ese equipo donde ganaría la Copa de Finlandia ese mismo año con un resultado de 2-0, con un gol del propio Jari y cautivando la mirada de un scout del Ajax de Holanda que había asistido para contemplar con sus propios ojos a ese precoz hechicero que derrochaba magia por las heladas tierras finesas. No tardaría en hacerse realidad su traspaso en el exterior, luego de que equipos como Juventus, Liverpool, Leeds United o Barcelona se interesaran en su persona –pero serían los holandeses los que se harían con los servicios del “profesor”.

El finlandés llegaba a un Ajax que estaba en pleno proceso de reconstrucción por un bastante criticado Louis Van Gaal (¿cuándo no?), que comenzaba a dar muchas oportunidades en el 1er equipo a varios juveniles luego de su triunfo de la Copa UEFA de 1992. En su primer año, Litmanen no era muy del agrado del complicado Van Gaal y pasó la mayoría de la temporada jugando con las reservas. Su debut sería reemplazando al número ‘10’ de ese entonces de los Ajacied, Dennis Bergkamp –otro obelisco de calidad y elegancia pura con el balón. Posteriormente a ese año, Bergkamp haría las maletas para marcharse a Italia y entonces Van Gaal buscaría una alternativa para reemplazar a su jugador estrella… pero su fisioterapeuta tenía otra idea. Él le recomendó al siempre decidido Van Gaal que apostara por Litmanen en el puesto de Bergkamp puesto que lo había visto jugar con detenimiento en las reservas y sabía que el muchacho era algo especial, cosa que todos concordaban en la institución y que terminó convenciendo a Louis para apostar por el elegante finés. Y es que desde que arribó al club, ya emanaba un aura de distinto; de jugador que era diferente al resto. David Endt, manager por esos años del Ajax, diría que nuestro protagonista era un entusiasta del fútbol, que siempre quería saber más y que aunque era un muchacho tranquilo y reservado, desplegaba un aura de líder, de distinto, que dejaba entrever que no necesitaba levantar su voz o sus puños para hacerse escuchar. Y así era jugando y así lo demostró en los 90s con el Ajax.


Desde 1.992 hasta 1.999, Jari Litmanen se había convertido en el mejor jugador de un equipo que se había transformado en EL equipo de los 90s; el Ajax de Louis Van Gaal, con figuras como los hermanos De Boer, Clarence Seedorf, Michael Reiziger, Edgar Davids, Kanu, Patrick Kluivert, Marc Overmars, Edwin Van Der Sar y el propio Jari, lo ganaría todo repetidamente en Holanda y se encumbraría en el ’95 al ganar la UEFA Champions League al Milán, entonces rigente campeón de Europa, desplegando un fútbol moderno, adelantado a su época y que era extremadamente vistoso –eran una sensación mundial. Y en un equipo que se movía como el melodioso sonar de una sinfonía, Litmanen era el orquestador total: su visión para servir el último pase, su clase para desbordar a los rivales y su capacidad para desmarcarse y anotar eran algunas de las cualidades que lo volvieron el símbolo y epítome de la locura sistemática que era aquel mastodonte futbolístico de equipo. Era extremadamente dotado de técnica, pero poseía una virtud intrínseca de ser simplista cuando la situación lo ameritaba y sabía cómo jugar de espaldas al arco como los mejores delanteros centro –era, para todos los efectos, un fuera de serie total. Tristemente, ese maravilloso equipo donde Jari era el epicentro comenzó a desarmarse a partir del ’96 por la Ley Bosman y el finlandés dejaría Ámsterdam en 1999, entre tributos y homenajes, para dirigirse a la Ciudad Condal y vestir la camiseta del FC Barcelona. Muchos equipos se interesaron en su ficha, en especial los italianos como Milan, Inter y Juventus, pero Jari no gustaba del fútbol férreo de Italia y no le atraía el concepto de jugar de única punta o de no contar con apoyo ofensivo. En España también lo quiso el Valencia, pero se decantó por el Barcelona. Como curiosidad, los dueños del club valenciano no podían creer que fuera finlandés porque por sus gestos, su estilo de juego y su talento, creían que era 100% holandés. Hay quienes están predestinados a enfundarse ciertas camisetas; y Litmanen y el Ajax eran una unión perfecta de talento e ideología.


Jari se reunía con Van Gaal en Cataluña y el primero había llegado para marcar esa diferencia que hiciera despuntar el proyecto del segundo en el club español, pero la suerte no estuvo del lado del “profesor” en toda su etapa con los azulgranas. Aparte de ser conocido por sus proezas futbolísticas, Litmanen era famoso por ser un jugador muy propenso a las lesiones y aunque eso había sido hasta un cierto punto manejable en Holanda, con los culés se acentuó esa problemática y rara vez podía hilvanar dos actuaciones seguidas –Frank De Boer lo apodó “el hombre de cristal” en su etapa en el Barcelona. Sin mencionar que llegaba a un club que no terminaba de confiar en la metodología de Van Gaal y “sus” jugadores (los hermanos De Boer, Cocu, Reiziger, Kluivert y el propio Litmanen); el público catalán simplemente no tenía la paciencia en ese momento para un jugador tan fino y tan silencioso –el histrionismo y vertiginosidad de individuos como Rivaldo o Figo eran mucho más del agrado de los hinchas blaugranas. Simplemente no fue el lugar adecuado para Litmanen en ese momento y su personalidad tan callada no encajaba con toda la megalomanía de la prensa española –pobre de él si hubiera jugado estos días en el Barcelona.


Van Gaal terminó por ser despedido en el 2001 y con él se fue Jari en Enero de ese año a Anfield Road como agente libre, para fichar por el Liverpool. El finlandés era un hincha desde pequeño –cabe recordar que en su niñez eran la crema innata del fútbol mundial- y era un sueño para los scousers que un jugador de la talla de Litmanen se uniera a los Michael Owen, Steven Gerrard, Robbie Fowler o Jamie Carragher que ya estaban en un plantel bastante completo y que ganaría la FA Cup, Carling Cup (ahora Capital One) y la Copa UEFA ese mismo año. Litmanen tuvo destellos de su clase en Anfield Road y aunque logró ganar todos esos trofeos, se perdió las tres finales por una lesión en el tobillo –parecía estar eternamente condenado. Lo que impera en la memoria de los hinchas del Liverpool del paso del mago finés es que se pudo haber hecho mucho más con él en el plantel; Gerard Houllier, el entrenador por ese entonces, nunca le dio una seguidilla de partidos en el club y nunca usó su talento como era debido. En el 2002 sería vendido al Ajax y el sueño cumplido de Jari terminaría con esa sensación de que pudo haber sido mucho mejor y de que ambas partes pudieron haberse beneficiado mucho más del otro. Simplemente, fue un periodo muy intermitente para el hechicero nórdico y ahí no acabarían sus aventuras.


Volvería como un héroe a Ámsterdam y compartiría vestuario con algunas de las futuras grandes figuras del fútbol mundial y grandes promesas como Zlatan Ibrahimovic, Rafael Van Der Vaart, Maxwell, Wesley Sneijder y un par más que me dejo en el tintero, sirviendo como un mentor y una figura de experiencia para toda una nueva generación de un equipo que tan bien supo comandar hace varios años. Ayudaría a los Ajacied a clasificar a 4tos de Champions en la temporada 2002/03, pero deambularía por el mundo del fútbol a partir del 2004 por diferentes equipos. Como un nómada del fútbol volvería a jugar en su Finlandia natal (en el Lahti), el Hansa Rostock de Alemania, el Malmö de Suecia, el Fulham de Inglaterra y volvería a su país para dar sus últimos pasos en el Lahti y en el HJK otra vez hasta el 2011, donde se retiraría. A pesar de que su mejor momento había quedado atrás en su primera etapa en el Ajax, nunca dejó de desplegar su talento, así fuera por cuentagotas, en todos los clubes en los que jugó y todo hecho con una actitud profesional, demostrando que estaba en esto para hacer fútbol y no para vivir de su pasado. En el año 2010, y con cuarenta años de edad, se volvería el goleador internacional de mayor edad al anotar contra San Marino en un partido clasificatorio para Eurocopa. Hasta sus últimos días, demostró que su talento era eterno y que no conocía las demacradas cicatrices del tiempo –eran un hijo privilegiado del destino.


El rey había perdido la corona hace mucho tiempo, pero nunca perdió lo imponente o lo majestuoso –cualidades intrínsecas de cualquier monarca. Y es que estamos ante la presencia de uno de esos singulares y peculiares individuos que parecían ser únicos en su especie. Ver jugar a Litmanen, ya sea en video, me genera las mismas sensaciones que escuchar a Pink Floyd en su apogeo: es algo silencioso pero esplendoroso; algo que trasciende, pero que pareciera esconderse casi como si estuviera avergonzado de estar bendecido con tanto talento. Sin hacer mucho alboroto, se plantó en el mundo del fútbol y se convirtió en uno de los mejores jugadores de la década de los 90s mientras era la figura principal de uno de los equipos más poderosos de la historia del balompié. Tal vez si hubiera nacido brasileño o italiano, el Balón de Oro que tanto se merecía hubiera sido en el ’95, en vez de quedar de tercero –pero no muchos repararon en eso, porque el Balón de Oro no era el concurso de popularidad nauseabunda que es hoy en día. Era simplemente el resultado de una época diferente, pero que era perfecta para nuestro protagonista y que pareció, con su llegada a Ámsterdam en 1992, haber arribado a su mundo ideal para explotar.

Es una lástima que un jugador de esta magnitud no sea tan conocido por este lado del charco y colocar a un coloso como Litmanen en Cracks en las Sombras me parece una herejía, pero había que hacerlo para dar a conocer a un mago silencioso que hacía mejor a sus compañeros, de un modo muy similar a su coetáneo generacional, Zinedine Zidane. Vayan a Youtube y vean cuanto video encuentren de este caballero en acción; podrán contemplar la magia de un rey. Un jugador tan pero tan grande en la gloriosa historia del Ajax que en el museo del club, hay pantallas que muestran las mejores jugadas de tres futbolistas del club: Johan Cruyff, Marco Van Basten… y Jari Litmanen, aquel que vino del norte para entronarse como el rey de las tierras heladas.