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viernes, 4 de marzo de 2016

Historias de Interés: Feyenoord, los hijos olvidados de Róterdam.



“El momento más solitario en la vida de alguien es contemplar cómo su mundo se derrumba y que solo pueda quedarse mirando.”
- F. Scott Fitzgerald
En Mayo de 1.940, comenzaban a mostrarse los primeros vestigios de lo que sería conocido como la Segunda Guerra Mundial y éstos tomaban forma de bombardeos a múltiples ciudades. Las fuerzas armadas de Adolf Hitler atacaron las fronteras belgas y holandesas hasta comenzar a atacar con sus hombres mediante bombardeos a diferentes localizaciones del territorio a invadir. Entre todo el terreno tocado por la barbarie y la brutalidad del armamento Nazi, se encontraba la ciudad de Róterdam. El centro de la ciudad fue devastado, muchos edificios ardieron en llamas, miles de personas murieron y muchas más se quedaron sin hogares. Y otra víctima de todo esto fue el estadio De Kuip del equipo de fútbol de la ciudad, el Feyenoord, que fue quemado casi hasta sus cimientos por los ataques germanos tras tan solo tres años de su constitución. Sin ahogarse en la tragedia, el club tomó los retazos de lo que les quedaba luego de la guerra y construyeron una versión expandida de De Kuip en el ’49, como un testimonio de que habían superado este desdeñable suceso que les había tocado padecer. Y verán, esta habilidad para levantarse de las dificultades y continuar a pesar de todo se ha convertido en el modus operandi de un club que siempre se ha sentido orgulloso de ser “uno más” con sus hinchas y este estadio que una vez fue destruido por la tragedia, hoy en día es visto como el más apasionante y vivo de Holanda. Un club que se enorgullece de llamarse “el club de la gente”, pero cuyos hijos hoy se ven olvidados en estos tiempos modernos.

La actualidad y los días en los que estamos no han sido para nada alentadores para los de Róterdam. Ni cerca. Tras un comienzo alentador en la campaña que comenzó a transmutar en una racha muy negativa, está más que claro que el Feyenoord se halla en un estado de completa decadencia y el club no parece encontrar el camino para salir de este abismo en el que se han metido. Aunado a eso, pesan casi dos décadas de malas decisiones que se han traducido en 17 años sin un título de liga, pasar varias temporadas sin llegar a competiciones europeas, cortejar en el 2.010 con el descenso y un sinfín de contrataciones lamentables. Pero lo más doloroso de todo para sus hinchas es cómo su ilustre historia se ha visto ninguneada a los ojos del mundo futbolístico. Cuando los aficionados de este deporte hablan de la Eredivisie, lo más probable es que solo hablen del Ajax de Ámsterdam y del PSV Eindhoven. Muchas personas desconocen que detrás de esta actualidad tan desgarradora, se esconden, en lo profundo de los velos de la nostalgia, algunos de los momentos más importantes del fútbol holandés a nivel clubes y una de las primeras aristocracias del balompié europeo. Una aristocracia adicta al caos y que no parece vivir sin ese toque de ambivalencia para sentirse a gusto. Pero bueno, ¿acaso nunca hemos sido así en algún punto de nuestras vidas? El fútbol necesita locura y este club lo ofrece a raudales.



Feyenoord siempre han sido de los equipos más exitosos en la historia del fútbol holandés, pero no todos saben que durante los años 60s y 70s fueron los primeros en poner el nombre de Holanda en la palestra del fútbol europeo. A finales de los 60s, el club de Róterdam buscaba montar un buen desafío en la entonces Copa de Europa (ahora llamada UEFA Champions League) y decidió hacerse con los servicios de uno de los grandes visionaros de la época, Ernst Happel. El otrora defensor austríaco venía de cosechar un título con el humilde ADO Den Haag, la copa KNVB Beker al legendario Ajax de Rinus Michels y un cuarto lugar en la Eredivisie practicando un fútbol ofensivo y agresivo con una formación táctica que variaba entre 4-3-3 y 4-2-4 que, para esos tiempos, era algo inédito en Holanda. Aunque el Ajax de Michels recibió todo el crédito de ser los precursores del Fútbol Total que se traduciría en la Naranja Mecánica de la selección de Holanda del ’74, el Feyenoord de Happel fue el primer equipo en practicar este sistema táctico y el propio Michels tomaría nota de esto para formar su equipo alrededor de un joven pero irrepetible Johan Cruyff. Basados en la columna vertebral de su gran capitán Rinus “Iron Rinus” Israël en la defensa central, el también austríaco Franz Hasil en el mediocentro y el habilidoso extremo Coen Moulijn –uno de los mejores extremos europeos de la década y conocido como Mr. Feyenoord-, el equipo de Happel supo hacerse con dos títulos de la Eredivisie y el Olimpo del Feyenoord: la legendaria Copa de Europa de 1.970 al derrotar a otro histórico del fútbol, el Celtic de Jock Stein, por dos a uno en un partido que simbolizaría el ascenso del Feyenoord y de toda Holanda a la cima del deporte.



Luego de un triunfo histórico en el San Siro contra el Celtic donde Stein diría que “Celtic no ha perdido contra el Feyenoord; yo he perdido contra Happel”, se conquistaría la Copa Intercontinental al derrotar a Estudiantes de la Plata en una final de ida y vuelta. El éxito abundaba y otro título de liga llegaría en la temporada 1.973/74, además de una Copa UEFA ese mismo año, pero Happel ya no estaba para ese momento y el club iría perdiendo esa identidad tan clara e innovadora que habían ostentado con el una vez defensor del Rapid Viena como entrenador. Por casi una década, aquel gran Feyenoord que inspiró a una nación entera y que fue vital para la histórica selección Oranje de los 70s se fue diluyendo hasta ocupar la segunda plaza de manera repetida detrás de un Ajax que se había cimentado como el más grande del país por su trío de Copas de Europa con Cruyff y con el éxito posterior en el ámbito doméstico. Todo esto sin mencionar la aparición de clubes como el PSV Eindhoven o el AZ Alkmaar. Era un escenario que se iría volviendo algo rutinario para el club de Róterdam, pero al mal tiempo siempre le han dado buena cara y éste era uno de esos casos. ¿Y quién hubiera dicho, por allá a comienzos de los 80s, que quien los ayudaría a retornar a la cima de la Eredivisie sería su más grande enemigo? Creánlo o no, hubo un año en que Johan Cruyff, leyenda máxima del Ajax, vistió la camisa del rival eterno.



A pesar de haber tenido 36 años en el ’83, el futbolista más grande que ha dado Holanda aún era un jugador fenomenal, pero el club de Ámsterdam pensaba diferente y decidieron no renovarle el contrato, cosa que resultó en Johan vistiendo la camisa del eterno rival en la temporada 1.983/84 para conseguir retribución y demostrar que no estaba acabado. Lo que vino a continuación fue un año olvidado en la carrera de Cruyff, pero que aún abundaba de buen fútbol y, emparejado con un joven Ruud Gullit en el ataque, el Feyenoord se embarcó en una gran temporada que incluyó una racha de 15 partidos sin perder y la obtención de una liga y una copa. Los meses de Cruyff en De Kuip, apoyado por un grupo bastante bueno de jugadores, supuso uno de esos periplos futboleros del gran holandés donde se le pudo ver cómodo y rindiendo a un nivel bastante alto. Luego de ese año, la leyenda del Ajax se retiraría y Gullit se iría a los contrincantes del PSV, causando que más de un hincha radical fuera a encarar al otrora ídolo de Róterdam. Los 80s se tornaron negativos para el Feyenoord y los 90s probarían ser otra prueba amarga al haber conseguido tan solo dos títulos de liga –los de la 1.992/93 y la 1.998/99-, que probarían ser los dos últimos del club hasta la actualidad.

El nuevo milenio supuso un comienzo positivo y que auguraba buenas cosas para el club holandés, pero, como es su costumbre, tuvieron que alternar la gloria con el más que pesado sufrimiento.

La Copa UEFA de la campaña 2.001/2.002 fue un logro vital y que aún se disfruta entre la hinchada del Feyenoord. La final fue contra un gran equipo del Borussia Dortmund –antes de que fueran el equipo de moda de los niños rata- en el mismísimo estadio del Feyenoord, De Kuip, rebosante de hinchas que deseaban ver a su equipo campeón de Europa. El partido fue un excitante tres a dos donde se enfrentaban dos grandes equipos; eran Robin Van Persie, Jon Dahl Tomasson y Pierre Van Hooijdonk contra Jan Koller, Marcio Amoroso y Tomas Rosicky. Los de Bert van Marwijk se coronaban campeones de Europa en su propio estadio y esta generación hoy es vista como la última gran generación que ha ostentado el club.



Lo que vino a continuación es una seguidilla constante hacia el mismísimo abismo de la decadencia y de perder el lustre que todo equipo grande debe de tener. Después del 2.002, el Feyenoord ha caído en la peor época de su historia y donde han tenido que pasar por todos los males que pueden llegar a padecer los clubes en Europa: perdida de sus mejores jugadores, mala economía, cambio de dueños, muchos fichajes caros de pobrísimo rendimiento y cambios constantes de entrenadores. En comparación al Ajax o al PSV, que se han mantenido constantes en el ámbito doméstico –en competiciones europeas es otro cantar para todos los equipos holandeses-, el Feyenoord es un club que hiede a caos durante cada una de sus temporadas y que sufre por hallar la consistencia deseada. Todo esto es debido al hecho de que el club se ha estado administrando de manera errónea y sus directivos siempre han tomado decisiones reaccionarias para tratar de solventar la situación, pero la realidad del asunto es que las contrataciones extravagantes del club han generado más deudas que resultados deportivos y su falta de inversión en las instalaciones del club y sus juveniles para adaptarse a estos tiempos los ha puesto por detrás de los grandes de la Eredivisie, incluso cayendo más en la segunda línea del AZ y el Twente.



Luego de una debacle (más) pronunciada en la temporada 2.010/11 donde coquetearon con el descenso, incluyendo una humillante derrota por diez a cero contra el PSV, el club contrató a Ronald Koeman como entrenador y éste apostó por las juveniles para reestructurar un equipo dolido. El rendimiento del equipo mejoró mucho y jugadores como Stefan De Vrij, Bruno Martins Indi y Jordy Clasie, además del préstamo del prometedor delantero sueco John Guidetti, encontraron en esta época del club un espacio para debutar y convertirse en íconos modernos de una institución que hoy en día no tiene mucho de que sentirse orgullosa.

Y aún así, los aficionados siguen yendo a De Kuip y muestran su apoyo al club. El estadio del gigante de Róterdam es una caldera cada quince días y es el recinto más apasionado de toda la Eredivisie, por más que el club no se encuentre en un buen momento. Para los más jóvenes, se puede comparar a De Kuip y a su hinchada con los del Borussia Dortmund –clubes que se asemejan mucho en esa dualidad entre el cielo y el infierno.



Llegamos al 2016 y podemos decir que los flirteos con la grandeza que terminan en decepción siguen en pleno auge. Giovanni van Bronckhorst, leyenda del club, arribó como entrenador y el experimentado Dirk Kuyt, otro gran ídolo del club, también. Han regresado para inyectarle algo de energía al club y aunque al principio de la campaña estuvieron peleando por el primer lugar, el juego del equipo no era el mejor y fueron decayendo hasta cosechar una racha histórica de siete derrotas consecutivas de la acaban de salir hace una semana. Tiempos difíciles abundan a raudales en Róterdam y el club deberá hacer muchos cambios para volver a celebrar títulos de liga y ni hablar de los internacionales, pero lo que es seguro del Feyenoord es su capacidad de alternar momentos brillantes con derrotas desalentadoras. Más que una institución deportiva, son un ejemplo de cómo es la vida y de cómo hay que compaginar los episodios dulces con los más amargos. Es un club que ya ha perdido el brillo de otrora y que hoy en día no suponen ser un gran punto de interés para los entusiastas del deporte, pero que esconde una pasión inconmensurable en sus hinchas y un patrimonio histórico que es vital para comprender el fútbol holandés. Sin el Feyenoord y los logros que cosecharon con Happel, tal vez el Fútbol Total no hubiera existido como lo conocemos. Feyenoord es una parte esencial de Holanda como ente futbolístico.



Y es que hoy en día son los hijos olvidados de Róterdam, pero que nadie se equivoque: éste es un club de ésos que pueden soportar cualquier golpe y seguir adelante. Cuando tiren todas las bombas, los del Feyenoord tomarán los restos y construirán sobre los cimientos destrozados. Ya lo han hecho antes.

viernes, 5 de febrero de 2016

Nos volveremos a ver: Nemanja Vidic, el central de una generación.



“¿Cuántos centrales pueden decirte que de verdad les gusta defender? A Vidic le gustaba. Le encantaba el reto de meter la cabeza para pelear el balón. Podías sentir la emoción que experimentaba con esos balones divididos.”
-          Sir Alex Ferguson.

El tiempo es despiadado y la adoración es peligrosa. Así que es interesante cuando ambos elementos se entrelazan para desembocar en un estado de desazón absoluta. Porque cuando tenemos a un héroe a quien admiramos y miramos como un ejemplo a seguir, corremos el riesgo de llevarnos una decepción y de sentirnos afectados por la caída en desgracia de alguien a quien una vez contemplamos desde arriba. Pero, de vez en cuando, como uno de esos extraños sucesos que no tienen explicación en este mundo, surgen esos héroes que hicieron lo que hicieron no por gloria personal o por satisfacer su propio ego, sino porque lo que tenían que hacer era lo correcto –ésos son los verdaderos héroes. Éste no era un héroe nacido para no cumplir su cometido y fue el tiempo, esa arma natural e inevitable, quien nos privó de verlo cumplir una última gran hazaña que tan merecida tenía. ¿Por qué? Porque simplemente había surgido de la nada para pelear y morir por los suyos. Lo diré sin tapujos: Nemanja Vidic ha dejado el fútbol profesional.


A un nivel personal, me es muy difícil no sentirme invadido por la tristeza y la añoranza en estos momentos. No solo soy un hincha del Manchester United, sino que también un admirador del trabajo de este gladiador balcánico; su carácter, su compromiso y su sacrificio son aspectos que siempre he valorado en cualquier ser humano, no solo en el fútbol, por lo que en él hallé a un símbolo que encarna, a mi criterio, todo lo que debería ser un central. Sí, su actualidad no ha sido la mejor y se retira con su contrato rescindido con el Inter de Milán tras un pésimo paso plagado de lesiones por la Serie A, pero es que hay mucho más en este personaje. Hay tanto que puedo decir de Vidic y tanto que siento, que , que se me va a escapar.

Probablemente, en el gran espectro de la historia del fútbol, cuando se mencionen a los mejores centrales de este deporte, el nombre del serbio no será mencionado y eso, a mis ojos, debería ser material para sentencia de cárcel. Vidic nunca tuvo ese factor “mainstream” para ser reconocido mundialmente como el mejor central de su generación aunque, ciertamente, lo era. “Muy psicópata para el club”, dirán algunos. Pero aquí yace la base de la grandeza de Nemanja Vidic: a él nunca le importó el éxito personal y muchas veces antepuso su propia salud física para el triunfo de su equipo –sin importar que en el proceso acabara sangrando, expulsado o peleando contra alguien del Liverpool.


Se nos va un cinco veces campeón de la Premier League, un ganador de la UEFA Champions League, un dos veces mejor jugador del año de la liga inglesa y un defensor que promediaba un título cada veinte partidos. ¿Y saben qué? Nada de eso importa. La carrera del gigante serbio es un testimonio al axioma inexorable de que si lo das todos por lo que deseas y trabajas sin cesar en tu oficio, lograrás tu objetivo. ¿Quién sabía, por allá en el 2006, que los Reds Devils se habían hecho con los servicios de un jugador que se entregaría en cuerpo y alma al club y que se volvería, en mi concepto personal, el mejor defensor central de la historia de la Premier League? No creo que ni el mismo Nemanja lo pensara, pero su destino le aguardaba muchas glorias y muchas batallas.

El viaje de Vidic comenzó en su Serbia natal, entonces conocida como Serbia y Montenegro antes de la separación de ambos territorios, en el año 2000 al salir de la excelsa cantera del Estrella Roja de Belgrado. Luego de una temporada en el primer equipo, fue cedido al Spartak Subotica, un club pequeño de su país, para pulirse en el oficio y luego regresar más fuerte y preparado en una de las dos instituciones más grandes de Serbia, en dura pugna con el Partizan de la misma nación –la experiencia de vivir una de las rivalidades más intensas y peligrosas de todo el mundo debió haber sido un bautizo de fuego para un joven defensor que comenzaba a tomarle el gusto a esto de ver el campo de juego más como un campo de batalla. Jugaría un par de temporadas bastante buenas en su país, estableciéndose como el capitán del Estrella Roja en el proceso, y ganando todo lo que podía ganar en Serbia con el equipo de sus amores hasta que el Spartak de Moscú arribó en el 2004 para contratar los servicios de este tremebundo central que daba de qué hablar en Europa del Este. Se fue a Rusia como capitán, campeón de un doblete local y como el defensor más caro de la liga rusa hasta esa fecha, aunque la cifra como tal nunca fue esclarecida (aunque sí se confirmó que fue el más caro). La presión no era nada nuevo para Nemanja y la historia iba a seguir por ese rumbo.


Sus dos temporadas en Rusia le hicieron llamar la atención del Manchester United en la primera mitad de la 2005/06, pero lo que no muchos saben, es que la Fiorentina estuvo cerca de ficharlo y al final el traspaso no se dio porque ya tenían las plazas de extracomunitarios ocupadas (los balcánicos eran categorizados como tal, aun siendo europeos). Y el United, vivos que eran, aprovecharon la oportunidad, pagaron siete millones de libras y Enero de 2006, Nemanja Vidic arriba a Old Trafford como el que acompañaría al asentado Rio Ferdinand en la zaga central –solo que las cosas no serían tan sencillas para nuestro protagonista.

Recordar los primeros seis meses del serbio en Inglaterra es una demostración de que uno puede revertir todo lo que se ha hecho y crecer a partir de las adversidades. Yo estuve ahí: yo vi a Vidic sufrir para adaptarse a la Premier y generar dudas a aquellos que lo veían, creando la idea de que éste era un jugador al que le había quedado grande la camiseta, cuando en realidad solo se adaptaba a la liga. Ferdinand, su eterno compañero en la dupla de defensores, reconoció que hasta dentro del vestuario no creían en Nemanja por lo frágil que se veía y éste, motivado y haciendo oídos sordos a lo que todos decían, se fajó en el gimnasio, en los entrenamientos y demás para convertirse en el mejor jugador que pudiera llegar a ser. Mirando atrás, hubo un periódico inglés que soltó esta perla durante las fechas en que Ruud Van Nistelrooy dejó el United para irse al Real Madrid en el 2006: “Nemanja Vidic no tiene la calidad para ser titular en ningún equipo del Top 6 de la Premier League”. ¿Dónde se habrá metido el que escribió eso?


Lo que vino después es una historia de éxito, de trabajo y de sacrificio que es difícil de narrar en momentos precisos o anécdotas interesantes. La carrera de Vidic debe ser vista como un logro absoluto de ocho años de duración y que lo vio lograr todo lo que un jugador de su calibre podría desear en sus sueños más locos –una carrera donde se erigió como un bastión en la zaga de uno de los mejores equipos de la historia del Manchester United. Con Rio Ferdinand forjó un entendimiento formidable que sirvió para muchos de los triunfos del club y cultivó una dupla de centrales que hizo historia; eran tan buenos juntos y se complementaban tan bien que el único otro binomio que he visto con mis propios ojos que se les asemeje en calidad, constancia y logros es el de Alessandro Nesta y Paolo Maldini –y a los hinchas del Milan que me leen no les gustará saber a cuál dupla prefiero. Defender es un trabajo miserable donde se resaltan los errores y no las virtudes; Vidic es de esos centrales que supo hacer del defender un arte. Era apasionado y capaz de poner la cabeza donde otros ponían el pie; se rompió la nariz un millón de veces por el equipo; se expulsó cuatro veces contra el Liverpool por ser más agresivo de la cuenta; no solo le ganaba a los delanteros, sino que también los dominaba mostrando su linaje batallador y su sangre balcánica en el proceso.


Para un servidor, quien creció viendo el paso del gran psicópata serbio en el United, Vidic es alguien que dio absolutamente todo por la institución y cuando se fue en el 2014 no sentía una tristeza tan profunda porque sabía que, si se iba, era por motivo de que en verdad ya no podía dar más por esta camiseta. Era lo correcto. Fue a Italia, pero las lesiones lo aquejaron en demasía y nunca pudo adaptarse a pleno al entorno del Inter, resultando en que rescindieran su contrato en enero y que su carrera no tuviera el desenlace heroico que se merecía. Se habló de un posible traspaso al Manchester para apoyar al equipo, pero pienso que fue lo mejor que no se diera puesto que no hubiera podido haber visto a un Vidic semi-retirado con la camiseta del club por el que se mató; no hubiera sido justo para su legado.

Resumo la obra y carrera de Nemanja Vidic como un monumento al trabajo, a la garra y al compromiso. Ni más ni menos. Nunca fue el central más lujoso ni nunca va a inspirar la poesía de los autores y de la media como sí lo hicieron Maldini o Beckenbauer, pero sí que jugó y peleó en la cancha para triunfar y ser respetado por cualquiera que sepa al menos tres cosas de este deporte. Su carrera no puede ser vista o medida por sus títulos –que tiene muchos-, sino por la constancia y la durabilidad de su altísima calidad –de cómo jugó en un nivel fenomenal por tanto tiempo y endurando tantos cortes, lesiones y sangrados en el proceso. Todo eso lo hizo porque, como todo héroe verdadero, sabía que era necesario para ganar.


Se ha retirado un guerrero, el mejor defensor central que ha surgido en el siglo XXI, la mitad de una de las mejores duplas que ha visto el fútbol moderno y un ejemplo para cualquiera que quiera dedicarse a esto. Para un servidor, se retira uno de los jugadores que más lo ha marcado en esto del fútbol y que representa una época maravillosa donde todo era nuevo y todo te sorprendía –simplemente, eran mejores tiempos. El tiempo, inexorable y temible, no le permitió irse a lo grande, pero éste héroe, este ídolo, no necesitaba eso: sus 14 años como profesional son pura grandeza.

lunes, 18 de enero de 2016

Segundos para Recordar: el Newcastle de Keegan, “The Entertainers”.



“Y te digo, honestamente, que me encantaría ganarles. Me encantaría”

Mis amigos, ésta ha sido la mejor Premier League de los últimos tiempos. Y me atrevería a decir que ha sido uno de los campeonatos ligueros más apasionantes en general que se haya visto en el fútbol desde hace unos cuantos años. ¿Palabras mayores? Quizás, pero no menos ciertas. Gracias a los montos monetarios en ascenso por los contratos televisivos, los equipos de la liga inglesa reciben unas cantidades estratosféricas de dinero sin importar el puesto que ostenten, beneficiando así a los mismos para reforzarse de mejor manera; tal es la diferencia con otros países que el Queens Park Rangers el año pasado, al quedar de último y descender de la Premier, obtuvo más dinero por su posición liguera que el Bayern Múnich por ganar la Bundesliga. Esto ha convertido, poco a poco y de manera sólida, a la Premier League en el campeonato más parejo y desafiante; un servidor ha pasado (y disfrutado) más tiempo viendo partidos del Stoke City, Watford, Crystal Palace, Tottenham, Everton o West Ham que con el Madrid, Barcelona, Bayern o PSG, si soy completamente franco. Claro, no faltará quien diga que el nivel de la liga es bajo por sus actuaciones europeas, pero no es lo mismo ver a los rivales del Bayern o el Barcelona bajar los brazos al ir perdiendo dos a cero en los primeros quince minutos que competir contra una oposición que nunca cesa en ningún minuto del partido y no te deja ganar como si fuera un trámite –eso agota y más cuando consideramos que la Premier es una liga sin descanso navideño y con calendarios congestionados por la FA Cup y la Capital One. Para el futbolista es altamente complicado pero para nosotros, el público, son tiempos de bonanza futbolística en Inglaterra en cuanto a entretenimiento se refiere.

Debido a esta alza de los equipos más pequeños, la conquista de los grandes por el título se ha visto mucho más complicad en este año que en el anterior donde el Chelsea del entonces entrenador José Mourinho, ahora desplazado de sus funciones por el brutal declive del club en esta temporada, fue líder absoluto del campeonato durante todo el año. Equipos como el Arsenal y el Manchester City, además de la inclusión del sorprendente Leicester City de Claudio Ranieri, pueden entrar en la categoría de los equipos “regulares” del campeonato, pero se ha demostrado que ese término no acaba de describir a ninguna institución en esta Premier League e impera esa sensación de que cualquiera puede ganarle a cualquiera. Eso es entretenimiento en su máxima expresión y lo que más deseamos de este deporte –y de cualquier otro, para esos efectos- es eso mismo: entretenernos. Buscamos sentirnos a la expectativa y no saber qué demonios va a pasar ahora; estar sentados en el extremo de nuestra silla mientras que once jugadores te alegran el día, o hasta la semana, con una buena actuación en una cancha de fútbol. Se trata de vivir y presenciar historias inesperadas que surgen para dejar huella en el corazón de quien desee ser parte de la misma. Inglaterra es, a mis ojos, la tierra prometida del fútbol de entretenimiento y a mediados de los 90s hubo un equipo que fue el club de los neutrales; el equipo que todos apoyaban por su juego vertiginoso y magistral carente de lógica, pragmatismo e incluso coherencia, pero que emocionó a todo el mundo por un par de años: el Newcastle de Kevin Keagan, eternamente llamados The Entertainers (Los animadores).


Un aspecto que parece ser una máxima del club de las Urracas, como son conocidos, es el hecho de que son capaces de compaginar épocas de mucha gloria con otras de una calidad deplorable. Para el Newcastle, es cielo o infierno y el término medio, la bendita regularidad, es algo intangible e inalcanzable para nuestros protagonistas. Bueno, en 1.991, donde comienza nuestro relato, el equipo de blanco y negro se hallaba en lo profundo de su propio infierno particular. La institución se encontraba en el fondo de la antigua segunda división del fútbol inglés, la entonces llamada apropiadamente Second Division, tras perder cinco a dos contra el Oxford en un partido que empeoraba un ambiente negativo en un club que no vislumbraba el camino e iba en una caída estrepitosa. La directiva no hacía mucho al respecto y el entrenador, el argentino Ossie Ardilles, había entablado una filosofía de apostar por los jóvenes que no terminaba de cuajar. Los hinchas estaban ofuscados por la falta de accionar de los involucrados y entonces un empresario importante de las islas, británicas, Sir John Hall, decidió comprar el 79.2% del club para llevarlos a un rumbo más acorde a la historia del Newcastle United. El arribo de este magnate fue vital en esta historia porque la primera (y más importante) decisión que tomó fue despedir a Ardilles y hacerse con los servicios de la leyenda del club, el otrora atacante Kevin Keegan, en la dirección técnica. Esto fue recibido con reacciones de asombro, esperanza y temor por parte de la hinchada puesto que Keegan era de los suyos y una leyenda del club que, supuestamente, llegaba para hacer renacer al club; pero también imperaba el miedo porque el una vez Balón de Oro había estado fuera del fútbol desde su retiro como jugador en el ’85 y no tenía experiencia alguna en el oficio de entrenador. Pero había ilusión y, sobre todas las cosas, la creencia de que estando de últimos en la segunda división, las cosas no podían empeorar en esa temporada –o al menos eso esperaban.

Lo primero en lo que se enfocó Keagan fue en trabajar para que el Newcastle se salvara del descenso, y logró eso mismo tras unos meses complicados (y con un plantel descompensado) al derrotar al Leicester City con un gol en los últimos minutos para conseguir la permanencia –la locura, el dramatismo y la pasión estarían a la orden del día durante su periplo en St. James Park. El segundo año fue más plácido y lograron el ascenso como líderes a la reluciente Premier League, con el ahora apodado Geordie Messiah visionando a un equipo que pudiera competir de tú a tú con los grandes de Inglaterra. En esa línea ambiciosa, se hizo con los servicios del delantero Peter Bardsley, quien ya había jugado con el club en los 80s y había sido compañero de ataque del propio Kevin, para que formara una dupla mortal con el joven Andy Cole, quien llegaría a ser una figura periférica en la etapa de formación de The Entertainers. Keagan, como delantero centro que una vez fue y como alguien que formó grandes duplas ofensivas en sus años mozos, buscaba practicar un fútbol ofensivo que se basara en el precepto de simplemente anotar más que el rival y, a su concepto personal, el formar una dupla de delanteros era algo vital para ello.


El equipo iba mejorando año tras año y el estilo de juego de posesión, de mucho toque y con fuertes connotaciones preciosistas comenzaba a generar dividendos en la temporada 1.994/95, pero el club recibiría un golpe muy duro con la venta de Cole al Manchester United para ayudar con la precaria situación económica que ostentaban. El delantero inglés había hecho 41 goles en 46 partidos la temporada previa en todas las competiciones y mantenía buenos números en la campaña de su salida al equipo de los Diablos Rojos por 6 millones de libras más el extremo del United, Keith Gillespie –quien ganaría protagonismo en el club en años venideros-, en lo que resultaría ser un traspaso record del fútbol británico por esos años. El fichaje se libró con sus polémicas y el propio Keegan se encaró con varios aficionados extremistas para explicarles las razones de la venta –una muestra fidedigna del carácter del hombre. Con el dinero conseguido por Cole se trajeron a dos de los jugadores más importantes en este equipo legendario del Newcastle: el delantero inglés, Les Ferdinand (hermano mayor de Rio Ferdinand), del Queens Park Rangers y el díscolo atacante francés, David Ginola del París Saint Germain. El director técnico tenía las piezas que necesitaba y todos en la institución, palpando el progreso del club desde el arribo de su Mesías futbolístico particular, estaban dispuestos a tirar del mismo lado para conseguir lo que era el Valhala de cualquier equipo inglés: ganar la Premier League. Keagan sabía eso y su visión, ésa de juego atractivo y dominante, había tomado forma en uno de los equipos más excitantes que ha visto el fútbol británico en los últimos 25 años. The Entertainers habían nacido en 1995 y la siguiente temporada, la 1995/96, demostraría ser un ejercicio de dramatismo y pasión en su máxima expresión.

Si quieren energía, caos y belleza futbolística encapsulada en 90 minutos, les recomiendo que busquen cualquier video de The Entertainers de esa mítica campaña del fútbol inglés para que vean lo brillantes que eran –yo lo he hecho y cómo me he divertido. Su estilo guarda reminiscencias a lo que hace el Barcelona actualmente, pero impregnados con más vértigo y ese toque inglés en su porte. Keegan tomó al club y lo inspiró para desafiar al United de Ferguson como nadie lo había hecho hasta ese momento por un título de liga; victorias importantes contra rivales de peso como Blackburn, el entonces campeón, o Liverpool, quienes tenían su propia generación de cracks apodados los Spice Boys, además de un record notable de victorias en casa en la 1era vuelta de la temporada, fueron señales que explicaban que ése equipo era algo especial. Fue una de las más grandes batallas en las últimas tres décadas en Inglaterra porque los dos equipos que guerreaban por ese título de Rey de la Premier League, Manchester y Newcastle, eran planteles notables y con una calidad incuestionable. Por un lado tenías a Les Ferdinand, Pete Bardsley y David Ginola, mientras que por el otro tenías a Cantona, Keane y Giggs. Tal vez hoy en día los del United son considerados leyendas del deporte, pero en ese entonces la diferencia entre ambos era ínfima y el primer lugar en la tabla estaba servido para cualquiera de los dos. Ferguson y Keegan eran dos grandes técnicos con una capacidad invaluable para motivar a sus jugadores y extraer ese gramo de más de ellos para que rindieran a tope –eso hizo que el campeonato fuera tan excitante.

En el mercado de invierno, la posibilidad de que las Urracas ganaran la liga era muy tangible y el club invirtió decididamente en el mercado de invierno para traer a casa esa tan ansiada competición. David Batty, mediocentro de los entonces campeones Blackburn Rovers, y el colombiano Faustino Asprilla, atacante del Parma italiano, fueron contratados por una suma conjunta de 11 millones de libras para afilar un equipo que ya era poderoso de por sí. El colombiano arribó como una gran estrella y su fútbol histriónico, díscolo y rebelde encajaban con la filosofía del club de St. James Park para finiquitar esa revolución empezada por la leyenda inglesa en el ’91… pero tal no sería el final en este tortuoso relato.


Hay muchos que atribuyen a la contratación de Asprilla como el detonante de la caída en desgracia del Newcastle en la segunda vuelta de esa temporada, pero la realidad es que otros factores como la irregular defensa del equipo –concedían casi tantos goles como los que anotaban- y la falta de fortaleza mental les terminó de jugar una mala pasada. La forma de ser tan singular del colombiano no ayudó para evitar que fuera señalado y rápidamente fue convertido en el “culpable” de que no ganaran la liga, pero la realidad es que tuvo un rendimiento más que aceptable y el resbalón del club en el último momento se debió principalmente a ese quiebre psicológico que sufrieron en tres momentos en específico de la segunda vuelta.

El primero de ellos fue el partido contra el Manchester United en St. James Park. El United perseguía al Newcastle en el liderato con cuatro puntos de diferencia –aunque los Magpies tenían un partido menos- y ese partido era visto como la forma en la que acabarían con las esperanzas de los Diablos Rojos. El estadio era una caldera y el 1er tiempo fue una exhibición de fútbol de un conjunto del Newcastle que no terminó de marcar por un Peter Schmeichel que estaba en la mejor forma de su carrera por esa temporada –paró absolutamente todo ese día. El segundo tiempo mostraba a un Manchester un poco más adelantado, pero la superioridad de las Urracas era notable y el ambiente era tenso; pero Eric Cantona, el eterno salvador de ese equipo de Ferguson, anotó el gol solitario del partido y así, de la nada y de forma incontestable, los visitantes se llevaban los tres puntos, cerrando la diferencia en la tabla a un mero punto, dejando atónitos a todos aquellos que vieron el partido.


El segundo evento desgraciado fue ese hermosamente caótico partido en Anfield, tierra donde Keegan conquistó el mundo futbolístico como jugador, que acabó cuatro a tres frente al Liverpool, siendo considerado por muchos como el mejor partido de la historia de la Premier League y en donde Stan Collymore, un jugador algo infravalorado de esa época de los Reds, se disfrazó de figura y en verdugo del Newcastle con una actuación notable y haciendo dos goles, siendo uno de éstos el del triunfo en los últimos minutos. Para el recuerdo quedó esa imagen del entrenador de las Urracas postrado sobre la valla publicitaria como si se hubiera dado cuenta de que todo había terminado en eso fatídico evento de esa forma. El club al que una vez sirvió con tanta lealtad le proporcionó el peor día de su vida deportiva en uno de esos partidos que jamás se olvidan.


El tercer evento sucedería fuera de las canchas y denotaría cómo esta competencia entre Keegan y Ferguson era algo bastante personal. Luego de un partido del Manchester contra el Nottingham Forrest, el escocés diría que los equipos rivales se esfuerzan más contra su equipo por la grandeza del mismo y que no se enfrentaban con tanta beligerancia a los de Keegan. El entrenador del Newcastle no tomó esto para nada bien y en una entrevista de radio explotó en un exabrupto pasional que fue encarnado en la frase que inicia este artículo. El Mesías de St. James Park es un hombre pasional y sincero que no se calla nada; ama al Newcastle y era capaz de mancillar su imagen pública por el simple hecho de defender a su club, pero no se dio cuenta de que todo esto fue un juego mental de Ferguson para desconcentrarlo y un intento más por hacer caer al Newcastle… y funcionó. Al terminar las 38 jornadas, el United ganó la liga por cuatro puntos de diferencia y The Entertainers de Keegan quedaron de segundos. Los neutrales se apiadaron de una generación del Newcastle que estuvo cerca, muy cerca, de atisbar la gloria de la Premier League, pero al final del día no se pudo. Sacrificaron una ventaja de diez puntos en Navidad a través de una desconcentración mental, una mala defensa y una incapacidad para ajustar a Asprilla para que mejor funcionara en un sistema que, ya sin él, funcionaba a las mil maravillas, a ojos de muchos.


La siguiente temporada iba a ser muy buena, pero ya nada era lo mismo –sabían que se habían perdido una oportunidad histórica. Se fichó al goleador del Blackburn y futura leyenda de los Magpies, Alan Shearer, por un cifra record por ese entonces de 15 millones de libras. Kevin Keegan, el Rey Kev y el Geordie Messiah, sorprendería al mundo del fútbol al renunciar a su puesto a principios de Enero de 1997 alegando que ya había dado todo por el club, cosa que nadie puede negar, no sin antes erigir la obra maestra futbolística de The Entertainers: una demolición por cinco a cero de uno de los mejores Manchester United de la historia en un partido donde no necesitaron las Urracas ninguna motivación –la temporada previa era más que suficiente. Kenny Dalgish, leyenda del Liverpool y que ya había ganado la liga inglesa con los de Merseyside y con el Blackburn en el ’95, tomó las riendas del club y aunque logró repetir el sub-campeonato, las cosas, como dije al principio, ya no eran iguales. La magia se fue con Keegan y el equipo, por más funcional que fuera y con un Shearer que dominó la tabla de goleadores con 25 tantos, no desprendía la misma vertiginosidad. Al año entrante habría un último destello de ese equipazo que enamoró a los neutrales de la Premier League con una victoria por tres a dos sobre el FC Barcelona en la Champions League con un Asprilla que anotaría un hat trick en su mejor partido con los de St. James Park. Pasión, muchos goles y fútbol ofensivo que se basaba en anotar más que el rival: eso eran The Entertainers de Kevin Keegan. Ése fue el modus operandi del mejor equipo que nunca conquistó la Premier League.

Hasta el sol del día, el legado de este gran Newcastle es debatido álgidamente entre los conocedores del fútbol inglés. Algunos dicen que fueron el mejor equipo ese año y que merecían la liga; otros que la mala defensa y los fichajes de invierno destruyeron el balance; que Keegan cayó en los juegos de Ferguson o que el escocés recurrió a “trampas mentales” para ganar. Tampoco faltan leyendas del país como Jaime Garragher o Gary Neville diciendo que nadie se acuerda de este equipo al no haber salido campeón, pero yo tiendo a discrepar con esta afirmación de los dos exdefensores puesto que la grandeza de este plantel yacía en que su estilo, por más toque que tuviera, estaba muy arraigado en la Premier League y encarnaban todas sus idiosincrasias: vértigo, carácter ofensivo y una actitud de nunca rendirse que les hicieron ganar seguidores por todo el país. Fueron el equipo de los neutrales y supieron enamorar mediante su juego –una habilidad que no es para nada sencilla.


Surgidos desde el fondo de la Segunda División, las Urracas comenzaron una historia maravillosa llena de giros, desenlaces trágicos, momentos memorables y mucho buen fútbol. Estoy seguro que los hinchas del club la pasaron barbaro y al mismo tiempo fatal, que es como se debe vivir este deporte (y la vida misma): abierto a la posibilidad de ascender al más alto de los éxtasis para luego caer en el fondo del abismo o viceversa. El Newcastle de Keegan, al igual que la vida misma, estaba lleno de inconsistencias, parafraseando al finado vocalista norteamericano, Ronnie James Dio. Y en estos tiempos de bonanza futbolística en Inglaterra, no hay que olvidar a los Shearer, Cole, Ginola, Ferdinand o Asprilla que convirtieron al St. James Park en un teatro para su visceral sinfónica y donde hicieron soñar a toda una afición. El mejor campeón que la Premier League nunca tuvo.