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sábado, 10 de diciembre de 2016

Zona Cafetera: ¡Ascendimos!

Este artículo es de la autoría de Yeison Plazas, como todos en esta categoría.

“Un Penal nos llevó al Infierno, un mismo Penal nos llevó a la gloria”

En esta crónica no escribiré sobre cosas técnicas de fútbol. Será algo más personal acerca de cómo viví este anhelado ascenso, así que espero que le guste, querido lector.

Once de la noche. Terminal del Sur. La noche era helada, pero este lugar lleno de hinchas americanos como yo esperanzados de que el rojo ascendiera; en el corazón estaba mi padre: estaríamos lejos pero él desde la capital vería el encuentro decisivo de la mechita.

Un viaje largo, pasar por cada departamento del país, no poder dormir y una semana llena de tantas noticias negativas para el club. La barra principal Barón Rojo no podría entrar al estadio por una sanción y la presunta corrupción del Presidente del Quindío Hernando Ángel hacían que la expectativa fuera más fuerte.


Llegamos a Cali con mi compañero de viaje y nos sorprendimos: la ciudad completamente roja; eran más o menos las 9 de la mañana: descargar maletas, comer algo, y esperar las horas previas para el partido. Banderas, camisetas, la gente con un ambiente positivo. Era lo que se vivía en la Sultana del Valle, buses repletos de otras ciudades llegaban para presenciar lo que podría ser la culminación de cinco años de infierno.

Pasamos por el Cristo Rey, uno de los sitios emblemáticos de Cali, una vista hermosa desde el cerro se podía ver el Pascual Guerrero, simplemente precioso. Estando allí solté una oración para que nos bendijera y que esta oportunidad no se fuera.

Luego arribamos al Templo: la caldera o como la quieran llamar al mítico Pascual guerrero. La tribuna norte a reventar y todo el estadio con un mismo clamor; se coreaban canciones, y una de ellas me llamó la atención: ¡Volveremos, volveremos a la A porque la hinchada del rojo no la tiene nadie más!

En lo personal le tenía fastidio: cuatro años la coreé y me hice un compromiso personal de cantarla cuando se diera el ascenso, de resto no saldría de mi boca esta canción; solamente ondeaba mi bandera, la cual me la regalaron en el estadio.


Las viejas glorias aparecen, Falcioni, recorre todo el estadio, la algarabía, pitos, papel picado, reconocían lo grande que es el “Gato”. El gesto fue recíproco con un aplauso de parte de él a las tribunas. Pero, ¿cómo no demostrarle nuestro amor desde la tribuna si nos dio tanto?

Otra gloria aparece que, a mi parecer, ha sido el mejor jugador del fútbol colombiano en toda la historia, Willington Ortiz. Hace un llamado a la mesura y tener paz, a pesar del resultado, muy pertinente su pedido en un ambiente tenso.

Salen Julián Vásquez, El matador Julián Téllez junto con el gestor de todo, el Presidente Don Tulio Gómez, el Pascual corea “oe oe Tulio Tulio” aplausos y ya se acercaba la hora de la verdad de este partido tan importante en la historia americana.

Miro al cielo y hago una pequeña oración, la cual era que el Cali fuera una fiesta hoy y no mar de sangre y que se hiciera justicia porque fuimos durante todo el torneo uno de los mejores equipos.

Y los once gladiadores salen. Imponente esa bienvenida, tiras de papel, una salida clásica que recordaba las bienvenidas de antaño, humo rojo que tapo todo el estadio, simplemente así merecía que nuestros jugadores vieran nuestra expresión de amor y confianza.

Empieza el partido, CONFIANZA sentía que al pitar el árbitro estaríamos celebrando, los rojos desde el principio acosaron al Quindío: estos once salieron a devorarse la cancha, mientras el rival tenía como estrategia mantener el empate, sacar lento, tirarse al piso y quemar tiempo.

Analizando con detenimiento, en el mismo arco de “Aquel 19” centro de Lucu, y Tecla la para con el pecho y sin dejarla caer GOLAZO, de crack, muy parecido al de Lugo para sentenciar el primer campeonato del Rojo. Abrazos aquí y allá. Lágrimas de todos. Se estaba acabando esta tortura.


Pero, entonces, una jugada desafortunada. Tiro de esquina, autogol de Mosquera y domina un silencio sepulcral. Varios en la tribuna no pudieron contener el llanto. Este era el momento de alentar sin parar, así todito el estadio se repuso del golpe anímico y alentaron a nuestros jugadores.

Todo el estadio empezó a cantar JUGADORES TENEMOS LA CONFIANZA NOSOTROS EN LA TRIBUNA, USTEDES EN LA CANCHA, Norte, Occidental, Oriental, esta vez no hubo diferencias si se era de una barra, o si se era caleño, bogotano, nada importó: la hinchada se unió y en ese momento, ¡PENAL! Antes de acabarse el primer tiempo. Martínez Borja era el encargado de cobrar y, ¡Gol! Abrazos de todos. Éramos hermanos, es ahí donde el fútbol da lecciones: cuando nos unimos a una causa, las cosas se dan y los resultados llegan.

Se acaba el primer tiempo con la victoria en el bolsillo. Por un retraso y controles policiales nuestros hermanos del Disturbio Rojo de Bogotá no habían podido llegar, pero como su lema se hicieron presentes en todas las canchas, la fiesta se completó, colocar los trapos y sonaron los tambores en el segundo tiempo.

Nuestro timonel Hernán Torres salió con la intención de cerrar el partido. Pasaban los minutos y parecía eterno ese partido, por lo que le pregunto a un hincha cuánto falta. Cinco minutos, me dice. Cinco, por Dios, los más largos de mi vida.
Una jugada de esas de final épico Bejarano la saca de la línea, faltando poco para terminar, pero esta ya victoria era nuestra, la saca, luego un tiro de esquina y el árbitro Wilmar Roldan alza sus brazos y pita. ¡Se acabó la B!

Lloré cómo un niño pero esta vez de alegría. Lo primero que quería hacer era comunicarme con mi papá; él estaba en las mismas: compartimos palabras en medio del llanto y ahora si cantamos volveremos volveremos a la A porque la hinchada del rojo no la tiene nadie más, que parece que el Rojo se va de la B para nunca más volver, entre otras más.


Más pólvora y esto parecía un diciembre: alegría y caravanas, pero ante todo en paz. Después el viaje para Bogotá con hinchas del América, la fiesta continuó dentro del bus, tanta felicidad, incluso me pellizqué si esto era real porque ya era justo; estos cinco años de dolor debían terminar.

En la capital, la fiesta fue inigualable también y al otro día los periódicos relataban la hazaña. Uno que otro periodista debió retractarse por lo dicho semanas anteriores acerca de que el América no ascendería. Pero lo más esperado fue verme con mi padre y entregarle la bandera que me regalaron en el estadio, en señal de que esto se acabó y los mejores años volverán.

Nací un 27 y un 27 de noviembre el de arriba me regaló el ascenso y, como tengo acostumbrado al terminar mis artículos, ¡DALE ROJO DALE! Por siempre hasta que la vida diga no más.

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