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martes, 20 de octubre de 2015

Historias de Interés: Jamie Vardy, el hooligan que nunca se rindió.



Todos somos una historia; todos somos una narrativa inmersa en incontables anécdotas que encarnan las vivencias que hemos experimentado en toda nuestra existencia. Podría sentarme aquí y contarles mil historias acerca de Messi, Cristiano, Bale, Neymar, Zlatan, etc… pero me he decantado por una sección titulada Historias de Interés para hablar acerca de esas anécdotas de individuos que son un pequeño retazo de la enorme conglomeración de elementos que es este hermoso deporte. Como abreboca, les presento el debut de la sección con la historia del inglés Jamie Vardy: un delantero que comenzó su sueño de ser futbolista desde lo más bajo y fue ascendiendo con incontables traspiés hasta convertirse en parte del seleccionado de Roy Hogson. Fiestero, peleador, de carácter recio, torpe y siendo incómodamente parecido, Vardy ya ha logrado mucho de qué presumir. Y no es para menos.

El partido había terminado y tenía que volver pronto a su hogar. A pesar de que su equipo ganó y él hizo un gol, sentía una carga que no podía sacudirse –era entendible; era la tobillera de la cárcel lo que le obligaba a regresar al radio establecido por su libertad condicional. Así fue la vida del actual máximo goleador de la Premier League en esta temporada, Jamie Vardy del Leicester City, en sus comienzos como futbolista en la liga no profesional. El inglés es uno de esos casos de dedicación y trabajo que las tuvo que pasar bien feo para poder llegar a donde está y es importante que nos tomemos un tiempo para hablar de un jugador que tal vez nunca entre en la historia del deporte, pero que es una inspiración para todos. Tanto se ha banalizado y comercializado este deporte que al escuchar una historia de este talante uno no puede hacer más que sentirse reconfortado; es imperativo que comprendamos el valor del trabajo duro y de la dedicación para poder cumplir nuestros sueños y metas.


La historia de Vardy nos retrotrae a sus comienzos en el 2.002 en las inferiores del Sheffield Wednesday, un equipo pequeño de las divisiones más bajas de Inglaterra, donde sobresalía como atacante y por las bandas, pero donde le acabarían rescindiendo el contrato. Muy bajito para jugar al fútbol, decían. Jamie estaba totalmente abatido por esto y dejaría el fútbol por todo un año que giró en torno a la bebida, meterse en peleas en bares y uno que otro problema con la ley –todo a la tierna edad de los 16 años. El fútbol le seguía atrayendo y hallaba en el mismo un enfoque positivo por lo que decidió retornar al deporte jugando para un equipo de la división no profesional del balompié inglés, el Stocksbridge Park Steels. El chairman del club por ese entonces, Allan Bethel, comentó recientemente que aunque Vardy dejaba entrever en más de una ocasión su personalidad tan propensa a la rebeldía y a meterse en problemas, el chico siempre fue un ejemplo en lo que concernía a todo lo deportivo –siempre era el primero en llegar al entrenamiento y el último en irse. Sobresalía en la cancha anotando goles desde los tres puestos de ataque, pero luego salía las noches de sábado y acababa inmerso en pleitos con diferentes personas –sin mencionar una pelea en un pub que lo obligó a permanecer en libertad condicional. Por más que suene a un concepto hollywoodense, Vardy jugaba sus partidos y tenía que regresarse a su casa enseguida para no romper la normativa de libertad que se le había impuesto.

A pesar de los percances y de las vicisitudes, Vardy continuó hablando en la cancha y haría más de sesenta goles en poco más de cien partidos con el Stocksbridge en la octava división inglesa para irse en la temporada 2.010/11 al Halifax de la séptima división. Uno de los primeros contactos que tuvo con sus compañeros fue un tanto vergonzoso porque el muchacho en cuestión no contaba con las botas adecuadas para el entrenamiento y tuvo que ir a ejercitarse con zapatos regulares; cosa que, naturalmente, desconcertó a sus compañeros. El entrenador, Neil Aspin, había negociado todo el verano por su contratación y Jamie, batallador como él solo, no lo decepcionó jugando en un nivel más alto –ésa sería la normativa durante toda su trayectoria como profesional. Haciendo casi treinta goles en un poco más de cuarenta partidos, Vardy fue votado como el jugador más valioso del club e incluso estaría cerca de anotar tres hat-tricks seguidos, pero fallaría en el último partido quedando en un doblete. En la siguiente temporada jugaría cuatro partidos con el club y anotaría tres goles antes de ser vendido al Fleetwood Town de la quinta división.


En el Halifax había encontrado un mentor en Aspin y éste reconocía que la personalidad del de Sheffield era de armas tomar, pero siempre apostó por él y, aún más importante, logró que se enfocara en el balón para que no se metiera en más problemáticas. Interesantemente, su traspaso al Fleetwood estuvo rodeado por controversia por el monto voluminoso del mismo (150.000 libras esterlinas) y muchos clubes de la quinta división cuestionaban el juicio de un equipo dispuesto a pagar un monto tan alto en la liga no profesional; pero Vardy dio la cara y se despachó un gran total de 31 goles en 36 partidos para su nuevo equipo. Una anécdota muy jocosa es que en uno de sus primeros partidos, el chairman del club lo invitó a su padre y a él a un hotel para que cenaran y así el jugador se relajara un poco de la presión de su nuevo entorno. Su padre, hombre muy sincero por lo que entiendo, preguntó si era verdad eso de que no iban a tener que pagar nada por la comida y el chairman le dijo que eso era verdad; entonces el señor Vardy dirigió su mirada a su hijo y le dijo “Maldita sea, Jamie, ¡debiste haber hecho algo muy bueno”. Volvió a ser el jugador más valioso de la temporada y lideró al Fleetwood Town a su primer ascenso a la cuarta división, la Football League.

Una de las pruebas de fuego más duras iba a venir en camino para el chico malo de las divisiones inferiores: el Leicester City, equipo del Championship, iba a pagar un poco más de un millón de libras para hacerse con sus servicios –cifra record por un jugador no profesional. De la quinta división, Vardy ascendía a probablemente a la segunda división más desafiante de toda Europa. Su primera temporada, la 2.012/13, estuvo rebosante de altibajos por una más que entendible etapa de adaptación a un rango mucho más exigente; pero sería en la siguiente donde haría 16 goles y sería uno de los estandartes del equipo para ganar el campeonato y ascender a la tan anhelada Premier League. Por todo lo que había trabajado, finalmente estaba ahí enfrente de él: la posibilidad de jugar en la liga más competitiva del mundo y enfrentarse a algunos de los mejores en su profesión. De tener que tener un trabajo a tiempo completo y alternarlo con el fútbol a jugar contra Wayne Rooney, Eden Hazard o Sergio Agüero; de comer en estaciones de camión a hospedarse en los mejores hoteles de las islas. Para un hombre de clase trabajadora, con antecedentes penales y con un mal genio, todo esto no era más que un loco sueño. Pero aún faltaba mucho.


En sus primeros partidos de la temporada no pudo jugar mucho por molestias. En su primer partido de titular, en el estadio del Leicester contra el Manchester United de Di María, Rooney, Van Persie, Mata y Falcao, Jamie Vardy cuajó la mejor actuación de toda su carrera. El equipo logró una remontada de un 1-3 que acabaría en un 5-3 donde Vardy hizo un gol, dos asistencias y le hicieron dos penales. Vardy estuvo por todos lados y fue un terror para el equipo de Louis Van Gaal en una de las actuaciones individuales que más me han sorprendido en mi vida y que me hizo prestarle atención durante el remanente de la temporada. Posteriormente, el Leicester se embarcaría en una cruzada memorable para no descender y Vardy -aunque tan solo hizo cuatro goles esa temporada- fue uno de los jugadores más importantes del equipo para realizar una gesta histórica en una de los mayores rescates de la memoria reciente de la Premier League. Y fue recompensado: Roy Hogson, seleccionador nacional de Inglaterra, lo convocó a un partido amistoso de la selección y entraría como substituto en el partido por el mismísimo Wayne Rooney.


Esta temporada, Jamie Richard Vardy es el máximo goleador de la Premier League hasta el momento mientras guía a un sorprendente y efusivo Leicester de Ranieri a los primeros puestos de la tabla. Probablemente a sus 28 años de edad ya se encuentra en el mejor momento de su carrera y aunque nunca llegue a ser un delantero de clase mundial, es uno de esos casos que demuestra que entre tanta megalomanía en este deporte aún hay lugar para los humildes –la base del deporte en su incepción, después de todo. Ésta no es una historia de alguien que vaya a quedarse con los titulares o que vaya a trascender más allá de ser una buena anécdota, pero este hombre puede ser tú o puede ser yo; es el triunfo de un hombre al que no se le regaló nada y que incluso pueda llegar a ser parte del equipo inglés en la próxima Eurocopa. De tener libertad condicional a jugar con Rooney en Wembley… nada mal, nada mal.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Así lo veo, Ken: el declive del fútbol holandés y cómo se puede solucionar.



El primer partido de UEFA Champions League que vi la temporada pasada fue un Ajax – Paris Saint Germain que se llevaba a cabo en el Amsterdam Arena en la fase de grupos. El partido se desarrolló en su comienzo como todos lo esperaban considerando la diferencia de categoría entre ambos equipos: el gol del uruguayo Edinson Cavani permitió a los poderosos parisinos jugar a gusto y todos (entre esas personas, un servidor) esperaban una goleada. Pasaban y pasaban los minutos de supremacía francesa hasta que en el segundo tiempo fue Lasse Schöne, el muy buen mediocampista danés de los ajacied, quien empató la cuestión con un gol de tiro libre soberbio. El mismo Schöne tendría otra oportunidad de pelota parada unos minutos después, pero esta vez el balón daría en el poste. Estas dos jugadas de balón parado, además de un público local que despertó con ese golazo de Schöne, envalentonaron a los del Ajax y lograron tener contra las cuerdas a uno de los planteles más poderosos del planeta fútbol. Al final, acabaron empatados uno a uno y los de Laurent Blanc se habrán sentido afortunados de haber cosechado un punto en un partido que pudieron haber perdido con facilidad luego de la igualdad. Esto, señores, es la clase de actuaciones que se extrañan por parte del fútbol holandés. Y el hecho de que un club con cuatro Copas de Europa tomara como un triunfo un empate de local en su debut europeo de la temporada demuestra una realidad inexpugnable: el fútbol holandés se halla en su punto más bajo.

Ahora que su selección nacional fracasó en la misión de clasificar a la Eurocopa que se llevará a cabo en Francia el año entrante, comenzarán a surgir las críticas y comentarios acerca de la crisis del fútbol holandés y a su estructura. Por supuesto, saldrán muchos iluminados a decir que es culpa del entrenador o de los jugadores –que tienen un grado de culpa-, pero el problema de la baja calidad de esta selección y de sus clubes en el plano internacional está profundamente entrelazado. Y por eso hay que analizar todo desde el principio para poder comprender la situación en su entereza. Primero que nada, hay que entendrt que el declive de los clubes holandeses –y que ha derivado en su selección- en el plano internacional no es una problemática que haya surgido en los últimos tiempos; estas dificultades datan desde mediados de los años 90s. La Ley Bosman –la ley que permite que los jugadores con contrato vencido se vayan gratis a otros clubes- surgió por esos años e hizo estragos en las raíces de los equipos de la oranje al hacer que sus jugadores tuvieran mayor facilidad para irse a los grandes de Europa por poco dinero o por nada, en muchos casos. A eso hay que aunarle la nueva estructuración de la Champions donde el coeficiente UEFA ha minimizado a las ligas de menor predominancia. Todo esto ha condicionado un tanto a la Eredivisie como un ente competitivo internacional porque se halla cada vez más acomplejada para poder ejercer con aplomo en la palestra de la Champions y la Europa League.


Caracterizados por ser uno de los países con la mayor productividad en formación de talentos y con una apreciación y conceptuación del holandés por el fútbol bastante característicos, su caída en desgracia a nivel clubes y selección no es por falta de materia prima o de recursos futbolísticos; es la falta de planificación y de reencontrarse con una identidad acorde a la actualidad. Y sin ánimos de ser polemista, es importante dejar algo bien en claro: el holandés ha estado enamorado por mucho tiempo con la idea futbolística implementada en los 70s por Rinus Michels con la más que conocida selección holandesa de aquella década apodada La Naranja Mecánica. En Holanda, los conceptos de “Fútbol Total” y del 4-3-3 son una ley inexorable y absoluta. Para ellos, la sublimación de este deporte se alcanzó con los planteamientos de los 70s y casi todo lo que ha surgido desde entonces en ese país ha sido a raíz de eso en materia de revoluciones tácticas: Cruyff, Van Gaal, Hiddink, etc. Todos parten de Michels. Actualmente no existen entrenadores jóvenes y prometedores que den señalamientos de romper con los dogmas establecidos en el país; hoy los mejores entrenadores holandeses se hallan en las postrimerías de sus carreras. Y el último gran entrenador que ha surgido del mismo ha sido el propio Van Gaal.


A pesar de ser un reconocido deudor del dogma futbolístico erigido por Michels, Louis Van Gaal también fue, irónicamente, el mayor transgresor de esa filosofía. El Ajax de los 90s del ya mencionado Van Gaal fue el último gran equipo de la Eredivisie en sacudir los cimientos del fútbol mundial. El futuro entrenador del Barcelona renegó de la creatividad y libertad absoluta que pregonaban Michels y su alumno ejemplar, Johan Cruyff, para trabajar en pos de un estilo ofensivo y preciosista que tuviera su base en la inteligencia táctica y en la capacidad de los jugadores de adaptarse a diferentes sistemas y situaciones en los partidos. Esa brillantísima generación de jugadores triunfó porque rompieron los paradigmas establecidos en el país y lo lograron gracias a un caudal de talento inconmensurable, un entrenador con una personalidad propia marcada y manteniéndose en la vanguardia de lo que se cocía en el fútbol por esos años. Ese equipo entraba a los pasillos dorados del Ajax de Cruyff de las tres Copas de Europa, del Feyenoord que fue el primero en ganar la competición, y el triplete del PSV de Hiddink a finales de los 80s. Pero por más cruel que suene, los 70s, 80s y 90s murieron y hoy en día la liga no es una potencia, sino más bien un torneo exportador de talento.


Es tiempo de que los holandeses tomen acciones serias en el asunto y busquen formas de rejuvenecer un fútbol que se está agotado, viejo y sin encanto. Es tiempo de que los clubes dejen la mentalidad de exportadores y hallen formas de retener a sus figuras para erigir planteles competitivos en el plano internacional. Porque esto no sólo afecta al Ajax, al PSV, al AZ o al Feyenoord; esto afecta a todo el espectro futbolístico del país. Un buen barómetro de la calidad de una liga es el plano europeo y el rendimiento de los clubes de este país ha sido, sin ánimos de ofender, de pena en esas competiciones. Si queremos recordar a un equipo holandés que lo haya hecho bien en Europa en los tiempos más recientes, debemos retrotraernos al PSV de (una vez más) Guus Hiddink en el 2.005. Ese gran PSV de Park, Van Bommel y Cocu puso contra las cuerdas al Milan de Ancelotti en las semifinales de la UEFA Champions League, pero al final se quedaron cortos para llegar a Estambul. Lo más alarmante es que esa actuación de los de Eindhoven es la mejor actuación de un club holandés en la Champions en este siglo. Antes de eso, hay que recordar al Feyenoord de Bert van Marwijk con un joven Robin Van Persie que ganó la Copa UEFA (ahora Europa League) al Borussia Dortmund –antes de que se volvieran el club de los hinchas plásticos- en el 2.002. Exceptuando esos dos casos, el resto de las actuaciones de los holandeses en las competiciones europeas de este siglo han sido estériles, paupérrimas y soporíferas.




En lo que concierne a la selección, sus dos últimos Mundiales han sido las mejores actuaciones del país en este siglo y son performances dignas de análisis. La Oranje que perdió la final de la Copa del Mundo ante España en Sudáfrica 2010 rompió todos los esquemas y principios de su fútbol, pero no de una manera proactiva, sino con un juego brusco, rocoso y peleador rayando en lo demencial. Por supuesto, el fútbol es un deporte de contacto físico y no está mal basarse en eso, pero cuando se llegan a las cuotas de beligerancia como a las que llegaron los holandeses en ese torneo –ahí está para el recuerdo la patada en el torso de Nigel de Jong a Xabi Alonso en la final-, se debe dibujar una línea. Por el otro lado, la Holanda de Brasil 2014 se basó en el reconocimiento de sus carencias y virtudes, un Arjen Robben en estado de gracia y un plantel 100% comprometido a la idea de su entrenador. Era un cúmulo de jugadores con pocas figuras de clase mundial en el panorama actual, pero que jugó como una unidad colectiva bien aceitada y mostrándose más ingeniosos en el plano táctico que sus contrincantes. De no ser por el azar de los penales en las semifinales contra Argentina -sin desmeritar a los alemanes que me parecen la mejor selección del mundo- a lo mejor el campeón del mundo hubiera sido otro.

Pero ésos dos son casos aislados; un oasis ilusorio en un vasto desierto ideológico. Esos breves momentos de éxito no han surgido de la planificación y el detalle; han surgido del pragmatismo de Bert van Marwijk y la maximización de los pocos recursos entre manos de Louis Van Gaal. Para que Holanda vuelva a ser lo que fue, es importante que se vea al principal generador de talento de su país: la liga.




Luego de esta debacle que ha sido la no clasificación a la Eurocopa, es importante que la prensa no solo señale al entrenador, Danny Blind, o a sus jugadores, sino que también sean críticos con el estado actual de la Eredivisie. Los holandeses deben apostar por su liga en el área del marketing y de estructuración para desarrollarla: deben hacerla más atractiva desde un punto de vista comercial para conseguir un mayor apoyo televisivo y así repartir un mayor bono financiero para sus equipos por los derechos de transmisión –así es como los equipos de las mejores ligas de Europa consiguen una gran parte de su sustento económico para reforzarse. De la misma manera que la Primera División Inglesa tuvo un crecimiento fastuoso al convertirse en 1.992 en la Premier League, y al hacerse un mayor movimiento publicitario a su alrededor, la Eredivisie necesita una evolución y modernización en ese aspecto. Un campeonato liguero reforzado en lo económico generará dividendos en lo futbolístico. Aunque la liga holandesa no cuenta con estrellas mediáticas para promoverse –lo que es un problema muy grave en el aspecto de marketing-, cuentan con todo lo demás: la historia, la cultura futbolera, la clase, el juego ofensivo –es una de las ligas con mejor promedio de gol en Europa- y una muy buena estructura en materia de canchas. La resurrección del fútbol holandés debe partir desde la reestructuración de la liga. Hay jugadores como Daryl Janmaat o Jordy Clasie que estaban en un grande de Holanda como el Feyenoord y que ahora están jugando en equipos como el Newcastle y Southampton de Inglaterra, respectivamente; aunque no son malos equipos, están más lejos de pelear por títulos o jugar en Europa que con el club holandés, pero la paga es mejor y la vitrina que es la Premier League es más tentadora. Deben lidiar con esa problemática o se avecinan unos tiempos de austeridad nociva para los colosos de la Eredivisie… si no es que ya han llegado.

Y por más negro y lóbrego que se vea el panorama actual, el país cuenta con una generación de relevo que vio muchos minutos en la Copa del Mundo anterior y aunque tal vez ahora mismo no tengan el mismo impacto que tuvieron los Van Persie, Sneijder y Robben de hace diez años –una generación dorada que nunca alcanzó su máximo potencial, a mi criterio-, pueden llegar a ser un gran grupo con un futuro brillante. Jugadores como Memphis Depay (Manchester United/Extremo), Davy Klaassen (Ajax/Mediocentro), Jordy Classie (Southampton/Mediocentro), Virgil Van Dijk (Southampton/Central), Stefan De Vrij (Lazio/Central), Daley Blind (Manchester United/Lateral), Daryl Janmaat (Newcastle United/Lateral) o Georginio Wijnaldum (Newcastle United/Mediocentro) pueden ser capaces de formar un equipo competitivo. No estoy diciendo que pueden llegar a ser campeones del mundo en Rusia 2.018, pero sí pueden ser capaces de competir y al menos proponer un juego que emocione porque actualmente Holanda está en tierra de nadie: no tienen ni los resultados ni el juego. Simplemente están ahí ocupando un espacio. Son problemas que trascienden y no se pueden atribuir a un entrenador o a un mal momento –es mucho más que eso. Estamos hablando del alma resquebrajada de una de las mejores selecciones de otrora.


El ente holandés no tiene posibilidades en el mundo desenfrenado de los millones y de los equipos que compran su camino al éxito; pero si no puedes ser fuerte, debes ser inteligente. Deben reinventarse y reconocer que los tiempos de ahora ya no son los de antes y que no perderán su esencia por solamente modernizar una propuesta que fue brillante en su momento, pero que actualmente está más que caducada. La debacle de Holanda en la clasificación a la Euro de Francia 2.016 no es más que la consolidación de un país que se halla a sí mismo en una encrucijada dogmática y no sabe qué decidir entre la reinvención o la extinción. Y por como va la cosa, pronto estaremos escuchando Countdown to Exctintion de Megadeth en las calles de Ámsterdam. Y esta vez no habrá un golazo de tiro libre de Schöne para que reaccionen. Es tiempo de que despierten por su cuenta.