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jueves, 26 de noviembre de 2015

Nos volveremos a ver: Raúl, el ángel eterno del madridismo.



El segundo máximo goleador histórico del Real Madrid, el segundo máximo goleador histórico de la selección española, el jugador con más partido en la historias del equipo blanco y el tercer máximo goleador histórico de la UEFA Champions League. Ganador de tres Champions, seis ligas españolas y muchos otros títulos en los clubes que ha jugado. Nada de eso importa. Hay jugadores que trascienden más allá de los números y los títulos; hay mitos y místicas que no pueden ser cuantificadas porque la gloria, la clase y el señorío son elementos necesarios en esta vida, pero que muy pocos pueden ostentar. No hay cursos ni entrenamientos ni fórmulas mágicas que te hagan representar a toda una estirpe o a una forma de ser; es algo que se logra a través de toda una carrera y con la honestidad de quien sabe que el trabajo es el único sendero viable. Y este mes, un trabajador, un batallador, un ángel, ha decidido que el fin ha llegado, pero para la eternidad quedarán momentos sempiternos para quienes amamos este deporte. Se retira Raúl, el jugador más grande de la época moderna del Real Madrid. Y aquí, en La Soledad del Nueve, no buscamos más que agradecer a un hombre que encarnó tantas buenas costumbres y que deben ser recordadas.


Raúl –llamarlo por su apellido o su nombre entero hoy en día parece una blasfemia- es, a mis ojos, el más grande jugador de la historia del Real Madrid. Siendo forjado en las inferiores del club blanco luego de sus comienzos en las juveniles del Atlético –lo que hubiera sido verlo de rojiblanco en una realidad alterna-, el legendario ‘7’ blanco fue poco a poco pavimentando su trayecto como el jugador por antonomasia del club, en dura pugna con Alfredo Di Stefano, Juanito, Iker Casillas y Fernando Hierro. Si hacemos una revisión a su carrera con los merengues, podemos verlo anotando en algunas de las estancias más importantes a nivel club de la historia del fútbol y siendo vital para los éxitos de su equipo; pero lo que más sorprende de Raúl no eran sus números como goleador, que ya de por sí eran brillantes, sino por su variedad de recursos. Para los más jóvenes, busquen un compilado de los goles del ‘7’ legendario del Madrid; conseguirán un amplio abanico de anotaciones hechas de todas las maneras posibles. Compañeros como Fernando Morientes o Luis Figo siempre señalaban la versatilidad en definición de Raúl como un componente que lo hacía un jugador único; Sir Alex Ferguson siempre fue un aficionado de su trabajo y en las ocasiones en las que se enfrentaron recalcaba la calidad de desmarque, definición y variabilidad del español. En lo futbolístico, era un crack en toda la norma y de los mejores delanteros del deporte. Pero como dije, no son los números ni la calidad futbolística lo que más importa. Lo que más importa es el sentimiento de propiedad y de identidad que Raúl tenía con el madridismo.



Éste era un jugador que vivió diferentes épocas del club blanco y siempre fue el héroe que surgía de lo inesperado para salvarlos. Era, como su apodo lo señalaba, el ángel guardián del equipo. Los 90s fueron sus años de formación y donde se fue desarrollando como uno de los mejores jugadores del mundo hasta conseguir su cenit futbolístico en la famosísima generación de los Galácticos. Y en un equipo con la vertiginosidad de Figo, la potencia de Ronaldo o la clase sin parangón de Zidane, él hacía ver fácil la misión de buscar una apertura para anotar, leer los movimientos de los rivales como un cazador empedernido por la sangre de su presa y se volvía ese héroe de las finales –ese guerrero blanco que aparecía para salvarlos a todos. Él nunca fue un personaje estridente, de declaraciones polémicas o de frases para el recuerdo; él era un jugador de fútbol forjado en el respeto y en hablar en la cancha. Su función era hacer bien su trabajo en el campo y luego tomar sus botas e irse a casa. Y más nada.


Existen incontables rivalidades en el mundo del fútbol e incluso algunas que rayan en la enemistad. Pero Raúl, siendo el símbolo del Madrid en la época reciente, nunca tuvo la odio del Barcelona o de sus seguidores; al contrario, era altamente respetado por sus contrincantes. Era un bastión inexorable de los merengues y por más que nunca he sentido ningún tipo de afecto o cariño por la camiseta por la que estaba dispuesto a morir, Raúl representaba algo más grande que eso: representaba y pregonaba con su clase una especie de futbolistas señoriales, leales y que tenían las costumbres del respeto bien aprendidas. En un mundo lleno de deportistas que se creen raperos y que lo tienen todo a los 24 años -incluyendo ser alabados como dioses por tres jugadas buenas en 15 partidos- cómo se necesitan señores como Maldini, Zanetti, Giggs, su homologo culé Puyol o el propio Raúl: jugadores que más allá de su calidad y trayectoria trabajaban, se fajaban en la cancha, lo daban el todo por el todo y mantenían el respeto antes que todo. Jugadores como eso se necesitan hoy.

Y este mes ha decidido dejar el fútbol, después de dos temporadas también excelsas en el Schalke 04 –donde ayudó al equipo allegar a semifinales de Champions en el 2.011-, en el Al Sadd de Qatar y luego en el resucitado New York Cosmos donde se ha retirado como campeón de la segunda división de Estados Unidos. Ahí quedan en el recuerdo todos sus logros y todos y cada uno de ellos merecen ser valorados por quienes amamos este deporte. ¿Por qué? Porque desde sus primeros días hizo goles importantes, como aquel que hizo en el derby contra el Atlético que fue su primer gol en el club blanco. Porque hizo goles importantísimos en las finales de la Champions, como aquella corrida memorable contra el Valencia en París o aquel tanto de goleador de raza contra el Leverkusen en Glasgow. Porque siempre fue el primero en dar la cara por el equipo. Porque batalló hasta el final en esa cardiaca liga de Capello del ’07 donde el Madrid le puso un corazón más grande que el Bernabéu mismo para ganarlo y lo dio todo junto a un Van Nistelrooy descomunal. Y porque al año entrante, cuando el rival eterno tuvo que hacerles el ahora tan famoso “pasillo”, los saludó y le dio la mano a los del Barcelona con el sumo respeto que un colega de profesión se merece. Y ésas son cosas que uno, como hombre de bien, no olvida. Esas cosas que solo los verdaderos ídolos hacen.


Ahora se retira a lo grande, como el campeón y el predestinado a la grandeza que siempre fue, y marcha sin premura a ese Valhalla particular de los Dioses del Fútbol donde ya le tienen reservada una silla. Y ese puesto, esa silla, se lo ha ganado en su campo de batalla particular que es la cancha de fútbol y el Santiago Bernabéu como el reino al que siempre perteneció. Porque es el eterno ángel de Madrid y el imborrable símbolo de incontables generaciones. Y aquí, como un humilde aficionado a este deporte, le agradezco por todo lo que nos dio.

Raúl, ha sido un honor verte jugar.

Este artículo está dedicado a mi hermano mayor, Charby Tanza, quien está de cumpleaños hoy. Siendo un madridista hasta la médula, espero haya disfrutado con este pequeño tributo a una leyenda como el ‘7’.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Historias de Interés: Diez años del comienzo de una pasión.



Una máxima inexorable es que nuestras memorias se basan en pequeños recuerdos. Cuando nos toca mirar atrás a nuestras existencias, solo haremos remembranza de ciertos instantes de todo lo que hemos vivido –breves escenas que tal vez son insignificantes en el gran esquema del mundo, pero para uno, para esa persona en particular, representan los mejores y peores momentos de nuestras vidas; esas vivencias que nos curtieron y que moldearon nuestros seres hasta convertirnos en lo que somos y en lo que seremos. Y es que no se trata de recordar por nostalgia o para lamentarse; se trata de recordar para contemplar lo vivido y ver dónde estamos hoy en día. Hay muchas cosas que he visto y que he vivido como aficionado del fútbol; varias buenas y varias malas, como todos, pero al final del día no cambiaría nada porque todo eso me hizo quien soy hoy. Y si hay una escena en mi vida que alteró todo el paradigma, eso ocurrió el 19 de Noviembre del 2.005. En ese momento, señores, mi mente, antes tan obtusa a lo que estaba frente a ella, por fin se percató de la belleza y la gracia de este deporte en el Santiago Bernabéu debido a un mago brasileño que marcó miles, a millones, de almas de esa generación. Ésta es la historia de mi primer Madrid – Barcelona y un aniversario de diez años de cómo me volví aficionado al fútbol. Uno de esos pequeños recuerdos que ensamblan toda una vida.

Nos retrotraemos al 2005 y pensamos en lo que era yo por esa época: solo un niño pecoso de 11 años que comenzaba a interesarse en esto del fútbol y cuyo mundo deportivo giraba en torno, por esas fechas, a la liga española. Mis comienzos surgieron de mi hermano mayor, quien era (y es, hasta el sol de hoy)  un hincha irredento del Real Madrid –muy irónico, considerando que nunca he tenido ni menor estima por el club blanco- desde el 2002 y quien poco a poco influyó en que yo me sintiera atraído por este deporte. Él era y es en ese sentido como yo: siempre buscando conocer más, viendo muchas ligas y tratando de curtirse cada vez en este campo. A pesar de vivir como semejante personaje, al principio yo no entendía el punto del fútbol y por qué las personas se interesaban tanto en 22 sujetos pateando un balón –entiendan, ésta era la forma de pensar de un niño de 11 años que no sabía nada del asunto. Como no sabía qué equipos o qué ligas ver, solo miraba los partidos del Madrid y del Barcelona porque eran los clubes más conocidos; así que como podrán imaginarse, esperaba el Clásico con ansias y ver de qué se trataba toda la algarabía con estos dos equipos.


Aunque el internet ya existía y tenía cierta predominancia, su dominio no era tan avasallador como lo es hoy. No había Twitter, ni Facebook, ni Instagram. Así que había que leer las páginas deportivas, ver los canales respectivos y mantenerse informados de lo que sucedía de otras maneras acerca de los dos gigantes españoles. Pero todo eso era solo un complemento; un accesorio que servía para enaltecer y tensionar un partido que siempre ha sido y será memorable. Por más que no soy hincha de ninguno de los dos equipos, reconozco la grandeza, garra y pasión que emanan los Madrid – Barcelona y eso siempre lo han dejado en claro en la cancha –hace diez años no era diferente. En esa época, el equipo madrileño se hallaba en una época algo convulsa con el entrenador brasileño Vanderlei Luxemburgo; las eras de los Galácticos llegaba a su inevitable ocaso –Owen y Figo se habían ido; Zidane estaba en su última campaña como profesional y Ronaldo duraría seis meses más que el francés-, el equipo trataba de renovarse con jugadores como Robinho, Baptista o un chico de 19 años del Sevilla llamado Sergio Ramos –eran tiempos locos en la Casa Blanca, como siempre lo han sido, siendo sinceros. Por el lado blaugrana, Frank Rijkaard cosechaba los logros de un equipo que había ensamblado desde el 2003 y que ya daba señales de la dominación europea que lograrían al final de esa campaña; no es tan difícil de creer los éxitos de ese Barcelona con un entrenador que, calladito, resucitó a los catalanes y erigió un plantel con figuras como Ronaldinho, Eto’o, Deco, Giuly, Deco, Xavi, Iniesta, Edmilson, Van Bommel, Puyol, Gio, Marquez y un joven Messi. Una mixtura interesante de experiencia, presente y juventud.

El Bernabéu se vistió de gala –como siempre lo hace en partidos de esta magnitud-, los aficionados sacaron sus mejores pancartas y la escena estaba servida para otra batalla campal entre los dos colosos de España. Pero no habría mucha batalla: el toque incisivo del Barcelona, aunado a las libertades que les concedía el Madrid por el mal momento colectivo que pasaban, permitían al tridente de Messi, Ronaldinho y Eto’o desplegarse por el último cuarto de la cancha a sus anchas. Desde el minuto uno, Dinho le servía pases al camerunés para que quedara solo frente a un Iker Casillas que hizo todo lo que pudo en esa desafortunada noche para el madridismo. Sería una diagonal del imberbe Messi por la derecha la que terminaría por quebrar la ya endeble defensa blanca; Eto’o terminaría “encontrándose” con la pelota, se voltearía –una vez más, cuántas libertades conferían los blancos en ese partido- y soltó un puntazo con la diestra que significaría la ventaja para los culés. Eternamente molesto con el club madrileño por nunca haberle dado una oportunidad en el primer equipo, celebró con arrogancia y envalentonado como quien busca enfurecer a la tormenta en el ojo del huracán. Ése era, en una cascara de nuez, el gran e irrepetible, para bien o para mal, Samuel Eto’o.


El segundo tiempo fue un poco más disputado: el Madrid empujaba más por amor propio que por algún plan para empatar el partido y el Barcelona bajó un poco las revoluciones para contragolpear con inteligencia –fue una demostración de sapiencia, capacidad táctica y de buen juego por partes de los catalanes. Pero entonces sucedió lo que encumbró este partido a un plano más alto que la gran mayoría de los Clásicos; en una de esas contras relámpago que hacen historia, sucedió. Se la pasaron a Ronaldinho por la banda izquierda, cerca de la línea divisoria de la cancha, y se abalanzó con premura contra Sergio Ramos, lo pasó sin complejos, para luego entrar al área rival, quitarse a Iván Helguera con un amague, y perforar la arquería de Casillas con un derechazo de aquellos. Dos a cero. Y Ronaldinho no terminaba; estaba en su mejor momento y su cuerpo, antes de que los vicios lo hicieran polvo, le permitía hacer todo lo que se le ocurría en su mente. Volvió a encarar a Ramos –pobre, lo que le tocó ese día-, lo pasó a base de potencia –reitero, éste era Dinho a su tope- y le definió a Iker con clase por su izquierda sin complejos. Y entonces, en pleno auge de la celebración, se pintó una imagen eterna de este Clásico: los aficionados del Madrid, tan embriagados por la magia del maese brasileño como cualquiera que ame el fútbol, se levantaron y ovacionaron a un genio, a un irrepetible, que, más allá de los colores que vistiera, había hecho un partido para la inmortalidad. Y no solo hablo de los goles, que es lo más visible en cualquier resumen; hablo de cómo asistía a sus compañeros, de cómo cada corrida hacía que le temblaran las piernas a los del Madrid y de cómo lideró el ataque azulgrana esa noche como lo que era desde hacía unos años: el mejor jugador del mundo. Tres a cero. Jaque mate para el Madrid.


¿Cómo estaba yo ante semejante demostración de talento, brillantez y dominación futbolística? Exaltado y marcado de por vida. Hasta ese partido entendía el fútbol, sus directrices y sus reglas; lo comprendía desde la óptica lógica y sistemática de un chico que no sentía pasión por este deporte. Pero ese partido me hizo comprender la belleza del fútbol: fue algo intenso, excesivo, grandilocuente y vasto en tan solo 90 minutos; fue el momento donde todo se me hizo tan claro y comprendí porqué millones gastan su dinero en camisas y en suscripciones televisivas por su equipo; me hizo comprender porqué se viven estos partidos como algo de vida o muerte; y comprendí que la belleza del juego está en los detalles, en jugadas minimalistas y minuciosas, que resuenan con sus ecos por toda la eternidad. Ronaldinho siempre será uno de los mejores jugadores que he visto en mi vida porque se desplegaba como nadie en la cancha y hacía magia con su talento; no era una anomalía de las estadísticas como Cristiano o Messi –que también son unos históricos, pero de un modo diferente-, sino un artista que no podía ser calculado en números, títulos o records. Uno de los últimos románticos de un ideario futbolístico moribundo.

La temporada acabaría y el Barcelona ganaría la liga y la Champions como la sublimación de un proyecto que había comenzado hace tres años; el Madrid renovaría su plantel tras un año bastante malo, incluyendo en el proceso la renuncia de Florentino Pérez de la presidencia. Esta semana, tristemente, recuerdan este partido más por ser el debut de Messi en los Clásicos que por cualquier otra cosa; pero debería ser recordado como el día en que los madridistas de categoría tuvieron el valor de aplaudir al ídolo del enemigo reconocer su valía como el genio que era. Yo lo recuerdo como el inicio de un idilio que todavía perdura hasta hoy y que ha significado un largo trecho de mi vida que me ha hecho aprender muchas cosas. Porque esto al final se vuelve parte de tu ser y te enseña, te educa, y te hace desbordarte en emociones desmedidas que jamás pensaste en expresar por un simple partido de fútbol. Pero eso es lo que hacen los momentos específicos: existen para cambiarlo todo y ser un punto de inflexión por el cual todo cambia, usualmente, para mejor. Muchas cosas y muchas vidas cambiaron ese 19 de Noviembre de 2005: la historia moderna del Barcelona, del Madrid, de Dinho, Ramos, Messi, Casillas, Luxemburgo, Rijkaard y muchos otros. Incluyéndome.


Y mirando el partido en videos, no puedo evitar pensar que fui un privilegiado al presenciar semejante partido en directo y una sonrisa surge en mi rostro mientras escribo estas palabras porque me siento como un niño otra vez. Pude ver al mejor Ronaldinho ser ovacionado por el Bernabéu en un partido de antología. Eso me cambió para siempre. Luego volcaría mi mirada a las islas y a la tentadora voz del Diablo que me llamaba para volverme parte de su sequito; pero siempre tendré el efusivo recuerdo de un mago brasileño que puso de pie a todo un estadio el 19 de Noviembre del 2005.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Así lo veo, Ken: Hijo, por eso nos dicen los leones.




No hay que temerle a los cielos nublados que se dibujan en el horizonte; es sólo una señal de que debes aprender a cabalgar en la tormenta venidera. Bañado en un ayer olvidado, que ahora parece tan distante, es cuando debes plantarte hoy para mirar de frente a la intemperie y asimilar ese último reto por el cual has estado esperando por tanto tiempo. La vida y sus cruzadas no son una cuestión de migajas o de asumir roles; se trata de aclarar tu visión e ir por lo que deseas –un sentimiento que he avocado en diferentes entradas, en muchas formas. Citando al grupo alemán, Kreator: “Al rendirte, no mereces ningún respeto”. El viernes pasado, cubiertos y cobijados por el ambiente tan singular del nuevo San Mamés, el Athletic de Bilbao, equipo peculiar donde los haya, se enfrentaba al campeón de todo, el FC Barcelona, por la Supercopa Española. Auspiciados por todo un mundo mediático que los achacaba como un mero peldaño para alcanzar un segundo sextete, los vascos, haciendo gala de la garra y corazón que siempre los ha caracterizado, dieron un paso al frente y cuajaron una de las mejores actuaciones que he visto de un equipo contra Messi y compañía en los últimos tiempos.

Es difícil no simpatizar con los leones de Bilbao; desde siempre me han inspirado un respeto magnánimo por el detalle de que han jugado toda su historia con jugadores de su región y han hecho del amor propio, de la pasión y del sacrificio, un estilo de juego que ha sabido posicionarlos como el tercer gigante de España, luego de los archiconocidos Real Madrid y el Barcelona ya acotado. Al igual que ellos, sin siquiera descender y con el mayor palmarés luego de ellos dos. Un equipo que no cuenta con una onza del presupuesto de estos monolitos futbolísticos y que ha sabido mantenerse competitivo con jugadores de su región –habría que ver a más de un “gigante” de nuestro deporte favorito con este hándicap. Cierto, hay quienes pueden decir que tampoco son candidatos anuales a la Champions League o que tal vez mi entrada peca de oportunismo –yo no estoy diciendo que no sea así. Pero en aras de dignificar algo que no necesita ser dignificado (pero soy necio y quiero decirlo de todas formas), quiero destacar la sencillez de un humilde servidor de celebrar un triunfo, sin importar que tan minúsculo haya sido en el gran esquema del mundo futbolístico, de un equipo que no cuenta con los recursos del actual campeón de Europa o de muchos otros gigantes. Y aún así siguen luchando… y ganando. En cierta forma, señores, esto fue el triunfo del hombre común. Pero en fin, no vinieron a leer sobre la metafísica literaria de un desadaptado y enfermo mental; vinieron a leer sobre fútbol. Y sobre fútbol hablaré.

El Barcelona arribaba a Bilbao con la chapa de flamante campeón de la Supercopa de Europa tras un partido dramático con sus paisanos del Sevilla que acabó en un espectacular 5 a 4, con prórroga incluida. A pesar de haber regalado una ventaja a favor de 4 a 1, el consenso general era que el club culé había hecho una actuación bastante buena y que habían arrancado con todo la nueva temporada; ésa fue toda la previa de la Supercopa española. Obviamente, por la repercusión que conlleva el nombre del club catalán, los vascos quedaron en 2do y 3er plano hasta el punto de que ellos no eran más que un mísero escollo que pronto se vería derrotado. Atrapados entre la algarabía y la discusión de un supuestamente casi asegurado segundo sextete, el Bilbao fue dibujado como una víctima sin recursos; pero los pocos que sabemos de los Beñat, Susaeta, Laporte, Aduriz, De Marcos o Williams que ostenta el club, también sabíamos que subestimarlos o darlos por muertos de antemano sería un error garrafal. Los vascos supieron manejar la situación a su favor y hacer que los culés claudicaran como pocas veces se les ha visto últimamente en el San Mamés. Implementaron un juego de presión agresivo y asfixiante, sofocando los espacios de triangulación del Barcelona y atacaron con descaro a una defensa que no está acostumbrada a una ofensiva constante hacia ellos por el estilo de juego de posesión que pregonan los blaugranas. Aduriz, un viejo zorro de la liga española y que parece mejorar con la edad como cual buen vino, tuvo la noche de su vida y anotó tres goles, luego de que Mikel San José, el central reconvertido en contención, hiciera un golazo de antología de mitad de cancha luego de un error del arquero del Barcelona, Ter Stegen. Estaban en todos lados de la cancha, no pararon de presionar y sepultaron con autoridad al rigente campeón de Europa en el suelo aguerrido de la nueva Catedral; todo esto lo logró el equipo de Ernesto Valverde cuando nadie daba nada por ellos.

En pleno hervor de la herida, muchos achacaron la derrota al cansancio de los catalanes al hecho de haber jugado 120 minutos previamente en la semana y a las dudosas rotaciones de Luis Enrique al posicionar en la titular a jugadores como Sergi Roberto o Thomas Vermaelen en detrimento de esenciales como Gerard Piqué o Andrés Iniesta, por mencionar a algunos. Todas son opiniones válidas y no voy a ser demagogo y negar que estos factores influyeron en la destrucción culé que se fraguó en el San Mamés, pero algo no debe ser ignorado: el Barcelona sobró el partido y eso se notó en los primeros noventa minutos donde no parecieron impregnarse de la enjundia que sí demostraron en Georgia contra el Sevilla. Sobraron al rival y eso, virtualmente, les costó el título en la ida de la eliminatoria. Claro, comenzaron a sonar con potencia los tambores que exclamaban por una remontada épica; de ésas que nacen del amor propio y de la garra, por encima de cualquier axioma futbolístico –pero el Barcelona se estaba enfrentando a los maestros en esa materia. Los de Valverde habían hecho su tarea y demostraron que a los culés se les puede ganar proponiendo un juego ofensivo sin descuidar la defensa; ahora se les avecinaba el Camp Nou y la oportunidad de sellar su primer título desde 1.984.


El partido, naturalmente, no se desenvolvió como en la ida: en esta ocasión, el Barcelona colocaba su once de lujo (menos Neymar, por paperas) y el Bilbao presentaba una alineación más conservadora con dos laterales por banda para frenar las subidas de los del local, además de agregar a Gurpegui, un volante experimentado de contención y de corte, para recuperar más balones. Si Valverde había propuesto un tú a tú en la ida, en la vuelta, con un resultado que le beneficiaba, iba a defenderse a sabiendas de que el tiempo, cada vez más ínfimo, jugaba a su favor. En una óptica más defensiva y pragmática, el Athletic había realizado un partido igual de brillante que el primero en Bilbao por medio de tareas defensivas comprometidas, trabajo en equipo y un mensaje muy claro de Valverde a sus jugadores de que si todos corrían y todos se sacrificaban, Gurpegui, su capitán, levantaría la Supercopa esa noche del lunes. Le sirvió a las mil maravillas puesto que ya habían anticipado el asalto blaugrana liderado por Messi y Suárez, quienes incluso fabricaron un gol bastante encomiable que finalizó el argentino al final de la primera mitad, pero la realidad es que el Barcelona se quedó corto en lo que debió haber sido un partido para avasallar y eso se debe al buen hacer de un Bilbao que hizo sus deberes a la hora de preparar el encuentro. Todas las piezas caían y se comenzaba a dibujar la imagen de unos vascos campeones.


Y así como los de San Mames se mostraban más tranquilos con el pasar de los minutos, los barcelonistas dejaban entrever una frustración ascendente que terminó por alcanzar su punto de ebullición con los ataques verbales de Gerard Piqué -quien debería pasar menos tiempo metiéndose con sus compañeros de profesión y más a aprender a vivir sin el gran Puyol- al linier, causándole una expulsión. Ese gesto tan egoísta y tan falto de inteligencia de un jugador tan experimentado como Piqué terminó por hundir las esperanzas azulgranas y unos minutos después llegó el empate de Aduriz, que acabó definitivamente con el rival y cerró con broche de oro una eliminatoria que éste último nunca olvidará. El partido acabó con ese empate uno a uno. El Camp Nou era pura desazón, mientras que el equipo de Bilbao celebraba por vez primera un título oficial desde un ya lejano 1.984. Y ya era hora, luego de sendas derrotas en las finales de la Copa del Rey y Europa League, para un equipo que puede carecer de nombres, estrellas o figuras de talla mundial, pero que siempre ha peleado por grandes cosas y grandes partidos con un plantel bastante limitado. Esta Supercopa fue un recado de Bilbao para el mundo: no todos nuestros héroes nacieron para perder, parafraseando lo que dijo Axl Rose en “Right Next Door To Hell”.

Llegó el final del segundo sextete para el Barcelona, pero eso significa nada; al final de la temporada, habrán ganado otros títulos o habrán estado más cerca de ellos. Para el Bilbao, visionar cómo les irá este año es una tarea un poco más compleja: pienso que este título es una inyección de confianza bastante importante, y más si se considera que debutan en la liga este fin de semana contra el mismo Barcelona. El Bilbao es un equipo capaz de hacer grandes cosas si mantienen su mentalidad de colectivo guerrero y hacen del San Mamés esa gran fortaleza que siempre ha sido; está en ellos volver a los puestos de Champions en una Liga BBVA que está muy competitiva este año con equipos reforzados como Atlético, Sevilla y Valencia. Veremos qué sucede.
Si el Barcelona hubiera ganado este trofeo, hubiera sido uno más en una larga seguidilla de triunfos inexorables. Pero que lo gane el Bilbao es una prueba de que los pequeños, cuando hacen su trabajo y le ponen corazón, pueden silenciar a los gigantes. Y de eso vive el fútbol, como en todos los aspectos de la vida: de batallar hasta el final, sin importar que no tengas oportunidad alguna de triunfar. El Athletic, en el comienzo de la temporada, le ha recordado al Planeta Fútbol que en un mundo donde los titanes económicos parecen cada vez más fuertes, aún hay lugar para dar sorpresas si se da el todo por el todo. Batallaron como guerreros, no claudicaron como gladiadores y rugieron como los más feroces leones. Disiparon aquellos cielos nublados que se habían pintado en el horizonte. Es una prueba de que no hay que conformarse y que hay que luchar hasta el último segundo porque no sabes qué puede llegar a suceder. Tal vez no signifique mucho para la gran mayoría de mis lectores, pero les aseguro que dentro de cuarenta años, dos hinchas del Bilbao, padre e hijo, se sentarán en sus butacas en el San Mamés y el padre le dirá a su hijo esbozando una sonrisa de enternecedora nostalgia: “Hijo, ¿alguna vez te conté acerca de aquella noche en la que vapuleamos cuatro a cero al campeón de Europa? Por cosas así, nos llaman los leones”. Noches mágicas, amigos, noches mágicas.