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lunes, 30 de noviembre de 2015

Fichajes Estrellados: Rivaldo al Milan.



El enemigo había regresado a su casa y esta vez no iba a librar una batalla campal siendo mucho mayor que en aquella ocasión. Ya no era el de antes. Sí, si lo intentaba de nuevo, lo más probable es que tuviera oportunidades de ganar una vez más, pero ya no se trataba de supremacía sino de coexistir y este rey, agotado por sus conquistas, necesitaba de nuevos horizontes y nuevos reinos –por lo que se engalanó las ropas de un imperio rojo y negro para alejarse de aquel tirano.

En el verano del 2002, cuando el brasileño Rivaldo, uno de los mejores futbolistas por esos años –para algunos, el mejor-, retornó a su Barcelona luego de erigirse como campeón del mundo en Corea Japón 2002, la sorpresa que se debe haber llevado al estar una vez más cara a cara con su némesis, Louis Van Gaal, debió haber sido memorable. El holandés y él ya habían tenido su guerrilla personal en el pasado; pero ya los tiempos habían cambiado, los dos estaban un poco más viejos y afectados por sus vivencias, por lo que ninguno tenía la fuerza para batallar una vez más por la supremacía del Camp Nou. Algunos lo vieron como un destierro, pero el cese del contrato de Rivaldo del Barcelona debe ser visto como la máxima prueba de que Van Gaal y el brasileño ya no querían más pleitos –simplemente reconocieron estar hartos uno del otro. Y así llegó a Milán.


Sin ofender a mis lectores rossoneros, el club italiano ha adoptado desde comienzos del siglo una mentalidad de equipo de fútbol que recluta estrellas en declive para darles una última gran oportunidad, lo que ha conllevado a una gestión deportiva bastante defectuosa; así tenemos casos de jugadores como Stam, Emerson, Redondo, Cassano, Robinho, Ronaldo, Ronaldinho, Torres o algún otro que me dejo en el tintero que nunca recuperaron su mejor forma y fueron gastos innecesarios para la institución. Uno de los muchos motivos por el cual el club italiano ya no se halla en la palestra de primer nivel en el fútbol mundial. En el caso de Rivaldo, puedo entender la razón de su contratación; después de todo, éste era un jugador que venía de brillar en el Barcelona y que había tenido una actuación fenomenal en el Mundial del 2002 como uno de los mejores del torneo –era una apuesta que no tenía mucho riesgo si sumamos a esa ecuación que el brasileño llegaba con la carta de libertad y dispuesto a bajarse el sueldo. Valía la pena el intento, ¿verdad?

Si miramos atrás al 2002, habían pocos equipos en el mundo que fueran superiores en materia de nómina y con un entrenador que comenzaba su senda triunfadora como Carletto Ancelotti. Un plantel que contaba con jugadores como Maldini, Seedorf, Nesta, Pirlo, Gattuso, Inzaghi, Shevchenko, Redondo, Rui Costa, Costacurta y un par más era uno en el que un crack de la talla de Rivaldo podía adaptarse a gusto y demostrar su incuestionable calidad. Pero no fue así. Rivaldo arribó a una Serie A que era el torneo más competitivo del mundo por esos años y donde la exigencia física lo hizo caer en varias lesiones prematuras, además de una adaptación al rigor táctico que no era tan tenso en España –cosa que su compañero en el Barcelona y ex-Milan, el holandés Patrick Kluivert, había advertido cuando fructificó su traspaso. La cosa había empezado bien con el brasileño demostrando mucho entusiasmo en su nuevo equipo en las primeras ruedas de prensa; pero la cuestión comenzaría a ser una espiral descendente en lo que significaría el ocaso de la carrera del otrora Balón de Oro como jugador de clase mundial.


Y ese ocaso se originó, principalmente, por los temas fuera de la cancha. Sí, le costó mucho en lo futbolístico adaptarse a la liga italiana, pero su relación con el entrenador no fue la idónea y, para hacer los asuntos peores, lo dejó su esposa poco después de unirse al equipo del “Diabolo”. Rivaldo estuvo en una tormenta perfecta en su primer año con el Milan a pesar de haber ganado una Coppa Italia y una Champions; fue la temporada en la que más jugó de las dos y se le vio apagado, sin energía y sin chispa. Un jugador que transitaba la cancha con desgaña y sin desparpajo; no tardó mucho en que Ancelotti apostara por Rui Costa en ese puesto y el portugués rindió mucho mejor. El brasileño dijo en una entrevista por esos tiempos que hizo en su país que cuando Ancelotti le hablaba en los entrenamientos, sabía que iba a jugar; si fuera al revés, sabía que no estaría ni convocado. Poco a poco su estrella se fue apagando y como el equipo estaba funcionando bastante bien, no mucho le prestaron atención a su bajo rendimiento y en su segunda temporada, donde hasta el propio Paolo Maldini le exigía un poco más en la pre-temporada, jugó solamente un partido en todas las competiciones y rescindió su contrato en diciembre para irse al Cruzeiro de Brasil en enero.


Éste fue, mirando en retrospectiva, un ejemplo arquetipo de lo que es un fichaje estrellado y poca repercusión ha tenido con el pasar de los años –lo que me parece un tanto irracional cuando estamos hablando de unos de los mejores jugadores de los últimos treinta años en uno de los clubes más grandes del mundo. La relación entre Rivaldo y el Milan fue entorpecida por múltiples factores que hicieron de ésta una unión destinada al fracaso; así imperaron temas de egos, malas decisiones de ambas partes y el hecho de que tal vez la Serie A no era el mejor lugar para el crack carioca. Aunque siendo justos, otra forma de mirar este traspaso es como la transición de Rivaldo de un jugador top a uno que es un veterano de buena calidad; el momento en que se convirtió en una “vieja gloria”, sin ánimos peyorativos, y que debía adaptarse a nuevas costumbres. Luego de su retorno a Brasil, jugaría en Grecia por muchos años y cuajaría actuaciones para nada desdeñables, jugando Champions League en el proceso. Al final del día, este fichaje fue un fracaso en lo deportivo y es una pieza más de ese amplio rompecabezas que es el retiro de cracks llamado AC Milan. Y ni les cuento cuando en su segunda temporada llegó un chico con cara de niño bueno llamado Kaká; ahí Rivaldo dejó de existir para el hincha milanés.

El enemigo había regresado a su casa y esta vez no iba a librar una batalla campal siendo mucho mayor que en aquella ocasión. Ya no era el de antes.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Nos volveremos a ver: Raúl, el ángel eterno del madridismo.



El segundo máximo goleador histórico del Real Madrid, el segundo máximo goleador histórico de la selección española, el jugador con más partido en la historias del equipo blanco y el tercer máximo goleador histórico de la UEFA Champions League. Ganador de tres Champions, seis ligas españolas y muchos otros títulos en los clubes que ha jugado. Nada de eso importa. Hay jugadores que trascienden más allá de los números y los títulos; hay mitos y místicas que no pueden ser cuantificadas porque la gloria, la clase y el señorío son elementos necesarios en esta vida, pero que muy pocos pueden ostentar. No hay cursos ni entrenamientos ni fórmulas mágicas que te hagan representar a toda una estirpe o a una forma de ser; es algo que se logra a través de toda una carrera y con la honestidad de quien sabe que el trabajo es el único sendero viable. Y este mes, un trabajador, un batallador, un ángel, ha decidido que el fin ha llegado, pero para la eternidad quedarán momentos sempiternos para quienes amamos este deporte. Se retira Raúl, el jugador más grande de la época moderna del Real Madrid. Y aquí, en La Soledad del Nueve, no buscamos más que agradecer a un hombre que encarnó tantas buenas costumbres y que deben ser recordadas.


Raúl –llamarlo por su apellido o su nombre entero hoy en día parece una blasfemia- es, a mis ojos, el más grande jugador de la historia del Real Madrid. Siendo forjado en las inferiores del club blanco luego de sus comienzos en las juveniles del Atlético –lo que hubiera sido verlo de rojiblanco en una realidad alterna-, el legendario ‘7’ blanco fue poco a poco pavimentando su trayecto como el jugador por antonomasia del club, en dura pugna con Alfredo Di Stefano, Juanito, Iker Casillas y Fernando Hierro. Si hacemos una revisión a su carrera con los merengues, podemos verlo anotando en algunas de las estancias más importantes a nivel club de la historia del fútbol y siendo vital para los éxitos de su equipo; pero lo que más sorprende de Raúl no eran sus números como goleador, que ya de por sí eran brillantes, sino por su variedad de recursos. Para los más jóvenes, busquen un compilado de los goles del ‘7’ legendario del Madrid; conseguirán un amplio abanico de anotaciones hechas de todas las maneras posibles. Compañeros como Fernando Morientes o Luis Figo siempre señalaban la versatilidad en definición de Raúl como un componente que lo hacía un jugador único; Sir Alex Ferguson siempre fue un aficionado de su trabajo y en las ocasiones en las que se enfrentaron recalcaba la calidad de desmarque, definición y variabilidad del español. En lo futbolístico, era un crack en toda la norma y de los mejores delanteros del deporte. Pero como dije, no son los números ni la calidad futbolística lo que más importa. Lo que más importa es el sentimiento de propiedad y de identidad que Raúl tenía con el madridismo.



Éste era un jugador que vivió diferentes épocas del club blanco y siempre fue el héroe que surgía de lo inesperado para salvarlos. Era, como su apodo lo señalaba, el ángel guardián del equipo. Los 90s fueron sus años de formación y donde se fue desarrollando como uno de los mejores jugadores del mundo hasta conseguir su cenit futbolístico en la famosísima generación de los Galácticos. Y en un equipo con la vertiginosidad de Figo, la potencia de Ronaldo o la clase sin parangón de Zidane, él hacía ver fácil la misión de buscar una apertura para anotar, leer los movimientos de los rivales como un cazador empedernido por la sangre de su presa y se volvía ese héroe de las finales –ese guerrero blanco que aparecía para salvarlos a todos. Él nunca fue un personaje estridente, de declaraciones polémicas o de frases para el recuerdo; él era un jugador de fútbol forjado en el respeto y en hablar en la cancha. Su función era hacer bien su trabajo en el campo y luego tomar sus botas e irse a casa. Y más nada.


Existen incontables rivalidades en el mundo del fútbol e incluso algunas que rayan en la enemistad. Pero Raúl, siendo el símbolo del Madrid en la época reciente, nunca tuvo la odio del Barcelona o de sus seguidores; al contrario, era altamente respetado por sus contrincantes. Era un bastión inexorable de los merengues y por más que nunca he sentido ningún tipo de afecto o cariño por la camiseta por la que estaba dispuesto a morir, Raúl representaba algo más grande que eso: representaba y pregonaba con su clase una especie de futbolistas señoriales, leales y que tenían las costumbres del respeto bien aprendidas. En un mundo lleno de deportistas que se creen raperos y que lo tienen todo a los 24 años -incluyendo ser alabados como dioses por tres jugadas buenas en 15 partidos- cómo se necesitan señores como Maldini, Zanetti, Giggs, su homologo culé Puyol o el propio Raúl: jugadores que más allá de su calidad y trayectoria trabajaban, se fajaban en la cancha, lo daban el todo por el todo y mantenían el respeto antes que todo. Jugadores como eso se necesitan hoy.

Y este mes ha decidido dejar el fútbol, después de dos temporadas también excelsas en el Schalke 04 –donde ayudó al equipo allegar a semifinales de Champions en el 2.011-, en el Al Sadd de Qatar y luego en el resucitado New York Cosmos donde se ha retirado como campeón de la segunda división de Estados Unidos. Ahí quedan en el recuerdo todos sus logros y todos y cada uno de ellos merecen ser valorados por quienes amamos este deporte. ¿Por qué? Porque desde sus primeros días hizo goles importantes, como aquel que hizo en el derby contra el Atlético que fue su primer gol en el club blanco. Porque hizo goles importantísimos en las finales de la Champions, como aquella corrida memorable contra el Valencia en París o aquel tanto de goleador de raza contra el Leverkusen en Glasgow. Porque siempre fue el primero en dar la cara por el equipo. Porque batalló hasta el final en esa cardiaca liga de Capello del ’07 donde el Madrid le puso un corazón más grande que el Bernabéu mismo para ganarlo y lo dio todo junto a un Van Nistelrooy descomunal. Y porque al año entrante, cuando el rival eterno tuvo que hacerles el ahora tan famoso “pasillo”, los saludó y le dio la mano a los del Barcelona con el sumo respeto que un colega de profesión se merece. Y ésas son cosas que uno, como hombre de bien, no olvida. Esas cosas que solo los verdaderos ídolos hacen.


Ahora se retira a lo grande, como el campeón y el predestinado a la grandeza que siempre fue, y marcha sin premura a ese Valhalla particular de los Dioses del Fútbol donde ya le tienen reservada una silla. Y ese puesto, esa silla, se lo ha ganado en su campo de batalla particular que es la cancha de fútbol y el Santiago Bernabéu como el reino al que siempre perteneció. Porque es el eterno ángel de Madrid y el imborrable símbolo de incontables generaciones. Y aquí, como un humilde aficionado a este deporte, le agradezco por todo lo que nos dio.

Raúl, ha sido un honor verte jugar.

Este artículo está dedicado a mi hermano mayor, Charby Tanza, quien está de cumpleaños hoy. Siendo un madridista hasta la médula, espero haya disfrutado con este pequeño tributo a una leyenda como el ‘7’.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Historias de Interés: Diez años del comienzo de una pasión.



Una máxima inexorable es que nuestras memorias se basan en pequeños recuerdos. Cuando nos toca mirar atrás a nuestras existencias, solo haremos remembranza de ciertos instantes de todo lo que hemos vivido –breves escenas que tal vez son insignificantes en el gran esquema del mundo, pero para uno, para esa persona en particular, representan los mejores y peores momentos de nuestras vidas; esas vivencias que nos curtieron y que moldearon nuestros seres hasta convertirnos en lo que somos y en lo que seremos. Y es que no se trata de recordar por nostalgia o para lamentarse; se trata de recordar para contemplar lo vivido y ver dónde estamos hoy en día. Hay muchas cosas que he visto y que he vivido como aficionado del fútbol; varias buenas y varias malas, como todos, pero al final del día no cambiaría nada porque todo eso me hizo quien soy hoy. Y si hay una escena en mi vida que alteró todo el paradigma, eso ocurrió el 19 de Noviembre del 2.005. En ese momento, señores, mi mente, antes tan obtusa a lo que estaba frente a ella, por fin se percató de la belleza y la gracia de este deporte en el Santiago Bernabéu debido a un mago brasileño que marcó miles, a millones, de almas de esa generación. Ésta es la historia de mi primer Madrid – Barcelona y un aniversario de diez años de cómo me volví aficionado al fútbol. Uno de esos pequeños recuerdos que ensamblan toda una vida.

Nos retrotraemos al 2005 y pensamos en lo que era yo por esa época: solo un niño pecoso de 11 años que comenzaba a interesarse en esto del fútbol y cuyo mundo deportivo giraba en torno, por esas fechas, a la liga española. Mis comienzos surgieron de mi hermano mayor, quien era (y es, hasta el sol de hoy)  un hincha irredento del Real Madrid –muy irónico, considerando que nunca he tenido ni menor estima por el club blanco- desde el 2002 y quien poco a poco influyó en que yo me sintiera atraído por este deporte. Él era y es en ese sentido como yo: siempre buscando conocer más, viendo muchas ligas y tratando de curtirse cada vez en este campo. A pesar de vivir como semejante personaje, al principio yo no entendía el punto del fútbol y por qué las personas se interesaban tanto en 22 sujetos pateando un balón –entiendan, ésta era la forma de pensar de un niño de 11 años que no sabía nada del asunto. Como no sabía qué equipos o qué ligas ver, solo miraba los partidos del Madrid y del Barcelona porque eran los clubes más conocidos; así que como podrán imaginarse, esperaba el Clásico con ansias y ver de qué se trataba toda la algarabía con estos dos equipos.


Aunque el internet ya existía y tenía cierta predominancia, su dominio no era tan avasallador como lo es hoy. No había Twitter, ni Facebook, ni Instagram. Así que había que leer las páginas deportivas, ver los canales respectivos y mantenerse informados de lo que sucedía de otras maneras acerca de los dos gigantes españoles. Pero todo eso era solo un complemento; un accesorio que servía para enaltecer y tensionar un partido que siempre ha sido y será memorable. Por más que no soy hincha de ninguno de los dos equipos, reconozco la grandeza, garra y pasión que emanan los Madrid – Barcelona y eso siempre lo han dejado en claro en la cancha –hace diez años no era diferente. En esa época, el equipo madrileño se hallaba en una época algo convulsa con el entrenador brasileño Vanderlei Luxemburgo; las eras de los Galácticos llegaba a su inevitable ocaso –Owen y Figo se habían ido; Zidane estaba en su última campaña como profesional y Ronaldo duraría seis meses más que el francés-, el equipo trataba de renovarse con jugadores como Robinho, Baptista o un chico de 19 años del Sevilla llamado Sergio Ramos –eran tiempos locos en la Casa Blanca, como siempre lo han sido, siendo sinceros. Por el lado blaugrana, Frank Rijkaard cosechaba los logros de un equipo que había ensamblado desde el 2003 y que ya daba señales de la dominación europea que lograrían al final de esa campaña; no es tan difícil de creer los éxitos de ese Barcelona con un entrenador que, calladito, resucitó a los catalanes y erigió un plantel con figuras como Ronaldinho, Eto’o, Deco, Giuly, Deco, Xavi, Iniesta, Edmilson, Van Bommel, Puyol, Gio, Marquez y un joven Messi. Una mixtura interesante de experiencia, presente y juventud.

El Bernabéu se vistió de gala –como siempre lo hace en partidos de esta magnitud-, los aficionados sacaron sus mejores pancartas y la escena estaba servida para otra batalla campal entre los dos colosos de España. Pero no habría mucha batalla: el toque incisivo del Barcelona, aunado a las libertades que les concedía el Madrid por el mal momento colectivo que pasaban, permitían al tridente de Messi, Ronaldinho y Eto’o desplegarse por el último cuarto de la cancha a sus anchas. Desde el minuto uno, Dinho le servía pases al camerunés para que quedara solo frente a un Iker Casillas que hizo todo lo que pudo en esa desafortunada noche para el madridismo. Sería una diagonal del imberbe Messi por la derecha la que terminaría por quebrar la ya endeble defensa blanca; Eto’o terminaría “encontrándose” con la pelota, se voltearía –una vez más, cuántas libertades conferían los blancos en ese partido- y soltó un puntazo con la diestra que significaría la ventaja para los culés. Eternamente molesto con el club madrileño por nunca haberle dado una oportunidad en el primer equipo, celebró con arrogancia y envalentonado como quien busca enfurecer a la tormenta en el ojo del huracán. Ése era, en una cascara de nuez, el gran e irrepetible, para bien o para mal, Samuel Eto’o.


El segundo tiempo fue un poco más disputado: el Madrid empujaba más por amor propio que por algún plan para empatar el partido y el Barcelona bajó un poco las revoluciones para contragolpear con inteligencia –fue una demostración de sapiencia, capacidad táctica y de buen juego por partes de los catalanes. Pero entonces sucedió lo que encumbró este partido a un plano más alto que la gran mayoría de los Clásicos; en una de esas contras relámpago que hacen historia, sucedió. Se la pasaron a Ronaldinho por la banda izquierda, cerca de la línea divisoria de la cancha, y se abalanzó con premura contra Sergio Ramos, lo pasó sin complejos, para luego entrar al área rival, quitarse a Iván Helguera con un amague, y perforar la arquería de Casillas con un derechazo de aquellos. Dos a cero. Y Ronaldinho no terminaba; estaba en su mejor momento y su cuerpo, antes de que los vicios lo hicieran polvo, le permitía hacer todo lo que se le ocurría en su mente. Volvió a encarar a Ramos –pobre, lo que le tocó ese día-, lo pasó a base de potencia –reitero, éste era Dinho a su tope- y le definió a Iker con clase por su izquierda sin complejos. Y entonces, en pleno auge de la celebración, se pintó una imagen eterna de este Clásico: los aficionados del Madrid, tan embriagados por la magia del maese brasileño como cualquiera que ame el fútbol, se levantaron y ovacionaron a un genio, a un irrepetible, que, más allá de los colores que vistiera, había hecho un partido para la inmortalidad. Y no solo hablo de los goles, que es lo más visible en cualquier resumen; hablo de cómo asistía a sus compañeros, de cómo cada corrida hacía que le temblaran las piernas a los del Madrid y de cómo lideró el ataque azulgrana esa noche como lo que era desde hacía unos años: el mejor jugador del mundo. Tres a cero. Jaque mate para el Madrid.


¿Cómo estaba yo ante semejante demostración de talento, brillantez y dominación futbolística? Exaltado y marcado de por vida. Hasta ese partido entendía el fútbol, sus directrices y sus reglas; lo comprendía desde la óptica lógica y sistemática de un chico que no sentía pasión por este deporte. Pero ese partido me hizo comprender la belleza del fútbol: fue algo intenso, excesivo, grandilocuente y vasto en tan solo 90 minutos; fue el momento donde todo se me hizo tan claro y comprendí porqué millones gastan su dinero en camisas y en suscripciones televisivas por su equipo; me hizo comprender porqué se viven estos partidos como algo de vida o muerte; y comprendí que la belleza del juego está en los detalles, en jugadas minimalistas y minuciosas, que resuenan con sus ecos por toda la eternidad. Ronaldinho siempre será uno de los mejores jugadores que he visto en mi vida porque se desplegaba como nadie en la cancha y hacía magia con su talento; no era una anomalía de las estadísticas como Cristiano o Messi –que también son unos históricos, pero de un modo diferente-, sino un artista que no podía ser calculado en números, títulos o records. Uno de los últimos románticos de un ideario futbolístico moribundo.

La temporada acabaría y el Barcelona ganaría la liga y la Champions como la sublimación de un proyecto que había comenzado hace tres años; el Madrid renovaría su plantel tras un año bastante malo, incluyendo en el proceso la renuncia de Florentino Pérez de la presidencia. Esta semana, tristemente, recuerdan este partido más por ser el debut de Messi en los Clásicos que por cualquier otra cosa; pero debería ser recordado como el día en que los madridistas de categoría tuvieron el valor de aplaudir al ídolo del enemigo reconocer su valía como el genio que era. Yo lo recuerdo como el inicio de un idilio que todavía perdura hasta hoy y que ha significado un largo trecho de mi vida que me ha hecho aprender muchas cosas. Porque esto al final se vuelve parte de tu ser y te enseña, te educa, y te hace desbordarte en emociones desmedidas que jamás pensaste en expresar por un simple partido de fútbol. Pero eso es lo que hacen los momentos específicos: existen para cambiarlo todo y ser un punto de inflexión por el cual todo cambia, usualmente, para mejor. Muchas cosas y muchas vidas cambiaron ese 19 de Noviembre de 2005: la historia moderna del Barcelona, del Madrid, de Dinho, Ramos, Messi, Casillas, Luxemburgo, Rijkaard y muchos otros. Incluyéndome.


Y mirando el partido en videos, no puedo evitar pensar que fui un privilegiado al presenciar semejante partido en directo y una sonrisa surge en mi rostro mientras escribo estas palabras porque me siento como un niño otra vez. Pude ver al mejor Ronaldinho ser ovacionado por el Bernabéu en un partido de antología. Eso me cambió para siempre. Luego volcaría mi mirada a las islas y a la tentadora voz del Diablo que me llamaba para volverme parte de su sequito; pero siempre tendré el efusivo recuerdo de un mago brasileño que puso de pie a todo un estadio el 19 de Noviembre del 2005.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Pasados Posibles: Nery Castillo, el hombre olvidado de México.



Uno de los motivos por el cual los intelectos superiores de La Soledad del Nueve, un ente de mente colectiva que trasciende la mera mortalidad humana, decidimos crear la categoría de Pasados Posibles es que pensábamos que habían muchas historias interesantes que podían ser contadas acerca de jugadores que prometieron tanto y al final del día se convirtieron en un manojo de sueños rotos y potenciales incumplidos. Hasta el momento hemos hablado de futbolistas que no lograron lo que se esperó de ellos por muchos motivos: falta de fortaleza mental, arrogancia, un mal entorno o por una mezcla de razones fuera de la cancha y falta de dedicación. Y así como ésos casos, hay muchos más que esperamos contarles en el futuro. Pero el que nos agracia hoy es una mezcolanza de todos los anteriores y se le suman componentes como la tragedia, los encontronazos, las malas elecciones y la realidad de que tal vez su declive fue por motivos de las ilusiones que se fraguaron a su alrededor. Muchos ya se han olvidado del una vez crack mexicano Nery Castillo; la gran mayoría de los de su país lo han hecho con gusto y los que no, aprovechan cada oportunidad para regodearse de su infortunio. Pero antes de que se desvirtuara la carrera de Castillo, estábamos hablando de tal vez el mayor talento que tuvo el país desde Hugo Sánchez –tal vez es hipérbole de mi parte- y un jugador que parecía predestinado a una carrera brillante. O como lo llamó un amigo mío una vez: el mejor jugador de la historia de México por diez partidos.


La figura de Nery Castillo siempre estuvo rodeada de complicaciones en lo que a su entorno se refiere desde sus comienzos. El atacante había nacido en México, pero sus padres eran uruguayos y se crio en dicho país e incluso inició su periplo futbolístico en las inferiores del Danubio, que es un equipo muy dado a la formación de talentos jóvenes en Uruguay. Ya en el 2000, con solo 16 años de edad, partió a Europa para jugar con el Olympiacos de Grecia –el equipo más grande de ese país- donde despuntaría y se haría notar. Cuenta la leyenda que hizo pruebas con el Manchester United, pero que nunca pudo conseguir el permiso de trabajo para ejercer la profesión en Inglaterra –cosa muy irónica considerando hechos posteriores y lo que pudo haber significado la enseñanza de Sir Alex Ferguson. Luego de un par de temporadas en las que no jugó mucho por su corta edad, se asentó como uno de los mejores jugadores del equipo y un favorito de la intensa afición griega que incluso pidió que se le diera el número ‘7’ como una prueba de que era el jugador por antonomasia del plantel. Hizo una muy buena cantidad de goles –más de treinta en poco más de cien partidos- sin ser un delantero centro y ya algunos equipos grandes merodeaban el mercado helénico para hacerse con los servicios de ese atacante que era rápido, habilidoso y que destrozaba defensas por deporte. Como en muchos relatos, estaba en ese punto donde ya había llamado la atención y todos los que lo conocían estaban pendientes de cuál sería su próximo paso.


Entre toda esa vorágine de ídolo del Olympiacos, de jugador ascendente y que pintaba para ligas más desafiantes, surgió el tema de las selecciones nacionales. Verán, hasta el año 2006, Castillo no había jugado para ningún seleccionado; y considerando que había nacido en México, criado en Uruguay y crecido deportivamente por seis años en Grecia –lo suficiente para tener la nacionalidad-, el prospecto a crack tenía para elegir tres selecciones. Al final tomó la que pudo haber sido una de las decisiones más importantes (y tal vez una de las más desafortunadas, pero esto es mera especulación) de su carrera a la hora de elegir a México, que era una selección que comenzaba un nuevo ciclo con Hugo Sánchez al mando y éste quería contar con el aporte del “extranjero” Castillo –término que usan en dicho país para aquellos mexicanos que juegan en otras ligas. Los mexicanos, en el ámbito futbolístico, son conocidos por tener una prensa bastante implacable con aquellos que no les gusta y un tema que siempre han criticado es el uso de jugadores foráneos nacionalizados en el seleccionado nacional, renglón en el que incluyeron sin escrúpulos a Nery. Lo veían como un uruguayo y solo como un instrumento para conseguir resultados en el balompié, pero la cosa no acabaría ahí. Ni siquiera cerca.


Si hubo un momento, un pequeño espejismo, si lo prefieren, de lo que fue Nery Castillo, o más bien lo que pudo haber sido, solo hay que ver sus partidos con el Tri –el apodo a la selección mexicana- en la Copa América 2007. En ese torneo, Nery Castillo fue de los mejores y para el recuerdo queda aquel gol donde hizo lo que le vino en gana contra un Brasil que a posteriori sería campeón de la competición que se llevaba a cabo en Venezuela; lo que al principio de su experiencia como internacional mexicano habían sido críticas prejuiciosas ahora eran halagos y cumplidos a un jugador que hasta ese momento estaba en una forma envidiable. A partir de ahí, todo lo demás debió haber sido una progresión natural a la cima: el traspaso a un equipo grande, los títulos, los premios individuales, las propagandas, las mujeres… pero el protagonista en cuestión estaba maldito con un temperamento bastante negativo y eso terminó por jugarle una mala pasada.

Luego de la Copa América, dejaría su amada Grecia para irse al Shakhtar Donetsk de Ucrania por unos veinte millones de Euros en el 2007. Muchos acusaron este traspaso de ser un movimiento de Castillo para ganar más dinero, cosa que no suena para nada descabellado, pero el equipo dirigido por Mircea Lucescu tiene fama de saber mejorar jugadores y de ser un escaparate para ascender a clubes de mayor predominancia –el problema de esta unión yació en el carácter de Nery y el estar inmerso en una situación bastante delicada. Su padre, figura que siempre fue clave para él, estaba muy enfermo de un cáncer mortal estando en Uruguay y Nery se había marchado a la lejanía de Ucrania, cosa que lo mantuvo desconcentrado. Posteriormente su madre padecería lo mismo. Aunado a eso, se metió en problemas con Lucescu –un entrenador conocido por haber formado grandes jugadores- al quitarle la pelota a un compañero para que él pateara un penal y lo fallara en el proceso. El técnico de origen rumano dijo que nunca había visto a un profesional hacer algo así y fue exiliado del plantel, hasta que se fue cedido al Manchester City en el 2008 por un año. No jugó mucho, padeció lesiones y aunque volvió al Shakhtar y ganó la Copa UEFA, nunca recobró la confianza de su entrenador y se marchó otra vez cedido; esta vez al Dnipro de la liga ucraniana. Entre todos esos problemas en la cancha, su entorno se desmoronaba en todos los ángulos posibles.


En 2009, en plena complicación de la selección para clasificar al Mundial de Sudáfrica, encaró con una bronca bastante pronunciada a algunos miembros de la prensa con comentarios ofensivos donde señalaba que ellos no sabían nada de fútbol… pero no terminó ahí la cuestión. En plena rueda de prensa sentado junto al capitán Pavel Pardo, Nery Castillo increpó verbalmente a un periodista diciendo que él no sabía nada y que la diferencia entre ambos es que él estaba en Europa y el periodista, no. Éste fue el punto de inflexión del atacante con su país: la prensa mexicana se abalanzó contra su persona y se volvió un enemigo, un rechazado de la comunidad futbolística de su país, por el hecho de explayar su arrogancia a sus anchas. Tal vez lo que hizo no estuvo mal –estaba bien merecido algún comentario a un gremio periodístico tan radical como el mexicano, sin ánimos de ofender a mis lectores de ese país-, pero las formas definitivamente fueron las peores. Y aparte de todo eso, perdió a sus padres por el cáncer en un espacio de once meses, dejándolo totalmente desorientado y envuelto en un tornado de vicisitudes que no hicieron más que acrecentar el estrepitoso descenso de un ser humano que ya no sabía qué hacer con su existencia.

Le ha tardado años superar el deceso de sus padres y lo que vino luego de su paso por el Shakhtar fue una infinidad de cambios de equipos en los que nunca supo cuajar. Ni en Dnipro, ni en el Chicago Fire, ni en el Aris de Grecia, ni en México –donde lo fastidiaron diciendo que ya no estaba en Europa- con Pachuca o León, ni en España con el Rayo Vallecano –en ninguno de esos equipos se adaptó. Al contrario, se vio inmerso en más problemas de vestuario como en aquellos que tuvo con los directivos de Pachuca o con el entrenador Matosas en León, además de sus diferencias con el del Rayo Vallecano. Desde su marcha del Olympiacos en el 2007, ha jugado menos partidos en todos esos equipos juntos que los que jugó con los griegos. Actualmente tiene 31 años, está sin equipo y vive en Uruguay con un poco más de un año sin actividad como futbolista profesional, sin nadie interesado en hacerse con su ficha. Totalmente perdido y abandonado.


Y es difícil no ver su caso con cierta tristeza. Sí, al final del día fue un individuo arrogante, déspota, hablador y que fue víctima de sus arrebatos de ira. Pero también fue un hombre que perdió a sus padres en muy poco tiempo por la misma enfermedad y que halló muchas dificultades para poder continuar con su vida profesional como antes. También está su enemistad declarada con la prensa de México cuando tal vez solo fue el chivo expiatorio de éstos para poder cebarse con ganas y mancillar su nombre, que de todas formas ya lo estaba y podían disfrutar de sus desgracias. La historia de Nery Castillo es un caso arquetipo de Pasados Posibles con todas sus resoluciones y giros; es una carrera que podría servir como una advertencia para cualquier juvenil que se deja llevar por el éxito tempranero y se deja mangonear por su arrogancia. Ahora es el hombre sepultado por los medios de su país. Un jugador que pudo haber sido el mejor jugador de su país desde el que le dio su debut y su momento de gloria contra Brasil en el 2007; pero que hoy en día no es más que el hombre olvidado de México.